2026 marcará una caída abrupta en el número de adultos estadounidenses funcionales que todavía creen en el excepcionalismo estadounidense, la inocencia estadounidense y los cuentos altruistas y las acrobacias morales utilizados para justificar la política exterior de EE.UU. durante los últimos 100 años o más. Ha sido práctica habitual que EE.UU. ignore el derecho internacional con impunidad, pero históricamente se ha presentado el imperialismo estadounidense y occidental en un envoltorio moral. La desfachatez troglodítica con la que el régimen de Trump viola el derecho internacional y se proyecta hacia la comunidad internacional ha revelado a un oscuro hechicero imperial detrás de la cortina moral, lo que ahonda el abismo entre el mito reconfortante y la realidad.
El primer ministro canadiense Mark Carney lamentó en enero de 2026 ante el Foro Económico Mundial en Davos que el supuesto orden basado en reglas liderado benévolamente por Occidente siempre había sido un mito sectario, una mentira colectiva egoísta que proporcionó a la hegemonía occidental poscolonial la cobertura moral necesaria para justificar su persistencia. Es el fin del juego para el neocolonialismo y la intimidación imperial, las finanzas internacionales son una estafa, el derecho internacional es una farsa aplicada selectivamente, y nosotros en Occidente ya no deberíamos fingir lo contrario. “No se puede vivir en la mentira del beneficio mutuo mediante la integración”, según Carney, “cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”. Los adversarios de Occidente y del Sur Global lo han sabido desde siempre.
El equipo de Trump ni siquiera se molesta en disimular. Cambiaron el nombre del Departamento de Defensa por el de Guerra. El secretario de Estado Marco Rubio llamó a revivir el colonialismo occidental en la Conferencia de Seguridad de Múnich de febrero del 2026. Los atolladeros de Irak y Afganistán fueron comercializados con lo que alguna vez se consideró un lenguaje de liberación obligatorio y una pompa preventiva para aprovechar el apoyo a regañadientes de la comunidad internacional, aunque los enfáticos partidarios estadounidenses de las guerras promovían un fetiche sectario orientalista de venganza que no buscaba ninguna superioridad moral para la violencia, y el jinete de guerra Pete Hegseth lleva esa energía al presente con descripciones grandilocuentes y casi eróticas de las operaciones militares. Trump es bastante franco sobre el papel de los recursos extractivos en la política exterior estadounidense. Presumió de la riqueza petrolera de Venezuela, negó petróleo a Cuba, y últimamente la soberanía ejercida por Irán sobre sus recursos lo está obligando a doblegarse. “No blood for oil” [No a la sangre por petróleo] era un mantra antibélico que el Departamento de Estado contrarrestaba con afirmaciones de idealismo elevado. Era solo una coincidencia que las naciones con vasta riqueza de recursos y liderazgo antiimperialista tuvieran poblaciones que necesitaban ser liberadas. Estados Unidos, el héroe inocente y reacio, haría el trabajo, que la cuestión no era el petróleo sino derrocar dictadores y liberar pueblos, y cuando eso era difícil de vender, la Casa Blanca siempre podía recurrir a la gran coartada de defender la seguridad nacional estadounidense. Trump dijo lo que los países ricos en recursos siempre supieron: si hay petróleo en el suelo, entonces la cuestión sí es el petróleo.
Los realistas y los idealistas de los primeros años de la Guerra Fría debatían sobre si el público estadounidense podía manejar las feas realidades y la economía política de la dominación estadounidense, pero los idealistas ganaron, y se presentó a los estadounidenses su política exterior como un cuento de hadas infantil e inocente. Cuando la política de publicación expulsó a los revisionistas radicales del mundo editorial, el desprecio de los historiadores diplomáticos sobrevivientes por la economía política permitió que la mítica historia de la Guerra Fría centrada en la seguridad y empapada de principios morales sobreviviera hasta el siglo XXI, pero eso no cambia la realidad: la cuestión es siempre el petróleo.
El petróleo fue integrado rápidamente en la economía mundial a comienzos del siglo XX, y las Guerras Mundiales demostraron el pertinente valor de seguridad del petróleo. En los albores de la Guerra Fría, la(s) Comisión(es) Paley de EE.UU. delineó(aron) una serie de recursos críticos esenciales para la seguridad nacional estadounidense, y determinó(aron) que controlar el flujo global de recursos clave era esencial para la hegemonía estadounidense. Conseguir petróleo = seguridad nacional. Cuando Nixon abandonó el patrón oro y los Estados petroleros acordaron comerciar el petróleo en dólares estadounidenses, el petrodólar se convirtió en un salvavidas para la primacía económica estadounidense. Sí, Estados Unidos produce mucho petróleo, pero si otras naciones comenzaran a comerciar energía en yuanes, pesos o rublos, el valor del dólar estadounidense se derrumbaría. Es la hegemonía sobre los recursos o nada.
Si la hegemonía sobre los recursos es esencial para la seguridad nacional estadounidense, entonces la soberanía del Sur Global sobre sus recursos tiene la capacidad de ser antitética de la seguridad nacional estadounidense. ¿Hasta qué punto la nación que supuestamente adora el capitalismo de libre mercado realmente cree en los mercados libres? Resulta que no mucho cuando se trata de recursos clave. Nos gustan las economías extractivas del Sur Global de la variedad subordinada al Occidente. Cuando las naciones ejercen soberanía sobre sus recursos o consideran comerciar petróleo fuera del dólar estadounidense, se ponen una señal de tiro al blanco en la espalda. Casos ejemplares: Venezuela, Irán, Libia, etc.
EE.UU. encarna el hipercapitalismo y la privatización, y a falta de compañías extractivas estatales, la relación entre el gobierno estadounidense y las compañías petroleras y otras industrias extractivas es intrínseca. Si controlar el flujo global de recursos críticos es esencial para la seguridad nacional estadounidense, entonces la salud y el bienestar de las corporaciones extractivas privadas estadounidenses es esencial para la seguridad nacional estadounidense, tal y como se define.
Cuando Trump se vaya, los estadounidenses no querrán sino volver a dormir fingiendo que el intervencionismo antagónico global tiene un propósito moral superior, y cualquier aliado occidental que todavía permanezca en la estela del culto basado en reglas y de la menguante hegemonía estadounidense estará feliz de creer la mentira. Se volverá a desdibujar nuestro recuerdo de la seguridad nacional estadounidense.
Richard M. Balzano es historiador y analista político. Imparte clases de Historia, Ciencias Políticas y Geografía en Springfield College, enseña Historia en Western New Mexico University, y es presidente del Middle Atlantic Council of Latin American Studies. Su investigación examina la política exterior de Estados Unidos a través de los lentes interseccionales de los derechos humanos, la ayuda exterior, las sanciones y el derecho internacional, los medios de comunicación, la propaganda, la política de la información y la gestión de narrativas, y la diplomacia de recursos, el imperialismo extractivo y la economía política del conflicto moderno.
Traducido por Alejandra Castellanos Mañon
Fuente del artículo original en inglés: New Hampshire Gazette.
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