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Post frontera (XL)

Fuentes: Rebelión

País de residencia: la desgraciada No pasó mucho tiempo para que yo me volviera a decepcionar de mi familia, las remesas eran desaprovechadas, las encomiendas en lugar de ser obsequios que debieron ser recibidos con agradecimiento fueron al contrario temas para discusiones, esa blusa no me gusta, esos zapatos no son de marca, esa no […]


País de residencia: la desgraciada

No pasó mucho tiempo para que yo me volviera a decepcionar de mi familia, las remesas eran desaprovechadas, las encomiendas en lugar de ser obsequios que debieron ser recibidos con agradecimiento fueron al contrario temas para discusiones, esa blusa no me gusta, esos zapatos no son de marca, esa no era la loción que pedí, ¿solo eso mandaste? Se te olvidó enviarme lo que te encargué. No solo sino que también.

Solo las primeras tres encomiendas me hicieron feliz, me gocé todo el proceso de juntar el dinero, ir a comprar los regalos e imaginarlos con las mudadas puestas. No me medí en los gastos, lo que quería era que ellos tuvieran por lo menos una vez en su vida lo que yo no. Al principio los gastos eran repartidos en partes iguales entre mi hermana y yo, pero después de decepcionada dejé de gastar en los regalos y me limité unas cuantas veces a ayudarle solamente con el gasto de envío y con la condición de que no le dijera a mi familia que yo la había ayudado, -porque ella con tal de no crear conflicto familiar siempre anda tratando de hacer quedar bien a todos, pero para quedar bien estoy yo- y así lo hicimos pero en lugar de verla alegre cada vez que allá recibían las encomiendas, su carita se marchitaba, también decepcionada pero como siempre ha creído que la familia es la familia y haga lo que haga debe -soportarse y mantener esa maldita codependencia- mantenerse unida, sigue enviando lo que allá no agradecieron, no agradecen y no agradecerán nunca.

Yo en cambió el día que colaboré para enviar la última encomienda repartida en gastos iguales con mi hermana, agarré el teléfono y llamé a mi mamá y le dije que ésa era la última encomienda que yo enviaba porque me había cansado de que fueran mal agradecidos, que ella no merecía tener una hija como mi hermana que se desvivía por ellos, y que por mi parte hasta ahí llegaba lo de los obsequios. Su respuesta no me sorprendió en nada, me dijo que era una egoísta, mala hija, hija de la gran puta, prostituta, perra, una negra re salada, marimacho y todo lo demás. Una vez más me volvió a decir que me maldecía y también a todas las generaciones que vinieran atrás mío, que toda mi herencia sería maldita porque eso era lo que deseaba desde el fondo de su corazón.

En esa encomienda yo me había desvivido ahorrando para comprarle a mi papá y a mi hermano unas mudas de pantalones y camisas Dockers.

Cuando los amigos galleros llegaban a la casa en sus carros del año y mis papás nos dejaban sin comer para pedir fiado licor y libras de carne adobada para atenderlos, recuerdo que la ropa más barata que se ponían era la de marca Dockers, recuerdo muy bien la mirada de mi padre que si bien le iba vestía pantalones de lona y camisas a cuadros comprados usados en el mercado del Guarda Viejo y en La Terminal, ni trabajando medio año le iba a alcanzar para comprarse un pantalón de lo que ellos usaban, y su mirada se me quedó grabada en la memoria.

Lo primero que hice cuando hablamos de encomiendas con mi hermana fue decirle que le quería enviar de esos pantalones y camisas a mi papá para que sintiera qué era usarlos, para que no se quedara con las ganas, pero eran muy caros y nos tuvimos que esperar dos años, ahorrando y ahorrando para lograr comprarlos. Enloquecimos en las tiendas, comparando colores, estilos, es que el envío fue completo: calzoncillos, calcetines, pantalones, camisas y zapatos. Tal vez les compramos unas ocho mudas a cada uno. Estaba tan ilusionada que no encontraba las horas de que llegara la encomienda a la casa, llegó al fin pero la llamada telefónica que avisaría no la recibimos, nos tocó llamar, solo para encontrarlos con la gran jeta, no les gustaban los colores de las mudas y dijeron que no se los pondrían, que los venderían y así lo hicieron.

Cabizbaja me senté en el piso de la sala y me quedé mirando por la ventana, pensando: si supieran lo que nos costó juntar el dinero para enviarles esas mudas de ropa, desvelos, cansancio, como para que ellos no lo valoren. Y así sucedió con lo que enviamos a mi mamá y hermanita, a mis tías y primos, a mis abuelos. Con el tiempo nos fuimos enterando que vendían la mayor parte de cosas que les enviábamos o iban a terminar a la casa de empeño donde las olvidaban. Así de agradecidos eran.

Y no es solo el caso de mi familia es que es el de millones de migrantes, mi historia no es particular, tendrá sus circunstancias pero lo de ser mal agradecidos no tiene distinción de fronteras ni de idiomas. He escuchado historias de historias, de asiáticos, europeos, todo es parecido. Los pobres africanos que tragan polvo como los latinoamericanos y lo único que reciben a cambio son decepciones. De verdad que quien valora el esfuerzo del que se fue, merece que le hagan un monumento. Diría que esas personas están en peligro de extinción.

Me cansé de recibir llamadas telefónicas con las famosas emergencias de salud, y de ir a depositar remesas que no estaban en mi presupuesto todo con tal de que allá no se salieran las tripas al moribundo, para enterarme días después que fue utilizado para la farra, pago de casa, celebración de cumpleaños y viajes vacacionales. Desgracia amigo.

Como a los millones de indocumentados que venimos con una mano adelante y otra atrás, me nació la ilusión de tener un terrenito en Guatemala, y también depositaba la remesa el dinero se hizo agua, me lo robaron, les sirvió para sus enfermedades ficticias.

Lo crudo de todo esto es que en la confabulación siempre han estado involucrados, abuelos, Tatas, hermanos, tías y primos. Todos y ni uno solo ha sido capaz de ser honesto a excepción de tío Lilo, mi abuelo materno, el hombre más importante de mi vida.

Así es que fui engañada, asaltada por familiares y amigos, amigos entrañables que prefirieron perder la amistad a cambio de apocarse con dinero.

Y también con eso de dar segundas oportunidades, que dejé de creer en ellas desde hace mucho, porque comprobado tengo que quien falla una vez falla dos y las que siguen. Al igual que el resto de este ganado que somos los indocumentados, trabajé día y noche de lunes a domingo, se me pasaron primaveras, veranos y otoños a los que no les disfruté ni una sola hora de sol como tiempo de ocio, porque lo único que había en mi mente era el trabajo y el deseo de retornar a Guatemala.

Como ellos también tuve la ilusión que mi familia tuviera un automóvil y quise cumplirle el sueño de su vida a mi padre, deseaba tanto tener una Jeep Gran Cherokee como las que usaban sus amigos adinerados, en el año 2006 un día me levanté, agarré mi carro y me fui a la ciudad al sector de los predios de carros usados y me pasé la mañana viendo si encontraba una Jeep, la encontré y me dieron la facilidad de pagarla mensualmente. Le dije al dueño del predio que no me la quería llevar en ese mismo instante sino que le pedía de favor que la tuviera ahí y cuando la terminara de pagar entonces sí me la llevaba, no era modelo reciente por supuesto, era del 98. Pero hermosa. Llamé a mi hermana por teléfono y le dije que había ido a la ciudad y que había encontrado una Jeep como la de los sueños de mi papá y que la iba a comprar y se las iba a enviar, ella inmediatamente me dijo que ponía la mitad, así lo hemos hecho siempre en todo, sin que una empuje a la otra.

La pagamos y el mismo dueño del predio se encargó de llevarla a Guatemala, mi hermana me dejó hacer la llamada a Guatemala y le dije a mi mamá que en la frontera de Tapachula los estaba esperando una Jeep como la de los sueños de mi Tatoj y que fueran a recogerla. Pensó que estaba bromeando, pero emocionados la fueron a traer, como ya conocía mi raza la puse a nombre de mi hermano para que mi mamá no la vendiera, mi papá lloró cuando la vio, nadie podía creer que la hija desgraciada, perra y maldita, les había enviado una camioneta, la de sus sueños, poco duró la ilusión porque no le tenían seguro y al mes los chocaron, pero el seguro de la persona del otro vehículo sí tenía seguro y este les pagó el monto total de la Jeep. Nos mintieron, nos dijeron que los habían chocado pero que la otra persona tampoco tenía seguro y que se había perdido totalmente la camioneta. Mantuvieron la mentira tres años, hasta que la verdad salió a la luz, el dinero recibido se lo habían gastado saber ni en qué putas. Como siempre a nuestra familia que por su mala entraña todo se nos hace agua.

Aquella fue la última oportunidad que salió de mi corazón, jamás volví a enviar remesas, ni confié en enganches para terrenos ni para casas. Abundaban las llamadas telefónicas de conocidos, familiares y amigos que me avisaban de terrenos que estaban en venta, o casas, pequeñas parcelas para sembrar hortalizas en tal departamento de Guatemala, «Negra a vos que te gusta sembrar, serías feliz en ese terreno, vieras qué chulo», «esa casa tiene un gran patio para que sembrés tus flores y tus hortalizas, hasta gallinas y cabras podés tener si querés», «queda en el bulevar pero no pasa mucho carro y vieras la vista tan linda que tiene», «la dan por pagos dijeron, nosotros abogamos por vos para que nos la dejen así a ese precio, decidíte y mandá el dinero y nosotros tramitamos todo», pero no me fui con la finta, siempre conociendo a mi raza busqué otras opiniones e indagué por mi cuenta, resultaba enterándome que el precio de las propiedades no era el que ellos me decían sino más barato, mi propia familia quería ganar su comisión. Amigos. Lo que me dolía más porque sabían de dónde venía, lo que me había costado criarme, lo que significaba para mí estar en Estados Unidos, porque en las llamadas telefónicas siempre les fui honesta y les contaba cómo era la vida del indocumentado en este país, porque sabían de los desvelos, las horas sobrecargadas de trabajo, porque con aquel esfuerzo yo no dejaba a nadie sin obsequio cuando enviaba las encomiendas, porque también a ellos les envié remesas, porque también les confié, les creía sus enfermedades emergentes. Porque me habían visto con mis zapatos rotos y mi pasar la adolescencia con los pezones al aire porque ni para sostén teníamos, ¿por qué me hacían esto? ¿por qué querían ganar comisión? ¿Por qué? No lo pude soportar, me dolió tanto, los quiero como hermanos, somos primos pero para mi corazón son mis hermanos, mis tías con como mis madres, ¿por qué esta ventaja? ¿Por qué tan avaros?

Entonces en el país de residencia conocí ese dolor ingrato que tienen quienes ya llevaban viviendo años en este país cuando yo recién llegué, no es por gusto que sean fríos, recios, y que se encierren. La confianza se pierde, y nacen nuevas heridas, es como si nuevamente quedáramos a la deriva, ¿en quién apoyarnos si la familia es la que traiciona? ¿La aprovechada? ¿ En qué momento pensar en regresar si allá se lo han robado todo? Hasta las propiedades que compran los que están aquí cambian de dueño y lo pobres ni se enteran. Falsifican firmas, abogados y notarios que por una comisión son capaces de la peor bajeza. Claro que sí los he visto llorar sus amarguras, sobrios y ebrios, he sentido sus angustias porque también son las mías.

¿Regresar? Me preguntan cuando les digo para cuándo regresan a sus países de origen. No regreso nunca, primero muerto, prefiero morir aquí de esclavo que ir a verles las caras a esos ladrones. Así me contestan, y tienen razón. Comprendo muy bien el sentimiento.

Qué duro cuando el traición viene de parte de la mujer que nos parió, es un dolor hijo de puta, insoportable, pero así de cruel es cuando la puñalada la pega un hijo. Luego se preguntan por qué los padres ya no envían dinero, por qué se olvidaron de enviar encomiendas, de ser apoyo. Si los hijos haraganes ya casados quieren que los Tatas los sigan manteniendo desde aquí, y encima que también se hagan cargo de los nietos. Conozco a muchos que aun con el dolor de estocada, siguen enviando remesas y encomiendas, no los cuestiono, ellos sabrán por qué lo hacen. Tíos que dejan de comer con tal de darle a los sobrinos todo y allá los Tatas bien gracias ni trabajan porque mensualmente llega puntal la remesa. Aprovechados y descarados.

Fue así como volví a convertirme en una desgraciada, que lo he sido siempre, la decepción de las remesas, encomiendas, terrenos y carro, fue otra etapa que me llevó de bajón, fue para el tiempo en que aun no salía del alcoholismo, en la que desconocía el amor propio, en la que sentía culpa por todo, por pensar en atreverme a vivir, me llamaba egoísta cuando estos pensamientos llegaban a mi mente. De autoestima nada. Fue la última entrega, como darme de nuevo de cabezazos contra la pared, una y otra vez hasta que me cansé, hasta que me di cuenta que por ahí no había forma de salida. Puedo decir que ahí comenzó mi doloroso proceso de decidir cortar el cordón umbilical y de llevar con dignidad el estigma de ser la prostituta, la perra, la maldita, la loca y el marimacho de mi familia.

Sigo siendo la indeseada, la enferma mental, la vergüenza absoluta del clan Oliva Corado. ¿ Mi pecado? Ser terriblemente franca, «egoísta» y haber nacido maldita -gracias a la Divida Providencia-.

Y a mí me vale pura estaca. (Me tomó años que dejara de agobiarme ser la distinta de la familia, no fue fácil).

(Continúa.)
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.