Recomiendo:
0

El derrumbe de antiguos regímenes

Versalles en el Potomac y sus interminables guerras

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

El asesinato de Osama bin Laden, «un testimonio de la grandeza de nuestro país» según el presidente Obama, no debería opacar una realidad central de nuestro mundo posterior al 11-S. Nuestros conflictos en Iraq, Afganistán, Pakistán, Yemen y Libia siguen siendo ejemplos de guerra no declarada, un hecho que contribuye a su distancia de nuestro mundo estadounidense. Están distantes geográficamente, pero también distantes de nuestros intereses de cada día y, a menos que se sea miembro de las fuerzas armadas o se tenga un ser querido en ellas, distantes de nuestra conciencia colectiva (para no hablar de nuestras conciencias individuales).

Y esta distancia no es accidental. Nuestras guerras y su impacto se mantienen en un aislamiento notable de lo que pasa por ser asuntos públicos en este país, dejando a la mayoría de los estadounidenses con poco conocimiento, y todavía menos influencia, sobre si deberían y librarse y cómo se están librando.

En este sentido, nuestras guerras son extrañamente similares a las realizadas por monarcas europeos en los Siglos XVII y XVIII: conflictos librados por militares profesionales y bandas de mercenarios; en gran parte por el capricho de lo que ahora podríamos llamar un ejecutivo unitario financiado con gastos deficitarios, con el propósito de proteger o extender los intereses de una elite gobernante.

Los cínicos podrán decir que siempre ha sido así en EE.UU. Después de todo, la Guerra de 1812 fue conocida por los críticos como «La Guerra de Míster Madison» y la Guerra mexicana-estadounidense de los años cuarenta del Siglo XIX fue la «Guerra de Míster Polk». La Guerra hispana-estadounidense de 1898 fue una guerra descarada de expansión, vigorosamente denunciada por los antiimperialistas estadounidenses. Sin embargo, en esos conflictos hubo por lo menos un auténtico debate nacional, así como declaraciones formales de guerra del Congreso.

La actual clase gobernante en Washington ya no se preocupa de aparentar que respeta la letra de nuestra Constitución -y también soslaya su espíritu-, invocando afirmaciones vacías de privilegio ejecutivo o del espíritu de servicio humanitario (como en Libia) o de exportación de la democracia (como en Afganistán). Pero Libia sigue desgarrada por la guerra civil, y Afganistán todavía no se transforma en Oregón.

Guerra «ilustrada», entonces y ahora

La historia no se repite simplemente, pero las realidades de poder, privilegio y orgullo aseguran ciertas continuidades del pasado. Considerad la forma en que las actuales guerras distantes y las maneras en que refuerzan relaciones de poder existentes de una elite privilegiada y orgullosa se hacen eco de un estilo de guerra europea que tiene más de tres siglos.

Al estudiar la destrucción de la devastadora Guerra de los Treinta Años (1618-1648), librada febrilmente en los territorios germánicos por la mayor parte de Europa, vemos que monarcas como Luis XIV de Francia comenzaron a librar guerras «limitadas». Las consideraron más consistentes con el espíritu de una era racional e «ilustrada». En sus manos, semejantes guerras se convirtieron en el deporte de reyes, equivalentes en la vida real a complejas partidas de ajedrez en la cual soldados de infantería provenientes de las clases inferiores servían de peones desechables, mientras los hijos segundos o menores de la nobleza, cumpliendo su deber como oficiales, resultaban ser reyes, alfiles, y torres, apenas menos desechables.

El monarca y su séquito trataban, en lo posible, de mantener las guerras y sus trastornos a distancia de las prósperas preocupaciones económicas y de manufactura. En muchos casos, en los siglos siguientes, esto significó esencialmente exportar la guerra a remotas áreas o colonias «bárbaras». Al hacerlo, la muerte y la destrucción se subcontrataban en sitios y pueblos distantes de las metrópolis europeas.

En los hechos, esto fue precisamente lo que enfureció a nuestros fundadores: que las colonias en América se habían convertido en un campo de batalla interminable para las ambiciones imperiales francesas y británicas de las cuales los propios colonos sufrían el torbellino de la guerra mientras ganaban pocos de sus beneficios. Una lectura cuidadosa de la Declaración de Independencia, por ejemplo, revela un desdén protorepublicano por guerras libradas por el capricho de un rey y que en todo caso reducían a los colonos a simple carne de cañón.

Al negarse a claudicar a su porfiado derecho como británicos a determinar cómo se les gravaba, cómo eran defendidas sus familias y sus tierras, y especialmente para qué ellos mismos debían combatir y morir, los fundadores forjaron una nueva nación. En vista de esta historia, no es sorprendente que hayan otorgado al Congreso, no al presidente, el poder de declarar y financiar la guerra.

De esta manera nació un noble experimento, y funcionó, aunque de modo imperfecto, hasta que la devastación de una nueva guerra de treinta años en Europa (más conocida como las Guerras Mundiales I y II), impulsó a EE.UU. a la condición de superpotencia con todas sus ambiciones resultantes, avivadas por temores existenciales, sea de los comunistas ateos de ayer, o de los terroristas fanáticos religiosos de nuestros días.

En el centro de Washington: la nueva Corte de Versalles

En el Siglo XVIII, Francia era la superpotencia de Europa con fuerzas armadas que hacían parecer enanas las de sus vecinos. ¿Y quién dictaba las decisiones de ir a la guerra? La respuesta: el rey, sus generales y los cortesanos en la Corte de Versalles. En el Siglo XXI, EE.UU. celebra su condición de «única superpotencia» mundial con fuerzas armadas sin igual. ¿Y quién dicta sus decisiones de ir a la guerra? Considerando las lecciones de Iraq, Afganistán, y ahora Libia, la respuesta no es menos obvia: el presidente, sus generales y sus cortesanos, dentro del vasto edificio del Estado de seguridad nacional de Washington.

Las guerras «ilustradas» de Francia eran libradas por ejércitos profesionales y mercenarios, dirigidos por un ejecutivo unitario que hacía lo que quería, y sufridas por clases inferiores sin derecho a voz ni voto al respecto (aunque proveían la fuerza y la sangre). De la misma manera, nuestros amos del Siglo XXI nos lanzan a su versión de guerras ilustradas y juegan su versión de partidas de ajedrez globales.

La analogía puede ir más lejos. En la Francia pre-revolucionaria, el Primer y Segundo Estado (el clero y la nobleza) constituían menos de un 2% de la población pero controlaban casi toda la riqueza y el poder del país. Su alianza impía mantenía al Tercer Estado (todo el que no era clérigo o noble) bajo su dominación colectiva.

Ahora bien, consideremos el EE.UU. actual. Nuestro equivalente del Primer Estado sería el clero de las finanzas y la banca (la religión del todopoderoso dólar). Hay que buscarlo en sus templos en Wall Street. Nuestro equivalente del Segundo Estado serían los que mueven los hilos en el centro de Washington. Hay que buscarlos en la Casa Blanca, el Pentágono, el Congreso, y en la Calle K donde tienden a congregarse los lobistas del Primer Estado. La alianza impía de estos dos estados deja al Tercer Estado de EE.UU. -a ti y a mí- con las todas las posibilidades, manipuladas, contra nosotros.

Cuando tiene que ver con la guerra, la clase gobernante de EE.UU. ha relegado a los miembros de su Tercer Estado alternativamente al papel de «legionarios extranjeros» en el servicio en ultramar, o de espectadores silenciosos que miran pasivamente lo que pasa en el gran televisor. Eso, por su parte, es continuamente interpretado para nosotros por miembros retirados del Segundo Estado: generales y almirantes vestidos de paisano, contratados por los medios corporativos para suministrar comentarios en colores sobre las guerras de Washington.

No es de extrañar que la elite actual de Washington sea tan imperiosa y aislada como la Corte de Luis XIV. Un colega mío aguantó hace poco una breve audiencia con algunos miembros de nuestro Segundo Estado cerca de Dupont Circle en Washington. En sus palabras: «Se sentían al mismo tiempo condescendientes e intrigados por ‘tipos del Tea Party’, como se referían a ellos, lo que quiere decir que admitían sin querer que estaban fuera de contacto y que les parecían bastante bien. ‘Mirad’, dije finalmente, ‘no podéis seguir robándole a alguien la billetera mientras lo intimidáis diciéndole lo estúpido y mal informado que es y luego os sorprendéis porque se enoja.'»

Sean sucios «tipos del Tea Party», «tarados» (según el ex cortesano Rahm Emanuel) progresistas, y otros miembros del descontento Tercer Estado estadounidense, a las elites de Washington que libran guerras en nuestro nombre simplemente no les podría importar menos lo que pensemos, exactamente como a Luis XIV y su corte no les podía importar menos lo que desearan sus súbditos.

Interminables guerras «limitadas» libradas en función de los intereses de la clase gobernante, los masivos gastos deficitarios en esas guerras, la negativa de reconocer (o incluso comprender) la creciente insatisfacción de la gente, la mentalidad de «¡entonces que coman brioche!»: todo esto es familiar para un historiador. Y como los antiguos amos franceses de la guerra limitada, nuestros nuevos amos de la guerra desangran la legitimidad.

El derrumbe de los antiguos regímenes

Al aislar al Tercer Estado estadounidense de la guerra -por cierto, al desconectarlo de todo debate público significativo sobre el perpetuo belicismo de esta nación- nuestros gobernantes han conspirado para proteger sus propios intereses. Sin embargo, al decidir a escondidas todo lo importante, han eliminado neciamente todo control de su demencia.

Consideremos de nuevo el ejemplo del Versalles pre-revolucionario. Una burocracia sobrecargada de altos puestos, notablemente disoluta, y a menudo parasítica saqueó el bien público de Francia en busca de poder y privilegio. ¿Podemos dejar de decir lo mismo del Washington actual? En su tendencia cleptocrática de enriquecimiento y su despliegue irresponsable de poder militar en todo el globo, la clase gobernante estadounidenses tiene un cierto parecido con los reyes franceses y sus cortes que, a fin de cuentas, llevaron a su país a la ruina económica y a la revolución violenta.

Hastiada de sus derrochadores y orgullosos gobernantes, Francia vio cómo rodaban las cabezas y cómo caían las cuchillas de las guillotinas. ¿Cuántas guerras «ilustradas» más no declaradas, cuándos billones de dólares en deuda impulsada por guerra, cuántos muertos y heridos serán necesarios para que el pueblo estadounidense exija que le devuelvan su poder sobre la guerra? ¿O nos basta con mostrarnos respetuosos hacia nuestra clase y corte gobernante -y a sus acreedores en ultramar «menos-que-amantes-de-la libertad»- hasta que llegue el momento en el cual sus orgullosas guerras y sus derrochadores presupuestos de defensa de más billones de dólares hagan que nuestro gran experimento democrático se derrumbe?

William J. Astore es teniente coronel retirado (de la Fuerza Aérea de EE.UU.) y profesor de historia. Agradece comentarios de los lectores [email protected].

Este ensayo fue publicado originalmente en TomDispatch.

Fuente: http://www.counterpunch.org/astore05122011.html

rCR