«Hay que conseguir que se quede ciego y escondernos ante él mientras se derrumba, tal vez a través de una política nocturna o de éxodo (…), mediante la creación de espacios más autónomos del capital (…), con estrategias de lucha activa no violenta y desobediencia civil…» (Ramón Fernández Durán)
Si tuviéramos que adivinar el nombre de un país rico en petróleo, oro y tierras raras, seguramente nos vendría a la cabeza el nombre de alguno de los países enriquecidos. Quizá nos sorprendería saber que nos estamos refiriendo a Sudán, el único país donde el estado de hambruna está confirmado oficialmente. Vivimos en un mundo de paradojas. No obstante, el anterior relator especial de la ONU sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, Olivier de Schutter, lo tenía claro cuando nos advertía de que nuestra economía responde a la demanda de los grupos más ricos de la sociedad, provocando formas de producción extractivas que empeoran la exclusión social en nombre de la creación de riqueza y, además, avisa de que una economía basada en los derechos humanos no solo es posible, sino que es necesaria para mantenernos dentro de los límites planetarios. A los sudaneses y a la mayoría de la población mundial nos iría mejor si quebrara el capitalismo.
Desmantelando el capitalismo pasivamente
Más de uno tacharía de osado a Ramón Fernández Durán por encuadrar, hace unas dos décadas, el inicio de la quiebra del capitalismo global entre 2000 y 2030. Sin embargo, tan solo el título completo de su último libro describe la situación que estamos viviendo en la actualidad, tanto a nivel social como ecológico (guerras por los recursos, desestabilización climática, escasez de recursos y energía) y prueba de ello es el grado de nerviosismo mostrado por quienes pretenden sostenerlo.
Recordemos la reunión que tuvo lugar en abril de una treintena de dirigentes mundiales, liderados por Francia y Reino Unido, para asegurar la libertad de navegación por el estrecho de Ormuz que consideraban una «prioridad inmediata por las consecuencias económicas mundiales», o bien, el último encuentro del G7 en el que los dirigentes de los países más poderosos han decidido crear una alianza para asegurarse las reservas de minerales críticos, así como lanzar una nueva plataforma relacionada con la energía. Aunque solo sea durante las olas de calor, cuando los efectos de la extralimitación son más evidentes, reflexionemos sobre la necesidad de transformar nuestro estilo de vida.
Básicamente, tendríamos tres posibles estrategias de cambio: reformismo (modificar el sistema en cuestiones específicas), rupturismo (cambiar sus bases estructurales), o bien, un rupturismo radical o lo que podríamos llamar una desconexión del sistema. Muchas voces están a favor de desmantelar el capitalismo, pero ¿es posible hacerlo rápida y pacíficamente, de manera activa o solo pasiva? Al inicio de los años setenta, cuando comenzaron los avisos por parte de la comunidad científica de los límites del crecimiento, podríamos haber ensayado fórmulas ideales para un movimiento rupturista anticapitalista, para una transición hacia un decrecimiento planificado. Sin rechazar cualquier avance que puedan aportarnos aún las instituciones (mientras tengan alcance), quizá sea demasiado tarde y lo que es seguro es que vamos a contratiempo.
No podemos seguir teorizando, intentando encontrar las mejores estrategias, ni organizando congresos internacionales con resultados simbólicos para reducir nuestra dependencia a los combustibles fósiles o luchar contra el cambio climático. No es momento para seguir haciendo teatro, pero tampoco vale cualquier alternativa. ¿Reformismo, rupturismo o desconexión? ¿Qué proponen autores como Carlos Taibo, Ted Trainer o Murray Bookchin? ¿Qué plantea el ecoanarquismo?
Multiplicando islotes de resiliencia de forma exponencial
No es un sueño. Ya lo hemos hecho antes. Ha habido momentos en la historia en los que hemos vivido felices en un espíritu comunitario. La jerarquía y la dominación no han existido siempre. Carlos Taibo, en Breviario de ecología libertaria, cuenta cómo tras los colapsos civilizatorios sucedidos en el pasado, llegaban etapas desjerarquizadas, rerruralizadas, que ganaron en autonomía local.
Taibo a la vez que anima a «recuperar la acción directa, vinculada con la construcción de una sociedad paralela y alternativa (…) que debe sortear la lógica de los Estados, en provecho de proyectos autogestionados» (p.152), recuerda que «desde tiempo inmemorial, y en los cinco continentes, han sido muchas las comunidades humanas que se han organizado espontáneamente, desde abajo y con los de abajo, sobre la base de códigos de autogestión y de apoyo mutuo (…) Lo que es excepcional en la historia humana es la lógica del Estado y la del capital» (p.30).
En 1982, al escribir Ecología de la libertad, Murray Bookchin ahondó en lo que parece ser el quid de la cuestión: el surgimiento de la jerarquía y la dominación. Las sociedades anteriores, que él llamaba naturales u orgánicas, se caracterizaban por:
– O ser diferentes en su forma de organizarse y en el papel de los miembros de la comunidad: las responsabilidades ligadas a los cuidados eran mucho más relevantes que los asuntos políticos o militares.
– O eran sociedades más igualitarias: las diferencias entre individuos se veían como una ventaja por la existencia de roles complementarios, se buscaba la «unidad en la diversidad».
– O también era distinta la relación con la naturaleza, ya que nos sentíamos como parte del mundo natural.
– O no eran comunidades coercitivas, sino que se definían por la libertad de expresión, el control popular, se formaban por necesidades innatas de asociación, cuidados, interdependencia… (p.21)
Los cambios no surgieron de golpe. Con los primeros asentamientos, poco a poco, el control colectivo de la producción fue pasando a un control elitista, las relaciones de parentesco a relaciones territoriales y de clase, las asambleas populares o de mayores fueron sustituidas por élites (p.110). Sin embargo, lo peor fue que esa jerarquía alcanzó al mismo tiempo el inconsciente individual, adquirimos una mentalidad jerárquica, normalizamos la cultura de la dominación.
El Estado no llegó hasta bastante más tarde, pero la jerarquía empezó a invadir esferas de la vida menos evidentes: renuncia a los placeres de la vida, justificación del trabajo duro, sentimiento de culpa, sacrificio de los «inferiores», incluso de la naturaleza como objeto de explotación (p.25). Y así seguimos a día de hoy. Para el padre de la ecología social, esa dominación es la que nos está llevando al colapso ecosocial.
Ted Trainer, en La vía de la simplicidad y otros textos, coincide con Bookchin en cuanto a los tiempos y a las formas:
Bookchin creía que a las generaciones presentes la «civilización» nos ha extirpado los valores antiguos y solo aquellas generaciones futuras, sin grilletes ni el peso de la cultura, serán capaces de crear una ética y valores nuevos (p.513). Asimismo, defendía que las ideas solo llegan a la gente que está preparada para escucharlas. Nadie puede desmantelar una estructura conformada por la sociedad dominante, hasta que la sociedad misma se vea asediada por las crisis (p.550). Lo ideal sería desconectarnos de la maquinaria social existente y reempoderarnos (p.533).
Trainer piensa que los cambios estructurales únicamente llegarán cuando la gente vaya comprendiendo la necesidad de transitar del sistema capitalista hacia una vida sencilla y lo vea como algo atractivo y satisfactorio (2010). La autodestrucción del capitalismo empujará a la población a medida que sus circunstancias vayan deteriorándose (2022). La estrategia apropiada no es enfrentarnos al capitalismo sino alejarnos de él (2020).
¿Y qué hacemos mientras tanto? Bookchin prioriza la eliminación de la mentalidad jerárquica. Cree que, mediante un pensamiento utópico reconstructivo, podríamos imaginar una sociedad ecológica. Compila sus propuestas en la conocida como ecología social libertaria (o ecoanarquismo). Por su lado, Trainer plantea la vía de la simplicidad como el camino alternativo hacia una vida digna para todos los habitantes del planeta. Él habla de la necesidad de prefigurar o concienciar, mientras empezamos ya a construir formas sociales alternativas.
Así que no esperemos hasta última hora para tener luego que improvisar, ni sigamos confiando en que las instituciones nos salvarán. Cojamos las riendas de nuestras vidas. Desconectemos de forma voluntaria del capitalismo antes de que éste colapse, expandiendo por todas partes todo tipo de espacios autónomos o lo que Pablo Servigne denomina como islotes de resiliencia, que compartan como objetivo aprender a satisfacer de manera cooperativa nuestras necesidades vitales usando solo los recursos locales. Afortunadamente tenemos cerca el ejemplo de los que nos han precedido en metas similares.
Aprendiendo, construyendo, contagiando…
A nivel teórico estamos superpreparados. No solo tenemos las proposiciones de los autores anteriores, sino también el trabajo de colapsólogos que, en general, instan a que la mayor parte de la población viva en comunidades pequeñas, autosuficientes, donde reinen la austeridad, la simplicidad, la cooperación, la autogobernanza…
Sin embargo, en la práctica estamos bastante más perdidos. Quizá una ecoaldea sea lo más parecido a lo que necesitamos, aunque el movimiento de ecoaldeas se equivoque al situar el enfoque social al mismo nivel que el ecológico (incluso hay grupos que prefieren que les denominen comunidades y no ecoaldeas, dado que reconocen que el prefijo ‘eco’ no los define). De hecho, la Red Ibérica de Ecoaldeas (RIE) dejó en 2025 a mínimos su compromiso hacia el exterior para concentrarse en un trabajo de introspección, para reflexionar sobre cuál debería ser la aportación de las ecoaldeas frente a la situación de la humanidad.
A pesar de las circunstancias actuales, existen casos valiosos de ecoaldeas en la península ibérica que podrían ser nuestra fuente de inspiración. Es remarcable la más antigua, Lakabe, que persiste en un pueblo okupado desde hace unos 40 años, donde implementaron un proyecto autogestionado. González Reyes y García Torres, hablando sobre colectivos resilientes, los presentan como un grupo casi autosuficiente energéticamente (gracias a un sistema solar fotovoltaico, un aerogenerador y una turbina hidráulica). Además, han rehabilitado las viviendas con criterios bioclimáticos, cultivan sus huertas, preparan pan ecológico, reforestan el bosque e, incluso, crearon una editorial.
El activista y promotor de ecoaldeas, Alfonso Flaquer, explica en su libro Ecoaldeas: vivir de manera sostenible en el siglo XXI que quien esté buscando una ecoaldea, debería antes haber asistido como voluntario en diversos proyectos, para hacerse una idea realista de la vida en comunidad (aunque todas las ecoaldeas sean distintas, debido a sus condiciones sociales y geográficas, haciendo cada experiencia única e irrepetible). Es conveniente estar preparado y tener algún oficio, habilidad o talento que pueda resultar útil al proyecto. Por ejemplo, Arterra Bizimodu en Navarra nos da la oportunidad de permanecer un tiempo colaborando allí.
Para asimilar y transmitir las claves de las pequeñas comunidades locales autónomas que ya funcionan, copiemos a las cubanas y cubanos cuando, durante el periodo especial, usaron la estrategia horizontal, que llamaron «de campesino a campesino», para aprender los unos de los otros cómo alimentarse sin petróleo mientras las autoridades les cedían tierras para que las cultivasen. De manera similar, tenemos un par de proyectos de la RIE que se deberían potenciar: la incubadora de ecoaldeas como proceso de acompañamiento para proyectos colectivos nuevos en sus dos primeros años de vida, además del proyecto de repoblamiento, Rehabitar, fruto de la propuesta del gobierno de Navarra de cesión de pueblos deshabitados.
Si algo es evidente, es que resta muchísimo trabajo por delante y el tiempo corre en nuestra contra. Ante quienes nos tachen de utópicas, finalizamos con unas palabras de Eduardo Galeano:
«La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar».
Referencias bibliográficas
AFP y Libération (2026) Guerre au Moyen-Orient. Détroit d’Ormuz : Paris accueille un sommet international pour «une troisième voie» entre les Etats-Unis et l’Iran. Libération.
Bookchin, M. (2022) Ecología de la libertad. Surgimiento y disolución de la jerarquía. Ed. Capitán Swing (original de 1982 The ecology of freedom: the emergence and dissolution of hierarchy).
Collectif d’universitaires, d’associatifs et d’élus insoumis (2026) « N’abandonnons pas le Soudan à son sort ! » Libération.
Fernández Durán, R. (2011) La quiebra del capitalismo global 2000-2030: crisis multidimensional, caos sistémico, ruina ecológica y guerra por los recursos. Preparándonos para el comienzo del colapso de la civilización industrial. El inicio del fin de la energía fósil: una ruptura histórica total. p. 107. Ed. Virus.
Flaquer, A. (2021) Ecoaldeas: vivir de manera sostenible en el siglo XXI. Ed. EcoHabitar.
González Reyes, L. y García Torres, M. (2025) Cómo crear colectivos resilientes y justos en tiempos de emergencias constantes El Salto Diario.
Hanne, I. (2026) Le G7 veut sécuriser ses métaux critiques face à l’emprise chinoise. Libération.
Oliver, E. (2021) Alimentarnos sin petróleo. 151515
Olivier De Schutter (2024) Erradicar la pobreza más allá del crecimiento. Informe del Relator Especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos. A/HRC/56/61. Naciones Unidas.
Taibo, C. (2024) Breviario de ecología libertaria. Ed. Los libros de la Catarata.
Trainer, T. (2017) La vía de la simplicidad. Hacia un mundo sostenible y justo. Ed. Trotta. (original de 2010 The transition to a sustainable and just world).
Trainer, T. (2020) Por qué deberíamos deshacernos del capitalismo. 151515
Trainer, T. (2022) La respuesta no es el ecosocialismo… es el ecoanarquismo. Climaterra.
Turiel, A. Bordera, J. y Calvé, I (2026) “Antes de que lleguen las lluvias”. Contexto y Acción.
World Meteorological Organization (2026) State of the Global Climate 2025.
Esther Oliver. Bióloga y educadora ambiental. https://www.linkedin.com/in/esther-oliver-145a7a97
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