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Mis disculpas a todo el pueblo del Líbano

Fuentes: Ctxt

Aspirar a que el sur del Líbano quede despoblado y convertido en una zona de seguridad por deseo de Israel no solo va en contra del derecho internacional, sino contra el concepto mismo de humanidad

Mientras Estados Unidos abandona [este artículo se publicó en inglés el 13 de abril] de forma ridícula las negociaciones con Irán en Pakistán, siempre ha sido motivo de preocupación si Israel respetaría un acuerdo de este tipo. Esto era especialmente cierto en el caso del Líbano y de los territorios palestinos, donde Israel parecía empeñado en crear nuevos “hechos consumados”, como evacuar más zonas de Gaza, llevar a cabo una limpieza étnica en más localidades de Cisjordania y expulsar a casi un millón de personas de toda la mitad sur del Líbano. Israel tiene un historial con estos alto el fuego: en el período inmediatamente anterior a un alto el fuego, Israel suele bombardear con especial ferocidad para enviar el mensaje de que en realidad no reconoce la situación como paz, sino solo como una pausa temporal entre guerras. Por lo tanto, no estaba claro si Israel se había negado a aceptar el hecho negociado de que el Líbano y los territorios palestinos formaban parte del alto el fuego con Irán o si simplemente estaba bombardeando con brutalidad al inicio de la tregua.

Sea como fuere, el bombardeo a Beirut –en particular– del 8 de abril, que duró más de diez minutos, alcanzó a más de un centenar de objetivos, principalmente en el barrio de Barbour, en el centro de Beirut. Fue espantoso, un shock total para todo el país, en el que una de cada cinco personas se ha visto desplazada. Israel afirmó que atacó Beirut para golpear a Hezbolá, pero, de hecho, como repetían una y otra vez los residentes, Israel atacó únicamente edificios civiles sin preocuparse por la vida humana. El nombre de la operación, “Eternal Darkness” (Oscuridad eterna), sugiere el tipo de barbarie que Israel ha infligido al pueblo del Líbano.

Cincuenta años de agresión

Cuando fui por primera vez al Líbano, hace unos veinte años, conocí a un anciano taxista que me contó una historia interesante. En el periodo anterior a 1948, año de creación de Israel, llevaba pasajeros a Jerusalén (400 km) y, a veces, de Jerusalén a Damasco (320 km). En aquellos días no había fronteras, me dijo, y “podíamos disfrutar de los higos de Galilea y de las granadas de las colinas a las afueras de Jerusalén”. Alawitas, armenios, beduinos, drusos, judíos, libaneses, maronitas, palestinos, chiitas, sunitas, sirios… se llamaran como se llamaran (y él enumeró la mayoría de esos nombres), todos se conocían entre sí y compartían una cordialidad que definía el mundo de antaño.

Esa vida se hizo añicos en 1948, cuando se creó Israel y el pequeño ejército del Líbano se unió a la guerra para defender al pueblo palestino. Al final, la Nakba palestina provocó el desplazamiento de 100.000 palestinos al Líbano, que se establecieron bajo la protección de las Naciones Unidas y el Gobierno libanés en Ain el-Hilweh, Bourj al-Barajneh, Nahr al-Bared, Rashidieh y Shatila. Cuando visité Rashidieh con mi amigo Robert Fisk, me llevó a conocer a algunas de las antiguas familias armenias –que ahora vivían en la propia Tiro– que habían huido de su genocidio (1915-1923) en la nueva Turquía y se habían refugiado en este campo en 1936, y fue allí donde llegaron los palestinos desde sus pueblos y ciudades. Los palestinos huyeron del terror israelí inicialmente hacia Egipto, Jordania, Líbano y Siria, y luego se adentraron más lejos. Los campamentos palestinos en el Líbano siguen existiendo hoy en día, donde generación tras generación de palestinos han crecido esperando el día en que puedan usar sus viejas llaves para volver a casa –ahora hay medio millón de palestinos registrados en el Líbano–.

Las formaciones políticas palestinas tardaron unos años en restablecerse en el exilio, y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se constituyó en 1965 en El Cairo (Egipto). En pocos años, la OLP se afianzó en los campamentos palestinos alrededor de Israel y comenzó las protestas civiles, inicialmente para obtener el control de los campamentos –lo cual se logró mediante el Acuerdo de El Cairo en 1969–, y avanzando lentamente hacia la lucha armada –con mayor determinación y organización tras la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel ocupó Jerusalén Este, Gaza y Cisjordania–. Cuando la monarquía jordana expulsó a la OLP de sus campamentos en septiembre de 1970, la organización se estableció en Beirut y creó una serie de importantes instituciones en el país para la batalla de las ideas y para la lucha armada. Los campamentos palestinos en el Líbano y las instituciones palestinas en Beirut se convirtieron en objetivos directos de los ataques israelíes, con asesinatos incluidos –por ejemplo: Ghassan Kanafani en 1972; o Kamal Adwan, Muhammad Youssef al-Najjar y Kamal Nasser en 1973–. Sin duda, la OLP se había afianzado como la organización política legítima de todos los palestinos y se había convertido en un elemento central de la vida en los campamentos, junto con la agencia de las Naciones Unidas para los palestinos (UNRWA), que proporcionaba escuelas, centros de salud y empleo.

En 1978 Israel llevó a cabo su primera invasión a gran escala del Líbano, la “Operación Litani”, llamada así por el río Litani, en el sur del Líbano. Los israelíes imaginaban que crearían una zona de seguridad en este territorio, que comprende el 10 % del Líbano y en el que vivían cientos de miles de ciudadanos libaneses, así como refugiados palestinos. La idea era empujar a los fedayines (combatientes) palestinos al norte del río y mantenerlos alejados de las operaciones en el norte de Israel –donde los palestinos habían comenzado a luchar por sus derechos desde el Día de la Tierra de 1976 en Galilea–. A partir de 1978 Israel invadió repetidamente el Líbano, erosionando su soberanía mediante intervenciones ilegales como la Operación Paz para Galilea (1982), la Operación Responsabilidad (1993), la Operación Uvas de la Ira (1996), la Guerra de Julio (2006) y la Operación Flechas del Norte (2024). Durante estas y otras operaciones, Israel masacró a civiles, atacó a las Naciones Unidas y cambió su objetivo de la OLP –a la que expulsó del Líbano en 1982– a la resistencia libanesa, principalmente Hezbolá –que se formó en 1982–.

Dado que el propio ejército libanés era incapaz de asegurar la Línea Azul que separa el Líbano de Israel, la tarea de intentar proteger el país recayó en Hezbolá y otras organizaciones paramilitares y políticas libanesas similares. En dos ocasiones, Hezbolá, bajo el liderazgo de Sayyed Hassan Nasrallah (1960-2024), derrotó a Israel –una vez en 2000, cuando obligó a Israel a retirarse del sur del Líbano tras dieciocho años en el país, y la segunda en 2006, cuando, a pesar de intensos bombardeos contra el Líbano, Israel no pudo aniquilar a Hezbolá–. Estos han sido los cincuenta años de agresión, desde la primera invasión en 1978 hasta la actualidad, y durante este período Israel ha sido incapaz de someter a la resistencia libanesa.

La fortaleza del Líbano

Un día conduje en un coche viejo por el antiguo barrio de Dahieh, en Beirut. Es realmente la periferia, pero se lo conoce como el sur de Beirut. Los medios occidentales lo llaman el “bastión de Hezbolá”, pero lo que vi entonces, y lo que he visto en mis numerosos viajes a la zona, son civiles: sus casas y sus tiendas. Lo que también queda claro en esta zona es que, allí donde existe Hezbolá, está fundamentalmente integrado en la vida de la gente –no solo como una organización armada, sino como un grupo comunitario que actúa como aglutinador para unir a la gente y proporcionarles los medios para sobrevivir en circunstancias económicas y culturales muy difíciles–. Por supuesto, estaban las oficinas de Hezbolá, ya que Hezbolá, bajo el nombre de “Lealtad a la Resistencia”, cuenta con quince diputados que tienen presencia pública –uno de los políticos, Amin Cherri, es una figura popular en la zona y ha sido quien ha hablado en nombre de los libaneses desplazados en los últimos meses–.

Dahieh es el barrio bombardeado con mayor ferocidad por los israelíes desde 1982, y de forma salvaje desde 2006. No hay ningún rincón de esta parte de Beirut que no se sienta amenazado por la violencia israelí. Un estudiante de arquitectura diseñó una vez un edificio que sería inmune a la vigilancia aérea israelí, ya que estaría cubierto por un dosel de árboles y plantas en el tejado y a lo largo de los pasillos que atraviesan el barrio. Ese es el nivel de miedo y resistencia en Dahieh.

El espacio aéreo libanés carece de soberanía, ya que, incluso en días en los que no hay violencia, aviones y drones israelíes sobrevuelan habitualmente el país. Con un gobierno libanés débil, corresponde a las potencias imperiales denunciar la violencia israelí –Francia, que fue la antigua potencia mandataria sobre Siria y el Líbano, advirtió a los israelíes contra la creación de una “Nueva Gaza” en el sur del Líbano–. No hay ejército ni fuerza aérea libaneses. Todo el país estaría totalmente vulnerable a un ataque israelí si no fuera por la resistencia liderada por Hezbolá, y por eso Israel y Estados Unidos calificaron a Hezbolá de organización terrorista –como han hecho con todos los grupos palestinos que se oponen a la ocupación–; así utilizan la lógica de la Guerra contra el Terror para atacar a todo el Líbano. La idea de que todo el sur del Líbano pueda ser despejado de sus cientos de miles de habitantes y convertido en una zona de seguridad porque Israel así lo desea va no solo en contra del derecho internacional, sino contra el concepto mismo de humanidad.

Durante el genocidio de los palestinos en Gaza los israelíes decidieron crear estas zonas de seguridad en Cisjordania, Siria y el Líbano. Al amparo de los bombardeos en Gaza, Israel ha tenido prácticamente vía libre para entrar en Cisjordania, arrasar pueblos enteros y detener a cualquiera que se oponga a la ocupación; Israel proporcionó el apoyo aéreo crucial para que el antiguo líder de Al Qaeda, Ahmad al-Sharaa, tomara el poder en Damasco y luego prohibiera cualquier resistencia a Israel desde Siria; finalmente, Israel llevó a cabo la campaña de bombardeos más violenta en Beirut, que no solo mató a Nasrallah –enormemente popular en todo el mundo árabe, pero también en Irán–, sino que acabó con gran parte de la cúpula de Hezbolá. Durante un tiempo, Hezbolá pareció estar mortalmente herido, pero de hecho se recuperó y su recuperación ha provocado el bombardeo actual: un mensaje al Líbano para que se someta a la permanencia de la violencia israelí.

Hace una década pasé un tiempo con algunos jóvenes académicos libaneses que estaban plasmando sus tesis doctorales en libros y empecé a leer artículos y tesis doctorales de otros a quienes no había conocido. Cada uno de ellos parecía estar trabajando sobre los escombros de las guerras israelíes contra el Líbano. Joanne Nucho (Everyday Sectarianism in Urban Lebanon, 2016), Sami Hermez (War is Coming, 2017), Andrew Arsan (Lebanon: A Country in Fragments, 2018) y Munira Khayyat (A Landscape of War, 2022): toda la sensibilidad de una nación convulsionada por la agresión israelí y a la espera de la próxima e inevitable guerra. Ese es el ambiente del Líbano: guerra inevitable y terrible destrucción, pero resistencia necesaria contra un enemigo implacable e inhumano. La monumental recopilación de escritos de Robert Fisk sobre la región se titula Pity the Nation, título tomado de un poema del poeta libanés Khalil Gibran (de su obra El jardín del profeta, 1933). El título de este artículo está tomado de un poema de June Jordan escrito en 1982 que pide perdón al pueblo libanés en nombre del pueblo de Estados Unidos por las atrocidades cometidas contra él. Vale la pena pensar que el mundo necesita pedir perdón al Líbano y a Palestina mientras el genocidio perpetrado por Israel se extiende desde la ciudad de Gaza hasta Beirut.

Este artículo se publicó originalmente en Peoples Dispatch.

Fuente: https://ctxt.es/es/20260401/Firmas/52977/Vijay-Prashad-libano-guerra-iran-eeuu-israel-palestina-genocidio.htm