Recomiendo:
0

Entrevista a Àngel Duarte Montserrat, especialista en historia social y cultural de la política

«Se impone una rectificación democrática, radical, de un parlamentarismo que empieza a recordar el viejo del liberalismo patricio»

Fuentes: FRONT

Traducción al castellano de Salvador López Arnal


¿Crees que el régimen socioeconómico de la transición está agotado?

Estimadas compañeras y compañeros, quisiera agradecer en primer lugar el interés que mostráis por mis opiniones.

He de iniciar mi respuesta recordando que la transición fue el resultado concreto de una correlación de fuerzas muy determinada. La requisitoria contra la transición in toto, como fuente de todos los males que ahora nos afectan, no deja de ser, en mi opinión, una manera de eludir por parte de la izquierda transformadora las responsabilidades en las carencias de las políticas llevadas a cabo con posterioridad, en las dos últimas décadas del siglo XX y en las primeras del XXI. Es cierto, en todo caso, que algunas de las derrotas vividas en este período fueron alimentadas por renuncias realizadas durante la época del «consenso» -pienso, por ejemplo, en la liquidación de los movimientos sociales que ahora, con otras características, redescubrimos como básicos para toda política de cambio económico, político y cultural .

Desde el punto de vista socio-económico, la primera y más decisiva pieza del modelo político generado por la transición fue, más incluso que los elementos recogidos en la Constitución de 1978, los Pactos de la Moncloa en el otoño de 1977, un plan de ajuste brutal orientado al control de la inflación. Construidos sobre el sacrificio de la clase trabajadora no es, al mismo tiempo, menos verdadero que permitieran acuerdos a propósito de una reforma fiscal que hizo posible una cierta redistribución de la renta y el despliegue de políticas sociales. Recuérdese en concreto, y como ejemplo, el cambio registrado en materia de prestaciones de la seguridad social .

Si tuviera que establecer una analogía, o perfilar una caracterización histórica de las iniciativas sociales y económicas de aquella coyuntura, diría que se parece bastante, en un primer momento y sin la hegemonía político- cultural del antifascismo europeo de 1945 – aquí, en nuestro país, los herederos del Movimiento Nacional tuvieron un peso en absoluto despreciable-, el modelo entre socialdemócrata y democristiano que cuaja en la Europa de posguerra. Aquí llega con un retraso atroz y, además, en unos momentos -en 1979 tuvo lugar la segunda crisis del petróleo -en el que el susodicho modelo comenzaba a resquebrajarse .

De acuerdo, sí, el modelo está agotado, totalmente. La otra parte -«de la parte contratante»- se pasa el día diciendo que no se pueden hacer cargo de los gastos que nosotros, las trabajadoras y los trabajadores , hemos pagado religiosamente . Y no sólo lo dicen. Los incumplimientos son pan nuestro de cada día, de un día sí y el otro también. En educación, en sanidad… en pensiones, en prestaciones de desempleo, etc. ¿Lo más duro, lo más difícil de trabajar? Que a veces han sido hechas con la complicidad de los nuestros

¿Cómo valoras el impasse del modelo neoliberal de construcción europea?

¿Impasse? No sé si estamos ante un impasse. Yo creo que, desde Maastrich y hasta este momento, la construcción europea ha tomado un camino muy determinado, en el orden político y en el económico. Someter el sur de Europa a los intereses de las economías del norte, y muy concretamente en Alemania. Hacerlo todo adoptando como criterio incontestable el de la contención del gasto. Proceder a desmantelar -afirmando al mismo tiempo que se hace para defenderlo- el modelo socioeconómico al que aludía en el anterior respuesta, el del welfare- state. Sustraer de la ciudadanía europea el derecho a intervenir en el diseño de las políticas generales, es decir, despojarnos de soberanía…

Bueno, no sé si es un impasse o es más bien que vamos hacia una Europa , la de los mercados, la de la economía financiarizada, que no es aquella que teníamos en mente, cuanto menos las mujeres y los hombres de izquierda de mi edad.

¿Crees que la única salida a la crisis estructural conlleva necesariamente una transformación estructural?

Sí, es evidente. El problema es cómo hacerla y hacia dónde ir. De entrada, convendría romper con determinados tabúes relativos a Europa. ¡Que se pueda hablar, que hablemos! Yo no sé a ciencia cierta si ahora podemos salir o no del euro ni cómo hacerlo. Creo, sin embargo, que se debe afrontar el problema. Los economistas, algunos economistas, empiezan a hacerlo. Hace pocos días, Antón Costas, en el suplemento Negocios de El País -o sea, no en un medio anti-UE sino más bien todo lo contrario- recordaba que la economía española se había comenzado a recuperar hacia 1999. Decía, en concreto, que «el modelo productivo se orientaba hacia actividades productivas y de mercado». ¡No me diréis que no lo echamos en falta! ¡Actividades productivas! Y de repente , sigo con Costas, se empiezan a torcer las cosas: » Pero a partir de 1999 algo comenzó a torcerse. Volvieron los desequilibrios macroeconómicos y la economía se orientó hacia actividades especulativas y suntuarias, como las grandes inversiones en AVE, aeropuertos y mañana. De forma intrigante, el inicio de este deterioro coincidíamos con la entrada de la peseta en el euro». ¡Intrigante, afirma!

La izquierda debería empezar a responder con un cierto nivel de precisión, y sin eludir las responsabilidades adquiridas en el pasado – existe, como asegura Giaime Pala, un compañero mucho más inteligente y preciso que yo, un europaletismo de izquierdas muy extendido-, de cómo y por qué tuvo lugar el falso boom económico del pasado más reciente, una situación en la que una enorme cantidad de capitales extranjeros llegaron aquí y reventaron -en buena medida a través del endeudamiento privado- el país. Y nos han dejado completamente empantanados y las clases subalternas, perdonad la expresión, en «pelota picada».

Que es necesaria una transformación estructural lo tengo clarísimo. ¿Qué transformación? La respuesta depende, en buena medida, de la respuesta que encontremos entre todos a la anterior pregunta. No hay modelos que seguir, pero se hace imprescindible explorar, desde la democracia y la soberanía popular, alternativas socioeconómicas que operen como motores de desarrollo sostenible. Lo contrario es seguir asumiendo la gestión de un estado de cosas que, por su propia naturaleza, nos arranca, día sí, día también, la piel a jirones. Y conste que la metáfora ha dejado de serlo.

¿Cómo ves el problema de la construcción europea y la defensa del sistema democrático?

Tengo problemas con la equiparación de los dos conceptos. Y antes no los tenía. Hace años, en 2005, cuando por Europa había referéndums para ratificar dicho proyecto de Constitución europea intervine en un programa televisivo en TV Girona defendiendo dicho proyecto ante Sebastià Salellas. Tengo que reconocer que estaba equivocado. Yo, no Salellas.

No tengo recetas políticas concretas, pero resulta intolerable que se nos impongan condiciones leoninas -o como sea que se las llame- por parte de la troika y demás. Y todo a beneficio de unos impersonales mercados.

Es cierto, tenemos un parlamento europeo, pero se impone una rectificación en toda regla del camino seguido. Una rectificación democrática, radical y osaría decir que plebeya , de un parlamentarismo -me refiero al europeo- que empieza a recordar el viejo parlamentarismo del liberalismo patricio.

Sólo una mayoría social y política que haga visible la insubordinación -aquello de que «se joda la troika» para entendernos, de los camaradas portugueses- asegura la posibilidad de retornar al proceso de democratización.

En el Estado español, la alternativa democrática a la crisis ¿implica un cambio de régimen? ¿Monarquía o República? ¿Centralismo o federalismo?

Como habéis podido ver por las anteriores respuestas, prefiero, con Lukács, la idea de proceso democratizador a la de democracia. El concepto democracia remite a un estado de cosas fijo, ahistórico. Es ese tipo de conceptos que a veces ocultan o enmascaran los movimientos sociales concretos. Más que la democracia como un «estado dado» me interesan las direcciones y posibilidades de desarrollo real de ese estado. Por lo tanto, creo que coincidiremos en que es evidente que la participación ciudadana, el compromiso de las mujeres y de los hombres concretos en el espacio público y en la búsqueda el bien común se enfrenta, más que en los primeros años de la transición, con las características del sistema. Hay un desentenderse de amplias mayorías -hablo ahora en el conjunto de España- y un activismo fragmentario, escasamente articulado, de las respuestas indignadas.

Hay, además, un pulsión recentralizadora evidente: los ataque a la democracia municipal son, a menudo, pasados por alto por la izquierda como si no fuesen ataques al hogar de base de la democracia

Los mecanismos representativos están sometidos a una presión para desacreditarlos -otra vez in toto– que me parece peligrosa. Los mecanismos participativos son estrechos, demasiado estrechos, y esto cuando existen. Las dos cosas se deberían revertir. En términos republicanos, yo diría que por supuesto. Admitámoslo: la república no será, en caso de llegar, la solución de nada. Pero sí podría ser un terreno de juego más apto para la resolución, en beneficio de los intereses populares, de la crisis y un horizonte de emancipación. Lo mismo os diría de la federal .

¿Es necesario cambiar de régimen? Por supuesto. ¿Debe ser republicano y federal? Por supuesto. ¿Bastará? No.

¿Cómo valoras el actual proceso político en Cataluña?

En estas cosas es que soy muy clásico, tal vez demasiado. No lo sé. No quiero ver como extranjero al que no lo es y me siento muy lejos de algunos connacionales míos. ¿Autodeterminación? Por supuesto. No renunciaré ahora. ¿Para proponer qué? Una república federal. Ya os he dicho que soy muy clásico.

En todo caso sí me parece tristísimo un proceso sostenido sobre la ignorancia intencionada en lo que respecta a la naturaleza de las relaciones económicas entre los distintos territorios del Estado a lo largo de la historia, sobre las lógicas de las rebeliones de contribuyentes -en la base histórica de la erosión del welfare-state de la que hemos hablado antes- que hay detrás del «España nos roba», sobre un uso espurio de la historia,… y aún diré más sobre la depuración de elementos culturales (en el sentido antropológico del término) que no encajan con la idea de la Cataluña nacional… Pero, ¡qué le vamos a hacer! Las cosas han ido así. El poder -porque en Cataluña hay poder, y hay quien lo usufructa- ha estado en manos de quién ha estado. Me refiero al poder real. Y la izquierda no ha sabido, o no ha podido, alterar el proceso .

En cualquier caso, a veces se ha de hacer realidad, hemos de hacer real, lo que parece imposible pero es necesario.

Fuente: FRONT -Portaveu del PSUC-Viu Comarques Gironines II Etapa. Setembre de 2013, nº 693, pp. 7-10.