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Cronopiando

Porqué debemos pagarle a Estados Unidos la factura del psiquiatra

Fuentes: Rebelión

  Muchas y notables son las carencias de la sociedad estadounidense. Y me sumo a quienes vienen insistiendo en la necesidad de presidentes, obviamente, distintos a los ejemplares en uso. No siendo los Estados Unidos un régimen dictatorial no hay razón para que, a lo largo de su historia, todos sus presidentes hayan sido clones, […]

 

Muchas y notables son las carencias de la sociedad estadounidense. Y me sumo a quienes vienen insistiendo en la necesidad de presidentes, obviamente, distintos a los ejemplares en uso. No siendo los Estados Unidos un régimen dictatorial no hay razón para que, a lo largo de su historia, todos sus presidentes hayan sido clones, matices al margen, de un mismo y omnipresente poder. Inexplicable en una democracia esa permanente recurrencia al mismo impresentable, así vaya por la vida de patán o toque el saxo.

También estoy de acuerdo con la necesidad de encontrar votantes que tiene esa democracia, encontrar ciudadanos y ciudadanas que todavía confíen en la razón de su voto y en el ejercicio de su derecho, antes de que se reduzca aún más su porcentaje, inferior, desde hace muchos años, al 50 por ciento.

Y oportuno sería que, mejor que votantes, tuviera electores que, además de votar, pudieran elegir. Y hasta un sistema electoral algo más democrático que, por ejemplo, hiciera válido el principio: «una persona, un voto», para no referirme a la necesidad de corregir los fraudes electorales y no seguir honrando delincuentes por más familia que sean, gobiernen en la Florida o vivan en Ohio.

Comparto otras opiniones que denuncian la falta de equidad en la justicia, la falta de nuevos y mejores diques para Nueva Orleáns, o la carencia de programas de asistencia a los 40 millones de pobres que Estados Unidos tiene en su territorio, bastantes menos de los pobres que tiene, y que son suyos, distribuidos por todo el mundo, fruto de sus imperiales políticas; o los 46 millones de estadounidenses que, actualmente, no tienen seguro médico.

Al margen de estas necesidades, dicen sus estadísticas que Estados Unidos necesita más consumidores, más vehículos, más drogas, más armas, más televisores, más patatas fritas, más medallas, más píldoras contra el insomnio, más petróleo, más agua, más muros, más estadísticas…

Bien mirado, Estados Unidos precisa de todo. No hay país en el mundo que observe tantas limitaciones, que trague y vomite con tanta facilidad.

Hasta guionistas necesita. No obstante el desarrollo de su industria cinematográfica, las últimas grandes superproducciones salidas de sus dos principales estudios, Hollywood y la Casa Blanca, han carecido de libretos sólidos, coherentes, originales.

Años atrás, gracias a sus habilidades para contar la historia, la propia y la ajena, John Wayne derrotó a las hordas de indios en taparrabos que amenazaban interrumpir el progreso de aquella floreciente nación… y todos lo dimos por bueno. Nada amilanó al Séptimo de Caballería que, si en ocasiones perdió la cabellera, nunca extravió los principios, exterminando a los salvajes y remitiendo a sus jefes al circo y a los manicomios… y todos aceptamos la versión. Charlon Heston, en apenas 55 días que se pasó en Pekín, además de enamorar sin pretenderlo, a la bella Natacha, una condesa rusa a la que diera vida y muerte Ava Gadner, todavía tuvo tiempo de organizar las defensas de todas las potencias coloniales europeas sitiadas en la capital china, protagonizar alguna que otra arriesgada misión, por supuesto, vital; derrotar todos los ataques de los maquiavélicos orientales, y asistir a una bullanguera recepción donde bailar mejor que nadie… y todos creímos la historia. Incontables han sido las películas sobre la primera y la segunda Guerra Mundial a las que hemos asistido, todas dotadas de sus correspondientes «macacos amarillos», «osos alemanes» y «galanes americanos», tan parecidos a nosotros mismos, contándonos sus entrañables vidas, tan semejantes a las nuestras, mientras la banda sonora atacaba los últimos compases de la romántica comedia.

Antes de que, felizmente, los extraterrestres se hagan por fin presentes en nuestro planeta, ya centenares de héroes estadounidenses, a veces en pijama, disfrazados de insectos o el mismo presidente, nos han salvado de la furia alienígena tantas veces como hemos sido atacados, evitando que nos convirtiéramos en androides los que todavía no lo somos, e impidiendo que los extraterrestres aprovecharan sus infernales artilugios de destrucción para secar nuestros ríos, por ejemplo, derribar nuestros bosques, tal vez, verter petróleo en el mar o abrir un agujero en la capa de ozono… y también nos lo creímos.

Nos creímos el atentado en 1898 contra el acorazado estadounidense Maine, en el puerto de La Habana, para que Estados Unidos entrara en guerra contra España; nos creímos el atentado en 1965 contra el destructor estadounidense USS Madox, en el Golfo de Tonkin, para que Estados Unidos entrara en guerra contra Vietnam del Norte. Nos hemos creído hasta el alunizaje en 1969, cuyas pruebas grabadas, por cierto, han desparecido en estos días de los archivos de la NASA, centenares de cintas extraviadas con las imágenes «originales»…

Por ello es que ya no se puede seguir abusando de la credibilidad del mundo y es necesario que se cambie el guión, que se busquen otros argumentos para próximas películas, que se contraten nuevos guionistas capaces de superar la trama del eje del bien y el eje del mal, del blanco o negro, de estás conmigo o estás contra mi.

El propio Bush apuntó la posibilidad del cambio cuando, respondiendo a una interpelación en la Cámara de Representantes sobre sus turbios negocios en relación a empresas quebradas de las que fuera presidente, como la Harken Energy Corp. de Texas, o su semejante la Aloha Petroleum, o sus conexiones con Enron, contestó: «En las empresas, algunas veces, las cosas no son exactamente en blanco y negro cuando se trata de asuntos contables». Demostración del propio interesado de que se puede ser más amplio, menos categórico.

Supermán, Batman, la teniente Lynch, Spiderman, todos los grandes héroes del cine estadounidense, no tendrían sentido sin la presencia y la amenaza de los representantes del mal, de «Lex Lutor», de Noriega, de «El Guasón», de Ben Laden, de Sadam, de «El Pingüino» de Al Zarkawui o «El Hombre Verde».

Pero este simple y tonto esquema, de fuerzas del bien contra bandas del mal y que Hollywood aplica en su industria cinematográfica como propone Bush en su empresa política, con el paso del tiempo y el constante reciclaje de la misma y cansina historia, ya está agotado.

La última película en salir al mercado, una coproducción entre Estados Unidos e Inglaterra y estrenada el 10 de agosto en los medios de comunicación de todo el mundo, ha vuelto a insistir en el mismo tedioso argumento. A pesar de la costosa inversión, el film «Ataque terrorista total» no aporta nada nuevo, nada que merezca la pena ser destacado. Después del fracaso de público que supuso su anterior producción, «Al Qaeda en Miami Beach», insisten de nuevo en la misma fórmula a partir de un argumento pueril: Scotland Yard sigue la pista de varias células terroristas árabes que se disponen a hacer volar por los aires diez aviones ingleses en ruta a Estados Unidos, todos repletos de pasajeros, en los que los terroristas van a colocar explosivos líquidos de terrible potencia, capaces de desintegrar las naves. El día de la operación, los agentes británicos entran en acción, detienen a los terroristas y frustran su atentado brutal, terminando la película.

Pésimo guión y muy discretos los efectos especiales, muy inferiores, por ejemplo, a los efectos especiales que en los mismos días del estreno, protagonizaba por la televisión el ejército israelí destruyendo Líbano y Palestina.

Ni siquiera las actuaciones, poco convincentes, paliaron la flojedad de la trama y los errores de guión en el diseño de los personajes. Blair, por ejemplo, en su papel de primer ministro británico, parecía la persona más indicada para haber dado a conocer la noticia de la detención de los terroristas, además de que ello le hubiera ayudado a ganar algunas adhesiones antes de unas elecciones que ya están a la vista. No lo hace porque está de vacaciones, según se dice en la película, limitándose a informar por teléfono a Bush que, coincidencialmente, también está de vacaciones, al igual que cuando el desastre de Nueva Orleáns, sin que ninguno de los dos las interrumpa, como hubiera exigido un guión mejor construido. Los actores que hacen de periodistas informando al mundo del diabólico plan puesto en escena, tampoco aportan en sus secundarios papeles mayor fuerza a la película, con actuaciones previsibles y reiterativas, poco creativas. Asombra, por ejemplo, la variada y rica gestualidad que esos mismos actores demostraban en películas como «Comienza la transición en Cuba», todavía en los medios, exhibiendo un rico surtido de muecas, sarcasmos y finas ironías, con el cretinismo que demuestran en «Ataque terrorista total». Tampoco se exhiben los explosivos líquidos, ni se explica su modo de empleo, ni se presentan las pruebas que se dice tener. Al principio de la película, el actor que hace de Jefe de la Policía señala que ante la inminencia del atentado de consecuencias incalculables, tras meses de investigaciones, se ha decidido abortar el plan e insiste en que están detenidos los principales responsables. Al final de la película, John Reid, en su papel de ministro, dice que se está en la primera fase de una investigación que podría durar meses. Sea como fuere, a la película también le falta un final que el argumento parecía pedirlo para que no se diluyera tanto la amenaza criminal, no la de la película. Y me refiero a la presencia del actor Ben Laden, en un grabado mensaje desde algún remoto país, haciéndose responsable de la criminal conjura y amenazando con nuevos ataques terroristas. Cierto que desde su corta reaparición en la película «Bush cuatro años más», hace casi dos años, no ha vuelto a recibir ofertas para volver al mundo del cine y algunos dan ya su carrera por terminada, pero su concurso al final de este film hubiera podido dar pie a giros más originales y a un final más convincente.

El cine estadounidense debe introducir innovaciones que cautiven a esa otra audiencia que todavía conserva neuronas y practica el pensamiento, incluso, libre. Y el cine comienza por un buen guión. Estados Unidos necesita nuevos y mejores guionistas.

Pero no termina en la carencia de guionistas las necesidades de los Estados Unidos que, también, precisa más cárceles clandestinas, más sodas, más teléfonos, más sectas, más rascacielos, más estrellas, más analgésicos, más récords, más ordenadores.

Hasta mapas necesita Estados Unidos. La embajada china en Belgrado, por ejemplo, bombardeada por la OTAN durante la guerra humanitaria en los Balcanes, fue reducida a escombros porque los pilotos no tenían mapas actualizados. Un año antes, un teleférico se desprendía en los Alpes italianos con una veintena de alpinistas, al ser cortados los cables por un avión militar estadounidense de maniobras. Según confesó el piloto para consuelo de los muertos, el teleférico no estaba en su mapa. Meses más tarde es bombardeado un puesto de control en Vieques, Puerto Rico, por otro piloto estadounidense durante unos ejercicios militares, muriendo un isleño. El piloto del bombardero reconoció no disponer de un mapa en el que se identificara el puesto destruido. Y casi al mismo tiempo, en el Mar de Japón, un submarino nuclear estadounidense emerge, de improviso, y se lleva por delante a un barquito escuela japonés, con su tripulación y una docena de estudiantes. El barquito tampoco aparecía en el mapa.

El problema de la falta de mapas podría subsanarse si el mundo, cuanto antes, en pública colecta, recogiera y donara a Estados Unidos los mapas necesarios, o nos decidiéramos los ciudadanos a instalarnos luces intermitentes en la cabeza que adviertan nuestra ubicación a cualquiera de sus aviones pero, a pesar de ello, tendríamos entonces que enfrentar las lagunas académicas, tan públicas como notorias, que afectan a millones de bachilleres y universitarios estadounidenses, no siempre conformes con que Argentina no haga frontera con Italia o Madrid no sea puerto de mar.

Para la mayoría de los estadounidenses, hayan pasado o no por las aulas, el mundo se circunscribe a ellos. De Río Grande para abajo no hay nada, sólo indígenas subdesarrollados sin otro afán en la vida que eludir sus controles y fronteras para poder disfrutar del genuino sabor americano, de su «american life of way». Por eso es que Montevideo es una provincia española, y los vascos, también llamados checoeslovascos, una tribu del norte de Africa.

Aunque se subsanase la carencia de mapas, ese vacío académico podría resultar catastrófico. Y estamos pues ante otra de las necesidades que tiene planteada la sociedad estadounidense: educación y educadores.

La escuela estadounidense ha alcanzado fama universal, además de por las matanzas protagonizadas por sus escolares, por el empeño mostrado por sus profesores en que sus alumnos lean. Tan saludable interés, sin embargo, no parece haber sido abordado de la mejor manera y los lectores habituales de prensa hemos conocido las variadas apuestas que decenas de profesores han cruzado y han perdido con sus alumnos en el logro de tan loable fin. El último caso que recuerdo fue el de la directora de una escuela de California que tuvo que sumergirse en una piscina llena de gelatina. La noticia venía acompañada de una fotografía de la maestra, Luciene Wong, flotando en la piscina ante la carcajada general de sus alumnos que sí leyeron el millón y medio de páginas apostadas. Poco antes, el director de otro centro escolar permaneció 24 horas colgado del techo de su escuela por perder una apuesta semejante y, un profesor de literatura, en otro centro, se empapeló de los pies a la cabeza (con excepción de ojos, nariz y boca) por haber sido capaces sus alumnos de leerse algunos miles de kilos de libros.

Pareciera más sensato, en el peor de los casos, leer un único libro al año, pero leerlo bien, disfrutándolo, saboreándolo, volviéndolo a leer, que batir el récord de la escuela en millones de páginas consumidas o kilos de libros digeridos, pero algo que caracteriza a la sociedad estadounidense es la velocidad y el espectáculo, y ni siquiera la literatura puede salvarse de los Guinnes.

Estados Unidos, en su interminable lista de necesidades, precisa más pavos, más torturadores, más aplausos, más hormonas, más dólares, más gimnasios, más Oscars, más campos de concentración, más cartón incluso.

No hace mucho tiempo leía que en un barrio de Chicago un pobre había apuñalado a otro en disputa por unos cartones con los que arroparse para dormir. No entendía cómo podían enfrentarse por unas cajas de cartón… a no ser que también escaseen las cajas de cartón, especialmente ahora que la NASA ha perdido ¡700! con las cintas originales del alunizaje. Y no es este el único despilfarro de cajas. Durante la administración Clinton, sólo el fiscal Starr acaparó medio centenar de cajas conteniendo las pruebas de la «impropia relación» del presidente con la becaria, incluyendo una caja con el vestido en el que aparecía la mancha de semen. Y es en cajas de cartón que se archivan buena parte de los secretos clasificados, informes confidenciales y demás documentos que, para bien de sus ciudadanos, su gobierno les oculta y calla. Todo lo cual explica que no haya cajas, simples cajas de cartón.

Hacer un inventario de las necesidades y carencias de la sociedad estadounidense nos llevaría, probablemente, más horas de las que uno dispone y, en cualquier caso, hacérselo saber tampoco va a resolverle el problema.

Sin embargo, no puedo dejar de mencionar la que considero su principal carencia y, consecuentemente, también su más perentoria urgencia: psiquiatras.

Estados Unidos necesita desesperadamente psiquiatras que ayuden a sus ciudadanos a superar psicopatías y paranoias diversas. La paranoia, por ejemplo, de sentirse amenazados y tener que estar constantemente defendiéndose.

Para poderse defender de sus primeras amenazas Estados Unidos se anexionó Texas en 1846 y, siempre para defenderse, invadió Chile en 1891 y Hawai dos años más tarde. Para defenderse intervino en Nicaragua en 1894 y al mismo tiempo, buscando defenderse, intervino también en China y en Corea. En 1895 fue a defenderse a Panamá, en 1896 se defendió en Nicaragua. En 1898 volvió a defenderse a China, aprovechando la oportunidad para ir a la guerra preventiva en Filipinas e intervenir en Cuba y Puerto Rico, en sucesivas y múltiples defensas. Siempre para defenderse, Estados Unidos intervino en Guam en 1898, de nuevo en Nicaragua en el mismo año y en Samoa un año más tarde. En 1901 acudió a defenderse a Panamá. En 1903 se defendió en Honduras y en 1904 otra vez en Corea, para seguir defendiéndose en Honduras en 1907 y en Nicaragua en 1910. El año 1911 vio a los Estados Unidos defendiéndose nuevamente en China y en 1914 la legítima defensa fue ejercida en México y Haití. En 1916, República Dominicana fue la sede de la defensa y en 1919 Honduras y Yugoslavia. Turquía fue también blanco de la defensa de los Estados Unidos en 1922, compartiendo honores con China, dos años antes de que Honduras volviera a ser motivo de defensa que, se reeditó otra vez en El Salvador en 1932. En 1948, Estados Unidos acudió a defenderse a Filipinas, en 1950 a Puerto Rico, en 1951 a Corea y en 1953 a Irán. Guatemala fue escenario de una nueva defensa estadounidense en 1954 antes de que, frente a tantas amenazas, Estados Unidos trasladara su beligerante defensa al Líbano en 1958. En 1961 se defendió en Cuba, cuando ya empezaba a defenderse en Vietnam y cuatro años más tarde plantó su defensa en Indonesia. En 1965, fue República Dominicana la seleccionada para que Estados Unidos pudiera defenderse, honor que, en 1965 correspondió a Guatemala y en 1969 a Camboya. En 1970 se defendió en Omán, en 1971 pasó a defenderse a Laos y en 1976 se defendió en Angola. Desde 1980 y durante diez años, Estados Unidos se defendió de la amenaza sandinista de Nicaragua desde sus bases de Honduras y Costa Rica. En 1982 se defendió otra vez en Líbano, en 1983 invadió Grenada para defenderse y, para mejor defenderse de la amenaza sandinista, minó las dos costas nicaragüenses en 1984. En 1989, siempre dispuesta a defenderse, invadió Panamá. En 1991, Estados Unidos ejerció su defensa en Irak; en 1994, insistió en defenderse en Haití, en 1996 siguió defendiéndose en Zaire y en 1998 renovó su defensa en Sudán, un año antes de trasladar su defensa a Yugoslavia. El cambio de siglo sorprendió a los Estados Unidos defendiéndose en Afganistán y, acto seguido, invadieron Irak, nuevamente, presurosos y preventivos, siempre en legítima defensa.

La paranoia creada en la sociedad estadounidense, cuyas conversaciones telefónicas son grabadas, sus mensajes electrónicos registrados, sus correos revisados, sus vidas vigiladas y que se vigila y se delata a sí misma, en defensa propia, para evitar que alguien llegue de afuera a escucharles sus conversaciones, registrar sus correos o imponerles la censura.

La guerra como prevención de la guerra es, sin duda, el más avanzado soporte conceptual de la obsesión por defenderse. Y se aplica tanto a nivel nacional como internacional.

La autorización en el Estado de La Florida para que cualquier ciudadano armado que se sienta amenazado pueda abrir fuego, en plena calle, contra el motivo de su alarma, si no es una medida demencial, se le parece mucho, se le parece tanto como se parecen los dos hermanos Bush, el presidente y el gobernador, el del wisky con hielo y el del wisky con soda, George y Jeb, los dos engendros de estas y otras medidas semejantes.

George Bush y su gobierno ha decidido y aprobado que el ejército de Estados Unidos tiene derecho a disparar sobre cualquier nación que amenace su seguridad, su paz y su progreso. Jeb Bush y su gobernación ha decidido y aprobado que la ciudadanía de La Florida tiene derecho a disparar sobre cualquier individuo que amenace su seguridad, su paz y su progreso.

De igual forma que la sospecha de armas de destrucción masiva en manos de un país árabe, puede servir de excusa para desencadenar una guerra «preventiva» de los marines que destruya esa amenaza, la sospecha de una pistola en manos de un negro puede servir de pretexto para desencadenar una balacera «preventiva» de los ciudadanos de bien que elimine ese peligro. Y poco va a importar después que el país árabe no tuviera armas o que el ciudadano negro fuera a sacar su billetera del bolsillo. Jeb Bush va a aplicar a nivel local, la misma criminal política de defensa que su hermano hace tiempo que viene implementando a nivel nacional, y las consecuencias para una y otra política sólo van a ser el caos y la destrucción.

Si los profesionales marines en Iraq no son capaces de distinguir a un periodista español asomado al balcón de un hotel, de un combatiente iraquí en una esquina; si no son capaces de distinguir a una periodista italiana en un automóvil de un combatiente suicida a bordo de un tanque, ¿cómo vamos a exigirle un mayor criterio y discernimiento a un ciudadano común de La Florida cuando confunda a su vecino con un atracador, o a una venerable anciana que pasea su perro pequinés por un parque, con un fanático fedayín que arrastra su cohete chino por una acera?

La guerra preventiva de George o el disparo preventivo de Jeb son dos demenciales maneras, a diferente escala, de cometer el mismo crimen, y en su absurda formulación, ambas políticas reiteran los mismos argumentos, se apoyan en los mismos conceptos y cosecharán los mismos resultados.

Tal obsesión por defenderse, siempre con carácter preventivo, es una de las principales enfermedades mentales de la sociedad estadounidense que, en ocasiones, puede conducir a otra obsesión no menos insólita y peligrosa para el resto de los humanos, su fobia contra cierta clase de extranjeros en el entendido de que amenazas y atentados sólo pueden llegarles o del espacio o del llamado tercer mundo, que casi viene a ser lo mismo. Lo piensa la sociedad con más etnias del mundo.

De ahí sus formularios verdes en Aduanas para detectar posibles terroristas, labor que desarrollan con notable eficacia gracias a preguntas tan hábiles como: «¿Es usted terrorista? ¿Trae armas o explosivos en su equipaje? ¿Tiene previsto atentar contra nuestro presidente?»

Curiosamente, la historia de Estados Unidos, que cuenta con el récord de más presidentes asesinados, nunca ha registrado un magnicidio cometido por un latino, musulmán o «tercermundista». Ni siquiera sus presidentes han sido asesinados por organizaciones criminales como Kaos, la organización de Fu-Man-Chú o Al Qaeda, verdadero prodigio como multinacional del terror con sucursales en todo el mundo, que pasó de la nada al infinito en apenas unos meses de gestión en los medios de comunicación, sino por «hombres perturbados que actuaban solos y al servicio de nadie».

Abrahan Lincoln, presidente de los Estados Unidos, fue asesinado en 1865 por John Wilkes, un «hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie».

James Garfield, presidente de los Estados Unidos, fue asesinado en 1881 por Charles Guiteau, un «hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie».

William McKinley, presidente de los Estados Unidos, fue asesinado en 1901 por León Czolgosz, un «hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie».

John F.Kennedy, presidente de los Estados Unidos, fue asesinado en 1963 por Harvey Oswald, un «hombre perturbado que actuaba solo, al servicio de nadie».

Otros presidentes, como Andrew Jackson en 1835; Franklin Delano Roosevelt, en 1933; Harry Truman, en 1950; Gerald Ford, en 1975; y Ronald Reagan en 1981, sobrevivieron a atentados contra sus vidas, siempre a manos de «hombres perturbados, que actuaban solos, al servicio de nadie».

Políticos como Robert Kennedy, líderes como Martin L. King, artistas como John Lennon, fueron asesinados por «hombres perturbados, que actuaban solos, al servicio de nadie».

Estados Unidos dispone del mayor arsenal en la historia de la humanidad, de «asesinos perturbados, que actúan solos y al servicio de nadie». El caso más llamativo, sin duda, el de John Kennedy, caso en el que todavía se insiste que fue asesinado por un único «perturbado», autor de tres disparos en un tiempo imposible que, en insólita trayectoria, mataron a un presidente e hirieron a tres personas. Ningún expediente de un país «tercermundista», ni proponiéndoselo, podría dar cabida a tal cúmulo de irracionales disparates, pruebas desaparecidas, testigos muertos, testimonios silenciados, informes perdidos y demás turbias manipulaciones, como el que todavía pasa por informe oficial en relación al golpe de Estado que esconde el magnicidio de Kennedy. Hasta el año 2029 no se desclasificarán todos los documentos secretos en poder de las autoridades de los Estados Unidos y que no se permite sean conocidos por el pueblo norteamericano, supuestamente, el mejor informado y con más derechos del mundo. Habrán pasado 66 años (curiosa cifra) cuando, si así lo considera el gobierno de Estados Unidos y su afamada justicia, se conozca quien o quienes estaban detrás del «perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie».

El militar estadounidense, Thimoty McVeigh, de anglosajón nombre y apellido, blanco para más señas y condecorado tras la primera guerra de Iraq, el mismo que voló por los aires el edificio federal de Oklahoma provocando centenares de muertos, era también un «hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie».

Eric Robert Rudolph, veterano del Ejército de Estados Unidos, autor de la bomba en Atlanta en 1966 que provocara un muerto y más de un centenar de heridos, y responsable también de otro atentado con bomba en 1998 contra una clínica que realizaba abortos en Alabama y en el que un policía resultó muerto, y autor de otros atentados con bomba contra clubs frecuentados por homosexuales y oficinas públicas, también era «un hombre perturbado que actuaba solo y al servicio de nadie».

Ninguno de ellos fue detectado gracias a los formularios verdes, dado que todos los terroristas eran ciudadanos estadounidenses y vivían en Estados Unidos. Pero tampoco los citados formularios detectaron en el pasado a los nazis alemanes que encontraron en Estados Unidos refugio, ministerios y proyectos como el del Apolo y la NASA, o sorprendieron a los terroristas cubanos con asiento en Miami, entrando y saliendo del país.

Sólo el senador Edward Kennedy fue, hace pocos años, detenido en un aeropuerto estadounidense por sospecha de terrorismo, el tiempo que duró el error.

Y eso nos lleva a otra de las urgencias más sobresalientes de la sociedad estadounidense: la necesidad de más viveza, aunque sólo sea para compensar una de sus dolencias más temidas: la ingenuidad.

Una sociedad que se cree, por ejemplo, que su presidente, un reconocido alcohólico y cocainómano, estuvo a punto de morir atragantado con una galleta Prezzler por no llevarse del consejo de su mamá de masticar bien la galleta, según él mismo confesó, y a consecuencia de cuyo ahogo cayó al suelo golpeándose el rostro, está en condiciones de creerse cualquier cosa.

Todavía recuerdo la compungida declaración del dueño de la agencia de pilotos de Miami que entrenara en el manejo de aviones a los terroristas que se estrellaron contra las Torres Gemelas, mientras lloraba y lamentaba no haber entrado en sospechas con sus clientes cuando estos le manifestaron no tener interés alguno en aprender a aterrizar.

Por más que los medios de comunicación ayuden a aumentar la credibilidad de los embustes, hace falta un candor a prueba de sentidos para dar crédito a tantas insólitas patrañas como las urdidas por todos sus gobiernos.

Desde el «léanme los labios» de George Bush I, al desmentido de la «relación impropia» de Bill Clinton ante todo el país, pasando por George Bush II, la edición de tantas presidenciales mentiras ocuparía volúmenes.

George W.Bush mintió para eludir el servicio militar en Vietnam, mintió para alcanzar la presidencia, mintió el 11 de septiembre, mintió en relación a la catástrofe que provocara su gestión en Nueva Orleáns, mintió cuando aseguró la existencia de armas de destrucción masiva en Iraq, mintió cuando afirmó tener pruebas de la vinculación de Sadam con Al Qaeda; mintió cuando aseguró tener constancia de que la bombardeada fábrica de fármacos de Sudán era un almacén de armas químicas, mintió cuando negó no estar utilizando fósforo blanco en Iraq y, una vez descubierto, volvió a mentir cuando confirmó que sólo se utilizaba contra los «enemigos»; mintió cuando negó la existencia de torturas a cargo de sus hombres en Iraq, Afganistán y Guantánamo; mintió cuando rechazó tener nada que ver con secuestros de personas, vuelos secretos y cárceles secretas; mintió cuando afirmó que el espionaje del correo de sus ciudadanos contaba con el visto bueno de su propio Congreso, mintió cuando comprometió el retiro de sus tropas de Iraq tras la primera pantomima electoral llevada a cabo en ese país… hasta el pavo con el que posó para la posteridad tras su primera visita a la Iraq invadida un Día de Acción de Gracias, resultó ser de plástico. Obviamente, Estados Unidos, necesita psiquiatras que trabajen esa doble patología de la mentira y la credulidad extremas.

 

Meses atrás, el periódico Rebelión publicaba un valioso artículo de Robert Jensen, profesor de periodismo de la universidad de Texas, sobre el escaso juicio de la sociedad estadounidense, sus trastornos narcisistas y las secuelas que semejantes anomalías provocan.

Y en apoyo a su bien documentada tesis, el autor recogía algunos puntuales ejemplos en las personas del propio presidente y otros altos funcionarios del gobierno, tanto en relación a sus palabras como a sus actos, y con el agravante de que siguen diciendo y haciendo los mismos trágicos dislates.

Cuando lo leí, recordé un estudio efectuado por la Conferencia de la Casa Blanca sobre Salud Mental publicado en 1999 y que recogía alrededor de 3 mil investigaciones, cuya conclusión no dejaba lugar a duda alguna: uno de cada cinco estadounidenses padecía trastornos mentales. Junto a ese dato, otro más llamó mi atención: las enfermedades mentales eran la segunda causa de muerte en Estados Unidos.

El estudio, al que por su origen parecía obligado conferirle cierto rigor, no aclaraba cuál era el índice de mortalidad que provocaban esos trastornos mentales fuera de los Estados Unidos, aunque la «locura» estadounidense, sospecho, debe ser, no la segunda, sino la principal causa de muerte, directa o indirectamente, en América Latina, Asia y Africa.

En cualquier caso, alarma saber que, según esos análisis efectuados por la propia Casa Blanca durante el gobierno de Bill Clinton, cuyos resultados, temo, se hayan agravado después de varios años con Bush al frente del gobierno, y a los que habría que sumar el certero diagnóstico psiquiátrico de Robert Jensen, veinte de los cien senadores que, aproximadamente, tiene Estados Unidos padecen problemas mentales; y que 100 congresistas de los alrededor de 500 con que cuenta aquel parlamento están mal de la cabeza. Enfermos mentales a los que habría que sumar su 20 por ciento de militares orates, jueces enajenados, alcaldes lunáticos, embajadores idos, funcionarios chalados y banqueros vesánicos, en mayor o menor grado, para no mencionar la clase artística y religiosa.

Dolencias mentales que casi siempre tienen su acomodo en el bolsillo y que, también explican el porqué de tantos niños pistoleros en las escuelas ametrallando maestros y compañeros; o el trastorno obsesivo-compulsivo que ha mantenido el bloqueo a Cuba durante más de 40 años; o los constantes errores y daños colaterales provocados por la esquizofrenia militar estadounidense y la demencial ambición de sus gobiernos.

El narcisismo estadounidense tiene en la ignorancia, entre otras consecuencias para aquella sociedad y el resto del mundo, una de sus más connotadas expresiones.

Esas encuestas que, generalmente, revelan lo que todo el mundo sabe y descubren lo que a nadie le importa, más de una vez han puesto en evidencia la supina ignorancia de la sociedad estadounidense sobre el resto del planeta.

Muchos ciudadanos de aquel país descubrieron la existencia de Vietnam el día en que sus aviones dejaron caer sobre el país asiático más bombas que todas las lanzadas en la segunda guerra mundial. A Iraq la encontraron en el mapa por los mismos motivos, los mismos que les sirvieron para distinguir a Panamá de Colombia, y que les situaron en Europa a la bombardeada Yugoslavia.

Y la ignorancia suele ser demoledora cuando aparece acompañada de la arrogancia, dos tumores malignos en la sociedad estadounidense que, tal vez, ya hayan hecho metástasis.

Ese creerse centro del universo que les permite a sus soldados estar exentos de responder ante tribunales internacionales o justicias que no sean la propia; que hace que a su campeonato nacional de baloncesto lo llamen «Serie Mundial» y, en consecuencia, «campeones mundiales» a los ganadores; que celebran el «Juego de Estrellas»; que buscando nombres para sus equipos deportivos encontraron los Astros de Houston, el Cosmos de Nueva York, los Gigantes de San Francisco, los Supersónicos de Seattle o los Reyes de Sacramento; esa sociedad que siempre ha buscado en la apariencia el reflejo de su espejo; capaz de ejecutar a menores de edad y retrasados mentales y dar clases de ética y moral; que ha llegado a negarle la última voluntad a un condenado a muerte porque el cigarrillo que pretendía fumarse atentaba contra su salud; que todo lo reduce a oro, incluyendo el tiempo; que derrocha la luz para evitar mirarse y se vanagloria de su infame despilfarro como expresión del desarrollo que no paga; que siendo el país más endeudado del mundo dicta las pautas económicas al resto, requiere la urgente intervención de los psiquiatras.

Estados Unidos necesita economistas que puedan devolver las esperanzas de una vida mejor a millones de ciudadanos que viven de manera miserable, sin empleo, salud ni futuro; necesita sociólogos que puedan ayudar a la población a identificar sus problemas, a reconocer sus causas, a buscarles solución; necesita profesionales en todas las áreas pero, sobre todo, Estados Unidos necesita psiquiatras, enormes contingentes de psiquiatras para que, desde el presidente hasta el último ciudadano, puedan mejorar su salud mental, la misma que reconocen estar perdiendo, y podamos los demás preservar la vida, la misma que vive en permanente zozobra por la insania del norte.

Así que el mundo está en la obligación de aportar a Estados Unidos todos los psiquiatras disponibles, aunque haya que pagarlos, que por muy costosos que resulten sus servicios, por muy caros que sean sus honorarios y años que necesiten sus terapias para dar resultado, siempre nos va a resultar más económico donarles a los estadounidenses los psiquiatras que necesiten que seguir pagando las facturas de los tantos traumatólogos y cirujanos que su democracia nos demanda..

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