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Espacios de esperanza

Movimientos radicales necesitan espacios radicales

Fuentes: TeleSur

De pie, fuera del Café Ché, encajado en una ladera en el campus de la Universidad de California en San Diego (USDC), David Morales dice que «los radicales allí me aterraban» la primera vez que lo visitó en 1987. De tan sólo 18 años de edad, Morales estaba desconcertado por la escena política y la […]

Espacios de esperanza: Movimientos radicales necesitan espacios radicales

De pie, fuera del Café Ché, encajado en una ladera en el campus de la Universidad de California en San Diego (USDC), David Morales dice que «los radicales allí me aterraban» la primera vez que lo visitó en 1987.

De tan sólo 18 años de edad, Morales estaba desconcertado por la escena política y la música. Era algo ajeno a su experiencia de crecer en la conservadora San Diego, un importante puerto marino de Estados Unidos se que intercala entre la masiva Base del Cuerpo de Marines de Camp Pendleton, al norte y la frontera militarizada con México al sur.

Morales se acopló rápidamente a la «increíble mezcla de expresión cultural de los estudiantes y la juventud», y se enamoró de los shows de música ecléctica del Café Ché, que iban desde el reggae al punk rock. Él conoció a su futura esposa en el café-cobertizo, es un lugar impregnado de recuerdos de su familia.

Después de graduarse de la UCSD en 1996 con una licenciatura en comunicación, Morales de 45 años de edad, se enfocó en su familia, y sólo «aparecía de vez en cuando a un evento» en el Café.

Ahora es un asiduo, una vez más en el Ché Café, junto con otros veteranos y una gran cantidad de jóvenes, porque el gobierno de UCSD está a punto de expulsar al colectivo, del lugar donde ha estado funcionando durante 34 años.

Aduciendo preocupaciones de seguridad acerca de la condición de los edificios, la administración está cerca de conseguir un aviso de cinco días para desalojar, después de meses de maniobras para exprimir tanto la financiación como el apoyo a los estudiantes.

Partidarios de la Cafetería disputan los reclamos, señalando que en abril el propio inspector de las instalaciones de la Universidad llegó a la conclusión que el espacio «se ve bien en términos de seguridad» con la excepción de un elemento menor de preocupación al lado del edificio principal.

Monty Kroopkin, que inauguró UCSD en 1970, es el experto de la casa en las batallas colectivas con décadas de duración con la administración. Él dice que la instalación de los tres edificios se estableció en 1966 y originalmente era conocido como el Coffee House Express o CHE para abreviar. En 1979, después de que la administración trató de convertirlo en un club de la facultad, los estudiantes obtuvieron el control y establecieron el Ché Café, cambiaron el significado de las siglas a «Cheap Healthy Eats». (Come Sano Barato»)

Desde entonces, el colectivo ha estado defendiéndose de los intentos de la administración de cerrar la cafetería. Funcionarios de UCSD han invocado cuestiones de salud y seguridad en varias ocasiones, llegando tan lejos como para cambiar las cerraduras del café en el 2000, antes de que los partidarios lo ocuparan, obligando a la administración a dar marcha atrás. Es por eso que Kroopkin, Morales y otros están preocupados por la orden de desalojo inminente, pero aún no están presionando el botón de pánico.

La amenaza de cierre ha generado una afluencia de seguidores. Café Ché recientemente entregó una petición con 14.000 firmas pidiendo a la administración detener el desalojo y negociar un nuevo contrato de arrendamiento.

Mientras que la administración reclama que la instalación es utilizada principalmente por gente de fuera (lo cual es cierto debido al alto perfil y la forma independiente que funciona en La Jolla Playhouse en el campus de UCSD), los estudiantes ocuparon un hall académico el 24 de noviembre en apoyo del Café. También se oponían al aumento de las matrículas previstas en un 28 por ciento durante los próximos cinco años en todo el sistema de las Universidades de California.

El colectivo Ché está creciendo, y los miembros se reúnen con regularidad para formular respuestas a los movimientos de la administración.

Cuando pasé por el Café en una cálida tarde de domingo a mediados de noviembre, estaban discutiendo un decreto universitario para detener la programación de la cafetería; su modelo de negocio y su alma cultural. Antes de la reunión un puñado de nosotros se reunió afuera, mientras la hija más joven de Morales y dos amigos corrían alrededor del patio, pintando un AK-47 con un rótulo que decía, «No Dioses No Maestros».

Para aquellos que han encontrado un hogar en el Ché, representa posibilidades radicales. En 2003 Trevor Stutzman encuentra en el Ché un lugar donde confluyen todas las edades sumidas en la ‘rica Historia de la música» Él dice que a los 15 años fue «expuesto a una verdadera alternativa, un colectivo trabajador no jerárquico. Eso te afecta el resto de tu vida y cómo se ve el mundo».

Mientras Stutzman asistió a la universidad en otro lugar, ha sido un habitual en el café que es «un puente entre la comunidad y la universidad». Los demás asienten. Kroopkin añade que la existencia de la cafetería plantea la pregunta: «¿Es el papel de la universidad servir a su «clientela» o se trata de servir a la comunidad en general?»

Los edificios de madera de una sola planta están salpicados con murales de historia-radical de pintores como Víctor Ochoa y Mario Torero, cuyas obras también se encuentran en el famoso (y controvertido) Chicano Park de San Diego.

Morales me guía a través del bosque de eucaliptos en los confines de la cafetería. Recuerda que se trata de un lugar donde él ha visto que los «búhos hace el amor» a la huerta orgánica en el patio de atrás. Es también el lugar en que él y su esposa enterraron la placenta de su hijo mayor.

Allí conocí a Jeanine Webb, que está estudiando un doctorado de poesía en la UCSD, y que ha sido miembro del colectivo por tres meses.

Webb se lamenta: «Hay tan pocos espacios de la Izquierda Radical en las universidades de California». Ella sostiene que el plan del gobierno es eliminar «espacios estudiantiles que proporcionan un lugar donde puede existir el pensamiento y la cultura libre, ya que no son compatibles con el afán de lucro neoliberal y que tienen aspectos «incontrolables» inherentes a ellos.

Kroopkin dice que lo largo de los años la Universidad ha sido hostil al Café y las otras tres cooperativas estudiantiles en el campus: el General Store Co-op, Groundwork Libros, y la Food Co-op. Él explica que son las únicas entidades dirigidas por estudiantes y cooperativamente organizadas en la Universidad, con sus propias fuentes de ingresos, cuentas bancarias, nóminas y seguros. «Son jurídicamente autónomas», dice Kroopkin. «Ni siquiera el gobierno estudiantil UCSD es autónomo, a diferencia de los cuerpos de UCLA o Berkeley».

Ese es el corazón del conflicto, dice Webb. Espacios como el Ché no encajan en la universidad corporativa, por lo que, ella dice, el gobierno quiere «sanearlos».

Es difícil estar en desacuerdo. Lo qué está pasando en la Universidad de California con el Ché es un microcosmos de la sociedad Estadounidense.

Espacios radicales

Con el tiempo, ya que el mercado ha extendido sus tentáculos en todas partes de la vida diaria, los espacios radicales han desaparecido en gran parte de la sociedad Estadounidense.

En el siglo XIX, las salas agrarias y comunidades utópicas enteras eran comunes. Décadas más tarde, templos laborales, cafés radicales, teatros, editoriales, bares y librerías tuvieron su apogeo junto con salas y campos de socialistas y comunistas.

Si bien aún se pueden encontrar espacios radicales en muchos campus universitarios, sedes sindicales y espacios culturales, todos están bajo asedio, salvo tal vez los acogidos por atuendos religiosos progresistas.

Espacios radicales en los lugares de trabajo, plazas públicas, iglesias, escuelas y barrios son caldo de cultivo para los movimientos sociales de todo tipo.

Las fábricas han sido un sitio primario de la lucha desde el comienzo de la era industrial. Karl Marx argumentó que para los capitalistas serían su perdición, al reunir a los trabajadores bajo un mismo techo se darían cuenta de sus intereses comunes como clase obrera y derrocarían el sistema capitalista.

Mientras que la predicción de únicamente una revolución obrera liderada parece poco probable que suceda en una época en que la producción se ha subcontratado a través de la tecnología y fragmentado en todo el mundo, los movimientos son amarras sin espacio para incubar, crecer y sobrevivir.

Occupy Wall Street nunca hubiera existido sin la celebración de espacio común en decenas de ciudades, el cual nunca se recuperó una vez que perdió esos espacios, no importa cuánto se dijeron los activistas a sí mismo: «No se puede desalojar a una idea».

Apoderarse del espacio público permite re-imaginar la vida cotidiana. Después de que Occupy se radicalizó en el otoño del 2011, me paraba en los escalones que dan a Zuccotti Park, a tiro de piedra de la Bolsa de Valores de Nueva York, y veía como cientos de personas en diferentes grupos intercambiaban ideas, comida, libros, tecnología, arte , medios de comunicación, atención médica, asesoramiento, ropa, refugio, emociones y más. Ni un intercambio fue mediado por el dinero, que estaba en marcado contraste con el consumo febril de todo Manhattan.

Diferentes formas políticas y sociales estaban fermentándose, especialmente donde el mercado tuvo mucho menos influencia de lo normal en la vida diaria.

Aunque poderosas y extendidas han sido las protestas por el caso Ferguson y contra el policía Darren Wilson por matar a Michael Brown, un adolescente negro desarmado, los arrebatos en la calle no pueden sustituir a los espacios donde se construye comunidad y confianza, liderazgo y organización desarrollo y visión y la estrategia debatida e implementada.

La razón por la que muchos espacios radicales han cerrado es la misma razón el Café Ché está en peligro: dinero.

Recientemente uno de los espacios alternativos con más historia en el país, Brecht Forum de la ciudad de Nueva York, cerró. El Instituto de Educación Popular y Teatro, el Brecht adujo dificultades financieras como la razón para el cerrarlo después de casi 40 años, pero algunas fuentes de la organización indicaron que fue una decisión política rechazar fondos sustanciales que podían haber ayudado, porque probablemente significaba cambiar su forma de organización o de visión.

Un espacio activista en Brooklyn, conocido como The Commons, está llenando algunas de las necesidades, satisfechas por un espacio radical, al ofrecer clases de historia y de política de izquierda. Su modelo de financiación se basa en la comprensión de la inversión de su dueño, que compró el espacio hace años, en una zona deprimida que se ha aburguesado, como gran parte de la ciudad. No hay nada malo con la filantropía de mentalidad política, la izquierda radical necesita toda la ayuda que pueda conseguir.

Otro espacio va tomando forma en otras partes de Brooklyn y pretende ser un recurso comunitario integral mientras se adaptan a la realidad del mercado. Ana Nogueira y McNair Scott, son los principales detrás de la Sala de la Comunidad, Mayday. He trabajado con los dos por años, en la Ciudad de Indymedia Center de Nueva York, que tuvo un comienzo rugiente en el 2000, cuando un activista de izquierdista donó un espacio de la oficina del centro al grupo de productores de medios.

Nogueira es una ex-productora de Democracy Now!, y la mitad del equipo que hizo la galardonada película sobre la ocupación israelí de Palestina, Hoja de Ruta Hacia el Apartheid. Ella dice que su inspiración para Mayday viene de una de sus experiencias formativas como adolescente, «asistir a un espectáculo en Wetlands Preserve y descubrir todo un mundo de activismo ambiental». Durante su carrera de 12 años, Wetlands estaba ubicada en el barrio de Tribeca, Manhattan y fusionaba los conciertos en vivo con el activismo ambiental, pero fue arrollada por la gentrificación en el 2001.

Nogueira espera que Mayday «juegue un papel similar, atraer a la gente a los espectáculos de música y su introducción a los movimientos», al tiempo que facilita «a las personas espacio asequible para utilizar en una ciudad donde los alquileres son muy altos».

Para ello se han formado dos entidades separadas: un bar con fines de lucro, «donde entras, dejas dinero, y obtienes una bebida», y un espacio comunitario sin fines de lucro. El bar cuenta con inversores que recibirán una parte de los beneficios. Nogueira dice que hasta el 25 por ciento de las ganancias irá «a grupos de activistas en primera línea, que necesitan infusiones rápidas de efectivo». Ella explica lo que ha significado para grupos que no tienen el tiempo para solicitar subvenciones, ofreciendo apoyo alrededor una protesta convocada a corto plazo o el apoyo necesario después de una acción directa no violenta.

«Nuestros inversores apoyan esta visión y la misión de sostener un espacio comunitario en Bushwick y un fondo activista de respuesta rápida», dice Nogueira. El bar también subvencionará el espacio comunitario. Se hizo una prueba este verano antes de la Marcha de los Pueblos por el Cambio Climático en marzo, donde Avaaz y 350.org pagaron al propietario de Mayday, 20,000 dólares por tres meses de uso del espacio.

Nogueira dice: «Fue increíble ver el lugar cobrar vida. No podríamos haber elegido un mejor evento inaugural. La gente de toda la ciudad vio que había un espacio que podría ser un recurso y se lo presentó a la comunidad de Bushwick, donde estamos ubicados. Introdujo el espacio a los movimientos con los que queremos estar conectados, y ellos tienen que ver lo que puede ofrecer el espacio. Fue un ensayo sobre cómo manejar una docena de voluntarios, crear un espacio seguro para todos, y mantenerlo abierto durante 20 horas al día».

Ellos ya tienen un inquilino muy conocido, Make The Road, un centro de trabajadores inmigrantes que ha luchado con éxito por los derechos laborales y contra el robo de salarios en muchos casos. Nogueira dice, «Make The Road va a ofrecer talleres de alfabetización para adultos, clases de inglés, y educación para la ciudadanía en el espacio Mayday. Vamos a complementar eso con clases de español, talleres sobre derechos de inquilinos, y talleres legales, como los derechos laborales y talleres para que conozcan sus derechos».

El colectivo Mayday de cinco miembros toma muy en serio el servir a la comunidad, compuesta en su mayoría de familias de bajos ingresos de Puerto Rico y México. Los derechos de los inquilinos es una de las mejores herramientas para frenar la vorágine de gentrificación que se ha desatado en Bushwick por el programa de HBO, Girls, que se encuentra en el sector.

Nogueira dice que los grupos locales con planes de hacer talleres en el espacio, incluyen Bushwick Copwatch y Familias Contra la Violencia Policial. Otros proyectos en las obras incluyen el inicio de una granja en la azotea con los jóvenes que asisten a las Clases de Comunidad y Cocina

Nogueira dice que el proyecto tiene un potencial desconocido, «Esperamos que faciliten la construcción de movimientos a través de los problemas y ser un terreno neutral donde la gente puede cruzar ideas. Hemos visto que esto sucedió ya a través de la organización del clima, donde la gente terminó discutiendo la brutalidad policial, lo que está sucediendo en Ferguson, y las escuchas de la NSA».

Ese es precisamente el tipo de papel que el Ché ha jugado a través de su historia, dice Monty Kroopkin. Su mayor logro fue servir como centro organizador de la campaña estudiantil en los años ochenta que presionaron a la Universidad de California a vender más de $ 3 mil millones en inversiones en compañías que hacían negocios en África del Sur. Nelson Mandela destacó el papel de los estudiantes de la UC ‘para ayudar a derrocar el apartheid’ cuando visitó Berkley, California, en 1990 después de ganar su libertad.

Nadie sabe lo que depara el futuro para espacios como el Café Ché y Primero de Mayo, pero su mera existencia es un faro de esperanza para los nuevos movimientos y activistas.

Fuente: http://www.telesurtv.net/opinion/Espacios-de-esperanza-Movimientos-radicales-necesitan-espacios-radicales-20141218-0057.html