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Memorias e ideologías

Fuentes: La Vanguardia

Sabido es que en los últimos tiempos ha despuntado entre nosotros un activo movimiento encaminado a recuperar la memoria de la guerra civil. Aunque su gestación se ha solapado con el asentamiento de una literatura que, desde posiciones conservadoras, ha pretendido acometer una revisión en toda regla de las versiones que cierta historiografía académica ha […]

Sabido es que en los últimos tiempos ha despuntado entre nosotros un activo movimiento encaminado a recuperar la memoria de la guerra civil. Aunque su gestación se ha solapado con el asentamiento de una literatura que, desde posiciones conservadoras, ha pretendido acometer una revisión en toda regla de las versiones que cierta historiografía académica ha entregado de lo que ocurrió en el decenio de 1930, estaríamos ciegos si no nos percatásemos de algo tan importante como lo anterior: el movimiento en cuestión ha sido portador, también, del designio de contestar el criterio que al cabo se impuso, en relación con estos menesteres, al iniciarse la transición. Al amparo de ese criterio se eludió todo pronunciamiento político-oficial al respecto, se acalló cualquier intento de condenar, desde esa misma esfera, el franquismo y se reivindicó en último término un prudente silencio.

No conviene que al lector se le escape que el emergente movimiento por la memoria acarrea, de forma expresa o sigilosa, más de un reproche dirigido contra la historia oficial que la España democrática acabó por desplegar. Esa historia, que accedió a posiciones de poder intelectual entre 1982 y 1996, no sólo acató, mal que bien, el silencio antes invocado, y ello por mucho que prosiguiera con sus sesudas investigaciones: mayor relieve tiene sin duda el hecho de que, aunque la mayoría de sus responsables hicieron gala de un innegable repudio del franquismo, casi siempre respondieron, pese a la aparente cientificidad de sus trabajos, a un código ideológico preciso que dio en ningunear, cuando no en despreciar, elementos molestos de un período convulso. En ese empeño, cuyo propósito mayor no fue otro que rechazar todo lo que en el decenio de 1930 llevase el marchamo de la contestación obrera, en su caso violenta, del orden establecido, coincidieron historiadores emplazados en las órbitas de los partidos socialista y comunista. Si en el primero de los casos semejante conducta nada tuvo de sorprendente, a la hora de dar cuenta del segundo lo suyo es recordar que el PCE desplegó durante la guerra civil un inocultado discurso de orden, por completo alejado de veleidades revolucionarias, y que otro tanto hizo a partir de 1975, al calor de la transición política.

Para ilustrar con algún ejemplo lo que acabo de mal perfilar, bien estará que invoque un par de lecturas recientes que afectan a trabajos firmados por historiadores muy respetables. En el primero se aduce que una de las muchas secuelas negativas de la eclosión de la literatura revisionista forjada por la derecha más ultramontana es la de haber azuzado respuestas que otorgan inmerecido relieve a las percepciones de la izquierda revolucionaria. Frente a ello -se nos viene a decir- la historia seria debe salir en defensa de las mesuradas posiciones que blandieron el sector prietista del PSOE y los segmentos menos radicales de la CEDA… La segunda de esas lecturas remite a un libro que examina con simpatía -no exenta, bien es cierto, de conmiseración paternalista- lo que fue en el decenio de 1930 el anarcosindicalismo entre nosotros. Pareciera como si los anarcosindicalistas fuesen gentes entrañables siempre y cuando, claro, no rompiesen un plato. En el momento y hora, sin embargo, en que se entregaron a prácticas revolucionarias que implicaban un abierto cuestionamiento del propio orden republicano, se convirtieron en genuinos delincuentes en cuya descarga no cabía invocar el peso de lacerantes injusticias ni correspondía recordar la represión que sus organizaciones padecían.

No hay que hacer ningún esfuerzo para concluir que la mayoría de las aproximaciones que la década de 1930 merece hoy entre nosotros obedecen al objetivo de releer los hechos conforme a intereses dictados por el momento presente. Eso ocurre tanto con la literatura revisionista que ha forjado determinada derecha, empeñada en subrayar que la guerra civil la provocó un virulento partido socialista y no una sublevación militar alentada por las clases pudientes -ahí es nada-, como con una historiografía oficial obsesionada en la defensa de las posiciones moderadas que habrían representado unos u otros. Y sucede también, si así se quiere, y para que nadie nos acuse de sectarismo, con las interpretaciones que ha avanzado la historiografía que simpatiza con el movimiento libertario y la izquierda radical. El corolario principal de esta universal querencia no es otro que el hecho -invoquémoslo de nuevo- de que la ideología medra en detrimento de la condición científica que, se supone, debe impregnar estudios y reflexiones. Agreguemos que, si nada hay de malo en ello, convertir -al fin y al cabo de esto se trata- el código de la violencia en criterio maestro a la hora de determinar el bien y el mal es asumir un ejercicio delicado. No se olvide que entre quienes, hoy, reprimen con saña a los radicales se cuentan algunos -ahí está Bush para certificarlo- que se hallan, llamativamente, entre los más violentos.