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Parque Jurásico, Seudo eventos y prisiones, Parte V

Una línea roja une la invasión sionista con la agresión contra Irak

Fuentes: The Wilderness Publications

Traducido para Rebelión por Germán Leyens


[Si la «guerra contra el terror» fuera real, llevaría al cese del terrorismo estadounidense contra todos los demás. También requeriría un serio examen de los motivos anti-estadounidenses, ya que nadie en el Planeta Adulto puede llegar a imaginarse a jóvenes que se hacen volar por los aires por algún odio abstracto a la «libertad» estadounidense. La guerra de usura Israel-Palestina tendría que ser examinada (preferiblemente mientras Nosotros el Pueblo llevamos puestos nuestros gorros de pensar, después de sacarnos esos maravillosos gorros en los que caben dos latas de cerveza), Sólo una cuidadosa reevaluación histórica del frustrado nacionalismo árabe puede devolver a «nuestros enemigos» a una categoría interpretativa en la que puedan llegar a ser desarmados: seres humanos con quejas.

En este ensayo Stan Goff encapsula esa inmensa historia de traición, desgracia y desastre. La metáfora de la construcción de monstruos por una arrogancia desmedido se aplica con la misma contundencia que en las anteriores entregas de esta larga serie de FTW [y Rebelión]: Parque Jurásico. Con el fracaso de la tensión geo-estratégica multipolar, bullen todos los antiguos odios, incitados por la escasez de agua, el pico del petróleo, o la política de brutalidad israelí, así como por una diplomacia centenaria basada en mentiras. Ahora han despertado a todos los demonios, y entre los ruidos que los despertaron, el mayor ha sido el estallido del sadismo estadounidense (manifiesto recientemente en las torturas de Abu Ghraib, Basora, Mosul, la base de la Fuerza Aérea en Bagram, etcétera).

Y así dice Stan Goff: «La clave de toda la estrategia fue el establecimiento de bases permanentes avanzadas para la proyección del poder militar de EE.UU. hacia el Sudoeste Asiático – el corazón que bombea la sangre negra al resto del mundo. Lo que despertó este plan fue el ansia de expansión israelí». JAH]

22 DE SEPTIEMBRE DE 2004, 1200 PDT (FTW) – En el filme Parque Jurásico, hay cuatro consultores que fueron llevados a la isla para escribir testimonios para los inversionistas: un paleontólogo, un paleo-botánico, un abogado y un teórico del caos. Recién llegados, los jeeps de su tour llegan a un monte cubierto de hierba y se detienen. Uno después del otro, dan vuelta sus cabezas, sorprendidos, para ver a un brontosauro vivo.

El experto en caos y el abogado van sentados juntos, y el experto en caos exclama; «¡Tú lo hiciste, especie de loco!». El abogado, que hasta ahora se había mostrado escéptico y preocupado por problemas de responsabilidad legal, balbucea en voz baja: «Vamos a ganar una fortuna en este sitio».

Tal vez trabajaba para Halliburton.

Para ser precisos: la invasión sionista de Palestina comenzó con la ayuda de acaudalados terratenientes absentistas palestinos. Aunque esto puede ser (y ha sido) sobrestimado como un modo de justificar el asentamiento sionista en Palestina, fue un mecanismo pragmático que permitió que los sionistas obtuvieran un punto de apoyo geográfico.

La sociedad palestina estaba organizada y era estable; era una estructura semi-feudal en la que los effendi (grandes terratenientes) poseían la mayor parte de la tierra laborable, que era trabajada por inquilinos campesinos. En las ciudades había un vigoroso comercio comprador, particularmente con el imperio otomano. Los judíos palestinos vivían en esta sociedad sin que hubiera alguna fricción de importancia entre judíos y árabes. Al comenzar a imponerse la modernidad, más y más terratenientes utilizaron sus fortunas para convertirse en compradores, y algunos partieron al extranjero. Fue este elemento el que comenzó a vender parcelas de tierra, en las que ya no vivían pero sobre las cuales poseían títulos de propiedad, a los sionistas – muchos de los cuales apoyaban a los turcos en su genocidio contra los armenios para ganar su favor.

Desde este punto de apoyo en la tierra comprada a terratenientes absentistas, los sionistas continuaron con su expansión. Según Ralph Schoenman:

En 1917, había 56.000 judíos en Palestina y 644.000 árabes palestinos. En 1922, había 83.794 judíos y 663.000 árabes. En 1931, había 174.616 judíos y 750.000 árabes.

El poeta Ghassan Kanafani escribe:

La propiedad de tierras urbanas y rurales por grupos judíos aumentó de 300.000 dunums en 1929 [27.000 hectáreas] a 1.250.000 dunums [113.400 hectáreas]. La tierra adquirida era insignificante desde el punto de vista de la colonización masiva y de la solución de la «cuestión judía». Pero la expropiación de un millón de dunums – casi un tercio de la tierra laborable – llevó a un severo empobrecimiento de los campesinos árabes y de los beduinos.

En 1931, 20.000 familias campesinas habían sido expulsadas por los sionistas. Además, la vida agrícola en el mundo subdesarrollado, y en el mundo árabe en particular, no es sólo un modo de producción, sino también una forma de vida social, religiosa y ritual. Por lo tanto, además de la pérdida de tierra, la sociedad rural árabe estaba siendo destruida por el proceso de colonización.[1]

Este tipo de desarraigo social conduce inevitablemente a conflictos, pero si estos conflictos conducen a la reorganización y al progreso o a la desmoralización y la victimización depende de la dirigencia indígena.

Palestina estaba controlada por las tropas del Mandato Británico, pero no pudieron impedir una revuelta palestina que duró de 1936 a 1939. Cuando la revuelta superó los recursos de los británicos, estos armaron a los sionistas.

Quiero incluir un pasaje algo largo de Schoenman porque describe de modo tan claro la composición de clase de la lucha palestina, y porque apunta a los motivos de la legendaria «desunión» árabe que gustan tanto mencionar los eruditos occidentales:

En 1937 se estableció una Comisión Real, bajo la dirección de Lord Peel, para determinar las causas de la revuelta de 1936. La Comisión Peel concluyó que los dos factores fundamentales fueron el deseo palestino de independencia nacional y el temor palestino ante el establecimiento de una colonia sionista en su país. El Informe Peel analizó una serie de otros factores con una franqueza poco común. Eran:

  1. La difusión del espíritu nacionalista árabe afuera de Palestina;

  2. El aumento de la inmigración judía después de 1933;

  3. La capacidad de los sionistas de dominar la opinión pública en Gran Bretaña por el apoyo tácito del gobierno;

  4. La falta de confianza árabe en las buenas intenciones del gobierno británico:

  5. El temor palestino ante las continuas compras judías de tierras de los terratenientes feudales absentistas que vendían sus propiedades y expulsaban a los campesinos palestinos que habían labrado las tierras:

  6. El carácter evasivo del gobierno del Mandato sobre sus intenciones respecto a la soberanía palestina.

El movimiento nacional estaba formado por la burguesía urbana, los terratenientes feudales, los líderes religiosos y representantes de los campesinos y trabajadores.

Sus demandas eran:

  1. Un fin inmediato de la inmigración sionista;

  2. El cese de, y la prohibición de, la transferencia de la propiedad de tierras árabes a los colonos sionistas;

  3. El establecimiento de un gobierno democrático en cuyo control participaran los palestinos.

…Ghassan Kanafani describió el levantamiento:

«La verdadera causa de la revuelta fue que el agudo conflicto representado por la transformación de la sociedad palestina de árabe agrícola-feudal-clerical a judía (occidental) industrial-burguesa, había llegado a su culminación… . El proceso de establecimiento de las raíces del colonialismo y de su transformación de mandato británico a un colonialismo de colonos sionistas… llegó a su clímax a mediados de los años treinta, y en realidad la dirigencia del movimiento nacionalista palestino se vio obligada a adoptar una cierta forma de lucha armada porque ya no podía ejercer su dirección en una época en la que el conflicto había alcanzado proporciones decisivas.

«El hecho de que el muftí y otros líderes religiosos, los terratenientes feudales y la naciente burguesía no hayan apoyado a los campesinos y a los obreros hasta el fin, posibilitó el aplastamiento de la rebelión por el régimen colonial y los sionistas después de tres años de lucha heroica. En esto la traición de los regímenes árabes tradicionales, que dependían de sus patrocinadores coloniales, ayudó decisivamente a los británicos.»

La «desunión» de los árabes se ha convertido en una leyenda académica y mediática occidental porque conviene tan cómodamente a los estereotipos raciales occidentales, tanto de los astutos y exclusivistas judíos como de los lenguaraces y venales árabes.

Es importante señalar a este respecto que estas explicaciones raciales-religiosas sirven para ocultar las muy reales agendas económicas y políticas que se esconden tras ellas. Los británicos, y luego los estadounidenses que ayudaron a destruir el imperialismo británico y luego pasaron a reemplazarlo, se preocuparon primero y ante todo de la amenaza de independencia (nacionalismo árabe) en la región. Y la resistencia palestina contra la inmigración judía no se basó en que esos inmigrantes fueran judíos, sino en la expropiación de la tierra.

Esto no descarta el uso del antisemitismo (por ejemplo el odio contra los judíos en particular) por enemigos del sionismo. Es este truco el que hace aún más efectiva la demagogia sionista que equipara el antisionismo con el antisemitismo. Se puede encontrar ejemplos de árabes y otros que utilizan un lenguaje flagrantemente anti-judío. Como lo señaló Maxime Rodinson en su estudio exhaustivo del sionismo:

La propaganda árabe contra el sionismo también hace uso frecuente de argumentos e imágenes tomadas del antisemitismo europeo. Esto es profundamente desagradable, pero no justifica que se identifiquen los dos fenómenos. El antisemitismo europeo, en el sentido del odio contra la personificación de los judíos, considerándolos como poseídos por una naturaleza fundamentalmente maléfica, no nació de algunas acciones o iniciativas de parte de los judíos. Sean cuales fueren sus verdaderos motivos, los reproches que presentaron contra los judíos fueron puramente míticos o, si se referían a algo concreto, era a fenómenos y actividades relacionados con la situación humillante impuesta a los judíos durante más de mil años por la sociedad europea. La responsabilidad primordial es de esta última; el antisionismo árabe, al contrario, incluso si a veces condujo a un odio generalizado a los judíos, se originó en una iniciativa concreta emprendida por algunos judíos, a detrimento de los árabes, es decir, el plan de transformar un país árabe en un Estado judío. [2]

Las contradicciones de clase inherentes a una lucha de este tipo no se limitaban a los palestinos, sino que eran características de todas las luchas de liberación nacional contra la dominación imperial. Estas mismas contradicciones de clase se hacen evidentes incluso en las luchas de las nacionalidades oprimidas en el interior de Estados Unidos, desde el Garveyismo al Movimiento Indio Estadounidense.

No es posible colocar al sionismo y a su relación con la política exterior de EE.UU. en alguna perspectiva sin relacionarlo con la lucha de EE.UU. contra el nacionalismo árabe y las consecuencias de la destrucción del nacionalismo árabe. Toda soberanía que tenga algún sentido en la región amenaza explícitamente el control de EE.UU. sobre más de la mitad de la energía global.

Por ese motivo, precisamente, la palabra «soberanía» es machacada de forma tan exquisita por la administración Bush y la prensa de pacotilla para describir como «soberano» a un gobierno nombrado por EE.UU., protegido por una fuerza de ocupación de EE.UU.

Israel ha sido utilizado como un arma contra el nacionalismo árabe, aunque paradójicamente las incursiones sionistas fueron uno de los catalizadores de dicho nacionalismo. Los movimientos políticos islamistas fueron apoyados tanto por EE.UU. e Israel como contrapeso para las corrientes nacionalistas laicas.

Harakat al-Muqawama al-Islamiyya, o sea el Movimiento Islámico de Resistencia (Hamas) es un buen ejemplo. Este año, un helicóptero Apache israelí fue utilizado para asesinar al jeque Ahmed Yassin, el líder espiritual parapléjico postrado en su silla de ruedas de Hamas. Pero Hamas fue registrado por el propio Yassin en Israel como una organización legal en 1978. Fue posible, porque israelíes y estadounidenses consideraban a Hamas como un antagonista clerical contra el nacionalismo laico de la Organización para la Liberación de Palestina.

Es la misma estrategia que creó a los talibanes.

Pero las cosas a veces se vuelven en su propio contrario. La historia ha transformado a instrumentos imperialistas en antiimperialistas. ¿Cómo sucedió en el caso del islamismo? ¿Cuál ha sido su trayectoria?

Al mismo tiempo en que comenzó la organización de Hamas, a fines de los años 70, una revolución creció en Irán contra el régimen títere de EE.UU. de Mohammed Reza Shah Pahlavi ante una crisis económica creada en gran parte por los grandiosos planes de Pahlavi en un tiempo de terrible inflación y de masiva migración a los centros urbanos. Debido a las devastadoras políticas del Shah y la extrema represión que utilizó para aplastar el descontento social, y porque estaba identificado con sus patrocinadores estadounidenses, la revolución iraní tomó un carácter comprensiblemente anti-estadounidense. Esta animosidad contra EE.UU. era compartida por sectores tanto laicos como clericales dentro del movimiento contra Pahlavi. El exiliado clérigo chií, Ayatolá Khomeni, que era apreciado en Irán como una personalidad que podría construir puentes entre estos sectores, fue preparado por los franceses para que desbaratara a los comunistas iraníes que habían sido extremadamente activos en la resistencia contra Pahlavi. Cuando consolidó su poder, mató a 6.000 activistas comunistas y transformó al Estado iraní en una teocracia.

Es fácil que los árboles no dejen ver el bosque en este caso si uno se concentra demasiado en las personalidades, pero hay que considerar que éste es el mismo periodo en el que la CIA de la administración Carter había comenzado a atraer a los soviéticos a la trampa afgana, donde la CIA apoyaba a las milicias teocráticas anticomunistas de los futuros talibanes, tal como habían apoyado poco antes a Hamas como contrapeso para el nacionalismo laico en Palestina.

Repentinamente, los islamistas se encontraban al centro de una revolución en un Estado petrolero clave, Irán, y habían capturado la embajada de EE.UU. el 4 de noviembre de 1979 y tomado a 66 estadounidenses como rehenes. Trece fueron liberados, pero los otros 53 fueron mantenidos en cautiverio hasta que el querido difunto Ronald Reagan fue investido como presidente el 20 de enero de 1981.

Esto precipitó una crisis política para la administración Carter, y la suerte de Jimmy Carter quedó sellada con el fracaso de la «Operation Rice Bowl» (Operación tazón de arroz) en abril de 1980, el fracaso espectacular de la Fuerza Delta en su primera misión real. Partidarios de la futura administración Reagan, veteranos de la Bahía de Cochinos y otros, se movilizaron ya antes de la elección, llegando a acuerdos con los iraníes que terminaron por filtrarse como el escándalo Irán-Contra. Gran parte de los veteranos de la administración implicados volvieron a ser utilizados en nuestros días por Bush II, y el embajador de apoyo a los escuadrones de la muerte en Honduras, John Negroponte, se está ahora a cargo del puesto de «embajador» (léase Virrey) en Irak.

Los islamistas del gobierno iraní actuaron para apoyar al islamista Hamas en Palestina así como a Hezbolá en Líbano, y hubo un desplazamiento tectónico en las fuerzas regionales. Hubo que decir que los amigos eran enemigos y los enemigos, amigos.

Hamas fue atraído a una órbita anti-estadounidense contra sus antiguos amigos en la CIA al transformarse, como resultado de los acontecimientos, las fuerzas anticomunistas en anti-estadounidenses.

Entonces enviaron al emisario de Ronald Reagan, Donald Rumsfeld, a buscar la amistad de un nacionalista árabe para persuadirlo para que iniciara una guerra contra Irán. Ese nacionalista era Sadam Husein. En 1990, mientras se derrumbaba la Unión Soviética, presenciamos la nueva reestructuración de las fuerzas en el mundo, un mundo donde algo tenía que reemplazar al multilateralismo imperial de la misma manera como el multilateralismo imperial había reemplazado al colonialismo. Y entonces Sadam – no por sus considerables crímenes, sino precisamente por los logros del Partido Baaz en el desarrollo de Irak como nación «moderna» – volvió a transformarse en nuestro enemigo. En realidad, en las audiencias Irán-Contra quedó en claro que en 1985 ya estaban tramando la traición de EE.UU. a su amigo Sadam.

Hamas logró su efectividad primero a través de la provisión de servicios sociales desesperadamente necesitados en Gaza. Estos servicios han sido fundamentales en la expansión de la influencia y del prestigio de Hamas entre los palestinos. El otro evento que contribuyó a su expansión fue la decisión de la OLP, bajo extrema presión, de transferir su sede de Palestina a Líbano en los años 80, cediendo efectivamente Palestina geográfica a Hamas.

Hay un factor, sin embargo, que ha contribuido más que ningún otro al aumento de la influencia de Hamas en los últimos años. Ha sido la permanente perfidia y traición del gobierno israelí en cada negociación con la OLP y la Autoridad Palestina. Con el lanzamiento de la Intifada en los años 90, las filas de Hamas se llenaron de nuevos combatientes, atraídos por el lenguaje inequívoco de Hamas sobre un estado palestino independiente y la necesidad de realizar una prolongada lucha armada contra Israel.

Larry Johnson, un antiguo asesor para contraterrorismo del Departamento de Estado dijo: «Los israelíes son sus propios peores enemigos cuando se trata de combatir el terrorismo. Son como el tipo que incendia sus cabellos, y luego trata de apagarlos con un martillo».

Pero los hechos son más sutiles. Los israelíes ya habían infiltrado considerablemente a Hamas cuando lo apoyaban contra Arafat. Aunque muchos de los colaboracionistas dentro de Hamas han sido identificados y eliminados, algunos siguen existiendo, lo que explica la brutal eficacia de muchas operaciones israelíes contra Hamas. Además, el ala derecha dentro del gobierno israelí prefiere un Hamas fuerte frente a la OLP, porque en realidad no alberga ninguna intención genuina de firmar tratados que sirvan para algo más que los tratados firmados entre el gobierno de EE.UU. y los indios. Hamas presenta un mejor pretexto para el holocausto rastrero que librará a un Israel en expansión de esos enojosos árabes.

Una vez que el nacionalismo árabe estuvo hecho jirones, cuando el contrapeso soviético quedó relegado a la historia, gente como Douglas Feith y Richard Perle y Dick Cheney apareció con una nueva visión: el «Nuevo Siglo Estadounidense» de desenfrenado poder de EE.UU., en el que la Pax Americana rige en un mundo cada vez más pequeño en el que, como el Titanic, faltan suficientes botes salvavidas y hay que tomar decisiones difíciles.

La clave de toda esta estrategia era el establecimiento de bases permanentes de avanzada para la proyección del poder militar de EE.UU. hacia el Sudoeste Asiático – el corazón que bombea la sangre negra al resto del mundo. Lo que despertó este plan fue el ansia de expansión israelí.

En octubre de 2003, cuando Ariel Sharon aceleraba la masacre de palestinos y la destrucción de cada vez más casas palestinas, el teniente general «Jerry» Boykin, – con quien serví en Delta a principios de los años 80, un fanático evangélico medio loco pero tranquilo – como señal de su profundo aprecio de la necesidad de ganar corazones y mentes en la región, declaró públicamente que los musulmanes no adoraban a un «verdadero» Dios.

Tanto Sharon como Boykin, recibieron unos ligeros tirones de orejas, y las cosas continuaron como antes – y al diablo las consecuencias. Habrá quien diga que esto demuestra la incorregible estupidez de la administración Bush, lo que puede ser cierto, pero yo prefiero presentar una hipótesis alternativa.

Pocas veces hay una sola causa para una política. La mayoría de las decisiones son «sobre-determinadas», es decir, hechas ante una relación de fuerzas que se origina en más de un fenómeno. Es de conocimiento común que el Partido Republicano está atado a un electorado terriblemente importante de teócratas milenarios que creen de todo corazón que el Tiempo Final está próximo, y que para que Jesús venga y se los lleve a todos, Israel tiene que recuperar todo el territorio bajo el reino de David, arrasar la Mezquita de la Cúpula de la Roca y reconstruir el Templo destruido por los romanos. Esta religión «dominante», que afirma que el obispo Boykin es uno de los suyos, es mucho más grande que el tan cacareado (incluso por proto-fascistas como Bucanan) «Lobby Judío».

Esto, sin embargo, no toma en consideración que los demócratas son tan virulentos en su apoyo al sionismo como los republicanos. Cuando la congresista Cynthia McKinney se atrevió a criticar el apoyo ciego de EE.UU. a Israel, su propio partido torpedeó su escaño lanzando una campaña de calumnias financiada por AIPAC en las primarias, sin igual en su audaz mendacidad y su desenfrenada maldad.

Para acuñar una frase: es la región, es la región, es la región. Traducido, significa: es el petróleo, es el petróleo, es el petróleo.

El gobierno de EE.UU. no ve a Israel ante todo como un activo político (o pasivo, en realidad). Lo ve tal como es: un multiplicador de su fuerza. Por unos pocos miles de millones por año, el Tío Sam puede mantener un mortífero testaferro militar en la frontera misma de la mayor laguna de petróleo del mundo, hostil en su esencia misma a gente morena que tuvo la audacia de haberse establecido durante siglos sobre tanta gasolina, fertilizante y plástico.

A nadie puede sorprenderle que las tropas de EE.UU. hayan sido entrenadas por israelíes para la ocupación de Irak, incluso en las delicadas artes del… ¡ejem! … interrogatorio.

No es una»paranoia musulmana» la que asocia invariablemente la ocupación de Palestina con la ocupación de Irak. En un sentido muy real, si uno toma suficiente distancia para ver toda la perspectiva, es absolutamente exacto. Que los israelíes quieren lebensraum y el agua necesaria, y que los estadounidenses quieren controlar del petróleo para conservar su tambaleante imperio, no contradice el hecho de que estas agendas son totalmente simbióticas.

La dependencia de EE.UU. de los israelíes como fuerza mercenaria sólo se ha profundizado ahora cuando la grandiosa estrategia de Cheney, Perle, Wolfowitz y Rumsfeld se ha hundido en la ciénaga de una resistencia iraquí y regional cada vez más generalizada.

La resistencia es nutrida por el antisionismo, y así la administración Bush se ve ahora atrapada dentro de su propio coche en llamas, con lo que puede ser un lago o un espejismo a lo lejos, y su única alternativa es darle al acelerador para tratar de llegar a tiempo para impedir su propia inmolación.

Tal vez la ONU podrá rescatarlos. Está al borde de la ruta. Pero con ella están mil millones de seres humanos que están hasta la coronilla.

Fin de la Parte Cinco

* Para más información sobre la tortura por EE.UU.

http://www.crimesofwar.org/

http://www.oilempire.us/torture.html

http://www.thirdworldtraveler.com/Torture/Torture_page.html

http://www.iacenter.org/torture_0504.htm

http://www.hrw.org/campaigns/torture.htm

http://www.hrw.org/reports/2004/afghanistan0304/

http://www.guardian.co.uk/Iraq/Story/0,2763,1304042,00.html

http://www.democracynow.org/article.pl?sid=04/09/20/144204

http://www.wbaifree.org/takingaim/hhz/ch03.htm

http://www.marxists.de/middleast/israrab/part1.htm

http://www.fromthewilderness.com/free/ww3/092304_jurassic_park5.shtml

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