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Reflexiones para después de una huelga

Fuentes: Rebelión

La Huelga General del 29 de septiembre ha pasado y, además de la necesidad de analizar los resultados concretos sobre índices de participación e incidencia, es necesario debatir sobre el contexto en que se ha producido, el papel de los diferentes actores que han intervenido en el conflicto, y la proyección e influencia de sus […]

La Huelga General del 29 de septiembre ha pasado y, además de la necesidad de analizar los resultados concretos sobre índices de participación e incidencia, es necesario debatir sobre el contexto en que se ha producido, el papel de los diferentes actores que han intervenido en el conflicto, y la proyección e influencia de sus resultados sobre el futuro, en un escenario nuevo, caracterizado por las más graves agresiones a los derechos de las clases trabajadoras desde el final de la dictadura, a causa de la ofensiva neoliberal liderada por Zapatero.

  1. La lucha social, y el papel de CC.OO. y UGT.

Desde el año 2008, la CGT, junto con la izquierda sindical y política, venía reclamando la necesidad del abandono de las políticas de concertación, por parte de las direcciones de CC.OO. y UGT, además de la articulación de la unidad sindical alrededor de un plan de resistencia, y la convocatoria de una Huelga General. Todo ello ante la evidencia, largamente anunciada, de que la crisis generada por la especulación capitalista, se estaba cebando única y exclusivamente en las clases más desfavorecidas.

El paro, en términos reales, se disparaba (hasta llegar al día de hoy a cifras cercanas a los cinco millones de personas, más del 20% de la población activa, con 1.300.000 familias sin ningún empleo legal). Mientras tanto, se evidenciaba la generosidad del Gobierno hacia los mercados especulativos y los bancos (calculada en más de 300.000 millones de euros entre 2007 y 2009, período en el que el paro aumentó en 2,5 millones de personas, en el Estado Español), a la que los banqueros respondían con el cierre absoluto del crédito, no solamente hacia las economías familiares (ya de por sí víctimas de la especulación y atrapadas en la deuda inmobiliaria), sino también hacia las pequeñas y medianas empresas, con la consiguiente destrucción del tejido productivo, y la sangría de miles de puestos de trabajo perdidos cada día.

El empobrecimiento generalizado iba alcanzando a millones de personas, pensionistas, parad@s, jóvenes, personas dependientes, etc, y mientras todo esto sucedía, la mayoría del movimiento sindical permanecía pasiva, con protestas esporádicas, pero sin llegar a plantearse seriamente la posibilidad de plantar cara al capital y sus títeres políticos y mediáticos. Cada vez que se les preguntaba por la Huelga General, representantes de CC.OO. y UGT negaban la oportunidad de la misma, de manera casi obsesiva. Digamos que, antes de que llegara el mes de junio de 2010, pusieron más empeño en rechazar la Huelga General, que en preparar las condiciones para hacerla posible.

En el primer semestre de 2010 (en coincidencia, puede que no casual, con la presidencia española de la UE) y ante la que se nos venía encima, las cúpulas de CC.OO. y de UGT mostraron su perfil más bajo. El 23 de febrero convocaron una jornada de protesta, ante el globo sonda del gobierno de un hipotético (o no tanto) retraso en la edad de jubilación, hasta los 67 años. Ya entonces el paro sobrepasaba los 4,5 millones de personas, y la erosión de la protección social llegaba a niveles alarmantes (la protección social en España es más de un 5,7% inferior, respecto al PIB, que la media de los países de la UE, ocupando el puesto 20, de los 27). La amenaza sobre los derechos en materia de pensiones, siendo un tema importantísimo, no era ni mucho menos el único, y el conjunto de la situación avalaba sobradamente el anunciar y comenzar a preparar la convocatoria de una Huelga de carácter general. Pero la movilización del 23-F, controlada, se utilizó, más como válvula de escape, que como antesala, calentamiento o preparación de futuras y más contundentes luchas.

Otro tanto ocurrió con el segundo episodio en lo que va de año, como fue la huelga en la administración pública del 8 de junio, ante el recorte del 5% del salario de los funcionarios, medida incluida en el Plan de Ajuste. Fue convocada y desarrollada mientras CC.OO. y UGT no se habían levantado todavía de la mesa de negociación de la Reforma Laboral, con la patronal representada por personajes de la calaña de Díaz Ferrán. Esta contradictoria conducta condicionaba una huelga predestinada a no ser seguida mayoritariamente por los trabajadores de la administración pública ya que, a la falta de credibilidad de la convocatoria, se añadió el que no fue en absoluto preparada, y la información y las asambleas en los días previos brillaron por su ausencia.

Sectores de trabajadores públicos, no precisamente desconcienciados, argumentaban resignadamente que si, como se presuponía, ellos iban a ser los paganos de la ronda de copas, no valía la pena regalarle, además, el sueldo de ése día a Zapatero. Poco se podía hacer para convencerles de que, por el contrario, convenía secundar ésa huelga, para acumular fuerzas de cara a continuar la lucha de todos. A pesar de todo, el rechazo a las medidas del gobierno era generalizado, como lo demuestra el éxito de participación de las manifestaciones convocadas para la tarde del 8 de junio, comparados con los limitados porcentajes del seguimiento de la huelga de ése día, entre los trabajadores de la función pública.

  1. La huelga General del 29-S, ¿éxito o fracaso?

José Luis Rodríguez Zapatero y su gobierno abrazaron definitivamente las tesis neoliberales en la reunión del Consejo de Economía y Finanzas, ECOFIN, celebrada el día 9 del pasado mes de mayo. Como San Pablo recién caído del caballo, Zapatero imprime un giro de 180 grados a su discurso (algunos menos a su política), al dictado de el FMI, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (organismos todos ellos fuera de cualquier control democrático), e inmediatamente anuncia el Plan de Ajuste, la Reforma Laboral y la modificación, a la baja, de los derechos en materia de pensiones.

Los dirigentes de CC.OO. y UGT vieron que, con semejante andanada, desaparecía de golpe el espacio de la concertación social, verdadera columna vertebral de su devenir institucional durante décadas, y se vieron obligados a la convocatoria de la Huelga General. Sin embargo, lo hicieron… para el 29 de septiembre, a tres meses vista y el verano mediante. Una convocatoria descontextualizada, porque todo el que estaba más o menos informado sabía que, para ésas fechas, la Reforma ya estaría aprobada por el legislativo y publicada en el BOE, como así ha sucedido. Soy de la opinión de que, si hubiera habido una Huelga General a tiempo, muy probablemente Zapatero, y los que le mueven los hilos, se hubieran pensado dos veces la conveniencia de consumar semejante agresión.

Pero, en definitiva, más vale tarde que nunca, y después de ocho años y tres meses de la última contra el «decretado» de Aznar, finalmente llegó la Huelga General del 29 de septiembre. Todo el movimiento sindical, exceptuando los sectores estrictamente amarillos (además de ELA y LAB en Euskadi, posición difícilmente comprensible), convocamos y secundamos la Huelga General del 29 de junio. A pesar de los factores que jugaban en contra, la propia convocatoria de la Huelga General volvió a tener la virtud de dividir las aguas, mostrando, de manera diáfana, el escenario de lucha de clases.

  • De una parte el gran capital con sus especuladores (los llamados «mercados»), el Gobierno a su servicio, el conjunto de la administración, sus aborregados parlamentarios (con la sola excepción de Antonio Gutiérrez, que se abstuvo); también sus teóricos enemigos políticos, la derecha en su conjunto, la extrema derecha, la CEOE de Díaz Ferrán, la CEPYME de su marioneta Terciado, las cámaras de comercio, etc, todos ellos, con la «brunete mediática» a su servicio, clamando por activa y por pasiva contra la Huelga General del 29-S, e insultando y criminalizando a los sindicatos.

  • De otra, un sindicalismo bastante debilitado por décadas de concertación social, pero con sectores todavía combativos. Un movimiento sindical casi huérfano de representación parlamentaria, y con una clase trabajadora mermada en su capacidad de respuesta, anestesiada por un cóctel compuesto por precariedad, empobrecimiento, desinformación y miedo.

La batalla se planteaba desigual y, en estas condiciones, la Huelga General del 29-S, si bien no paralizó la vida cotidiana de los barrios y las ciudades, sí que tuvo un seguimiento masivo en sectores industriales (automoción, petroquímico, siderometalúrgico, minero…), además de la distribución de energía, servicios públicos, transporte, algunos puertos (Barcelona, Valencia, Algeciras…), transporte público estatal (con servicios mínimos del 25%) y medios de comunicación audiovisuales, con la paralización completa de algunos y otros con los servicios mínimos. Es de señalar que en la jornada del 29-S se registró una caída del consumo eléctrico cercana al 20%, con relación a un día laborable, dato este al que parecen ponerle sordina los medios afines al régimen.

A los voceros del sistema les interesa mucho centrar el debate sobre el seguimiento cuantitativo de la Huelga. Es lógico. Pero para una valoración mucho más ponderada, se debería tener en cuenta que, de la población activa del Estado español, más de un 20 % está en paro y, de los que tienen un puesto de trabajo, casi el 40% son temporales y precarios, con unos derechos, en el caso de que los conozcan, que no pasan de ser papel mojado. Además, hay que tener en cuenta que el 80% de los contratos laborales totales se sitúan en empresas pequeñas y medianas, muchas de ellas con personal sin derecho a tener representación sindical (en empresas de 6 o menos trabajadores). Hemos de concluir que buena parte de las gentes trabajadoras destinatarias de la convocatoria del 29-S bebió básicamente de la información tergiversada o abiertamente hostil a la Huelga General. Todo eso es conveniente tenerlo presente para valorar que, dadas las circunstancias, el potencial máximo real de la Huelga del día 29 se situaba, como mucho, bastante por debajo del 50% de la población asalariada.

Es de destacar que, al igual que sucediera con la movilización del 8 de junio, las manifestaciones de la tarde del día 29 de septiembre fueron un clamor masivo contra la Reforma Laboral y las políticas neoliberales del gobierno de Zapatero. Independientemente de que también todas las encuestas demoscópicas apuntan en el mismo sentido, la jornada del 29-S supuso un paso en el grado de información a la ciudadanía sobre la Reforma Laboral, y toma de conciencia por parte de los trabajadores, mucho más allá del grado de seguimiento de la Huelga General.

Así, con la botella medio vacía o medio llena, según se mire, el éxito o fracaso de la Huelga General del 29 de septiembre lo será en la medida en que el movimiento sindical decida, o no, seguir plantando cara a las políticas neoliberales, y que las direcciones de los sindicatos mayoritarios comprendan, o no, que ya no hay posibilidad de continuar jugando su ya clásico papel de garantes de la paz social.

  • Si el 29-S supone el punto y final de un proceso, sólo se podrá valorar como un fracaso colectivo. Si CC.OO. y UGT aceptan, a cambio de algún «regalo» compensatorio en una posible negociación de la reforma de las pensiones, volver a la concertación social y a la colaboración de clases, la Huelga General no habrá servido para nada más que para un lavado de cara.

  • En cambio, y a pesar de sus limitaciones, si la Huelga General del día 29 es un paso orientado a acumular fuerzas, intensificar el debate social en torno a las políticas que se están implementando, y hacia la preparación y desarrollo de nuevas luchas, no se podrá hablar en absoluto de fracaso. En ése caso, el sentimiento de clase crecerá entre las gentes trabajadoras, paralelo a la recuperación de la confianza en sus propias fuerzas y el prestigio de la herramienta sindical.

No debe preocuparnos la virulencia con la que los voceros del sistema intoxiquen, como lo han venido haciendo. Mirándolo con atención, el grosor de los insultos, y de la intoxicación y demonización de la lucha de los trabajadores, por parte de algunos medios, siempre ha sido un buen termómetro para valorar el verdadero potencial de la lucha obrera. Ladran, luego cabalgamos. Si todo eso sucedía antes de la celebración de la Huelga, es muy de esperar que continúe, también como elemento de presión hacia las débiles cúpulas de CC.OO. y UGT, para intentar que vuelvan al redil. Los que mandan saben, y nosotros también, que una vez ha claudicado la política, el principal bastión de resistencia, al capitalismo depredador, se sitúa en el sindicalismo, de ahí que lo ataquen con la artillería pesada.

  1. El mayordomo y el hijo del amo.

Sabido es que el mayordomo suele poner más interés, a la hora de limpiar la casa del amo, que el hijo de éste. Y si para ello tiene que asumir la parte más sucia del trabajo, aunque sea a costa de machacar a los otros trabajadores, pues no hay problema, ya que le va en la condición. Después de ése trabajo sucio, a cargo del servidor elegido («primus inter pares»), el hijo del amo, holgazán y parásito, se hará cargo de la administración de la propiedad, sin tener que desgastarse ni ensuciarse las manos, con el camino limpio de obstáculos para sus intereses. Él no hubiera sido capaz, ni se hubiera atrevido, a una limpieza tan a fondo. De esta manera, los privilegios de los de arriba respecto a los de abajo crecen y se perpetúan, con el juego de la alternancia en la administración del cortijo, según convenga, entre el mayordomo y el hijo del amo. Y a todo eso le llaman democracia.

Zapatero, con el fervor del converso, se ha encargado del trabajo sucio, aunque sea a costa de inmolarse políticamente. De hecho, la victoria de Tomás Gómez en las primarias del PSOE de Madrid parece iniciar su agonía, y en ello algo habrán tenido que ver las medidas del gobierno y la Huelga General. Sin desgastarse lo más mínimo, la derecha tiene a tiro unas más que previsibles victorias electorales (CiU en las elecciones catalanas de este año, el PP en las autonómicas y municipales de la primavera que viene, y las estatales, dentro de un año y medio), lo que no hace sino añadir tintes más sombríos al panorama general. El mayordomo Zapatero traerá de la mano a la derecha parasitaria, para desgracia de las clases trabajadoras, y de los sectores con más desprotección social.

Las medidas del Plan de Ajuste, la Reforma Laboral y las pérdidas de derechos en materia de pensiones, lejos de aportar ni la más mínima solución a la crisis, la agravan substancialmente para la mayoría social, lo que requerirá medidas de respuesta y resistencia, y fibra social para llevarlas a cabo. En este sentido, las cifras del paro, referidas a septiembre de 2010, no dejan lugar a dudas: incluso las maquilladas estadísticas oficiales reconocen más de cuatro millones de parad@s, con un aumento de casi 50.000 en el último mes. Teníamos y tenemos razón: la Reforma Laboral no sólo no crea empleo, sino que la destruye y precariza. Su derogación ha de ser, pues, un objetivo de la acción sindical unitaria a corto plazo.

En este nuevo escenario, esta unidad sindical y la resistencia del movimiento obrero serán, pues, imprescindibles. Es fundamental que organizaciones como nuestra CGT sigan reforzando el conjunto de voces críticas con el sistema, jugando un papel potenciador de las luchas sociales, y creciendo en fuerza y tamaño. Es necesario que el sindicalismo que representamos, libre de ataduras, esté presente, como referencia, ante sectores cada vez más importantes. La lucha continúa.

Pep Juárez. Afiliado de CGT-Balears

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.