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Energía nuclear o armas nucleares

Fuentes: Rebelión

La división entre «energía nuclear» y «armas nucleares» refleja las distintas trayectorias que China y Estados Unidos han seguido en el desarrollo de la Inteligencia Artificial, las cuales, en última instancia, se derivan de formas de pensar fundamentalmente diferentes.

La historia demuestra que una mentalidad excluyente y de suma cero resulta insostenible. Las restricciones tecnológicas estadounidenses no han logrado contener el progreso de China, dejando a Washington ante un dilema: flexibilizar las restricciones, lo que conlleva el riesgo de fortalecer a un competidor, o aislarse, que conlleva el riesgo de aislamiento internacional.

Recientemente, el debate en torno a la competencia entre China y Estados Unidos en el campo de la inteligencia artificial (IA) se ha intensificado a nivel mundial.

Un artículo de opinión publicado recientemente por The New York Times señalaba que Estados Unidos considera la IA de vanguardia como «armas nucleares»

Una fuerza con «un poder inmensamente destructivo que exige una vigilancia atenta y rigurosa», mientras que China la trata más como «energía nuclear», una «tecnología de menor riesgo» que puede «compartirse y comercializarse». Esta analogía entre IA y energía nuclear resulta interesante.

Aunque no sea del todo precisa, esta analogía refleja las diferencias entre China y Estados Unidos en sus enfoques de la IA en términos de seguridad, desarrollo, gobernanza y la visión china es de mayor cooperación con el resto del mundo.

Considerar la IA como «armas nucleares» sitúa la tecnología por completo en el marco de la confrontación geopolítica.

 Algunos en Estados Unidos y otros países occidentales creen que la IA avanzada otorgará a quienes la controlen ventajas abrumadoras en capacidades militares, económicas y de inteligencia. Por lo tanto, argumentan que Estados Unidos debe mantener su liderazgo a toda costa, impedir estrictamente la fuga de tecnología y tratar a cualquier competidor potencial que intente alcanzarlo como una amenaza  estratégicaque debe ser contenida.

Esa mentalidad de guerra fría tecnológica ha impulsado los controles de exportación de chips avanzados por parte de Washington, el endurecimiento reiterado del acceso a modelos de IA de vanguardia y una creciente desconfianza -hostilidad— hacia los ecosistemas de código abierto.

Sin embargo, el aspecto más peligroso de la analogía con las «armas nucleares» reside en su exclusividad. Se parte de la premisa de que la seguridad solo puede lograrse mediante el monopolio tecnológico, que el avance de otro país implica necesariamente la propia pérdida y que la máxima expresión de la competencia tecnológica consiste en la derrota total de una parte sobre la otra.

 Esta lógica de suma cero mantuvo un equilibrio de terror durante la era nuclear, pero en la era de la IA, la velocidad de difusión tecnológica supera con creces la de la tecnología nuclear. Los modelos de IA pueden replicarse y reentrenarse a un coste relativamente bajo. Intentar gestionar la IA con una mentalidad propia de guerra fría solo conducirá a una mayor división y confrontación mundial.

Por el contrario, considerar la IA como «energía nuclear» representa una visión de desarrollo diferente. La energía nuclear conlleva enormes riesgos, pero la humanidad no la ha abandonado, en cambio ha optado por gestionarla mediante estándares internacionales, cooperación tecnológica y regulación de la seguridad, convirtiéndola en una fuente utilizable de energía limpia.

La concepción china de la IA es similar: la tecnología en sí misma es neutral y los riesgos dependen de cómo se utilice. La forma más eficaz de gestionar los riesgos no es levantar una «cortina de hierro» alrededor de la tecnología, sino fomentar una mayor participación en la gobernanza, aumentar la transparencia de las tecnologías, someterlas a escrutinio y permitir que las normas evolucionen mediante una mayor aplicación y práctica.

Por este motivo, China se ha esforzado constantemente por ser proveedora de bienes públicos internacionales en el campo de la IA, haciendo hincapié en que el desarrollo de la IA no debe ser un logro individual de ningún país, sino una sinfonía de cooperación global.

Detrás de esta postura subyace una clara comprensión del funcionamiento del progreso tecnológico compartido: los monopolios pueden preservar una ventaja a corto plazo, pero solo la apertura puede sostener la innovación a largo plazo.

La decisión de modelos chinos como Kimi K3 de adoptar el código abierto no se debe a que China no reconozca el valor estratégico de la tecnología, al contrario, se debe precisamente a que China comprende que el verdadero poder de la tecnología reside en ser utilizada y mejorada por más personas, permitiendo así que más personas y países se beneficien de ella.

En esencia, la divergencia entre estos dos enfoques proviene de formas de pensar fundamentalmente diferentes. Una parte considera la IA como un activo estratégico que debe monopolizarse y una herramienta para la competencia política. La otra la ve como un bien público que debe compartirse y utilizarse en beneficio de toda la humanidad, abogando por la seguridad compartida a través de la cooperación, la apertura en el desarrollo y la gobernanza multilateral. Es esta diferencia fundamental de perspectiva la que ha llevado a China y a Estados Unidos por caminos radicalmente distintos en materia de IA.

La historia demuestra que una mentalidad excluyente y de suma cero es, en última instancia, insostenible. Las restricciones tecnológicas de Estados Unidos no han logrado contener el progreso de China, dejando a Washington atrapado en un dilema: flexibilizar las restricciones, que conlleva el riesgo de fortalecer a un competidor, o aislarse, que conlleva el riesgo de aislamiento internacional. Mientras tanto, China no ha abandonado la política de comercializarla, en cambio ha optado por gestionarla mediante estándares internacionales, cooperación tecnológica y regulación de la seguridad, convirtiéndola en una fuente utilizable de energía limpia.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.