Desde el inicio de la guerra de agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero pasado, lanzada a traición y con perfidia mientras Washington y Teherán sostenían negociaciones en materia nuclear, el conflicto ha pasado por distintas fases y se ha fragmentado y expandido por todo Medio Oriente.
Instigado por el criminal de guerra y prófugo de la justicia internacional, Benjamín Netanyahu, inicialmente Donald Trump abordó el ataque furtivo de shock, decapitación y pavor desde una lógica transaccional y estética: bombardear, obtener la imagen del colapso iraní y retirarse en un par de días (una réplica de la operación “Nueva Venezuela”, secretario del Tesoro, Scott Bessent dixit). Sin embargo, a pesar de la violencia sin límites –la destrucción de infraestructura crítica de uso dual y del asesinato cupular selectivo del ayatolá Alí Khamenei y de un grupo de generales y científicos nucleares, y de al menos 200 civiles muertos y 750 heridos– no hubo cambio de régimen ni capitulación. Al contrario, Irán contraatacó. Y desde entonces, mediante una disciplinada, metódica y milimétricamente precisa guerra asimétrica de desgaste, que golpeó y “cegó” las sofisticadas bases militares (y paramilitares) y los nodos de inteligencia y comunicaciones del Comando Central (CentCom) del Pentágono en el teatro de operaciones del Golfo Pérsico (Kuwait, Baréin, Qatar, Emiratos Árabes, Jordania, Kurdistán), ha marcado el ritmo de la guerra y socavado el mito de la proyección de poder estadunidense.
Para disimular el fracaso de esos objetivos primarios y en un intento desesperado por justificar los costos materiales de la operación –después de haber vociferado una docena de veces la destrucción total del ejército y la capacidad de defensa iraníes–, en una segunda fase, Trump y su alto mando militar esgrimieron nuevos propósitos: destruir la infraestructura nuclear, el programa misilístico y el apoyo de Irán al Eje de la Resistencia. No pudieron cumplir ninguno de esos objetivos. Entonces, con the Boss Trump fúrico, debilitado y a la baja su popularidad en EE.UU., su equipo de pérfidos simuladores sionistas (su yerno Jared Kushner y Steve Witkoff) solicitó a mediadores pakistaníes y cataríes reabrir las conversaciones. Esa tercera fase concluyó con la firma teatral del “Memorando de Entendimiento de Islamabad” por Trump en Versalles, otra maniobra para convertir en arma el alto al fuego, a fin de ganar tiempo y calmar los mercados de hidrocarburos, bonos y fertilizantes. Amén de que Israel lo saboteó, recrudeciendo su política de tierra arrasada, limpieza étnica y castigo colectivo en Gaza, Cisjordania y Líbano ocupados.
La cuarta fase del conflicto inició el 12 de julio, cuando, con el único objetivo de intentar reabrir el tráfico de buques por el estrecho de Ormuz –controlado por Teherán y que asfixiaba el flujo energético global–, Trump ordenó ataques aero-navales contra varias bases costeras y torres de telecomunicaciones en el sur de Irán. En ejercicio de su derecho a la legítima defensa, Irán respondió con una serie de acciones de retaliación proporcionales, que diezmaron la arquitectura estadunidense de radares y defensa aérea construida durante décadas por el Pentágono en Asia Occidental: el sistema de radares de alerta temprana en Kuwait; el sistema de defensa aérea Patriot en Baréin, asiento de la Quinta Flota de la Armada de EE.UU.; el cuartel general del CentCom en Qatar; los radares de defensa antimisiles en Jordania; el sistema de control marítimo en Omán, y la base de apoyo para operaciones de inteligencia en Erbil, en el Kurdistán iraquí.
Entre los días 21 y 24 de julio, los ataques punitivos de precisión iraníes contra esos activos estratégicos de alto valor, alcanzaron también depósitos de combustible y municiones, almacenes y grandes hangares de equipos militares, y alojamientos de tropas y mercenarios al servicio de EE.UU., con saldo de varios muertos y heridos. También fue impactada la infraestructura de datos y computación en la nube de Amazon en Baréin, que daba soporte a las operaciones del Pentágono en el área.
El caso Erbil y los Patriot
Según un despacho de Hispantv, los ataques iraníes con drones de precisión contra la base de EE.UU. en Erbil, destruyeran sistemas de defensa aérea, incluidos sistemas Patriot desplegados allí, un hecho respaldado por imágenes satelitales. La acción habría provocado la retirada acelerada de las fuerzas militares estadunidenses de Erbil, descrita oficialmente por el Pentágono como un “redespliegue rutinario programado” hacia un destino no revelado. Según el medio iraní, informes de prensa indican que convoyes militares estadunidenses se han desplazado desde Erbil hacia países vecinos en los últimos días, mientras una parte considerable de las tropas y del equipo pesado de EE.UU. ya había sido retirada del complejo militar situado cerca del Aeropuerto Internacional de Erbil.
La retirada de esos sistemas no refleja simplemente un redespliegue planificado, sino también un reconocimiento de que esos activos de defensa aérea se habían vuelto cada vez más vulnerables frente a las capacidades iraníes de ataques con drones de precisión unidireccionales Shahed-136 lanzados por la Fuerza Aeroespacial del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), municiones merodeadoras que han demostrado una capacidad de vanguardia para desafiar redes de defensa aérea avanzadas y multicapa.
Este ataque de precisión refleja, asimismo, la sofisticación de la recopilación de inteligencia iraní y la capacidad de identificar y golpear con exactitud activos estadunidenses de alto valor. Las baterías Patriot, cuyo alcance operativo oscila entre 100 y 160 kilómetros, fueron desplegadas originalmente para proteger a las fuerzas de ocupación estadunidenses en la región del golfo Pérsico, pero terminaron convirtiéndose ellas mismas en objetivos militares. Lo que llevó a los halcones de la guerra en Washington a buscar alternativas y obligó a Trump a poner fin a la campaña de bombardeos.
A la vez, el éxito iraní frente a los sistemas Patriot refleja la asimetría inherente a la guerra moderna con drones, en la que interceptores de defensa aérea de elevado coste son agotados por municiones merodeadoras relativamente baratas. Se estima que los drones Shahed-136 utilizados en los ataques contra Erbil cuestan miles de dólares cada uno, mientras que cada interceptor Patriot cuesta millones, lo que hace que la operación resulte extremadamente costosa para el agresor. Este desequilibrio económico, combinado con la vulnerabilidad demostrada de los sistemas de defensa aérea de alta gama frente a tácticas de saturación con drones, ha creado un desafío fundamental para la protección de las fuerzas estadunidenses que no puede resolverse únicamente mediante un redespliegue.
Estados Unidos también ha estado revisando el alcance de su presencia militar en Kuwait y algunos informes señalan que los analistas consideran que “una presencia militar grande y permanente en Kuwait ya no es vital ni militarmente sensata”. Esta reevaluación ha estado impulsada por la realidad de que las instalaciones y bases estadunidenses han sido atacadas reiteradamente por Irán durante la guerra, mientras los propios sistemas Patriot se han convertido en imanes para los ataques iraníes en lugar de escudos defensivos fiables.
EE.UU. fragmenta y expande el conflicto
El 25 de julio, tras trece noches de ataques ininterrumpidos, la maquinaria militar imperial se detuvo. La estrategia iraní de “disuasión mediante represalias” logró frenar a EE.UU. Ese día, en Washington, el comandante del CentCom en el golfo, almirante Brad Cooper, aconsejó parar la campaña de bombardeos si no estaba preparada una invasión terrestre a gran escala. Y después de meses de operaciones continuas, el Pentágono informó que junto a la merma de la Reserva Estratégica de Petróleo, también se estaban agotando los misiles de largo alcance Tomahawk y los sistemas interceptores Patriot y THAAD.
Ante ese cuello de botella crítico, y para administrar el desgaste, EE.UU. apeló a una estrategia de fragmentación de frentes. Tras firmar un acuerdo de seguridad y cooperación tecnológica con Riad, el mismo 25 de julio, a través de Arabia Saudita, EE.UU. activó el flanco sur para “entretener” al enemigo asimétrico más impredecible: los hutíes de Ansarolá, en Yemen. ¿Objetivo? Desatar el proclamado “bloqueo por bloqueo” yemení hacia los puertos y la infraestructura energética saudí, desviando salvas que de otro modo irían dirigidas hacia los buques de guerra de EE.UU. en el estrecho de Bab el-Mandeh o a Israel. Una estrategia peligrosa: drones y misiles hutíes impactaron varias instalaciones de Aramco (la petrolera más grande del mundo) en las costas del mar Rojo.
El 29 de julio, un dron alcanzó el buque de almacenamiento y regasificación Energos Winter, de propiedad estadunidense, en el puerto de Damieta, Egipto, y Trump prometió “golpear muy fuerte” a Irán. Dijo: “Es nuestro turno”. Irán negó la autoría y alertó sobre una operación de bandera falsa israelí. Un día después, una bomba Mark 84 de una tonelada impactó una zona residencial en la isla iraní de Qeshm, matando a una familia, incluido un niño. En represalia, Irán atacó la base aérea Al Azraq de EE.UU. en Jordania. Saldo: tres oficiales de EE.UU. muertos y varios cazas F-35 destruidos.
El 3 de agosto, el Cuerpo de Guardianes de Irán (CGRI) anunció que derribó un dron MQ-9 de EE.UU. sobre el estrecho de Ormuz, lo que supone la última de una serie de pérdidas devastadoras para la principal plataforma de reconocimiento armado del ejército estadunidense.
El MQ-9 Reaper, al que la Fuerza Aérea de EE.UU. ha calificado como el “actor más valioso” de su campaña contra Irán, ha sufrido un desgaste catastrófico desde que comenzó la guerra a finales de febrero. Según el portal estadunidense Bloomberg, Irán ha destruido más de dos docenas de MQ-9 desde el inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel contra la nación persa, lo que representa casi el 20 % del inventario del Pentágono previo al conflicto. A un costo de 30 millones de dólares por aeronave, el daño total se estima en aproximadamente mil millones de dólares.
Según testimonios ante el Congreso citados por Bloomberg y The War Zone, la flota operativa de aviones Reaper de la Fuerza Aérea se ha reducido a aproximadamente 135 aeronaves, muy por debajo de su propio mínimo de 189.
El CGRI ha documentado al menos entre 41 y 42 drones MQ-9 Reaper destruidos en vuelo sobre territorio iraní, sobre el Golfo Pérsico y en tierra en bases estadounidenses en Kuwait y Jordania. En la última oleada de su operación de represalia Nasr-2, el CGRI informó haber destruido ocho drones MQ-9 que aún se encontraban en contenedores en la base aérea Rey Faisal de Jordania, junto con otras aeronaves en las pistas de aterrizaje.
Este lunes, un despacho de CNN reportó que, la semana pasada, un alto oficial de la rama de inteligencia del Comando Central de Estados Unidos envió recientemente un correo electrónico a un amplio grupo de analistas militares solicitando nuevas alternativas para lidiar con Teherán.
“Estamos buscando nuevas formas creativas y poco convencionales de presionar y castigar a Irán”, habría escrito el funcionario. Según el medio, esa inusual petición evidencia la frustración en el mando militar de EE.UU., y la necesidad de reevaluar su estrategia en Oriente Medio frente al resultado insuficiente de los ataques aéreos contra la República Islámica, que no han logrado mermar su capacidad militar de resistencia.
El pasado viernes, durante una reunión de gabinete, Donald Trump afirmó que las fuerzas estadunidenses están golpeando “muy duro” al país persa. “Y, ya saben, en algún momento dirán: ‘Ya no podemos soportarlo más’”, vaticinó en referencia a las autoridades iraníes.
No obstante, CNN señala que tanto la CIA como la Agencia de Inteligencia de Defensa de EE.UU. concluyeron que la actual campaña de bombardeos no cambiará la postura iraní. Además, el general Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto, reconoció públicamente el mes pasado ante los legisladores que “el poder aéreo tiene sus límites”.
Según Alastair Crooke, experto geopolítico y exagente del MI6 (la inteligencia británica), Donald Trump ha perdido la guerra y en última instancia Estados Unidos tendrá que capitular. No obstante, al adoptar un lenguaje intransigente y maniqueo, y extender el conflicto (Líbano, Yemen, Siria, Irak) Trump se ha desvinculado por completo de cualquier posible solución diplomática. De allí, lo del título.
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