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Siria, una nación de penas y sufrimiento (Parte II)

Fuentes: Jadaliyya.com

Traducida del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

«Nuestros enemigos no cruzaron nuestras fronteras

Se deslizaron como hormigas a través de nuestra debilidad

Nizar Qabbani, «Apuntes en el cuaderno de la derrota» [Hawamesh ‘ala Daftar al-Naksah, 1967]

(Véase la parte I de este artículo, sobre los Refugiados, aquí.)

II. Vecinos

A medida que los refugiados sirios afluyen hacia las naciones vecinas, las tensiones van llegando con ellos. El informe más completo acerca de esas tensiones lo escribió el International Crisis Group, cuyo «A Precarious Balancing Act: Lebanon and the Syrian conflict» (22 noviembre 2012), está probablemente siendo objeto de intenso escrutinio no solo en Beirut sino también en Ammán, Ankara y Bagdad. «La combinación de una aguda inseguridad con una continuada impotencia estatal» en el Líbano, dice el ICG, ha llevado a la inacción del Estado: secuestros, asesinatos y la creación de circunvalaciones para enviar armas a Siria. El ICG exagera sobre las entregas de armas. Informes fidedignos demuestran que esos envíos son muy pequeños y que no impactan en la situación.

Esas entregas son mayoritariamente de armas pequeñas, no del tipo de artillería pesada que solo un Estado puede proporcionar a los rebeldes. Ciertamente tenemos el escándalo del ex periodista Uqab Saqr, chevalier de Hariri y correo saudí, grabado en video y publicado por Al-Akhbar, donde Saqr aparecía diciendo que estaba implicado en los envíos de armas, incluidos cohetes, hacia el norte de Siria desde el Líbano y Turquía (él lo niega ahora, diciendo que actualmente está enviando mantas y leche maternizada). Los rebeldes le suplicaban, le imploraban que llenara su arsenal; él se mostraba distante y desagradable. Era una ventana al tipo de operaciones que el Reino de Arabia Saudí suele llevar a cabo.

La canalización de armas desde el norte del Líbano y la entrada de refugiados aterrados han venido agitando el país. En Trípoli prosiguen los enfrentamientos armados entre los grupos sirios, habiéndose producido los más recientes el 9 de diciembre, cuando en los tiroteos murieron al menos seis hombres.

Podemos dejar a un lado por un momento las exageraciones y omisiones del ICG. Lo que revela el informe del ICG es la atmósfera de miedo que ha empezado a impregnar la comunidad política.

«Es mucho lo que el Líbano, el más vulnerable de los vecinos de Siria, se está jugando», dice el ICG, pero igual le sucede a Turquía y a Jordania. Con un nuevo rebrote del conflicto entre Ankara y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), y con la frágil autoridad de la monarquía jordana puesta a prueba por las recientes protestas, la situación no resulta nada cómoda ni para el gabinete de Erdogan ni para el consejo privado de Abdullah II. Jordania guarda pocos recuerdos agradables de los levantamientos en los campos de refugiados más importantes que rodean Ammán. Las revueltas de primeros de noviembre a causa de la inflación se iniciaron en esas zonas, donde el sufrimiento y la protesta se han convertido en un modo de vida para los palestinos, cuyos nuevos vecinos sirios podrían aprender sus costumbres.

Turquía adoptó la política más decidida a favor de la rebelión. Ankara confiaba en que el régimen de Asad iba a desmoronarse, pero como la fase militar de la rebelión dura ya más de un año con un impacto limitado, el gabinete de Erdogan empezó a retroceder. Asad, que en 1998 había expulsado al líder del PKK Abdullah Ocalan a instancias de Turquía, pivotó ahora en la otra dirección. Hábilmente, cedió el noreste de Siria a varios grupos kurdos que no rechazan al PKK. Asad estableció un grave problema de ajedrez para Erdogan: la incrementada actividad del PKK en Turquía, derivada de la confianza auspiciada por la nueva zona segura en Siria, amenazó con un caos a Erdogan (la violencia estalló en la provincia de Hakkari, donde el PKK se apoderó del control de Semdinli, y en la provincia de Gaziantep, donde una bomba estalló en agosto en la principal ciudad, aumentando la inquietud del gobierno).

El enfrentamiento de Turquía contra Siria por los ataques de mortero de octubre fue la bocanada final. Ankara se volvió rápidamente hacia Bruselas. La sede de la OTAN había señalado que no tenía interés en el conflicto, pero los turcos querían algún tipo de garantía. Todo lo que pudieron conseguir fue la promesa de instalar baterías defensivas. Seis baterías Patriot, dos de cada uno de los países bien dispuestos de la OTAN (Alemania, Holanda y Estados Unidos), que llevaría varias semanas instalar y que, ni de lejos, es suficiente para poder defender alrededor de 850 kilómetros de frontera entre Turquía y Siria. Fue un gesto absolutamente simbólico.

Turquía había ido por delante de Occidente en su llamamiento para eliminar a Asad, encontrándose, para su sorpresa, con que ninguna potencia occidental estaba dispuesta a seguirla. Las dinámicas geopolíticas no están muy claras. A los europeos y a EEUU les gustaría manejar una transición de Asad a otro hombre fuerte y mantener el papel de Siria como guardia de seguridad en la frontera norte de Israel (lo que viene ocurriendo desde 1973). Occidente no está en contra del Islam político en el poder, siempre y cuando los nuevos gobernantes gestionen adecuadamente la situación en su beneficio. EEUU y los europeos se dieron prisa en llegar a un acuerdo con los Hermanos Musulmanes y con Ennahda. A quienes temen son a los islamistas menos manejables, a los forajidos que están campando por libre por el paisaje libio, o a los que pudieran surgir de las entrañas de la resistencia siria. Esta última posibilidad ha hecho que los responsables políticos de Washington y Bruselas se muestren circunspectos respecto a la oposición siria.

EEUU ha afirmado su intención de prohibir a Yabhat al-Nusra (Frente para la Ayuda del Pueblo del Levante), que parece contar con muy pocos miembros. Al-Nusra y Ahrar al-Sham (Hombres Libres de Siria) aparecieron a principios de 2012, llevando a cabo campañas de bombardeos masivos contra objetivos militares en Alepo y más lugares, lo que hizo que se exagerara su influencia. El Departamento de Estado dejó escapar que la prohibición de al-Nusra enviaría una señal de que a EEUU le gustaría dejar a un lado a los islamistas de la oposición siria y dar prioridad a los liberales. Esa misma política fue la que también se siguió en Libia, donde se utilizó a los islamistas para combatir al régimen de Gadafi, tratando de acorralarles después tras su caída.

Informaciones llegadas de Alepo dicen que al-Nusra y sus socios han puesto en marcha un ambicioso plan para establecer un orden social yihadista. El International Crisis Group publicó un informe a mediados de octubre: «Tentative Jihad: Syria’s Fundamentalist Opposition», que proporciona una valoración clara de las razones de su crecimiento. «Las condiciones eran favorables», escribe el ICG, para que los predicadores salafíes llegaran hasta las dislocadas clases marginales rurales, y al incrementarse la violencia y esfumarse las esperanzas de solución, «muchos se acogieron a las alternativas salafíes». Como los bombarderos de Occidente no lograron pulverizar al ejército de Asad, estos grupos encontraron apoyo material en el dinero privado de los árabes del Golfo, quienes «reforzaron tanto las arcas salafíes como su narrativa, en función de la cual Europa y EEUU figuran como cómplices pasivos en los crímenes del régimen».

Grupos pequeños como al-Nusra pierden peso ante el Frente de Liberación de Siria, mucho más influyente y en gran medida poco conocido. El FLS, a diferencia del Ejército Nacional Sirio, es una plataforma donde confluyen varias corrientes yihadistas financiadas por los árabes del Golfo y los Hermanos Musulmanes, cuyo propio vehículo, Liwaa al-Tawhid, ha desarrollado velozmente sus redes desde sus bases en el exilio tras haber quedado devastados en los años de la década de 1980. Aron Lund, autor de «Drömmen om Damaskus» («El sueño de Damasco», SILC Förlag 2010) y colaborador habitual de SyriaComment, señala que esas plataformas tienen un «papel político descomunal, al empujar los parámetros del conflicto hacia la victoria sectaria e influir en las perspectivas internacionales sobre el levantamiento». Este último punto es muy importante. Tal información agita los pasillos de Washington, donde apetece poco poner en marcha la clase de contragolpe que todos, menos un puñado de Senadores (McCain es el principal escéptico), temen que pudiera conllevar el hecho de apoyar a esos grupos. Aunque haya alarmismo entre los defensores de la revolución de Asad, o exageraciones por parte de las minorías que temen el próximo orden social, el resultado es que las burocracias, a ambos lados del Atlántico, se sienten bastante intranquilas.

Además de todo lo anterior, es preciso hablar del Grupo de Contacto Sirio, la plataforma regional impulsada por Egipto que incluye a Irán, Arabia Saudí y Turquía. La agitación que vive Egipto, junto con el estruendo en la región kurda de Turquía y la agonía de muerte alrededor de la monarquía saudí, así como el incrementado aislamiento de Irán, han metido en naftalina al Grupo de Contacto. Es quizá el motivo por el que el mediador de las Naciones Unidas, Lakhdar Brahimi, se reunió el 6 de diciembre en Dublín con Lavrov (Rusia) y Clinton (EEUU), sin que estuviera presente ningún actor regional. Brahimi salió de la reunión diciendo que la situación en Siria es «muy, muy mala» y que Rusia, EEUU y la ONU «continuarían trabajando juntos hasta encontrar formas creativas para poder tener este problema bajo control y empezar de forma optimista a resolverlo». La palabra «creativas» podría poner patas arriba todos los esfuerzos en curso, pero esa es una lectura demasiado optimista de la reunión de Dublín. El mensaje más importante es que a pesar de que Turquía esté metiendo la pata, a pesar de que el Líbano y Jordania estén soportando el inmenso coste de la crisis de refugiados, y a pesar de que Egipto he reunido a Irán y Arabia Saudí en la misma mesa, todos estos actores regionales no tienen ningún papel en el proceso Brahimi. El Grupo de Contacto se quedó en El Cairo con el rabo entre las piernas.

Vijay Prashad es profesor y director de Estudios Internacionales en el Trinity College, Hartford. Su último libro publicado es Arab Spring, Libyan Winter (AK Press). Es también autor de Darker Nations: A People’s History of the Third World (New Press), con el que en 2009 ganó el premio Muzaffar Ahmed Book.

Fuente: http://www.jadaliyya.com/pages/index/8924/a-nation-of-pain-and-suffering_syria-(part-2)