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En respuesta a La voluntad y el deseo: el dilema feminista, de Santiago Alba

Yo quiero ser una lectora feminista cargada de razón

Fuentes: Rebelión

Cuando se habla del deseo como algo sustancialmente opuesto a la voluntad (como en la metafísica clásica, o en la filosofía romántica, o en la psicodinámica freudiana, o en la teoría subjetiva del valor económico, o allí donde ambas nociones aparecen dotadas de cualidades opuestas: oscuridad/claridad, confusión/distinción, fuerza/resistencia, implícito/explícito, fantasía/realidad), se pueden explicar muy bien […]

Cuando se habla del deseo como algo sustancialmente opuesto a la voluntad (como en la metafísica clásica, o en la filosofía romántica, o en la psicodinámica freudiana, o en la teoría subjetiva del valor económico, o allí donde ambas nociones aparecen dotadas de cualidades opuestas: oscuridad/claridad, confusión/distinción, fuerza/resistencia, implícito/explícito, fantasía/realidad), se pueden explicar muy bien muchas de las cosas que tú sientes cuando deseas y cuando quieres, o cuando no quieres pero deseas o no deseas pero quieres, etc. Por eso todavía hoy vale tanto la pena leer la Ética de Aristóteles o las Confesiones de San Agustín, o el tratado acerca de Las pasiones del alma de Descartes o El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer o El yo y el ello de Freud, los Principios de economía de Jevons o el artículo La voluntad y el deseo: el dilema feminista de Santiago Alba (Cuarto poder 16/6/2017). Sin embargo, leyendo todas estas cosas uno/a se da cuenta no sólo de que hay cosas que no explican, porque evidentemente nada puede explicarlo todo, sino de que hay cosas que creen que no se pueden explicar, que se aceptan como «naturales» -y a veces incluso como misteriosas o milagrosas-.

La diferencia que hace Aristóteles entre temperamento y carácter, por ejemplo, se puede comparar, en este sentido con la que establece en la Física entre sustancias pesadas y sustancias ligeras, entendiendo la gravedad o la ligereza como características sustanciales de los cuerpos y opuestas por naturaleza (en función de la propia phýsis de cada una de ellas). Y la naturaleza para Aristóteles no es algo que necesite ser explicado, sino que es, precisamente, un principio explicativo: el que explica el movimiento y el reposo de todo aquello que es por naturaleza lo que es. El temperamento es también naturaleza, y por lo tanto es un principio explicativo y no algo que haya que explicar, pero lo mismo ocurre con el carácter en la Ética y en la Política, que se encuentra su principio explicativo en la razón (el logos ) la cual es igualmente un principio explicativo, y no algo que ha de ser explicado, y que en este caso no es naturaleza, porque no es algo material, sino que es algo divino («lo divino que hay en nosotros»). Lo mismo se podría ver con Descartes comparando su física, en la que, por ejemplo, reposo y movimiento aparecen como estados esencialmente opuestos, con su metafísica o su teoría de las pasiones, donde el pensamiento (dentro del cual está también la voluntad) y la materia aparecen como sustancias distintas (res cogitans y res extensa), y hasta con Freud, que no tiene una física, pero parece como si articulase su teoría psicodinámica con la vista puesta en la hidrostática, que como la estática en general es una ciencia que desde la Antigüedad (desde Arquímedes) ha sido capaz de dar magníficas y útiles explicaciones a una serie de hechos relevantes, pero a base de considerar las fuerzas ejercidas sobre la máquina y la resistencia del fulcro, no como partes de un mismo sistema dinámico, o como fuerzas realmente opuestas, sino como realidades sustancialmente distintas. El fulcro no ejerce ninguna fuerza desde el punto de vista de Arquímedes y de toda la estática premoderna, como se ve claramente en su supuesta frase «dadme un punto de apoyo y moveré el mundo» -Newton no hubiera necesitado ningún punto de apoyo para moverlo, sólo una fuerza opuesta y su ley de la acción y la reacción-. El punto de apoyo es aquí el principio explicativo (como eje de simetría en Arquímedes o como eje de giro en la mecánica medieval) y no lo que necesita explicación, y no sólo metafóricamente, sino desde el punto de vista de la articulación demostrativa de la propia teoría. Eso aparece todavía más claramente en una obra atribuida a Aristóteles y contemporánea de la de Arquímedes en la que se intenta proponer un principio dinámico (que atiende al movimiento) y no estático del principio de la palanca y se atribuye el principio de su eficacia, precisamente al fulcro y al movimiento circular que en él se apoya de la siguiente manera: «[P]arece insólito mover un gran peso con una pequeña fuerza, y más en tanto es más grande el peso. Lo que una persona no puede mover sin una palanca, con la ayuda de ésta lo mueve fácilmente (aún agregándole el propio peso de la palanca). La causa fundamental de todo esto reside en el círculo y es, en verdad, muy natural que sea así, pues no es absurdo que lo maravilloso surja de lo maravilloso. Porque es asombroso que los contrarios coexistan, y el círculo está compuesto de contrarios. En efecto, él está engendrado por algo que se mueve y por algo que se mantiene en su sitio» ( Problemas mecánicos ). Moverse y mantenerse en su sitio son cosas esencialmente contrarias dentro de una cosmología como la aristotélica (que es tanto como decir, la de toda la Antigüedad y la Edad Media) y que, normalmente, sólo están a la vez en una sustancia en sentidos distintos: una en potencia y otra en acto, salvo en el caso del movimiento circular que, por eso mismo, se convierte en algo tan «maravilloso», tanto a la hora de explicar el pseudo-Aristóteles la potencia de la palanca, como cuando Aristóteles explica el movimiento de los planetas y usa ese tipo de movimiento tan paradójico y tan asombroso como principio explicativo, como el que brota (phýsein) de la naturaleza (phýsis) misma de algo que ha de ser, por tanto, sustancialmente diferente de todo lo que hay por aquí y a lo que llama el «éter». En Freud el Ello, el Yo y el Superyo también aparecen más como cosas sustancialmente distintas, o a mí me lo parece (porque en este caso la verdad es que no lo conozco tanto como a Aristóteles o a Descartes), pero, en todo caso, está claro que aparecen como principios explicativos más que como algo que necesita ser explicado, como principios que a mí me recuerdan mucho, además, al temperamento y el carácter o al deseo y a la voluntad, y al sentimiento y a la razón de toda la vida. Y claro está que explican cosas, como lo hace la física de Aristóteles o la estática de Arquímedes. Pero también deja un lugar para lo inexplicable (no para lo inexplicado), para lo natural (el principio del placer), o lo divino (el tótem y el tabú) o para lo misterioso en general. El inconsciente mismo es algo que da mucha rabia porque es una cosa misteriosa, una especie de sustancia primera aristotélica, que es la sustancia propiamente dicha, el ser, el individuo mismo, pero totalmente incognoscible a no ser en su ocultarse presentándose precisamente con una forma que ya no-es ella misma sino la de aquello que tiene en común con todas las demás sustancias primeras que tienen esa sustancia segunda, una cosa ya universal y vulgar. Lo mismo pasa con lo inconsciente, que siempre se presenta ya como metáfora, como fantasía, o como impulso sublimado, o un desmentido y ello mismo queda allí como una causa oculta aristotélica haciendo lo que le da la gana, explicando y explicando, sin dejarse -por principio- explicar.

Si uno es cristiano/a, por ejemplo, esto no tiene por qué ser un problema, porque la raíz misma del cristianismo y de cualquier otra religión mistérica, se hunde en el misterio, y el cristianismo consiste en invitarnos a aceptarlo y a admitirlo realizando un acto de fe, que, además, al menos según la ortodoxia agustiniana, no podemos realizar voluntariamente, porque es absurdo intentar voluntariamente tener fe, sino que requiere de algo divino: del concurso de la gracia (la cual, además, ni siquiera podemos merecer, según Agustín o según Calvino, porque depende del querer de una voluntad absolutamente trascedente que es la de Dios). Cualquiera puede intentar voluntariamente y sin concurso de la gracia -si no no vale- tener fe en que dos y dos son cinco o en que Dios en uno y trino. Normalmente no se puede. Pues a mí me pasa lo mismo con el Yo, el Ello y el Superyó (que se escriben además mucho con mayúsculas como «Dios» o como «Estado» o como «Espíritu»), y yo sólo me consigo ver como siendo uno y trino cuando le intento explicar a alguien cómo me siento o por qué he hecho lo que hecho de una manera graciosa, es decir, dándole un empujón retórico a alguien para que me crea por fe, porque no tengo tiempo o capacidad para demostrárselo de otra manera, pero con la intención de invitarle a que lo compruebe racionalmente por sí mismo/a, y no presentándolo como algo evidente por naturaleza o como un misterio de fe que hay que aceptar dogmáticamente.

Es verdad que ha habido mucho cristianismo irracionalista y demás, pero no es es ese el caso, el caso es que para un/a cristiano/a, incluso para uno/a muy inteligente, muy inteligente y muy racional muy racional como puede ser Chesterton o, por poner a alguien a quien yo haya conocido y que me haya impresionado en este sentido: Miguel García-Baró, existe esa dimensión de lo misterioso: «El hombre religioso es aquél para quien el conjunto de cuanto hay aparece a la luz de la presencia de una realidad absolutamente superior, absolutamente no reducible a una cosa más del mundo (o sea, situada del todo más allá y por encima del mundo, o completamente trascendente) y que sin embargo, de ser así -o, más bien, precisamente debido a que es así-, afecta al ser del hombre en su centro mismo y de una manera plena y definitiva. No todas las religiones llaman Dios a esta realidad; el budismo primitivo, por ejemplo, deja «en hueco» el lugar de este ser, en señal de su superioridad infinita, no dándole ningún nombre. Algunos fenomenólogos de la religión utilizan por esto, en vez de Dios, el término Misterio.» Esto, me avergüenza un poco confesarlo, lo he cogido de mi libro de filosofía de 3º de BUP de Alhambra, que era de Baró y de Juan José García Norro, nada menos (qué tiempos aquellos).

No sólo hay una versión budista de esto, también hay una versión pateísta, y una deísta y yo diría que hasta una versión laica que llamaría naturalista y en la cual el principio explicativo último de cuanto hay desaparece en la oscuridad de la ausencia de una realidad absolutamente inferior, absolutamente no construible a partir de las cosas del mundo (o sea, situada del todo más acá y por dedentro de uno/a mismo/a, o completamente inmanente) que sin embargo, de ser así -o, más bien, precisamente debido a que es así-, afecta al ser del hombre y de la mujer en su centro mismo y de una manera plena y definitiva. No todas las teorías llaman naturaleza o esencia o ser a esta realidad, a veces se la llama incluso historia, o estructura o «marco de percepción e intervención» -como el artículo de Santiago Alba- o hasta Razón (también con mayúsculas). Pero la manera de estar pensada esa realidad es lo que, a mí por lo menos, me da la impresión de estar preñada o, al menos habitada por el Misterio. Al fin y al cabo, como dicen Baró y Norro: «dado que el hombre se ve a sí mismo siempre en la naturaleza, en la realidad y en la historia, el encuentro del Misterio con él es sólo posible si el Misterio se le hace de algún modo presente -de algún modo que preserve su trascendencia absoluta- en la naturaleza o en la historia»; o su inmanencia, podríamos añadir. Pero esto del Misterio, que puede estar muy bien para la religión e incluso para la práxis moral -al menos si uno/a entiende que ésta ha de tener detrás algún tipo de fe, aunque se trate de una fe racional-, no sirve para la teoría y para la ciencia.

En este ámbito puede haber cosas sin explicar -muchísimas- pero no cosas inexplicables. Remitirse al Misterio y a la fe más acá de los límites de la mera razón hacer el imbécil (literalmente aquél que necesita un báculo o unas andaderas para sostenerse). Me acuerdo de un contratista que vino a mi casa a ver unas humedades que habían salido en un piso que tenía un año desde que se construyó y que mirando muy seriamente a la pared y creo que hasta convencido de ello, con una fe firme, me dijo: «Esto no tiene explicación».

Supongo que la misma impresión le causaría a cualquiera alguien que para resolver un problema de resistencia de materiales para construir un puente por el que va a pasar la gente y se puede matar, se te pusiera a hablar de la sustancia primera, del lugar natural y de las cualidades ocultas aristotélicas. Pues yo creo que lo mismo me ha pasado con algunas cosas que he leído no sólo en los libros de Aristóteles o de Schopenhauer sino en libros y entrevistas y artículos mucho más recientes, como el de Santiago Alba que mencionaba antes, acerca de la voluntad y del deseo, por ejemplo. Es como si alguien se me pusiera a contar de pronto que hay una mano negra que mueve la demanda y la oferta y una voluntad emprendedora o consumidora que unas veces es buena y crea empleo y riqueza y civilización y otras no, y a darme explicaciones totalmente metafísicas y anacrónicas y a señalar hacia los misteriosos designios del mercado mientras la gente que tiene que comprar y emprender se muere de asco o de hambre o la echan de su casa para subastarla. Hombre, no me jodas. Por lo menos eso es lo que mi cuerpo, o mi temperamento, o mi deseo me pide que diga en ese momento. Y ya sé que la metafísica es la madre que parió a todas las ciencias y que a mi también me gusta mucho la literatura y la filosofía romántica y todo el rollo de la voluntad y el deseo dándole que te pego y los poetas venga de fundar cosas y de hacer chirivitas, pero vamos, creo que, simplemente, a estas alturas hay mejores análisis físicos, económicos y sociales que esos, y que seguir usando una noción ahí medio freudiana de deseo y una especie de voluntad sartreana (por no decir fichteana, porque vamos, a Kant se le hubieran puesto los pelos de la peluca de punta leyendo esas cosas) cuando se habla de esto que tiene que ver con hacer leyes y que la gente no se muera (y no sólo de asco o de pena, sino a golpes y a cuchilladas y a tiros y porque la tiran por la ventana joder…, y, además, no -sólo- en Siria o en Kabul, sino en Pozuelo y en Villagodino), pues…, francamente. Puede que eso se deba a que soy una lectora feminista cargada de razón y una vieja izquierda, que lo soy, pero precisamente por eso me parece que hay otras cosas que hacer que dedicarse a hablar de un deseo totalmente metafísico, pero además de una metafísica que parece recién caída del guindo premoderno, totalmente dogmática o cartesiana o espiritualista o yo qué coño sé, para decir que le dejemos al deseo hacerse pajas ahí en el «terreno de la fantasía» y que no culpabilicemos a las monjas que gozan cuando las violan, cuando lo que está pasando es hay gente realmente esclavizada, torturada y explotada al lado de mi casa por la mayor industria-legal-negocio-ilegal del mundo (pornografía-prostitución) y dominada (hasta para sentarse en un asiento del metro o quitarse los pelos de los sobacos) por el mayor sistema de dominación del mundo (el patriarcado). ¿Realmente el problema es que a las amas de casa les gusten los cachetes en el culo o si la actriz Amarna Miller goza o no goza cuando rueda una peli o cuando la violan? Si es que la violan, porque es que ella dice explícitamente que no -igual que lo dicen las mujeres prostituidas y esclavizadas en los clubs de carretera cuando se lo pregunta la Guardia Civil o las mujeres maltratadas en los servicios sociales y en los tribunales- y, por lo tanto, usando esa noción igual de metafísica y de precrítica de voluntad, ningún/na juez/a consideraría nada de eso una violación. Hasta San Agustín pedía a las monjas que «la voluntad se hubiera mantenido explícitamente en pie» mientras a ellas las ponían expeditamente de rodillas. Y de eso precisamente acusan muchos/as jueces/zas y trabajadores/as sociales, y una gran parte de la sociedad, a esas personas: de no rebelarse explícitamente , de no abandonar a sus parejas y alejarse de ellas, y de no denunciar o de perdonar a sus maltratadores y volver a vivir con ellos. En definitiva, de falta de voluntad. Y, además, dentro de ese mismo esquema de oposiciones sustanciales, ¿qué otra cosa puede explicar la «falta de voluntad» de esas personas más que un oscuro deseo de ser sometidas al que ceden movidas por la cobardía o por el amor y la civilidad o por la estupidez? Debilidad de carácter, o de res cogitans frente al temperamento y a las tentaciones de los espíritus animales, las pasiones del alma y la res extensa . Por supuesto que no nos vamos a poner a culpabilizar a esas personas, pero no por porque haya comprender su debilidad de una forma paternalista y considerarlas víctimas no responsables de sus deseos patriarcalmente constitutivos, sino porque tenemos que llegar a entender de una forma más compleja y más racional lo que está ocurriendo ahí.

Y a lo mejor el problema es, también, que estamos entendiendo por «voluntad» lo mismo que entendía la patrística del siglo V o la metafísica de Descartes o de Fichte y, sobre todo, que lo estamos entendiendo además de la misma manera, como algo sustancial, esencial, como un principio explicativo que no necesita ser explicado porque es natural o sobrenatural o infranatural, pero en todo caso misterioso y oscuro. Y entonces, en esto están de acuerdo Aristóteles y un amigote tuyo que te dice en el bar mientras ves el partido: «Mira Santi, un tío en la cama es un tío en la cama, y además te digo una cosa…, las tías, todas putas, y al final lo que quieren es que las des caña » -compárese con Aristóteles Politeia I,2: «En primer lugar se unen de modo necesario los que no pueden existir el uno sin el otro, como la hembra y el macho para la generación (y esto no en virtud de una decisión, sino de la misma manera que los demás animales y plantas, que de un modo natural aspiran a dejar tras sí otros semejantes), y el que por naturaleza manda y el súbdito, para seguridad suya. En efecto, el que es capaz de prever con la mente es naturalmente jefe y señor por naturaleza, y el que puede ejecutar con su cuerpo esas previsiones es súbdito y esclavo por naturaleza; por eso el señor y el esclavo tienen los mismos intereses»-.

No estoy diciendo que esas previsiones de Aristóteles o de tu amigote del bar -mujeres que buscan ser sometidas en la fantasía y en la realidad o personas que buscan ser esclavizadas por los/as creadores de riqueza en la realidad y en la fantasía y que, además lo piden a gritos- no sean cosas que estás viendo cumplirse todos los días con precisión asombrosa, pero yo no creo que nos podamos conformar con decir que, al fin y al cabo, «no es absurdo que lo maravilloso surja de lo maravilloso». Bueno, absurdo no será, pero tampoco es muy explicativo. Y no digo yo que lo vaya a explicar, pero tampoco creo que se pueda decir, por ejemplo, que «el deseo, recipiente de trabajos ajenos pre-conscientes, es siempre oscuridad», y ya está. Para empezar y sin ir más lejos podríamos empezar por investigar en qué consisten esos «trabajos ajenos pre-conscientes» que llenan nuestro deseo, como hacen los estudios feministas y de género a nivel micro, macro, sincrónico y diacrónico, descubriendo además al hacerlo muchas cosas y aclarando muchos misterios. Sin embargo, el hecho de que Alba hable de «llenar» y no de construir ese deseo ya te hace sospechar que el deseo estaba ya ahí, con todo su ser sustancial puesto, esperando para «llenarse» de ese fluido libidinal de la hidrostática freudiana y dispuesto a darle la forma que él mismo ya tenía, como hace con cualquier líquido el recipiente que lo contiene, empujando así (a base de presionar ese fluido incompresible e incomprensible que es la libido contra las paredes del recipiente) a cualquier cuerpo que se sumerja en él impulsándole con un empuje o pulsión equivalente al peso del volumen del líquido desalojado, hasta hacerle flotar en la superficie de sus propias fantasías desde donde resulta muy difícil (pero no imposible) el sumergirse a buscar qué hay en el fondo de ese pozo.

Aunque no cabe duda de que hay mucho que explicar en relación con los deseos y con las acciones conscientes o inconscientes, voluntarias o involuntarias (o hasta las no voluntarias que distinguía también Aristóteles), creo que ese esquema metafísico sustancialista, dualista y dogmático que convierte al deseo en una especie de flogisto que anda por ahí calentando pitos y fluyendo de las vaginas y a la voluntad en una iniciativa o un espíritu emprendedor que unas veces es progre y enrollado y otras se pone chungo, no sólo deja demasiadas cosas sin explicar, sino que las convierte en inexplicables y en principio explicativo, pero, ni siquiera es eso lo peor, sino que lo peor es que lo convierte en principio explicativo no como un axioma, sino como un dogma.

Si algo nos ha enseñado el pensamiento contemporáneo -empezando por Kant y acabando por Santiago Alba- es que actualmente hay mejores métodos para analizar la realidad que los de la física aristotélica y la mecánica medieval. No sólo mejores ideas o mejores ciencias, sino mejores métodos, mejores maneras de hacer teoría y de hacer ciencia. La física de Galileo o de Newton no sólo es mucho más compleja que la de Aristóteles, más abstracta y más difícil, sino que es muchísimo mejor. Y no sólo porque explica más y no te deja ahí con cara de tonto/a diciendo que si los planetas se mueven eternamente en círculos y nosotros/a no es porque tendrán otra naturaleza y estarán hechos de otra cosa, sino porque lo explica de otra manera completamente diferente, sin dejar ningún hueco al Misterio o al a naturaleza y al dogma.

Cuando, a estas alturas, seguimos hablando todavía de la fuerza del deseo y de la resistencia de la voluntad, no ya como si «deseo», «voluntad», «fuerza» o «resistencia» significasen lo mismo para Agustín, para Freud o para mi abuela, sino como si esos conceptos pudieran seguir significando de la misma manera después de Galileo, de Newton o de Kant, estamos tratando todas esas cosas como si fueran cosas (en sí) sustancialmente distintas unas de otras -una fuerza sustancialmente distinta de una resistencia, un deseo que es Lo Otro respecto de la voluntad- y no como algo que hoy en día sólo podemos intentar representarnos, al menos si tenemos una mínima pretensión de objetividad y de cientificidad, como algo que está en el espacio y en el tiempo, es decir, situándolo en el marco de una compleja topología física o social u ontológica y en un momento o en otro de un complejo proceso de composición física o de construcción social u ontológica. En caso contrario es como alguien te dijese que los cuerpos caen porque en su esencia está el ser graves y el aire se eleva porque forma parte de su determinación sustancial el ser leve ( qual piuma al vento ), y no que caen o pesan o mueven una palanca porque dentro de un sistema mecánico determinado (sin relación al cual no tendrían hoy ningún sentido no ya científico sino cognoscitivo u objetivo los conceptos de gravedad o de ligereza o de peso) han adquirido una determinada energía potencial gravitatoria -que es función de su posición en el sistema en relación al centro de gravedad o al fulcro y que puede analizarse en sus componentes físicas -dos vectores que determinan el momento de esa fuerza-), y porque a esa fuerza, en un determinado instante del tiempo t, deja de oponerse realmente otra fuerza de la misma dirección y sentido contrario.

Las palabras son literalmente las mismas que aparecen en la física de Aristóteles («gravedad», «lugar», «energía», «momento», «potencia», «contrarios», etc.) pero en la física de Newton ninguna de esas cosas tiene una definición sustancial o remite a un orden natural, sino una definición enteramente relacional, dentro de una articulación estructural y operatoria y no de una descripción meramente fenomenológica como la que hace la física aristotélica o pseudoaristotélica. De la misma manera ninguno de esos conceptos remite a un principio explicativo de carácter dogmático, a algo de lo que haya que asombrarse como del cosmos.»El milagro no es milagro» es el lema del tratado de estática en el que Simon Stevin, el físico contemporáneo de Descartes explicaba usando principios matemáticos el misterio del funcionamiento del plano inclinado, la palanca y la imposibilidad de construir un móvil perpetuo, a partir de un simple conjunto de axiomas. De lo que se trata es de un método completamente diferente que es el de la ciencia moderna y contemporánea y que es el que debía seguir todo pensamiento que, según decía Kant, pretendiera situarse en «el seguro camino de la ciencia». Y ni siquiera creo que haga falta entender perfectamente todos esos conceptos físicos para entender que no funcionan igual cuando yo digo que la masa es igual a la fuerza por la aceleración que cuando digo que la Masa tiene más fuerza pero menos aceleración que Flash. Lo segundo es un dogma, es una explicación de por qué La Masa hace lo que hace, pero es una explicación que me remite a la esencia, fantástica en este caso, de la Masa o de Flash, y por lo tanto a un principio explicativo que hunde sus raíces en el misterio de las ocultas razones que Stan Lee y Jack Kirby -trabajando para la Marvel precisamente- tuvieron para crear más veloz a uno que a otro. Simplemente, La Masa es así. Eso es un dogma. Y tú te lo crees -si te hace gracia- o no te lo crees. El problema es el mismo si en lugar de una esencia fantástica se trata de una esencia real, porque el problema está en remitir la determinación de esa esencia a algo trascendente o inmanente, pero en todo caso misterioso. Sin embargo lo primero (decir que la fuerza es igual a la masa por la aceleración) no es un dogma, es un axioma, es la segunda ley de Newton y no sólo sigue siendo el mejor principio explicativo de una enorme cantidad de fenómenos mecánicos a nivel macrofísico, sino que no tiene ningún misterio. No es algo que se siga de la naturaleza profunda y misteriosa de las cosas, sino del hecho de que así salen mejor las cuentas, de que sin esa ley simplemente no se podrían hacer unos cálculos y unas predicciones y construir unos puentes y hacer unos cohetes que con ella sí se pueden hacer. Es una simple condición de posibilidad.

Eso es lo que brota de aquello que llamaba Kant un Faktum -con k-, el echo -sin hache- de la razón, le tendríamos que llamar, porque es algo que está, precisamente, por hacer. La razón no es algo que haya venido al mundo como si fuera un poder superior y divino a alumbrarnos o a iluminarnos desde el interior como en Agustín para que veamos las verdades eternas. La razón, por lo menos para mí -pero yo creo que también para Kant, o yo lo entiendo así- es algo que yo echo ahí para plantar cara a los fenómenos y salvar las apariencias y que no me dejen con la boca abierta como un imbécil diciendo que esto o que lo otro no tiene explicación. Naturalmente que un axioma es algo que no tiene explicación, pero también es algo que yo echo ahí como un órdago, y no es algo a lo que me encuentro arrojado y cuyo carácter sagrado y misterioso tengo que respetar para no ser considerado un/a impío. Y puede que ese órdago luego resulte ser un farol, porque cuando uno/a intenta cargarse mucho de razón a veces se pasa, pero también puede ser que realmente al final me salgan las cuentas y consiga llevarme los amarracos -léase los teoremas- y consiga cantarle a alguno/a las cuarenta. Esa razón -al menos lo que se puede entender por razón en el pensamiento y la ciencia moderna o post-crítica- no es, por tanto algo sustancial. Esos axiomas no se siguen de su esencia o de su naturaleza, a no ser que por esencia y por naturaleza estemos entendiendo, precisamente -como Kant-, forma, estructura, artificio, chapuza, y no don y misterio. El sujeto trascendental kantiano no es un sujeto trascendente -porque si no le hubiera llamado el sujeto trascenden, joder, que para eso era Kant y sabía de lo que estaba hablando-, precisamente porque no es una cosa en sí (al menos desde el punto de vista teórico), es decir, no es ni algo real, ni algo imaginario. Es un conjunto de principios, aburridísimos además. Axiomas, analogías, anticipaciones y postulados…, pero no dogmas. Unos principios que si los echas ahí hacen posible, entre otras cosas, una ciencia como la de Newton. Y lo mismo pasa con las leyes de la mecánica newtoniana o los principios de la física cuántica o con los números negativos y los infinitésimos y con los numerales transfinitos de Cantor o los espacios enedimensionales de Riemann, y con todas esas cosas que te dejan con la boca abierta cuando te las cuentan en clase. No tienen ningún misterio, porque no son cosas en sí mismas, ni reales ni fantásticas o imaginarias. Pero entonces ¿qué son?

Precisamente si algo no han dejado de hacer las ciencias (formales, naturales y humanas) y la propia filosofía contemporánea desde la Revolución científica en adelante, es demostrar que entre el plano de lo imaginario -o de la fantasía y la ficción o de lo implícito y del sentido-, y el de lo real -o lo material o de lo explícito y la referencia-, hay todo un mundo, que es el de lo virtual y lo estructural o lo formal y a veces lo llaman lo simbólico -lo cual es peligroso, porque suena a paloma de la paz o a Espíritu Santo, pero bueno-, y que es mucho más abstracto y no menos complejo que los anteriores, pero es, a menudo, también mucho más explicativo (aunque a lo mejor no más comprensivo ni intuitivo, eso es verdad). Cualquier concepto de la física moderna o contemporánea es completamente ininteligible separado de su engranaje simbólico de su espacio-tiempo estructural u operatorio o, peor aún, queda reducido a una apariencia real (como la de que la gravedad o el deseo es algo que tiene que ver con los propios cuerpos y no con el sistema en el que se están moviendo) o a una fantasía aparente (como la de que el «calórico» es una cosa que fluye de los cuerpos calientes a los fríos o el deseo de violar gente es algo que mana de las entretelas más oscuras de tu ser o de las más peludas -literalmente- de tu árbol genealógico evolutivo). Y creo que lo mismo pasa si intentas usar conceptos económicos como «competencia», «utilidad» o «beneficio» o «valor» o «riqueza» naturalizándolos o esperitualizándolos, es decir, arrancándolos del ámbito de lo simbólico y siituándolos fuera de una teoría económica estructurada que les dé algún tipo de dimensión virtual que pueda ser formalizada (no necesariamente a través de un formulismo matemático o lógico) y construida teóricamente de forma axiomática, de modo que pueda proporcionar un análisis explicativo y no una glosa poética o una profecía económica, sino un modelo del que se puedan sacar inferencias mejores que todas las demás disponibles, entender y predecir mejor, en vez de decir obviedades que comprobamos todos los días con nuestros propios ojos como que las balas caen antes que las plumas y las mujeres tienen vagina y son más sensibles y más sumisas que los varones. ¿Cómo no lo van a ser si sólo se puede ser mujer teniendo vagina, siendo sensible y siendo sumisa, porque si no lo eres todo el mundo dice que eres una machorra o un tío -como me pasa todo el tiempo a mí-? Sólo si ser mujer es estar en un lugar y en un momento determinados en relación a un determinado sistema simbólico que no tenga nada de misterioso ni de natural, sino que se pueda axiomatizar y calcular y modelizar, todas nosotras -las personas humanas- podremos ser mujeres o no serlo, o ser otra cosa, y decir que el género ni se crea ni se destruye sino que sólo se transforma. Pero si eso es una naturaleza y un destino o cualquier cosa que no se llame así (que se llame «cuerpo» o «inconsciente» o «marco de percepción e intervención») pero que funcione igual y sirva para lo mismo, entonces estamos apañadas. Y lo mismo con todo lo demás. Si ser pobre o precario/a o esclavo/a es un lugar y un momento en una determinada estructura, aunque sea un lugar que está siendo ocupado actualmente por la mayor parte de la gente en sociedades como las nuestras, puede que a alguien se le ocurra alguna manera -puramente técnica, artificial y totalmente provisional y mejorable, estoy de acuerdo- de conseguir que haya menos gente ahí metida y que nos salgan mejor las cuentas en vez de seguir dejando a las cosas mismas seguir siendo lo que son en esa especie de reserva de la naturaleza o de la biodiversidad identitaria o esencial que parece que tanto le gusta a alguna gente (que curiosamente no es la que suele estar dentro), o de tener que buscar una naturaleza más auténtica todavía, menos artificial, menos inteligible, más misteriosa aún, para asombrarnos piadosamente ante ella.

No sé, a lo mejor eso mismo, -conseguir que haya menos gente en el sitio más chungo de la estructura (el sitio en el que menos se puede querer y más se puede desear)- también se puede hacer por medio de la fe y del dogma y consiguiendo dirigir retóricamente esa energía libidinal de la gente hacia unos fines buenos, bellos, verdaderos y civilizatorios, y lo que pasa es que a mí no me ha sido dada la gracia o no soy lo suficientemente sensible al carisma. Pero sigo pensando que la única manera que yo por lo menos (no sé mi Ello y mi Superyo) veo de hacerlo es la de pensar ese otro mundo posible de la mejor manera posible -que creo que no es la de Aristóteles ni la de Agustín ni la de Freud o Sartre-, y la de cargarme para ello bien de razón -que siempre será mejor que ponerme a cargarme a gente, que a veces también las ganas me dan-, y creo que sí después de que hubiéramos conseguido cualquier mínimo progreso en esa dirección, hacia lo mejor (es decir: de que hubiera más gente con capacidad de querer lo que desea y no sólo de desear lo que quiera, con lo que está claro que cuesta eso), viniera alguien a decirme que lo que quiere y desea -no sólo lo que la estructura capital o la estructura patriarcado le ha puesto a querer y a desear- es que le/la dejen ser inferior y pobre y esclavo/a (de Dios o de su amo/a o de su pareja) por porque tiene fe en que eso es lo que es por naturaleza o porque eso es lo que le peta o porque tiene que tener derecho a serlo, pues me parecería muy bien, bueno muy bien no, pero es que tampoco es algo que me parezca mal mal, simplemente me parece peor -privarse de un bien, como diría Agustín-. Y en ese caso, pero sólo en ese caso, es decir, en ese otro mundo posible, yo creo que después le/la mandaría a tomar por el culo -que estoy de acuerdo en que no es algo que tenga nada de malo ni de perverso, pero si es una manera de representar metafóricamente, en el ámbito de la fantasía y también en el de la realidad, la posición más apropiada para alguien que quiere y desea ponerse de cara al misterio y de espaldas a las verdaderas causas de sus deseos, sus placeres y sus gustos-.

En fin, lo siento si he estado tan faltón, pero es lo que nos pasa a algunas feministas cuando nos calentamos, y es que hace, además, mucha calor.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.