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¿Qué significa la palabra “paz” para los pueblos de Oriente Medio?

Fuentes: Al-Jumhuriya English

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Los recientes acuerdos de «paz» entre Israel y los Estados árabes del Golfo no anuncian una región más justa y armoniosa, sino una región más militarizada, segurizada y represiva, argumentan Orwa Ajjoub y Rahaf Aldoughli

El 13 de septiembre el ministro de Estado de Relaciones Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos, Anwar Gargash, anunció un acuerdo para normalizar las relaciones con Israel. Menos de un mes después, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que Bahréin sería “el segundo país árabe en hacer las paces con Israel en 30 días”. Estos anuncios, tomados al pie de la letra,  sugieren que los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin ya no están en “guerra” con Israel (como si alguna vez hubieran pensado iniciarla). Si bien los anuncios se extienden al establecimiento de relaciones diplomáticas formales plenas, los lazos no oficiales entre estos Estados ya existían desde hace mucho tiempo. Se ha documentado con anterioridad cómo el rey de Bahrein se jactaba de mantener contactos de inteligencia con Israel, quien a su vez, en 2015, abrió una misión de nivel diplomático ante la Agencia Internacional de Energía Renovable en Abu Dhabi.

Los analistas han atribuido generalmente las decisiones de las monarquías del Golfo de dar a conocer sus relaciones con Israel a sus rivalidades geopolíticas con Irán y Turquía. El año pasado, Ian Black, de The Guardian, escribió que el compartido odio hacia Irán estaba “sacando a la luz los vínculos secretos de Israel con los reinos del Golfo”. Kamran Bokhari ha sostenido que la decisión de Abu Dhabi de normalizar sus relaciones con Tel Aviv tiene más que ver con contrarrestar la influencia turca en el mundo suní y árabe. Si bien reconoce el mérito de ambas afirmaciones, Mark Levin, profesor del Centro de Oriente Medio de la Universidad de Lund, ha sugerido también a estos autores que los Estados del Golfo están motivados principalmente por la necesidad de mantener su acceso a la ayuda militar occidental: “Especialmente si Trump pierde las elecciones, no contarían con socios fiables; pero si están vinculados a Israel, esto garantizará la seguridad de esos regímenes y su acceso a más cantidades de armamento.

En cuanto a Trump, que actuó como intermediario de estos acuerdos, lo más probable es que esté impulsado por un deseo a corto plazo, no muy bien pensado, de apaciguar al lobby israelí en el período previo a las elecciones presidenciales del próximo mes. Trump no es conocido por ser precisamente un estudioso de la historia, ni está rodeado de expertos experimentados con la capacidad de comprender las intrincadas realidades de los más de 70 años de conflicto árabe-israelí. Lo más significativo es que el discurso en torno a estos anuncios no ha conseguido competir con los sentimientos de la mayoría de los pueblos de la región ni con lo que estas perspectivas anuncian para el futuro de la “paz”.

Una “paz” entre Estados, no entre pueblos

Los recién anunciados acuerdos de “paz” tienen como objetivo eludir por completo la situación del pueblo palestino, cuyas demandas de justicia ni siquiera se mencionan. Estas demandas incluyen el establecimiento de un Estado palestino independiente en las fronteras de facto de 1967, el cese inmediato de los ilegales asentamientos y una solución justa para los refugiados.

Para los pueblos del Oriente Medio en general, la lucha de los palestinos no es simplemente una cuestión de una tierra pequeña con gente aterrorizada e injustamente ocupada; es, de hecho, una parte fundamental de cómo entendemos nuestro propio sentido de pertenencia e identidad. La retórica de la resistencia contra la ocupación ha sido, y sigue siendo, por ejemplo, hegemónica en el cine y el teatro árabes como aspecto central e irreductible de la identidad colectiva. En 2005 uno de los actores más famosos de Egipto, Adel Emam, protagonizó una película llamada The Embassy Is in the Building. Es la historia de un ingeniero egipcio que vive en los Emiratos Árabes Unidos durante 25 años y luego regresa a El Cairo para encontrarse con que la embajada de Israel está ubicada en el mismo edificio que su apartamento. Después de una compleja serie de eventos que giran en torno a temas de ira, resistencia y chantaje, su presencia en el martirio de un niño palestino con el que se había hecho amigo consolida finalmente sus compromisos humanitarios y su rechazo a la normalización política y la reconciliación.

Históricamente, la legitimidad popular de los nuevos estados-nación emergentes de la región se ha basado fundamentalmente en su apoyo nominal a la lucha palestina. Especialmente en Estados que se autodenominaron “revolucionarios”, como la Siria de Asad, la Libia de Gadafi y el Iraq de Sadam, las identidades basadas en mantenerse junto a Palestina y su pueblo se han ido incrustando en la conciencia popular durante décadas. Si bien los monarcas de países como Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos se han vuelto cada vez más hacia el neoliberalismo, el dinero del petróleo, el clientelismo y las identidades sectarias como bases para mantener la hegemonía, su abierto rechazo a los sentimientos de sus pueblos sobre los palestinos agudizará aún más la división entre la riqueza y el poder de gobernantes autoritarios y la voluntad del pueblo.

Estas opiniones y sentimientos populares sobre la injusticia en Palestina se han venido ignorando de forma rutinaria en Occidente durante años desde el momento en que el tren de la “paz” despegó de Camp David en 1978, a través del Tratado de Wadi Araba de 1994 y hasta la actualidad. La simple realidad es que la imposición de tales acuerdos de “paz” de arriba a abajo, sin que se resuelva la ocupación o el sufrimiento que ha causado, solo solidificará el autoritarismo y el conflicto violento. Los acuerdos actuales no son más que una continuación del prolongado acuerdo entre los Estados Unidos, Israel y los dictadores locales para proteger sus intereses económicos a expensas de las aspiraciones de los pueblos hacia una vida política justa y pluralista.

La historia reciente de Oriente Medio es una retahíla casi ininterrumpida de incidentes en los que Estados Unidos y otros Estados occidentales han apoyado golpes de Estado para anular los resultados de los procesos democráticos y/o han dado la bienvenida y apoyado a dictadores que han llegado al poder de forma ilegítima. En 1953 Estados Unidos y el Reino Unido organizaron un golpe de Estado en Irán para derrocar al primer ministro elegido democráticamente, Mohammad Mosaddegh, y restaurar el gobierno monárquico del Shah. Más recientemente, en 2013, Occidente desvió la mirada y asintió cuando el mariscal de campo de Egipto, Abd al-Fattah al-Sisi, usurpó el poder del presidente elegido democráticamente Muhammad Mursi.

Además de promover los intereses económicos de las élites, estas acciones y políticas para empoderar a los dictadores contra la voluntad de los pueblos -mientras desechan cualquier apariencia de principios humanitarios y justicia- sirven también para mantener la región en un estado constante de autocracia, conflicto social y gobernanza fallida. El tumulto creado por tales condiciones sirve entonces como excusa para una mayor represión. En lugar de buscar la paz verdadera, basada en una sociedad justa y equitativa, los líderes locales e internacionales han acordado buscar una “paz” falsa basada en la militarización, la segurización y la brutal represión de la legítima ira popular. Se trata de una “paz” entre Estados y élites, no una paz entre pueblos.

Una razón por la que muchos en la región han reaccionado a los acuerdos recientes con gran consternación es que nos presentan el siguiente dilema: ¿Vamos a abandonar nuestro compromiso con la justicia para los palestinos, nuestro deseo de una sociedad más justa y democrática, nuestro rechazo ante proyectos coloniales e imperiales y gran parte de nuestra propia identidad, a cambio de hipotéticas reducciones de los conflictos violentos provocados por el moderno Estado de seguridad autoritario? ¿Dónde vamos a situarnos frente a este último acuerdo de “paz” y su cínico cálculo sobre “males menores”?

¿No es hora ya de una definición de paz que se construya desde abajo, basada en la justicia, la igualdad y la democracia, en lugar de la que nos imponen desde arriba? Si estos acuerdos se hubieran presentado al público para un referéndum, ¿habrían tenido éxito? ¿Por qué no se les permitió adoptar una forma que los pueblos hubieran podido apoyar con entusiasmo? Es de suponer que los signatarios de este acuerdo saben muy bien que inmensos segmentos de la población nunca podrán reconciliarse con el concepto de “paz” sin justicia. Como era de esperar, las redes sociales en la región se han visto inundadas en los últimos días con un resurgimiento del sentimiento yihadista, utilizando a menudo el mismo agotado estribillo de que la “yihad” es la única solución para proteger a musulmanes y palestinos (*). Hay poco misterio en cuanto a cómo se hará esto o cómo servirá para solidificar y consolidar la influencia de los grupos yihadistas en sus esfuerzos por reclamar la narrativa de la resistencia.

Si Estados Unidos se tomara más en serio la creación de una paz verdadera y duradera en la región en lugar de promover la dominación ideológica y económica, tal vez sería posible llegar a acuerdos basados en el deseo popular de paz. Sin embargo, los acuerdos recientes de los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin e Israel no van a generar paz, sino solo más frustración e ira, perpetuando el ciclo de desestabilización, autocracia y opresión.

Nota:

(*)  Las conversaciones entre yihadistas vistas por los autores en la aplicación de mensajería Telegram, por ejemplo, exigen responder a los recientes acuerdos con violencia renovada contra “los cabecillas de la infidelidad”, ahora dentro de la propia Península Arábiga y en la Palestina histórica.

Orwa Ajjoub es investigador del Centro de Estudios sobre Oriente Medio de la Universidad de Lund (Suecia). El enfoque de sus investigaciones incluye el conflicto sirio y los grupos salafistas-yihadistas en Oriente Medio.

La Dra. Rahaf Aldoughli es profesora en la Universidad de Lancaster (Reino Unido) e imparte cursos sobre Política e Historia de Oriente Oriente. Sus áreas de experiencia en investigación incluyen sectarismo, islamismo estatal, machismo y nacionalismo.

Fuente: https://www.aljumhuriya.net/en/content/what-does-%E2%80%9Cpeace%E2%80%9D-even-mean-peoples-middle-east

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