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Tiempo de tregua

Fuentes: Crónica global

En un país normal, tras unas elecciones sin subterfugios, la primera tarea sería la de abordar lo nuevo y lo viejo, lo que despunta como novedad y lo que ha quedado quebrantado ante el peso de las urnas. Tratándose de Cataluña habría que empezar diciendo que se ha interrumpido una de las letanías que durante […]

En un país normal, tras unas elecciones sin subterfugios, la primera tarea sería la de abordar lo nuevo y lo viejo, lo que despunta como novedad y lo que ha quedado quebrantado ante el peso de las urnas. Tratándose de Cataluña habría que empezar diciendo que se ha interrumpido una de las letanías que durante décadas constituyó el referente de una sociedad que se negaba a mirarse en el espejo y aún menos respirar realidad. La hegemonía política ha quedado sobrepasada por la hegemonía social. O lo que es lo mismo, una mayoría de ciudadanos hartos de estar hartos han dado su confianza a un partido antindependentista, por el que nadie daba un duro hace pocos años.

Y ahora viene lo bueno. Ese nuevo partido, Ciudadanos, que sufrió un acoso y un desdén de mayor cuantía. Ridiculizado por todos aquellos a los que les parecía normal un partido derechista y nacionalista -como todos, porque un partido identitario no tiene otra deriva que sustituir el progreso por la sentimentalidad y la corrupción de los suyos con una fuerte carga ciega de irracionalismo- se encontró con la horma de su propio zapato: conservadores que no viven de las administraciones que tienen a gala despreciar.

La república carlista, tan efímera como la voluntad de sus promotores, se cimbrea, y los adversarios se han llevado de calle unas elecciones programadas para el beneficio de la corrupción. Los dos partidos más corruptos de España, el PP y Convergència, no acaban de dar crédito a lo ocurrido. ¿Qué va a ser de nosotros, y de los nuestros, si ya no queda ningún lugar en el que medrar y cobijarse? El paisaje catalán, del que tan buenos réditos han sacado las izquierdas, las derechas y demás asimilados del nacionalismo, bajo en calorías y alto en banderizas, ha de habituarse a un nuevo escenario.

Pese a lo que dicen los promotores de las esencias, la historia política de Cataluña se repite, como farsa y como drama. Los más viejos del lugar nos acordamos de las primeras elecciones autonómicas del 80 y de cómo los profetas apostaron por el candidato con más oportunidades, Reventós, del PSC. De ahí salió la victoria durante décadas de Pujol, y los asesores de uno se desplazaron como por ensalmo al otro, hasta que el negocio reventó y los pillaron formando una organización criminal para delinquir, que para mayor sarcasmo utilizaban los helicópteros de la Generalitat en sus fechorías. ¡Como en la Sicilia que tanto inquieta a los boquillas!

Vuelve a ocurrir algo similar. El empresariado que ha descubierto a un tal Rivera, y a una señora hasta ayer desconocida, presionan para que formen gobierno. Son insaciables. En sus congénitas deficiencias políticas, allí donde ven un agujero se aprestan a poner el huevo. ¡Pero sin son tan de derechas como nosotros y además tienen la ventaja de no haberse quemado metiendo a toda la familia a forrarse!

Cualquier consejo de la clase empresarial catalana, de Cambó hasta aquí, tiene el maleficio de la duda. Serían incapaces de tomar una decisión que no estuviera avalada por una sólida acumulación de capital. Ellos liquidaron a Adolfo Suárez porque les parecía demasiado progresista y ahora venderían en pública almoneda lo que han creado. Porque ellos consolidaron, alimentaron y reivindicaron el pujolismo, que les fue tan rentable. ¡Qué clarividencia para los negocios la de Enric Juliana desde La Vanguardia y las tertulias, cuando calentaba los bajos instintos del empresariado autóctono –«el catalá emprenyat»-! Se estaban reduciendo los suculentos beneficios, y el futuro, sin Jordi Pujol y su delincuencia organizada, mermaba a ojos vistas.

Estamos en tiempo de tregua, pero eso es válido para una sociedad madura que no considere las urnas como la tapadera de una agencia de viajes que aspira, nada menos, que en ir a Ítaca. Me temo que todo será igual y que los voceros se nieguen a cualquier período de reflexión y a una adaptación de la ciudadanía a la realidad. Si hay algo que distinguía aquel carlismo de boina de este otro de barretina es que las elecciones les sirven para confirmar lo que se quiere demostrar.

Dejemos pues el desmerengamiento del PP, que dirían los cubanos, para ocasión más oportuna. Después de la experiencia catalana, los conservadores tendrán que hacérselo mirar. Un partido que gobierna, aunque lo haga a golpe de Marca no puede contentarse con ser la primera organización de delincuentes que existe en España, en plena competencia con los segundos. Eso sí, le agradeceremos siempre a Rajoy su escasa natalidad.

Fuente: https://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/sabatinas-intempestivas-gregorio-moran/tiempo-tregua_110351_102.html