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UGT- CCOO, sindicatos sin clase

Fuentes: Rebelión

Tras la conclusión de la Huelga General del 29-S, a la que nos sumamos con todas las prevenciones del mundo dada la trayectoria seguida hasta entonces por dirigentes y aparato burocrático de las centrales convocantes, plasmamos y difundimos en un artículo (» La Huelga del 29-S: una grieta en la formación del pensamiento sumiso») nuestros […]

Tras la conclusión de la Huelga General del 29-S, a la que nos sumamos con todas las prevenciones del mundo dada la trayectoria seguida hasta entonces por dirigentes y aparato burocrático de las centrales convocantes, plasmamos y difundimos en un artículo (» La Huelga del 29-S: una grieta en la formación del pensamiento sumiso») nuestros temores a que la respuesta fuese flor de un día y que, a la vuelta de la esquina el tándem Toxo-Méndez retomase sin complejos su tradicional entreguismo ante los dictados del poder económico y sus seguidores políticos.

Por ello poníamos el foco en algunos elementos preocupantes como el consumo de pensamiento único por

«…unas cúpulas sindicales partidarias de un sindicalismo burocratizado, refractarias a todo lo que pueda sonar a movilización desde la base, complacientes con el poder económico y político hasta el punto de tragarse sin rechistar, diciendo amén, todo el entramado que desde Maastricht a la mal llamada Constitución Europea han preparado el terreno a la actual situación, debería preocuparnos y mucho, el nada disimulado intento capitalista de imponer un «lavado de cerebro colectivo», que no se arruga ante ningún obstáculo que lo aparte del objetivo último (anular de un plumazo los derechos adquiridos durante siglos de movimiento obrero), aunque para ello deba utilizar la calumnia, la falsedad o la media verdad…»

o la calidad de las notas tomadas por

«…unos dirigentes sindicales que han coqueteado (por acatamiento o mutismo, apenas unas tibias palabras pese a la contundencia de los ataques sufridos) con las propuestas que el capitalismo ha ido realizando siempre bajo las coartadas de responsabilidad, exigencia europea, gobernabilidad o paz social, si han tomado nota y son conscientes ya de que también iban a por ellos, siendo la movilización y el combate de ideas la única forma de parar los pies a los agresores y para ello se necesita una unidad de acción desde la base que incluya a los sindicatos alternativos y a los que, ante la deriva y la falta de claridad, se marcharon asqueados a sus casas o hacen la guerra por su cuenta, refugiados en los problemas de su sector o su empresa…»

para terminar advirtiendo de la capacidad de los trileros para intentar embaucar a incautos

…»La Izquierda debe de empezar a perder el miedo de gobernar para sus votantes cuando estos articulen una mayoría social suficiente, No vale pues, sacar de la chistera los conejos gastados y escenificar encuentros y «acuerditos» tipo «mantengo integra una reforma laboral que ha borrado de un plumazo derechos duramente conseguidos y a cambio reduzco seis meses mi propuesta de ampliación de la edad de la jubilación o acorto los años necesarios para establecer la base de cotización de las pensiones y así aparento que me has arrancado una concesión, pero a cambio entráis nuevamente en el juego de si son galgos o podencos, trinidades o gómeces y eleváis la ceja y me dejáis decir que soy progresista…»

Tras publicar las reflexiones, nos surgió la duda sobre si teníamos la mirada tan lastrada de prejuicios ante las actuaciones seguidas durante décadas por el dúo Méndez y su compañero intercambiable (Gutiérrez, Fidalgo, Toxo) que cometíamos la injusticia de no percibir en ellos una voluntad real de cambio, el trazado de una línea de acero tras la que se colocaban los puntos irrenunciables, los pilares que hacen posible la existencia de un movimiento obrero que, sin sonrojarse, pueda reivindicarse como tal.

El jueves 27 de enero, cualquier duda desapareció y, como en las pesadillas recurrentes, volvió la peor versión del coro «señor, sí, señor» que tan habitualmente entonan UGT/ CCOO, aunque en esta ocasión el grado de sumisión había superado cualquier límite imaginable y con la excusa de echar agua al fuego generado por los pirómanos de la Banca y el capital especulativo, se había arrojado a la hoguera el futuro de millones de trabajadores a los que además se intenta vender que la argolla colocada en la nariz para atarlo hasta que tenga fuerzas al puesto de trabajo o el hierro candente que con la inscripción genérica «Propiedad de los mercados» -en una segunda fase nominarán: Botín, González, Ortega…- sellando los muslos, se hace con las miras puestas en un paraíso venidero que tendrá al Real Madrid / Barcelona como Dios y a Belén Esteban / Gran Hermano como profetas.

No es nuestro propósito desgranar aquí el «Dictado» alcanzado. Os invitamos a recorrer los análisis que desde Socialismo del Siglo XXI, USTEA, CGT, PCE, IU, Rebelión… se están aportando. Sea cual sea la tendencia, cuando la mirada se coloca en una posición de izquierda sin hipotecas, las conclusiones son similares: unos autoproclamados «sindicalistas de clase» han sujetado al proletariado para que los poderes económicos, no votados, no legitimados, cometan una agresión impune y además tienen la desfachatez de ufanarse y vender como triunfo que la paliza está diagnosticada sólo como muy grave, pero que si ellos no intervienen el agredido terminaba en la UCI.

En las últimas semanas hemos asistido a una función de teatro escolar con alumnos poco dotados -en los pueblos la llamarían paripé- titulada «Acuerdo responsable». No vamos a intentar comprender las motivaciones de los actores sindicales para acceder a la representación. Seguramente sea un cúmulo en el que pesa demasiado la fuerte dependencia con el partido de Turno- empleado el término aquí en estricto sentido canovista-, sea cual sea el color del gobierno central (sólo tienen una tonalidad cromática intercambiable para los temas económicos, sociales o de distribución de riqueza); la presencia entre sus dirigentes de demasiadas personas que perdieron hace 30 años el contacto directo con el mundo laboral o que, cuando trabajaron por última vez, lo hicieron en empresas que hoy ya no existen, pero no suele ponerse en la balanza del ¿por qué? un rasgo históricamente esencial en la visión marxista del movimiento obrero: la articulación del discurso político y social mediante dos pilares complementarios, el partido y el sindicato.

No hace falta recordar que cualquier tímido resto de ideología y actuación marxista fue cercenado hace décadas en el PSOE (oficialmente abandonaron el marxismo en el Congreso Extraordinario de septiembre de 1979), pero, sin embargo, hasta hoy pervive la estructura de doble militancia político-sindical, aunque ampliada, pues a su conexión histórica con la UGT, sumaron la de un importante sector de CCOO (los Ariza, Soto, Herrera, Gutiérrez…) que, una vez realizado el peaje de purgar el peso de los sectores comunistas, recogieron las bendiciones en forma de un carné con el puño y la rosa.

Por eso, para comprender bien las motivaciones del pacto perpetrado, debemos tener claro que toda la UGT y un amplio sector de los dirigentes de CCOO tienen en el PSOE su partido y por disciplina militante con la organización política que los nutre, coloca en puestos de confianza o aúpa a puestos de responsabilidad pública, saben hasta donde pueden tensar la cuerda en los desencuentros y cuando deben abandonar la riña ficticia, teniendo además la ventaja de saber que cualquier claudicación hecha para favorecer a los amos, será vendida por los medios de difusión de pensamiento capitalista, -prensa, radio, televisión-, como ejercicio de sabiduría, madurez, lógica, responsabilidad y si quieren algún halago más para tranquilizar conciencias (dóciles tío Tom, que cambiaron la cabaña por el despacho), de patriotismo.

Conseguida la palmadita del poderoso, alabada públicamente por patronos y capataces su contribución a «tranquilizar los mercados» -como si estos fuesen un ente alienígena difuso y no personas voraces con nombres, apellidos e identidad conocida- convendría recordarles a los actores sindicales que el debate aceptado era falso y por lo tanto más grave el error de entrar al trapo, que sobre la mesa tenían argumentos alternativos de los mejores especialistas (basta con recorrer las decenas de artículos publicados por Juan Torres, Vicenç Navarro, Martín Seco…) refutando y desmontando una a una las tesis del miedo, que como defensores de los trabajadores podían haber abierto otras vías (fiscalidad progresiva, creación de una Banca pública en lugar de acudir con dinero público al rescate del caos creado por la mala gestión bancaria, defensa del Estado social que no puede hacerse ayudando a su desmantelamiento, ensayo de la vía alemana de reparto del trabajo…), en absoluto irracionales y sí consecuentes con el ideario que dicen defender, pero sobre todo sabían que aceptando el rol de colaboracionistas ayudaban a legitimar una de las agresiones más grandes sufridas por los derechos colectivos de millones de trabajadores en nombre de un «bien común» que sólo beneficia a unas pocas personas.

El «Pensionazo» del jueves ha vuelto a poner sobre la mesa las carencias de un movimiento obrero cada vez más debilitado, con el agravante de que ha su debilidad contribuyen de manera esencial los que hablan en su nombre y también el error, ya con perspectiva de tiempo, que supuso el no haber sido capaz la corriente que se llamó «crítica» de CCOO, de pasar el mal trago sentimental y haber roto con un tronco cada vez más podrido e intentado un modelo sindical alternativo, en el que convergieran todas las experiencias sindicales no contaminadas por la dependencia.

En el reparto de papeles de la vida, seguramente el personaje más ingrato es el que siempre se pide hacer de esclavo voluntario. Este papel se sorteó la semana pasada y los dos sindicatos que se siguen denominando de clase, saltaron al unísono para cogerlo como si fuese el ramo de novia de una mala película yanqui, dejándonos claro -literal y metafóricamente- su falta de clase.

Corren malos tiempos para la resistencia, a nadie se nos escapa el aumento de las dificultades cuando el miedo al paro o la precariedad se instala (para sociólogos aguerridos proponemos tesis doctoral inédita: porcentaje de paro entre militantes, familiares y aledaños, desglosado por partidos, en las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos del PP-PSOE y si la media con la sufrida por el resto de españolitos se mantiene, duplica o el dígito para comparar es cero), como pocas personas están dispuestas a defender en público ideas que las hacen candidatos a payasos de las bofetadas, machacados sin piedad por la opinión publicada, por la descarada dependencia que en nuestro país -no es una excepción- tienen los medios de difusión del poder económico (para más datos, os invitamos a una lectura sosegada del último libro de Pascual Serrano, «Traficantes de información»).

En Francia, un joven de 93 años, Stephane Hessel, miembro de la Resistencia, superviviente de Buchenwald y redactor en 1948 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos lleva vendidos más de un millón de ejemplares con un opúsculo «Indignez- vous».

Ojalá recuperemos la ciudadanía esa capacidad de indignación que nos haga trascender la perorata de la barra del bar y, como cuando el referéndum OTAN o la guerra de Irak proclamemos claro a quienes proponen la vuelta a la servidumbre, a las relaciones sociales del feudalismo: «Jubilación a los 67 años, por mucho que lo repitan como loros los que dicen hablar por mi, ¡No en mi nombre!». En circunstancias mucho más difíciles, pueblos como el tunecino o el egipcio nos están mostrando hoy que es posible la respuesta.

Y para terminar, un sí: tu madre tenía razón. En el momento que por fidelidad sentimental a unas siglas o a un pasado común del que no queda nada, callas ante los desmanes de las cúpulas sindicales de la organización a la que perteneces, el silencio te convierte en cómplice.

Juan Rivera Reyes. Colectivo Prometeo de Córdoba

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.