Un informe advierte sobre el enorme impacto de los ambientes de trabajo hostiles, que provocan problemas de salud mental al 93,5% de quienes los experimentan.
A menudo se asocia la ofensiva reaccionaria con ciertos tipos de violencia, principalmente la machista, la racista y la LGTBIfóbica, puesto que dichos grupos de población son sin duda los más afectados por los intentos de cercenar derechos que acometen las extremas derechas. Sin embargo, en los últimos tiempos, líderes como Milei o Feijóo han cuestionado conquistas laborales tan asentadas como la jornada de ocho horas o el derecho a las bajas remuneradas, y la reacción entusiasmada del empresariado obliga a mirar hacia un tipo de violencia quizá no tan conocido: la laboral.
Pero ¿qué es la violencia laboral? La Fundación Primero de Mayo dedica una amplia primera parte de su informe Violencia laboral en España a definir los contornos de lo que podría considerarse como tal. La violencia laboral tiene dos dimensiones, una subjetiva y otra objetiva, que deben tenerse en cuenta de forma conjunta. Sobre la primera, es “fundamental la percepción (…) de las víctimas en el hecho de verse sometidas a un entorno intimidante”. Una vez se da esa condición, aparecen los elementos más objetivos: la existencia de una acción deliberada, la intención o el efecto de causar daño en la salud de la víctima –es decir, si existe ese daño, aunque no sea intencional, se entiende que hay prueba objetiva de violencia– y la relación del comportamiento perjudicial con las dinámicas laborales.
Para facilitar todavía más la identificación de conductas violentas en el entorno de trabajo, los y las autoras de la investigación ponen el foco en ciertos factores organizativos que, cuando se deterioran, acompañan y conforman la violencia laboral: “Demandas emocionales, distribución del trabajo, previsibilidad, exigencias contradictorias, planificación del trabajo y apoyo de superiores”.
El estudio demuestra que casi una de cada tres (30,7%) personas asalariadas en España ha estado expuesta a la violencia laboral en su entorno de trabajo, ya sea como experiencia personal o bien siendo testigo directo de ello. Quienes lo han sufrido directamente conforman un preocupante 16,7% de la población trabajadora por cuenta ajena; el porcentaje asciende hasta el 18,3% si se atiende solo a las trabajadoras mujeres. Además, más de una de cada cuatro (26,7%) personas jóvenes de entre 18 y 24 años han identificado la existencia de violencia laboral en sus primeros pasos como trabajadores y trabajadoras. El 42,7% del total de violencias laborales sufridas o presenciadas ha tenido lugar en los seis meses previos a la realización de la encuesta, lo que indica una presencia asidua, y no anecdótica, de este problema.
El sector servicios está claramente más expuesto a la violencia laboral. La atención sanitaria y la atención social lideran la lista, con un 39% de trabajadores y trabajadoras que desarrollan su labor en entornos con este tipo de violencia; le siguen el comercio minorista y la hostelería (38%) y el sector educativo (36,2%).
Las consecuencias son más que notables: el 93,5% de las personas que han convivido con la violencia laboral en su puesto de trabajo reconoce que le ha provocado problemas en su salud mental, de carácter grave en seis de cada diez casos. Además, el 64,3% de las víctimas afirma que su continuidad laboral se ha visto gravemente afectada y que ha llegado a considerar la posibilidad de abandonar su empleo.
A pesar del peso que puede llegar a tener, más de la mitad (56,3%) de los casos de violencia laboral quedaron sin sancionar con el mecanismo del expediente disciplinario; es más, en el 46,3% de las ocasiones ni siquiera se llevó a cabo una amonestación verbal o por escrito.
El desconocimiento en torno a la violencia laboral actúa como mecanismo de ocultación de la misma. Llama la atención que el 27,9% de quienes han sufrido este tipo de abuso de poder no lo ha denunciado por desconocimiento de los cauces apropiados para hacerlo. En general, el 39,5% del total de víctimas directas y testigos reconoce no haber alertado a las instancias responsables de los comportamientos violentos sufridos u observados.
El propio informe propone algunos puntos clave para terminar con la impunidad. Destaca la insistencia en abandonar los enfoques que individualizan las causas o las consecuencias de la violencia laboral: “La empresa no constituye un escenario pasivo en el que interaccionan personas, sino un espacio de subordinación (…) La violencia laboral no ocurre en el vacío, sino en el marco de relaciones laborales estructuradas, teniendo la dirección empresarial responsabilidad sobre la existencia de cualquier tipo de violencia laboral que ocurra bajo la misma”.


