La declinación imperial de los Estados Unidos es una condicionante histórica, un proceso irreversible que ha ido produciéndose a través del tiempo. El proceso dialéctico sigue su curso en las naciones, al igual que en un ser biológico, mantiene los patrones de nacimiento, juventud, vejez y muerte.
Para completar el final imperial de EE. UU. se necesita de condiciones de decadencia que se incuben periódicamente, pero también, como circunstancia sine qua non, se requiere que el liderazgo nacional represente cabalmente el declive de la nación.
Como podemos ver en los procesos históricos, la descomposición comienza con el divorcio entre clases sociales y la élite; la vida económica se dirige a satisfacer las necesidades de la clase dirigente, dejando de lado al motor verdadero de los países, el pueblo, quien con su sangre y sudor crea la riqueza. La dirigencia pierde la perspectiva de lo que es realmente importante de preservar, se encierra en su vida lujosa despreciando a los ciudadanos, creando una barrera moral, pero preferentemente, menosprecian a los gobernados como incapaces de la rebelión.
El poder de los EE. UU se basó en algunas consideraciones geográficas que le permitió, a través de la historia, mantenerse a salvo de las grandes calamidades que azotaron a los países de América, Europa, África o Asia. El tamaño de la nación y su aislamiento relativo le concedió usufructuar de las materias primas de los países latinoamericanos que se mantenían en un estado de atraso del desarrollo capitalista. La doctrina Monroe les sirvió como instrumento para mantener el control de las fuerzas políticas del hemisferio. El aislamiento geográfico los mantuvo a salvo de la destrucción ocurrida en la Primera y Segunda Guerras Mundiales.
Desde los años 50, el país creó una infraestructura de obras públicas como ninguna otra nación tenía: carreteras, trenes, puertos, universidades de élite y, especialmente, un complejo militar industrial de primera magnitud. El consumo alcanzó niveles álgidos en todos los sectores sociales.
La nación norteamericana alcanzó altas cotas de desarrollo impulsado por una reserva enorme de recursos naturales. El nacimiento del petrodólar en 1974 dejó en manos de los EE. UU el mercado energético mundial cuando los países del Golfo Pérsico se comprometieron a pagar sus hidrocarburos en dólares.
La necesidad de rendimiento del capital que requiere ser aumentada progresivamente, hizo que el capitalismo estadounidense busque formas innovadoras de reproducción. Se inicia un periodo de deslocalización de la industria, buscando mayores ganancias en las fuerzas laborales precarizadas en países subdesarrollados donde la mano de obra se paga con minucias. El proceso de desindustrialización permitió el control absoluto de la economía y de la política de EE. UU por el sector financiero. Los dos partidos que se turnan en la Casa Blanca son representantes del mundo del dinero y no de los hombres de trabajo.
En estos últimos años el declive de la superpotencia ha sido paulatino pero inexorable. La infraestructura de obras públicas está en ruinas; en los EE. UU no existe ningún tren rápido en comparación con los 45.000 kilómetros de vías en China.
Las universidades estadounidenses – durante décadas las primeras del mundo-, son superadas año tras año por los centros educacionales chinos, especialmente en los rendimientos de publicación e investigación.
Se calculan en 50 millones de personas las que viven en la pobreza de un total de 348, existiendo una masa de individuos sin casa que se apelotonan en las calles de las principales metrópolis. El sistema sanitario es preferentemente privado, una parte importante de la población carece de cualquier forma de asistencia médica.
El complejo militar industrial y las fuerzas armadas se mantuvieron por décadas como una potencia hegemónica. Sin embargo, este ejército solamente ha medido su fortaleza contra países del tercer mundo, y, aun así, fue derrotado en Vietnam, Afganistán, Irak (durante la actual guerra en Irán los militares de la OTAN se retiraron del país después de 23 años de ocupación).
Los EE. UU no han podido desarrollar misiles hipersónicos como sí lo han hecho sus rivales rusos, chinos, iraníes y de Corea del Norte. El F35, emblema del poder aéreo norteamericano, fue derribado por misiles de defensa de construcción iraní, demoliendo el mito de la invencibilidad.
El complejo militar industrial muestra su estado de corrupción, donde se abultan los gastos para aumentar la ganancia. El sistema privatizado de suministradores de equipos militares muestra evidentes signos de decadencia en comparación del método de producción ruso y chino, que están supeditados a los fines del Estado y bajo un estricto control de éste.
En la guerra contra Irán vemos como el portaaviones Gerald Ford ha tenido una serie de problemas que van desde el sabotaje del sistema de cloacas y un incendio en la lavandería que duró treinta días, determinando su retirada del teatro de operaciones fondeando para su reparación en Grecia.
Las flotas de los EE. UU fueron durante décadas el símbolo del poder, los portaaviones mostraban al mundo su voluntad de dominio controlando todas las latitudes del globo. Ahora, su fuerza real se conforma en sus medios de retaliación nuclear.
El sistema de relaciones públicas estadounidense logró imponer su cultura a nivel global, inventando las guerras por la democracia y los derechos humanos. Hoy en día, la prensa se muestra cooptada por el poder político y las amenazas, reemplazando las formas de convencimiento cultural mediático por el chantaje y el uso de la fuerza. Crean el concepto del patriotismo propagandístico y la propia élite se lo cree.
Las decisiones estratégicas y geopolíticas se ven instigadas desde Israel, Estado que ejerce un tutelaje transversal en la política al financiar las campañas de ambos partidos que disputan el poder. La renuncia del director del Centro Nacional Antiterrorista, Joseph Kent, dejó en evidencia que Irán no era una amenaza a la seguridad, así como, que fue Israel quien azuzó el ataque contra Irán.
En un intento por cohesionar a las fuerzas militares y dar un sentido a la guerra, los EE. UU promueven el nacionalismo evangélico, inculcando las ideas del sionismo cristiano, el apocalipsis y la segunda venida de Cristo. Crean la moral superior del cristianismo que se entronca con la idea del Gran Israel.
La idea que llevó a Trump al triunfo electoral se basó en hacer grande a América otra vez (MAGA por sus siglas en inglés), esto implicaba la repatriación de la industria. Sin embargo, este camino se muestra sinuoso y de difícil realización. Trump pasó desde ser el campeón de la paz a convertirse en el factótum de la guerra, atrincherarse en su potencia militar como última frontera de la declinación.
En un intento por eliminar la entropía y la decadencia interna, llevan el conflicto a todas latitudes para hacerse con los recursos de otras naciones que permita mantener su hegemonía por algún tiempo más, cuando la deuda ha superado la cifra récord de 39 billones de dólares poniendo en peligro a todo el sistema al presionar al alza las tasas hipotecarias y de las tarjetas de crédito.
El descenso de EE. UU podría arrastrarse aún por un tiempo largo, buscando formas de competir por el liderazgo mundial. Pero, tanto la ambición de Trump como la influencia del sionismo terrorista, lo hicieron tomar la fatal decisión de atacar a Irán, guerra que no puede ganar sin usar la abrumadora fuerza atómica.
Para el inexorable declive de los EE. UU se necesita de una serie de elementos de decadencia económica, política, cultural y social, pero, paralelamente, se requiere de un líder lo suficientemente obnubilado para llevar a su país al desastre.
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