«En las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan.» (Tucídides: Diálogo de los Melios, libro V, 89)
Ya escribí sobre el sobrecogedor sinsentido del mal voluntariamente generado pocas semanas después del inicio de la empresa genocida que puso en marcha el gobierno israelí tras los horrendos ataques de Hamás en octubre de 2023. Titulé aquel artículo El mal y Palestina. Fue un desahogo moral así como un intento abocado al fracaso por tratar de comprender un fenómeno tan específicamente humano; una de las paradojas esenciales de nuestra especie: la conducta voluntaria y conscientemente destructiva, premeditada y planificada, revestida de una perversa racionalidad que solo cabe en el entendimiento ajeno cuando se le otorga el beneficio de creer que en realidad responde a pulsiones patológicas. El caso es que ocurre, porque la historia nos lo ha demostrado mediante multitud de episodios a cuál más execrable.
Va para tres años ya, y desde entonces la situación no ha hecho más que empeorar con el inestimable concurso de otro de los promotores del mal –ahora en pendencias con Cuba– en este aciago siglo nuestro. El fin de la historia, equivalente al éxito del liberalismo moderno como canon ético-político capaz de ofrecer el marco adecuado de ordenamiento de la convivencia mundial, ha quedado de sobras arrumbado como cualquier otra utopía rota en la cuneta de la historia. Ya tenemos bibliografía al respecto, como el ensayo del politólogo italiano Giuliano da Empoli titulado elocuentemente La hora de los depredadores. El principal peligro de las democracias como la nuestra no proviene extramuros, del oscuro territorio de los bárbaros que no comparten los valores de la ilustración y la modernidad, sino de los monstruos que las sociedades herederas naturales de los procesos históricos que vieron nacer aquellos valores han producido. El orden internacional que pretendía extender globalmente el paradigma ético de la civilización occidental y que fue promovido por sus principales potencias de tradición imperialista no está siendo desmantelado por los temidos alienígenas, los que en gran medida sufrieron –y sufren aún en formas nuevas– su despiadado yugo colonial, sino por los líderes políticos populistas y los magnates tecnológicos. Si la civilización es el dominio de las normas racionales y razonablemente implantadas para alejarnos lo máximo posible de lo peor de la condición humana, esos autócratas y tecnogurús que constituyen una casta de depredadores operan al margen de las reglas. El poder, tanto en el ámbito político como en el económico –que en tantos respectos son ámbitos que se confunden– es ejercido implacablemente por personajes como Donald Trump y Benjamin Netanyahu, Elon Musk y Peter Thiel. Ellos tienen la fuerza suficiente como para romper la red de seguridad que representa el entramado institucional tan trabajosamente conformado que llamamos democracia, y al mismo tiempo dar cobertura “racional” a todas las manifestaciones más perversas de la condición humana.
Véase el caso del actual ministro de Seguridad Nacional Itamar Ben-Gvir, cuyo perfil es equivalente al de cualquier figura destacada del gobierno nazi que llevó a Alemania y al mundo entero prácticamente al apocalipsis. Un sujeto al que no le temblaría el pulso lo más mínimo a la hora de firmar la puesta en marcha de un holocausto para el pueblo árabe. Supremacista judío, ultranacionalista sionista que si hubiera nacido de progenitores alemanes de pura raza hace un siglo estaría haciendo lo que fuese necesario para instaurar el Tercer Reich versión hebrea. Hay que reconocerle su honestidad; el nombre de su partido político va de cara: Poder Judío. Vive en la Cisjordania ocupada y es un reconocido incitador al odio contra los árabes además de defender a los colonos radicales. Cree en la supremacía de la ley divina y del pueblo judío, y en la venganza contra los árabes primero y luego contra los no judíos. Con él no cabe confusión posible.
En esta pasada semana en la que hemos asistido a la enésima demostración de maldad por parte de las autoridades de Israel (consideración aparte merece la actitud de la mayoría de la población israelí que no parece desmarcarse significativamente de las acciones que su gobierno está llevando a cabo) han ido esta vez contra los activistas de la flotilla Global Sumud que han tratado de llegar hasta Gaza. ¿Cómo es posible que hayan padecido lo que han padecido a manos del ejército israelí sin apenas reacción de importancia de las instituciones democráticas de sus países? Más de cuatrocientas personas de multitud de Estados, muchos de ellos pertenecientes a la Unión Europea, secuestrados en aguas internacionales con la consiguiente violación una vez más de las normas del Derecho Internacional. ¿Es que a nadie –empezando por esa gélida esfinge que asemeja la apariencia de Ursula von der Leyen– se le revuelven las tripas al contemplar las vejaciones a las que fueron sometidos y que el tal Ben-Gvir se encargó de grabar y publicitar para vergüenza e indignación de cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad ética? Nuestros líderes políticos deberían explicarnos con detalle por qué se muestran tan temerosos frente a ese pequeño país de Oriente Próximo, qué les coloca en esa indigna postura de perseverante indecisión. Si cabe tamaña manifestación de depravación moral sin una reacción a escala mundial de los principales líderes democráticos estamos perdidos. Y reconozcámoslo por mucho pesar que nos cause: hay que sentir vergüenza de la Unión Europea.
En este último capítulo tanta depravación estomagante ha llevado a una parte de la ciudadanía a concentrarse en diferentes ciudades de España para mostrar la repulsa contra la conducta de Israel y la protesta por la tibieza de tantos Estados que deberían ser mucho más enérgicos al menos a la hora de garantizar la seguridad y los derechos de sus ciudadanos (en este caso ninguno de esos patriotas “besabandera” esgrimió el famoso concepto de «prioridad nacional»).
No hemos sido muchos los que hemos acudido a las convocatorias, lo que resulta preocupante y es la prueba de que el poder tiene en el control de la atención ciudadana uno de sus más determinantes instrumentos de dominación. El resultado es la normalización de hechos de una gravedad que va más allá de lo humanamente tolerable. Los activistas españoles de la Global Sumud Flotilla, al fin deportados por las autoridades israelíes, a su llegada a Barcelona han denunciado las torturas y abusos que han sufrido, y reclaman una investigación sobre la interceptación de los barcos y el trato recibido. En caso de que esta última petición no sea atendida como es debido será la enésima muestra de la impunidad de la que goza el Estado de Israel para ejecutar todo tipo de crímenes sin que nadie se atreva a pararle los pies.
Este abominable episodio de inhumanidad que ya dura demasiado tiempo y que tiene a las gentes de Gaza como principal colectivo de víctimas reúne una serie de características a cuál más sangrante: la brutal descarga de violencia indiscriminada sobre un conjunto de personas en su mayoría indefensas con la intención de arrasar literalmente con cualquier elemento que les permita vivir en su tierra; que se trate de hacer pasar por una guerra cuando es un genocidio puro y duro; que sea un remedo histórico de lo que los actuales verdugos del pueblo palestino sufrieron como grupo tomado por raza inferior hace un siglo prácticamente; que el mundo lo contemple sin que haya la unanimidad que la monstruosidad del hecho requiere a la hora de condenarlo sin paliativos y tratarlo como lo que es: un horrendo crimen que debe ser objeto de persecución judicial internacional –como lo fue en su día la shoah–.
Esto último, esa impunidad, incrementa exponencialmente el grado de dolor e indignación. Cuando uno se para a pensarlo la sensación de injusticia es insoportable y la impotencia genera una rabia interior tal que lleva a repudiar en nuestro fuero interno a la especie humana. El único consuelo que les queda a las víctimas de un mal tan omnímodo y que se refocila en su propia ejecución es sobrevivir en la creencia de que quienes lo perpetran no quedarán impunes. Si se les hurta esa esperanza, como de hecho me temo que se está haciendo, se comete sobre esas víctimas, de la manera más cruel, crimen sobre crimen. Y quien no se rebele contra tamaña injusticia estará siendo cómplice culpable de ello.
Primo Levi, el célebre escritor italiano y sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz, en una entrevista con el filósofo Ferdinando Camon lo expresó así: «Si existe Auschwitz no puede existir Dios». El sufrimiento padecido en los campos de exterminio el pasado siglo solo podía entenderse por la total pérdida de sentido moral de los criminales que los concibieron y ejecutaron. En tanto que Dios es considerado por muchos como el garante del orden moral, esa muerte de Dios que Nietzsche ya proclamara hace siglo y medio casi, ha de certificarse ante tamaño horror. Precisamente por la época en la que el genial irreverente filósofo alemán gestaba sus ideas Fiodor Dostoyevski escribía su genial novela Crimen y castigo, en la que se esforzó por dar réplica a una desasosegante aseveración enunciada por él mismo: «Si Dios no existe, todo está permitido». No –parecía responderse a sí mismo en su novela–; existe la conciencia humana. El protagonista homicida de su libro, a pesar de haberse cargado de razones, no se libraba del severo juicio de su conciencia que le obligaba a afrontar su culpa y buscar la redención.
Diríase que el fantasma del nihilismo ético, ese vaciamiento de referencias morales, parece perseguir el pensamiento moderno desde que el ateísmo se presenta como opción válida a partir de la Ilustración. Al margen de los sesudos ensayos filosóficos, y como prueba de que es una cuestión que había calado ya en el inconsciente colectivo en la segunda mitad del siglo pasado, uno puede encontrar manifestaciones de ese fantasma en películas como Escarlata y negro (The scarlet and the black). Producida para televisión en 1983 relata la historia verídica del sacerdote irlandés Hugh O´Flaherty, que para la ocasión interpretó con su solidez habitual Gregory Peck. El filme narra cómo el clérigo católico logró salvar miles de vidas de judíos y prisioneros de guerra ayudándoles a ocultarse y escapar de la persecución de la SS comandada por aquel entonces por un implacable Herbert Keppler, interpretado admirablemente por Cristopher Plummer en la película. Es justamente un diálogo extraído de ella entre los dos personajes antagonistas el que ilustra ese nihilismo ético al que me he referido; en concreto, lo que al cura le dice el comandante nazi que ya sabe que la inminente derrota de Alemania le deja sin causa para seguir con su criminal tarea: «Usted no es diferente de los demás. Su charla no significa nada. Caridad, compasión, perdón. Todo mentiras. ¡A mí no me venga hablando de Dios! Ni de humanidad. Yo sé lo que la humanidad es. La mitad tiene el poder y sabe utilizarlo. Y la otra mitad es un rebaño de reses. No hay Dios. Ni humanidad».
La conciencia moral secularizada ante la muerte de Dios no debería perder el norte. Así lo entiende el filósofo francés André Comte-Sponville. En su ensayo titulado El alma del ateísmo propone sustituir la fe religiosa por la fidelidad a la humanidad. Esa fidelidad constituye el fundamento de la dignidad y actúa como límite moral: obliga a preguntarnos qué acciones son compatibles con la persona que queremos ser y con el ideal humano que aspiramos a preservar. De ahí nacen convicciones básicas como preferir la verdad a la mentira, la justicia a la injusticia y la compasión a la crueldad.Pero la maquinaria de odio y violencia puesta en marcha por Israel desde hace décadas está demostrando apabullantemente que estas convicciones no se hallan lo suficientemente arraigadas en las conciencias de tipejos como Ben-Gvir, y tampoco en las de quienes pueden hacer uso de los resortes para intentar pararlos. Ante esta tan inapelable como sangrante evidencia muy bien podríamos concluir nosotros –parafraseando a Primo Levi– que si existe el genocidio de Gaza no puede existir la humanidad.
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