Sus recientes acciones tienen su origen en los planes de Dick Cheney para el mundo posterior a la Guerra Fría
Estados Unidos y el mundo están tratando de averiguar qué ha estado sucediendo realmente tras los titulares y por qué el presidente Donald Trump ha atacado Venezuela y ha detenido –o secuestrado– al presidente y a su esposa el sábado [3 de enero].
Stephen Miller, subjefe de gabinete de la Casa Blanca y asesor de Seguridad Nacional, abandonó el lunes su amistoso puesto en Fox News para explicar en CNN que lo que ocurrió en Venezuela fue muy apropiado y lógico: “Somos una superpotencia”, le dijo a Jake Tapper, “y bajo el mandato del presidente Trump nos comportaremos como tal. Es absurdo que permitamos que una nación en nuestro propio patio trasero se convierta en proveedora de recursos para nuestros adversarios, pero no para nosotros”.
“Estamos al mando porque tenemos al ejército de los Estados Unidos estacionado fuera del país. Nosotros establecemos los términos y condiciones. Tenemos un embargo total sobre todo su petróleo y su capacidad para comerciar”.
El embajador de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Michael Waltz, expresó lo mismo el lunes [5 de enero] cuando dijo ante el Consejo de Seguridad: “Las mayores reservas de energía del mundo no pueden seguir estando bajo el control de los adversarios de los Estados Unidos”.
Sus bravuconadas y su lenguaje soez cautivaron a los medios de comunicación de todo el mundo, pero también desviaron la atención de un plan oportunista de Trump cuyo objetivo no solo era derrocar al corrupto presidente Nicolás Maduro, sino también, y lo que es más importante, impedir que China, rival económico de Estados Unidos, siguiera comprando el crudo pesado barato de Venezuela. Según me han dicho, el próximo objetivo será Irán, otro proveedor de China cuyas reservas de petróleo son las cuartas más grandes del mundo.
Los líderes religiosos de Irán ya se encuentran bajo presión política, debido a la escasez de agua y a la falta de acceso de la población a una serie de bienes esenciales. Las protestas se producen meses después de los bombardeos llevados a cabo en junio pasado por Estados Unidos e Israel. Los objetivos principales de los bombardeos eran instalaciones relacionadas con el programa nuclear de Irán, pero también destruyeron el núcleo del sistema de defensa antimisiles balísticos antiaéreos de Irán y alcanzaron oficinas gubernamentales y viviendas en la capital, Teherán.
Recientemente, un importante actor de la comunidad petrolera internacional me ha recordado que los imperativos de la actual intervención estadounidense en Venezuela fueron establecidos por primera vez por un grupo de trabajo secreto que se formó poco después de la elección de George W. Bush en 2000. El vicepresidente Dick Cheney, excongresista republicano y exdirector ejecutivo de Halliburton, una de las mayores empresas de suministro energético del mundo, se dio a conocer rápidamente por sus firmes ideas sobre la necesidad de la independencia estadounidense en el suministro de petróleo y gas.
A los pocos días de asumir el cargo, Cheney convocó al grupo secreto de ejecutivos petroleros y expertos en energía, conocido oficialmente como Grupo de Desarrollo de la Política Energética Nacional, que más tarde se conocería como Cheney Energy Task Force [Grupo de Trabajo de la Energía de Cheney]. La existencia del grupo era pública, pero Cheney, en una maniobra característica, se negó a hacer público nada al respecto, incluidos sus miembros, a pesar de la intensa presión pública para que lo hiciera. Más tarde supe que uno de los objetivos de Cheney, compartido por los miembros del grupo de trabajo, era encontrar una forma de cortar el flujo de petróleo de Rusia a los consumidores de Europa Central y Oriental y frenar lo que se convertiría en importantes ventas a China (los oleoductos de Rusia a Europa han sido motivo de preocupación política para los gobiernos estadounidenses desde los primeros días de la administración Kennedy).
Ese grupo presentó su informe en marzo de 2001 y no se volvió a saber nada de él después del 11S. Sin embargo, Cheney seguía decidido, como comprendían algunos de sus colaboradores más cercanos, a mantener sus manos “alrededor del cuello” –en palabras exactas de uno de sus asesores– de Vladimir Putin, el presidente ruso.
En aquel momento yo era corresponsal en Washington para la revista New Yorker y estaba al tanto de parte de esta información, pero había una guerra contra el terrorismo islámico y las necesidades petroleras de Rusia no eran un tema relevante en ese conflicto. La administración Bush invadió Afganistán en 2001 e Irak en 2003.
Por eso, a día de hoy, en opinión de algunos magnates internacionales del petróleo, el objetivo final del ataque a Venezuela no era el propio Maduro, sino su disposición a vender petróleo a China, considerada desde hace tiempo por el ejército estadounidense y muchos en el mundo político como un enemigo pasado y futuro.
“El gran juego es Estados Unidos contra China”, me dijo un experto en petróleo. “China es el mayor importador de petróleo del mundo, y el verdadero Estado profundo es el que dirige Trump”.
Cuidado, Teherán. Va a destruir tu industria petrolera y tal vez a derrocar a tu gobierno clerical, con el apoyo y la inteligencia, una vez más, de Israel, y no hay nadie en la vida política estadounidense dispuesto a detenerlo.
Seymour Hersh (Chicago, 1937) es un periodista estadounidense de investigación que en 1970 ganó el Premio Pulitzer por su cobertura de la masacre de My Lai en la guerra de Vietnam. Sus reportajes han salido publicados en el New York Times, el New Yorker y la London Review of Books, entre otros medios. Su libro de memorias, Reportero, salió con Península en 2019.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en Substack.
Fuente de la traducción al castellano: https://ctxt.es/es/20260101/Politica/51662/Seymour-Hersh-Trump-Venezuela-China.htm


