El Ejército israelí acometió hace una semana una ofensiva en el valle de la Bekaa con el propósito oficial de recuperar el cuerpo de un soldado muerto hace 40 años. La operación acabó en con 41 muertos y fracasó en su objetivo. El episodio oculta, además, otra realidad alejada del relato israelí.
El estruendo de helicópteros del Ejército israelí rompió el silencio de la llanura de la Bekaa, situada entre los montes Líbano y Anti-Líbano, cerca de la frontera siria, en la noche del 7 al 8 de marzo por primera vez en el país desde el inicio de la guerra regional que sacude Oriente Próximo desde octubre de 2023.
En las redes sociales, las imágenes no tardaron en circular, mostrando disparos y explosiones en plena noche, huellas de los combates entre Hizbulah -firmemente arraigado en la región- y las fuerzas israelíes. Según testigos locales, comandos israelíes habrían sido desplegados cerca del pueblo de Nabi Shit, en el distrito de Baalbek. Su objetivo era aún desconocido.
La secuencia de los acontecimientos puede reconstruirse a partir de los testimonios locales y de las declaraciones del Ejército libanés. A bordo de varios vehículos -al menos dos camuflados como ambulancias blancas de la Defensa Civil- y ataviados con uniformes del Ejército libanés -como confirmaría un comunicado del Estado Mayor libanés- los comandos penetraron en el cementerio de la pequeña ciudad de Nabi Shit, previamente bombardeada por la aviación israelí.
Se dio la alerta y rápidamente combatientes de Hizbulah acudieron a la zona, apoyados por habitantes del lugar. Ante el temor de que algunos de sus soldados fueran capturados, más helicópteros israelíes llegaron al área, siendo detectados por el Ejército libanés. Poco después, la aviación israelí lanzó cerca de cuarenta ataques aéreos en la zona. Uno de ellos abrió un cráter de unos diez metros en el centro del pueblo. Hacia las tres de la madrugada, las tropas israelíes fueron evacuadas bajo un intenso fuego de los combatientes de Hizbulah.
El Ejército israelí justificó rápidamente la operación afirmando que su objetivo era recuperar el cuerpo de Ron Arad, un soldado desaparecido en 1986, relato que encuentra cierto eco, a menudo teñido de admiración, en medios occidentales.
La realidad resulta, sin embargo, mucho más cruda. Esta operación es ilegal, primero porque constituye una violación evidente de la soberanía libanesa, pero también porque, según el derecho internacional y la Corte Penal Internacional, el uso de insignias militares del enemigo puede constituir un crimen de guerra cuando provoca pérdidas humanas.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Para recuperar un cadáver, el Ejército israelí provocó una auténtica masacre: mató a 41 personas, entre ellas numerosos civiles deliberadamente atacados, según varias fuentes locales, con el fin de facilitar la extracción de los comandos.
¿Con qué objetivo?
Sin embargo, el momento elegido para esta letal operación suscita interrogantes en Líbano. ¿Por qué los israelíes se precipitan ahora en la llanura de la Bekaa, cuando habrían podido llevar a cabo una operación similar mucho antes? ¿Era recuperar el cuerpo de ese soldado el verdadero objetivo?
La captura el pasado diciembre de un antiguo oficial de la Seguridad General libanesa, cuyo hermano es sospechoso de haber participado en la captura del piloto Ron Arad en 1986, parece apuntar en esa dirección. Este hombre sigue desaparecido, por lo que otras explicaciones siguen siendo posibles.
Desde hace ya una decena de días, las infraestructuras de Hizbulah son bombardeadas a diario, al igual que los suburbios del sur de Beirut. En este contexto, la llanura de la Bekaa -cuna histórica del movimiento chií- se encuentra en el centro de la tormenta. Por la geografía del terreno, algunas posiciones de Hizbulah, y parte de su arsenal, podrían resultar difíciles de alcanzar únicamente por vía aérea.
¿Ocultaba la operación del 7 de marzo un segundo objetivo, más estratégico? ¿Se trataba acaso de poner a prueba las capacidades militares de Hizbulah en la llanura de la Bekaa para preparar futuras operaciones de este tipo? Varios elementos parecen apuntar en esa dirección.
Lo cierto es que este trágico episodio tiene también consecuencias en la escena política libanesa. Mientras la cuestión del desarme del movimiento chií -que teóricamente debería ser llevado a cabo por el Ejército libanés- genera fuertes tensiones entre ellos, la muerte de tres militares, así como su implicación en lo sucedido -en concreto, el lanzamiento de bengalas que ayudaron a la resistencia a localizar la segunda oleada de helicópteros israelíes- ha tenido una resonancia particular.
Muchos consideran que el Ejército libanés y Hizbulah han hecho, por primera vez, frente común contra Israel. Motivo de satisfacción para unos; riesgo existencial para otros: el de ver borrarse aún más la frontera entre Estado y resistencia.


