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No siento compasión por los colonos

Fuentes: Haaretz

Traducción del inglés: María Landi.

No simpatizo con la gente que se aprovecha de la tragedia. No tengo simpatía por los ladrones. No tengo simpatía por los colonos. No tengo compasión alguna por los colonos, ni siquiera cuando los golpea una tragedia. Una mujer embarazada resultó herida y su bebé recién nacido murió a causa de las heridas. ¿Qué puede ser peor que eso? Conducir por sus carreteras es aterrador; la oposición violenta a su presencia está creciendo. Pero no siento ninguna simpatía por su tragedia, ni siento compasión ni solidaridad.

Ellos son culpables, no yo, del hecho de que no pueda sentir el más humano sentido de solidaridad y dolor. No es sólo porque son colonos, violadores del derecho internacional y de la justicia universal; no es sólo por la violencia de algunos de ellos, y el asentamiento colonial de todos ellos; es también el chantaje con el que responden a cada tragedia lo que me impide llorar con ellos. Debajo del velo de la unidad santurrona e hipócrita, y la falsa muestra de dolor nacional por parte de los medios para avanzar en sus propios objetivos comerciales, hay que decir la verdad: su tragedia no es nuestra.

Su tragedia no es nuestra porque ellos se la han infligido a sí mismos y a todo el país. Es cierto que la culpa principal es de los gobiernos que cedieron ante ellos, ya sea con entusiasmo o por debilidad; pero los colonos tampoco pueden ser absueltos de culpa. El extorsionador −y no sólo quienes han cedido a la extorsión− también tiene la culpa. Pero allí están: generaciones nacidas en tierras robadas, niñas y niños criados en una existencia de apartheid, entrenados para pensar que es justicia bíblica, y con apoyo del gobierno. Quizás no podemos culpar a quienes están asentados en tierras usurpadas por sus padres. Pero su tragedia no es la nuestra porque explotan cada tragedia para avanzar en sus objetivos de la manera más cínica.

Cuando un bebé muere, instalan casas rodantes [en tierra palestina]; cuando los soldados mueren defendiéndolos, no piden perdón a las familias de esos soldados (a pesar de ser culpables de las vidas que han sido segadas): sólo presentan demandas para blanquear sus crímenes. Y con estas demandas, crece el apetito de venganza: encarcelar aún más a sus vecinos, destruir sus hogares, matar, arrestar, bloquear caminos y tomar más venganza. Y si eso no fuera suficiente, sus propias milicias salvajes atacan a la población palestina, lanzan piedras a sus vehículos, prenden fuego sus campos y aterrorizan sus aldeas. No les alcanza con el castigo colectivo impuesto por el ejército y el servicio de seguridad Shin Bet, ejercido con crueldad y a menudo criminalmente. La sed de venganza de los colonos nunca se satisface. ¿Cómo es posible identificarse con el dolor de personas que se comportan así?

Es imposible identificarse con su duelo, porque Israel ha decidido no mirar todo lo que se hace allí, en la tierra de Judea. Cuando eres capaz de ser indiferente a la ejecución de un joven con discapacidad mental por parte de los soldados, también puedes ser indiferente a la muerte de una mujer embarazada a manos de palestinos. Cuando se ignora los acontecimientos en el campo de refugiados de Tulkarem, también se puede ignorar lo que ocurre en el cruce de Givat Assaf. Es ceguera moral ante todo lo que pasa. Yesha no está aquí; ese es el precio que se paga por la falta de interés en lo que ocurre en los territorios y por ignorar la ocupación, bajo cuyo patrocinio se establecen las colonias. Presupuestos gigantescos se vuelcan allí sin despertar la menor oposición pública, por lo cual también hay indiferencia sobre el destino de los colonos y sus tragedias. El pedazo de tierra que han tomado no le interesa a la mayoría de los israelíes, que viven en la tierra de la negación; y ese es el precio.

No tenemos por qué disculparnos por la falta de interés y de empatía. Ellos mismos, los colonos, se lo han buscado. Quienes nunca han mostrado el menor interés en el sufrimiento de sus vecinos palestinos (que ellos han causado); quienes predican todo el tiempo que el puño de hierro debe estar siempre apretado para torturarlos aún más, no merecen que simpaticemos con ellos, ni siquiera en su hora de dolor. No me alegro de que sufran, pero no siento compasión por su dolor. El verdadero dolor lo padecen sus víctimas: tanto las que sufren sumisamente como las que toman su suerte en sus manos y tratan de resistir a una realidad violenta de manera violenta, y a veces también asesina. Las y los palestinos son las víctimas que merecen compasión y solidaridad.

 

Publicado en Haaretz   el 16/12/18.