Recomiendo:
0

Se empieza a admitir que ser racista no está tan mal visto en algunos sectores

Un otoño en el que invocar a Tagore

Fuentes: Rebelión

En el Hospital Nacional de Parapléjicos, Miwa Buene, rehuye la mirada, no quiere hablar. En el Hospital Nacional de Parapléjicos en Toledo, Miwa Buene, congoleño, economista, 42 años, se resigna, se adapta, se resiste, a su nuevo cuerpo interrumpido el día en que recibió el brutal golpe dado en la espalda por Roberto Alonso de […]

En el Hospital Nacional de Parapléjicos, Miwa Buene, rehuye la mirada, no quiere hablar. En el Hospital Nacional de Parapléjicos en Toledo, Miwa Buene, congoleño, economista, 42 años, se resigna, se adapta, se resiste, a su nuevo cuerpo interrumpido el día en que recibió el brutal golpe dado en la espalda por Roberto Alonso de la Varga quién no dejó de proferir insultos racistas y xenófobos. El agresor racista está en libertad, e inexplicablemente no se le tomó declaración a Miwa Buene hasta pasados varios meses.

Una chica ecuatoriana de 16 años ha sido víctima de una brutal agresión racista en Barcelona. El ataque se produjo en un tren. Sergi Xavier M., de 21 años, embistió a una menor sudamericana que viajaba sola. Sin dejar de hablar en ningún momento por el teléfono móvil, empezó a insultar y golpear con una violencia desmedida a quien sólo apretujaba su terror contra el cristal de la ventanilla. El machismo, el racismo, la xenofobia, quedaron registrados en imágenes en la cámara de seguridad del vagón, y que se han repetido cientos de veces por la televisión. En otro asiento otro inmigrante, miraba al vacío, sin poder mover ni moverse de su miedo…

También en el mes de octubre dos hermanos peruanos de 17 y 16 años fueron increpados por guardias de seguridad con insultos xenófobos, golpearon a uno de ellos acusándolos de la caída accidental de un panel publicitario…

Hace unos meses un marroquí denunció que fue agredido por dos vigilantes en la estación de Atocha; los miembros de una empresa de seguridad privada al escuchar que hablaba en árabe, lo atacaron por este inaudito sinsentido lingüístico….

Contemporáneamente a este hecho, una indigente angoleña que dormía en un vagón recibió dos impactos de bala tras forcejear con un vigilante de seguridad en la estación de Móstoles. La mujer resultó herida grave….

Dos muchachos subsaharianos desembarcados de pateras y que vendían copias de Cds (los «temibles» top manta) fueron atacados por un grupo de skin heads…

Un colombiano fue agredido brutalmente por cinco skin heads al grito de «viva España», en la localidad de Las Rozas, lo embistieron con un coche y luego lo apalearo provocandole la rotura de un brazo y otras heridas. Jaime denunció que la policía local le restó importancia y no recogió en el atestado alusión alguna ni a los grito racistas ni al atropello.

Y así se puede continuar a través de las miradas sobre las letras de los periódicos y las imágenes televisivas, como si los ojos se hubieran desprendido del rostro, del cuerpo, se hubieran acomodado aislados, solos, en la acera desde donde contemplan las escenas, sólo contemplan. En estudios de la imagen podemos encontrar una clasificación de miradas, y no es casual en modo alguno que la tipología clásica se basa en quién está mirando, además de la diferenciación excedida entre mirar y ver.

Ante los diversos actos de esta tragedia reverdecida del racismo y la xenofobia, parecería que todo se ve, se observa, desde una contemplación neutral, una mirada de maniquí, una mirada vacía. También se recurre a parapetarse en la cámara fotográfica, o en la filmadora, y, mirar entonces indirectamente y recibir -en un sentido literal- al ser transformado tan sólo en un objeto visual, y esto confiere la distancia, el desapego. La visión puede ser entonces sólo un accidente, una casualidad, donde no se requiere la intervención de los individuos, y puede continuarse en la dimensión social espectadora y voyerística, que explica en cierta medida, que hechos como los enunciados sigan repitiéndose ante testigos «solamente miradores».

Y sin salir de este ángulo óptico, y enfrentando a esa mirada de nada, están los que con la cadencia exagerada propia de las pasarelas de alta moda, se desplazan en igual actitud desafiante, arrogante y despectiva, los intolerantes que exhiben su último modelo de discriminación. Se ha señalado en términos psicológicos que mirar entraña algo más, establece una relación de poder en la que el observador es superior al «objeto observado». Esta representación que intentamos con los maniquíes, dibujan los estereotipos -del griego steréos (sólido) y typos (molde)- con los que aludir a ciertos mecanismos de simplificación de la realidad; un estereotipo es el componente cognitivo de una actitud particular y constituye la imagen de un grupo o categoría de personas compartido por otros. Los estereotipos han operado como un importante factor de control social en las relaciones entre las mayorías y las minorías.

La superioridad, la inseguridad y el miedo

Las conclusiones de un reciente estudio de la Universidad de Granada sobre las actitudes racistas y xenófobas, evidencian que han variado notable y negativamente. Del año pasado en que se constataba una «amplitud de miras», en este año se percibe que la tendencia está cambiando y se empieza a admitir que ser racista no está tan mal visto en algunos sectores. Dicho trabajo concluye que el 63% de los alumnos de 12 a 14 años cree en la igualdad. Sin embargo, un 27% de los escolares son racistas sutiles y un 10% lo son de un modo manifiesto o abierto.

La realidad que alimenta los estudios es la que nos indica que la xenofobia se esparce en resquicios sociales impensados, y más cuando aún los índices económicos son tendentes -todavía- al optimismo. Pero no es posible desmembrar este avance discriminatorio de la exaltación nacional -y religiosa- que impregna la dinámica política española en los últimos tiempos. Sería elemental e insuficiente reducir al clima bronco, actitudes y comportamientos que alarman, paralizan y repelen, pero también se contagian y se potencian, pero lo más grave es que se normalizan, se naturalizan.

Y es en esta realidad compleja, variable y cambiante a un ritmo acelerado, parecería que se escapa la posibilidad de comprender las dificultades crecientes y situaciones paradójicas que fijan la perspectiva de observador distante, detrás de la cámara que parapeta la individualidad o la del grupo, rescatada de las tensiones entre los valores declarados y las prácticas cotidianas. Y así con la mirada de la cámara, el espectador restablece lo que el teórico del psicoanálisis Jacques Lacan llamó ‘fase de espejo’, un escenario donde mirar al espejo le permite al niño verse a sí mismo por primera vez como otro, un escalón significativo en la formación del ego. Claro que si la exaltación del ego ha cruzado las funciones de conformación de la personalidad y deviene en el patético narcisismo, y si se extrema, se multiplica en términos de una nación, arribamos a la afirmación de Rabindranath Tagore que «La nación es un sistema de egoísmo organizado… La idea de nación es uno de los medios soporíferos más eficaces que ha inventado el hombre. Bajo la influencia de sus efluvios, puede un pueblo ejecutar un programa sistemático del egoísmo más craso, sin percatarse en lo más mínimo de su depravación moral; aún peor, se irrita peligrosamente cuando se le llama la atención sobre ello».

Y estas palabras del poeta bengalí, parecerían miradores (en el sentido que se señala inicialmente) de una reducida enunciación de actos xenófobos incorporados al devenir social cotidiano; en el escenario en que se suceden los diversos actos que emergen en el metro, en el mercado, en la escuela, en el barrio, en el autobús, en los consultorios médicos…. allí dónde se visibiliza el ya 9,21% inmigrante de la población empadronada; y es donde la identidad cultural de las diversas nacionalidades se intenta reafirmar a la vez que se transforma ineludiblemente.

Las modificaciones demográficas tienen cifras y porcentajes que en gran medida, indican un acelerado grado de incorporación e integración desde comienzos de esta década: un 15% de inmigrantes tienen casa propia, y son negocio ascendente de las promotoras inmobiliarias; se han registrado más de treinta mil matrimonios mixtos; ha incrementado el número de nacimientos de madres inmigrantes, que en el 2006 representó el 16% del total en España. De los más de dos millones y medio de inmigrantes que, en total, trabajan en este país (un 15% más que el año pasado), suponen el 10% de los afiliados a la Seguridad Social, contribuyendo así de forma relevante a su presupuesto. Las ETT se autogarantizan su existencia; y los bancos y cajas compiten para ser el vehículo de envío de remesas a los países de origen.

Pero en la complejidad desbordante, coexisten situaciones de cayucos cual barcas de Carontes de la que no es posible permitir que se esfume ni de la retina de la memoria, ni que naufraguen en la nada para siempre los cientos de seres humanos que se mueren de hambre y frío, se ahogan a metros de las orillas; como asimismo los inmigrantes que se esconden entre las multitudes en las grandes urbes, colgados en andamios sin arneses vitales, o vendiendo furtivamente CDs, o en las ciudades agrícolas donde son elegidos arbitrariamente y clandestinamente para la recolección de cultivos, o en el circuito de la prostitución. La inmigración ilegal implica un proceso de degradación por el que un proyecto vital y un sueño de vida se transforman en una muerte civil que condena al inmigrante al despojo de todos sus derechos humanos y civiles.

Este sistema impone miradas esquivas y evasivas.

Este sistema dónde las miradas recíprocas son rehuídas por la prepotencia y odio del racismo, y por la xenofobia (del griego xenós -extranjero- y fobéo -espantarse). Un sentimiento hacia el extranjero que va, según su grado y circunstancia, desde la repugnancia y la hostilidad hasta el odio, tal como se destilaba en los ataques contra inmigrantes. Se afirma que el miedo instalado en el imaginario colectivo nacional -y nacionalista- a todo lo diferente, engendra actitudes violentas y excluyentes, vestidas de banderas y de elementos diferenciadores. Como así lo han sufrido los inmigrantes nombrados en el inicio.

Hacer un alto en estas líneas, con la dolorosa convicción que las vanas expresiones de deseo se diluyan las pulsiones de Tánatos de este sistema sustentado en la destrucción permanente. Hacer un alto y conjurar una vez más a Rabindranath Tagore en este otoño golpeado que «El patriotismo no puede ser nuestro último baluarte espiritual; mi refugio es la humanidad. No compraré vidrio al precio de diamantes, y, mientras viva, nunca permitiré que el patriotismo prevalezca sobre la humanidad».