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República con Machado al viento

Fuentes: Rebelión

Enferma de traiciones, debilitada por los padecimientos, exhausta de combates, desangrada de exilios, la España tricolor a duras penas seguía manteniendo su entereza en las postrimerías de su existencia, mientras los perros de la guerra la abocaban a empellones hacia aquel «Cautivo y desarmado el Ejército Rojo…» que, además de consignar el fin de la […]

Enferma de traiciones, debilitada por los padecimientos, exhausta de combates, desangrada de exilios, la España tricolor a duras penas seguía manteniendo su entereza en las postrimerías de su existencia, mientras los perros de la guerra la abocaban a empellones hacia aquel «Cautivo y desarmado el Ejército Rojo…» que, además de consignar el fin de la contienda, servía de parte de defunción de los sueños y esperanzas republicanos.

Poco más de un mes antes, enfermo, debilitado, exhausto, dolorido en el cuerpo y el alma, bajo una lluvia triste y un frío que anegaba en derrotas los huesos y los ánimos, acompañado de su anciana madre, enferma como él, de su hermano José y de la esposa de éste, Antonio Machado traspasaba la cadena de la frontera de Francia con toda una vida a la espalda y un muy exiguo porvenir por delante.

Ese paso postrero que abandonaba España para hundirle por siempre en el exilio, marcaba una separación absoluta entre lo que habría de llegar y un ayer imposible de recuperar; un ayer que daba un nuevo y trágico sentido a aquel verso suyo -«¡Ayer es nunca jamás!»-, escrito para significar el dolor por la irreversible fugacidad del tiempo; un dolor que ahora se agrandaba hasta envolver en su cruel mordedura a su existencia toda.

Sus cansados ojos tuvieron a Colliure por último paisaje y en ella los cerró para siempre la tarde del 22 de febrero de hace ahora ochenta años. La muerte lo sorprendió «ligero de equipaje», como ya vaticinara en el Retrato que iniciase Campos de Castilla, con aquel recuerdo sevillano de patio y limonero. En Colliure, reposan sus restos y allí habrán de quedarse, por más que algunos se empeñen en su repatriación. Así lo hubiera querido el propio Machado, humanista militante, al que importaba mucho más el hombre como tal, que ese «yo» deificado actualmente por el posmodernismo. Ya su apócrifo Juan de Mairena, señalaba a sus alumnos que «Por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre». En esa coherencia vivió Antonio toda su vida: hombre por encima de poeta, por encima de profesor, por encima de republicano comprometido, y siempre haciendo «camino al andar». De ahí, la conveniencia de dejarlo en Francia como símbolo representativo de todos los españoles que como él tuvieron que abandonar su patria y acogerse al suelo galo a exigencias de la Guerra Civil, y no traerlo a España reduciendo su memoria únicamente a la de gran poeta.

Desde su muerte, corramos hacia atrás el dial del tiempo ocho almanaques. Cincuenta y seis años por cumplir tenía Machado cuando, en su alborozo, sintió cómo la primavera se florecía de historia y la historia germinaba como una primavera. Aquel 14 de abril de 1931, día radiante de una estación especialmente luminosa, vio brotar la semilla de la ilusión en el corazón inocente y multitudinario del pueblo. Con sus propias manos, junto a su amigo Antonio Ballesteros, izó el poeta la enseña tricolor de la República en el Ayuntamiento de Segovia. La Marsellesa quebró su garganta y un nudo emocionado se hizo en ella al escuchar las notas del Himno de Riego. Por el humedecido cristal de sus pupilas cabrillearon como en desfile mil y una esperanzas, mil y un sueños, trazando sus proyectos de justicia y futuro. Sin una gota de sangre, sin un tiro, había llegado la Segunda República Española. Venía de la mano de personas honradas que querían quebrar toda una tradición de corruptelas y abusos con los débiles; que querían apartar las cadenas que niegan al hombre la posibilidad de ser libre; que deseaban arrojar al exilio el analfabetismo, el hambre, la incultura, la despiadada explotación del campesino, los complejos de inferioridad de los eternamente postergados y construir un espacio común para la solidaridad, la tolerancia, el conocimiento y el progreso.

Demasiado cambio para las tragaderas de los privilegiados que se habían venido aprovechando de la España anterior. Y la araña de la traición comenzó a tejer su tela de intrigas y confabulaciones. Y a los pocos años, apareció Caín lleno de trimotores que hacían de las casas escombreras, que sembraban las calzadas de añicos de cristales, que dejaban florecidos de sangre los muertos por las calles. Y el terror asomado a los ojos de los que estaban vivos. España se había convertido en una inmensa fosa.

Machado pudo entonces aceptar la invitación para dar clases de literatura española en Inglaterra, pero la declinó. Tenía muy claro dónde estaba su puesto, y, por si a alguien le quedaban dudas de hasta dónde llegaba su determinación, lo dejó por escrito en esta frase: «La única moneda con la cual podemos pagar lo que debemos a nuestro pueblo, es la vida.» La suya la puso por entero en pro de la República, desplegando una enfebrecida actividad desde la que dio alocuciones, concedió entrevistas, firmó manifiestos, confeccionó folletos, contestó encuestas, arengó a los milicianos y celebró mítines, sin darse un momento de respiro, pese a estar gravemente enfermo de asma, arteriosclerosis y una úlcera gástrica que, a veces, lo hundía en los infiernos.

Nada lo hizo declinar de su entrega, pese a tomar conciencia de cómo sus escasas fuerzas lo iban abandonando y cómo se cernía inexorable el sombrajo cruel de la derrota. Cuando ya todo lo veía perdido, cuando ya no le quedaba más camino que hacer, dejó que su memoria se abriera un sendero en el tiempo que le trajera la brisa fresca de los recuerdos gratos. No en vano, arrugado en uno de sus bolsillos se le encontró el último verso que escribiera: «Estos días azules y este sol de la infancia.»

¡Qué más puedo decir!

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