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Elecciones USA

Nuevas caras, la misma agenda

Fuentes: Znet

El firmamento político tembló brevemente después del 7 de noviembre, trayendo esperanzas de que habría un cambio después de la paliza recibida por los republicanos en las urnas y de que los demócratas ganaran el control de ambas cámaras por primera vez desde que el «Grand Old Party» (N. del T. el Viejo Gran Partido, […]

El firmamento político tembló brevemente después del 7 de noviembre, trayendo esperanzas de que habría un cambio después de la paliza recibida por los republicanos en las urnas y de que los demócratas ganaran el control de ambas cámaras por primera vez desde que el «Grand Old Party» (N. del T. el Viejo Gran Partido, en referencia al partido republicano. GOP en sus siglas en inglés) arrasara en 1994. La nueva presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, detuvo esos temblores dejando claro que no habría ningún cambio sustancial sobre la mesa cuando se convoque el 110avo Congreso el próximo 2 de enero. Por el contrario, anunció a los que prestaran atención que todo seguiría exactamente igual que antes ya que tiene intención de trabajar con el presidente en un espíritu de bipartidismo y no ser «obstruccionista», aunque los republicanos nunca hayan devuelto la cortesía ni hayan mostrado intención de hacerlo en los pasados 12 años.

Pelosi dejó claro que la victoria demócrata será otra traición al electorado, que les envió a ella y a los demócratas un poderoso mensaje, votando por un mandato populista anti-Bush y por una agenda contra la guerra que no recibirá. La razón es la misma de siempre: los que controlan el proceso político en Washington deben su lealtad a los intereses de la riqueza y el poder que los selecciona y los financia y de la que ellos mismos forman parte. El Consejo de Liderazgo Demócrata (anti-populista) (DLC sus siglas en inglés) dejó esta posición clara cuando el 10 de noviembre, participó en un espectáculo televisivo postelectoral en la Oficina Oval para que todo el mundo pudiese ver a sus nuevos líderes del Congreso en una descarada exhibición de compañerismo junto a la empresa criminal de la Casa Blanca, posando como gobierno legítimo, y de la que han sido cómplices todo este tiempo. ¿Alguien que entienda como funcionan las cosas en Washington podía esperar algo diferente?

La política más básica, al estilo Washington, nos enseña que nada es lo que parece. Las promesas de campaña están vacías y son falsas, y en el capitolio de la nación la clase criminal es bipartidista. Pelosi, que proviene de un ambiente privilegiado y no populista, y sus colaboradores, planean seguir como siempre cuando llegue enero. Tienen intención de sacarle el máximo partido a su nuevo estatus de poder para conseguir un trozo aun mayor de la tarta política sin compartirlo con sus electores, a no ser por unas pocas migajas que excluyen las cosas más importantes por las que les votaron: terminar las guerras de agresión contra Irak y Afganistán, traer al ejercito a casa, impugnar a Bush y a Cheney, encargarse de los necesitados servicios sociales como la salud y la educación pública que los republicanos y los demócratas han ignorado y han permitido que vayan deteriorándose, restaurar los derechos civiles, encontrar y juzgar a todo aquel que esté involucrado en el pozo de endémica corrupción desenfrenada, corporativa y del gobierno, que ambos partidos han permitido y de la que sólo unos pocos han tenido que responder, y esto sólo para empezar.

Y que hay de restaurar la democracia constitucional y gobierno de la ley, junto con controles y contrapesos, la separación de poderes y que nuestros funcionarios electos sean responsables ante el público por todas sus acciones y que se les haga afrontar las consecuencias cuando traicionen la confianza pública. Y que hay de terminar con la privatización del elemento más fundamental del proceso democrático y devolverlo al control del público, el proceso electoral (corrupto y dirigido ahora por corporaciones) que sólo puede ser justo bajo un sistema de papeletas verificables contadas a mano por funcionarios que no tengan conexión alguna con ningún partido o con las corporaciones que los financian y a las que pertenecen. Y que pasa con dar el derecho a participar a candidatos de partidos alternativos reales bajo un sistema de representación proporcional que rompa el monopolio de un sistema corrupto de dos partidos donde el ganador se lleva todo. Y que hay de todo eso y de mucho más que una democracia real demanda y que la farsa que ahora tenemos no permite.

Se confirmó que estamos a años luz de todo eso cuando los nuevos candidatos demócratas electos se apresuraron a mostrar su deferencia públicamente sin ninguna vergüenza. Ellos también tuvieron su momento en la Oficina Oval, hicieron sus reverencias obedientemente para las cámaras y prometieron fidelidad a un criminal de guerra que ha hecho más daño a los principios esenciales de este país y al bienestar en todo el mundo (menos a la élite a la que pertenece) que cualquier otro presidente desde Richard Nixon, a quien echaron del gobierno deshonrado. No cabe esperar que algo así le ocurra a George Bush si la vergonzosa muestra de servidumbre de los demócratas indica lo que se avecina, que lo hace, a no ser que el público despierte y demande la responsabilidad que cada uno merece.

El nuevo coordinador del la mayoría en el Senado Richard Durbin mostró al público a lo que se enfrenta. Expresó el espíritu de conciliación y complicidad del vencedor diciendo que ambas partes hablaron de «seguir adelante con la agenda, encontrando puntos de acuerdo para empezar con buen píe». El próximo líder de la mayoría en el Senado Harry Reid lo dejó incluso más claro que el senador por Illinois diciendo «La única manera de seguir adelante y conseguir resultados es mediante el bipartidismo y la franqueza, …eso es lo que vamos a hacer.» Y el hombre que el Wall Street Journal denomina «el arquitecto de la victoria demócrata en el Senado» el senador por Nueva York y senador por Tel Aviv, Charles Schumer, dijo el 11 de noviembre en una entrevista para el Journal «Si se nos ve sólo bloqueando al presidente, eso no nos hará ningún favor para el 2008.»

Con actos de obediencia como estos cualquier esperanza de que el 110avo Congreso trate alguno de los temas claves por los que el público votó y que demanda, caerán como una hoja en otoño. Por una parte, Nancy Pelosi dijo que cualquier noción de seguir con lo que la creciente mayoría del público demanda, el impeachment [N.del T. Acusación formulada contra un alto cargo por delitos cometidos en el ejercicio de sus funciones] a George Bush, está fuera de la agenda (el 87% de los participantes de una encuesta por Internet todavía sin terminar dijo «si» al impeachment). Antes de las elecciones, el próximo presidente del Comité de Magistratura del Senado, John Conyers, dijo que eso era una prioridad para él, pero el 10 de noviembre renegó diciendo «el próximo presidente de la Cámara ha dicho que el impeachment está fuera de la agenda. Y yo estoy completamente de acuerdo con ella en este tema: El impeachment está fuera de la agenda.»

El público necesita recordar al Sr. Conyers como preparó el camino para el impeachment el pasado diciembre con un informe detallado de 350 páginas titulado: «La Constitución en Crisis: Las Actas de Downing Street y el Engaño, Manipulación, Tortura, Venganza y Encubrimientos en la Guerra de Irak» que más tarde se actualizó para incluir «vigilancia domestica ilegal.» Ahora el demócrata de Michigan, que acaba de ser reelegido por sus electores para su 22avo mandato no puede hacer nada mejor que decir: «Ciertamente me preocupa la manera en la que este gobierno ha abusado de su autoridad, pero el impeachment no sería bueno para los norteamericanos.» ¿Está diciendo que los crímenes de guerra, los crímenes contra la humanidad y la destrucción de una republica democrática que quedan sin condenar sí son buenos para la gente?

En el pasado, Conyers tenía el record de ser uno de los pocos en Washington que recordaba quien le había elegido y apoyaba sus intereses. ¿En que está pensando este hombre ahora retractándose en temas tan cruciales que cuentan con el apoyo masivo del público?, y ¿por qué después de más de 40 años en el Congreso está dispuesto a renegar de su palabra en un asunto fundamental que necesita una solución antes de que este país pueda seguir adelante? El Sr. Conyers tiene el poder de terminar con nuestra «larga pesadilla nacional» que seguirá a no ser que él cumpla con la obligación que el público le demanda, y si no lo hace, debe retirarse y dejar sitio a alguien que sí lo haga.

El pasado mayo en un artículo de opinión en el Washington Post, el congresista de Michigan tenía una visión diferente de la de ahora cuando dijo que un nuevo Congreso necesitaba conseguir respuestas sobre si «el servicio de inteligencia estaba equivocado o fue manipulado en los desencadenantes de la guerra de Irak (y si) funcionarios (del gobierno) de alto nivel aprobaron el uso de tortura y otros tratamientos crueles e inhumanos infringidos a los detenidos.» Si se encontraban pruebas, indicó, estas serían ofensas potencialmente validas para el impeachment y no dejó duda alguna de que él creía que la ley constitucional de la nación es sagrada, y si el presidente de los Estados Unidos la viola debe ser obligado a responder como cualquier otra persona.

Él la violó, y hay pruebas suficientes que lo corroboran. Así que, ¿Por qué John Conyers decidió no seguir las pruebas que encontró tal y como prometió? El público necesita recordar al congresista el juramento que hizo y la palabra que dio y demandar que dé marcha atrás en sus declaraciones y lo achaque a un caso de mal juicio temporal. Se le perdonará si lo hace, pero será condenado si no. Ahora queda por ver si es lo suficientemente hombre para ver su error, si está preparado para hacer el trabajo que dijo que haría, y si está dispuesto a satisfacer la confianza del público con el poder que se le ha concedido.

Conyers tiene todas las pruebas que necesita en las Actas (Memo) de Downing Street anteriormente mencionadas y en el título de su informe. Se refieren a la reunión secreta que tuvo lugar en Washington en 2002 entre funcionarios de alto nivel estadounidenses y británicos donde se preparó la inteligencia que justificaría la guerra de Irak de 2003 y para que ésta se adaptase a la política ya decidida por el gobierno de Bush y que se expone claramente en esas mismas palabras. Eran pruebas evidentes de que el presidente y sus consejeros más cercanos mintieron al público para sacar adelante su fraudulento caso para la guerra de Irak. No tiene nada que ver con la justificación falsa que se dio, y eso sólo es motivo suficiente para iniciar un proceso de impeachment.

Uno de los conspiradores en la planificación de la guerra prácticamente admitió su culpabilidad cuando Paul Wolfowitz, entonces Subdirector de Defensa bajo Donald Rumsfeld y ahora presidente del Banco Mundial, en una entrevista en Singapur se le preguntó por qué él y otros en Washington se decidieron por las armas de destrucción masiva como la razón para ir a la guerra. Él contestó: «Era lo único en lo que todos estábamos de acuerdo.»

El nuevo liderazgo demócrata aparentemente no le oyó ni tampoco se molestó en leer el Memo de Downing Street. También es difícil de entender que si Bill Clinton podía haber sido impugnado sin sentido por mentir en una deposición jurada sobre sus inclinaciones sexuales, el presente titular merece por lo menos lo mismo por ir a una guerra basándose en mentiras y asesinar a 655.000 o más iraquíes, más los miles de americanos asesinados, heridos o afectados por la guerra para el resto de sus vidas y los que continuaran. Él y sus desdeñables aliados republicanos también tienen que hacerse responsables de seis años de abusos de la confianza pública en todos los aspectos de su infernal agenda que continua vigente y sin tratar.

La lista es interminable e incluye dos guerras ilegales de pura agresión para apoyar y financiar las dos guerras ilegales que Israel declaró durante el verano, con una todavía en curso y prácticamente inadvertida que está asesinando a palestinos indefensos diariamente y nadie hace nada para detenerla. Incluye declarar la guerra contra el público en suelo propio, desmantelando o terminando con servicios sociales esenciales, poniendo en peligro la economía por medio de políticas de gastos imprudentes, destruyendo nuestras libertades civiles y apoderándose del control absoluto mediante un golpe de estado que los demócratas apoyaron con sus votos en el Congreso o con su silencio cuando podían haber actuado para desbaratarlo con un fuerte apoyo público tras ellos.

El 7 de noviembre, el público expreso un poderoso sentimiento de ira y disgusto contra una administración sin escrúpulos y criminal, demandando responsabilidad a aquellos a los que votaron y un gran cambio hacia delante. Ganaron a pesar de un fraude de manipulación masiva encubierta por parte del partido Republicano (de nuevo) que fue incapaz de contener el torrente de resentimiento, demasiado grande para superarlo. Al penalizar al congreso republicano el pasado martes, los votantes enviaron el mensaje de que quieren una nueva dirección que de marcha atrás a todo el daño que ha causado la actual. Hasta ahora, el mensaje no ha calado y si no se repite por las calles, por medio del correo, en reuniones ciudadanas, en el teléfono, en correos electrónicos y en cualquier otro medio por el cual los votantes puedan dirigirse a sus dirigentes, será de nuevo ignorado por el liderazgo demócrata, a quien, como a sus homólogos, nunca les llega hasta que un día más tarde se despiertan y se dan cuenta de que acaban de perder su trabajo.

El DLC ya está colaborando activamente detrás del telón para continuar con el conflicto en Irak firmando cualquier plan táctico modificado que proponga la Comisión Baker y que se hará público pronto. ¿Deberíamos haber esperado otra cosa de un partido que marchó descaradamente acompasado con el gobierno republicano empezando con la patética negativa de Al Gore a luchar por el gobierno que ganó en 2000, eligiendo rendirse sumisamente al nombramiento de George Bush por la Corte Suprema, y como hizo John Kerry cuatro años después en una muestra de despreocupación en unas elecciones mucho más fraudulentas que las del 2000. Casi no importa bajo un sistema al que el autor y crítico político Gore Vidal denomina nuestro estado de un partido gobernado por el Partido de la Propiedad en una plutocracia a dos bandas, con menos de un pelo de diferencia entre ellas.

El público es lento en reaccionar y está todavía hipnotizado y dormido en los laureles en el jaleo después de las elecciones para darse cuenta de que se la han pegado de nuevo. En lugar de celebrar una victoria sin consumar, lo que se necesita es hacer un seguimiento para exigir las demandas que permanecerán sin ser consideradas esperando a que un puñado de nuevos políticos actúen. Nada cambiará en Washington hasta que la gente entienda que cambiar a unos viejos holgazanes por unos nuevos sólo garantiza más de lo mismo a no ser que lo exijan de una manera más visible y verbal lejos de las urnas.

De otra forma, el único cambio garantizado es nada de nada, y lo único que tendrán para esperar será el próximo turno de elecciones en 2008 cuando la misma farsa del proceso democrático se repetirá bajo las falsas pretensiones de que será más importante de lo que es ahora. Se podría pensar que después de 12 años de política salvaje habría suficientes nuevos demócratas inspirados y que algunos de sus lideres estarían tan enardecidos como lo estaban los republicanos revolucionarios con su Contrato con América en 1994 que les ayudo a triunfar en las elecciones parciales de ese año con la promesa de «tener en consideración los (diez) proyectos de ley, dando a cada uno un debate completo y abierto…y voto justo…y estar disponible para inspección pública.» Ellos cumplieron lo prometido, pero fue una estafa su petición para una reforma de gobierno con la que los Demócratas DLC de Clinton estuvieron de acuerdo y en la que los votantes creyeron, no dándose cuenta de que la agenda del Great Old Party significaba recortes en los impuestos para los ricos y los gigantes corporativos, el desmantelamiento de leyes y de la protección del estado de bienestar, y cortes en programas sociales y mínima protección de la seguridad social afectando mayormente a aquellos que más la necesitan.

¿Así que donde estamos ahora después de que el polvo de la celebración se ha posado y que la fría luz de un nuevo día ha amanecido? Washington está todavía envuelto en un sudario kafkiano de estrangulación infernal combinando guerras en el extranjero con represión y descuido domestico junto con la garantía de que nada sustantivo cambiará más allá de unas pocas chapuzas para hacer sentir bien al público de nuevo cuando llegue una nueva agenda y todo esté bien en el mundo. La realidad es que todo va mal en el mundo, y que los demócratas DLC tienen la intención de continuar conspirando con un gobierno criminal para mantenerlo así, por lo menos mientras la gente les permita continuar así.

La fuente de la esperanza es eterna y finalmente el público se dará cuenta de que el mismo elemento criminal está al mando, y que poco ha cambiado ni cambiará sin acciones fuera de las urnas, las maquinas asesinas ilegales en Irak y Afganistán seguirán sin fin como lo hacen las apropiaciones para ellas, que están a punto de conseguir otro obsceno suplemento no oficial de 160 mil millones de dólares, un porcentaje de fondos malgastado en la guerra, desviando el dinero que se necesita desesperadamente en programas sociales críticamente descuidados y que los demócratas permitieron a los republicanos recortar y quemar y para los que ahora ni siquiera están considerando una restitución.

El espectro del Acta Patriota I y la secretamente propuesta, sigilosa y gradualmente debatida Acta Patriota II (toma de poder policial total del Estado) permanece en vigor al igual que la recientemente aprobada Acta de Comisiones Militares y la revisión del Acta de Insurrección que hace de cualquiera, incluso de ciudadanos norteamericanos, un «enemigo combatiente» desprotegido de habeas hábeas o proceso debido y que concede al presidente el derecho a usar mano de hierro para hacer cumplir lo que él diga que es la ley y contra cualquiera que él afirme, sin pruebas, que es una amenaza contra la seguridad nacional, es decir, un terrorista.

Eso combinado con un presidente que, reclamando el derecho dictatorial de un «ejecutivo unitario» se permite, mediante su propia autorización, saltarse la Constitución, el Congreso y los tribunales en el «interés» de la «seguridad nacional», ha transformado un país del que Lincom dijo «estaba concebido en Libertad, y dedicado a la premisa de que todos los hombres están creados iguales, (en un) gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» en una dictadura fascista con la que el liderazgo demócrata está muy cómodo y no tiene intención de cuestionar, con la condición de que reciban parte del botín del que ahora conseguirán una parte aun mayor.

Estos son los mismos demócratas que prometieron lealtad a Thomas Jefferson que aborrecía la guerra llamándola el «mayor azote de la humanidad… (juró) eterna hostilidad contra cualquier forma de tiranía…(explicó) Toda lo que la tiranía necesita para afianzarse es que la gente de buena voluntad permanezca en silencio…(y dijo) toda generación necesita una nueva revolución (para reinventarse a sí misma y purgar los pecados de la pasada).»

Si Jefferson estuviera con nosotros ahora, nos diría que los pecados de la generación pasada son tan enormes, están tan fuera de control que ponen en peligro la república, conectada a un respirador artificial y debilitándose rápido, más que nunca en la historia de este país y que ahora se necesita la madre de todas las revoluciones. La clase política de Washington no responderá a su llamada y tampoco quiere que nosotros la conozcamos, y depende del pueblo enviar el mensaje de una forma que no pueda ser ignorada por los que están en el poder.

Jefferson estaría de acuerdo en explicar lo importante que es mantener «el espíritu de resistencia…vivo… (que) los hombres tímidos prefieren la calma del despotismo …(y que todo el mundo tiene) ciertos derechos esenciales; que entre ellos están el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad .» Jefferson también sabía lo que Ben Franklin quiso decir cuando en el nacimiento de la Constitución dijo que tenemos una republica si sabemos mantenerla. Él también sabía que si la perdíamos, era el pueblo quien tenía que reclamarla de aquellos que la tomasen. Es el momento de intentarlo. Jefferson y Franklin estarían de acuerdo.

Stephen Lendman viven en Chicago y se le puede localizar en [email protected]. También puedes visitar su blog en sjlendman.blogspot.com

* Traducido por Eva Calleja y revisado por Esther Carrera y Alfred Sola