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La nuclear en el día del eclipse

Fuentes: Ctxt

El Gobierno aprovechó el 12 de agosto para anunciar la prórroga por tres años de la central de Almaraz, que ha superado ya las cuatro décadas de vida útil. Endesa, Naturgy e Iberdrola no quieren pagar las revisiones de seguridad.

El Gobierno de España acaba de aprobar la prórroga por tres años de las operaciones de la central nuclear de Almaraz. Cuando una norma te da vergüenza o crees que puede ser polémica, la apruebas en agosto. Pero si además de con agostidad, la apruebas también con eclipsidad –ya que la orden se firmó el 12 de agosto, el mismo día del eclipse total de sol–, entonces directamente quieres que el tema quede en la más absoluta oscuridad.

Comencemos por lo más básico: por qué ha decidido el Gobierno mantener abierta Almaraz. Hay dos razones principales, una de orden económico y otra de orden político.

La económica. Recordemos algo muy básico: falta gas natural. Quizá lo han olvidado, porque el equipo mediático de natación sincronizada se afana en aplicarle toda la sordina posible, pero hay una guerra activa en el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz sigue cerrado. Falta petróleo, falta gas natural y faltan muchas otras cosas, en porcentajes variables que van del 15 al 30 % según la materia de la que estemos hablando.

Ahora mismo lo que más preocupa es el gas, porque España lo está sorteando peor que lo del petróleo. En el primer semestre del año, España dejó de recibir 20 buques metaneros (de los 145 previstos), simplemente porque otros países pagaron más por ese gas. Y si nos centramos solo en junio, la cosa es aún peor: solo llegaron el 60 % de los buques previstos. En Europa, los almacenes de gas están en su nivel más bajo para la época del año desde que se empezó a registrar el dato en 2008. Concretamente, están al 57 %, mientras que el año pasado estaban en el 69 %. La diferencia es importante porque el verano es la época en la que se compra más gas de cara al invierno. No solo estamos en el mínimo nivel para un mes de agosto, es que el ritmo de crecimiento es también el más bajo. Eso asegura que en invierno faltará gas en Europa.

Por eso, Pedro Sánchez viajó el 20 de julio a Argelia, para rebajar la tensión que hay entre España y el país norteafricano desde que en 2022 España reconoció el derecho de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, y también para acordar una mayor compra de gas argelino (facilitada por el gasoducto MedGaz que conecta ambos países). Diez días más tarde, 70.000 jóvenes marroquíes saltaron la frontera de Ceuta, pero ese ya es otro tema (o no).  

Volviendo a Almaraz, en el momento que cierre, España perderá 2 gigavatios (GW) de potencia eléctrica. Eso, comparado con los 142 GW de potencia eléctrica total instalada es como una gota en el océano, pero, por desgracia, tienen más importancia de lo que pudiera parecer. Y es que la energía nuclear está dando la potencia de base que se consume en España. Las centrales nucleares españolas no son regulables y no contribuyen a la estabilidad de la red más que por su inercia rotatoria, pero garantizan esa potencia que se necesita siempre, incluso en las horas de menor consumo. Entran en el mix siempre sin pujar por el coste, lo cual quiere decir que no fijan el precio mayorista –se les paga en función de lo más caro que entre en cada momento–. Si ahora quitamos esos 2 GW de potencia, tendrán que ser cubiertos con otra tecnología lo suficientemente estable. En algunos momentos del día y del año, la eólica y la fotovoltaica podrían hacerse cargo, pero el resto del tiempo solamente la hidroelectricidad y las centrales de gas de ciclo combinado podrían tomar el relevo. Eso, en la práctica, conlleva un aumento del consumo de gas.

Recordemos además que las operaciones reforzadas con las que está trabajando Red Eléctrica desde el apagón del año pasado ya implican un mayor consumo de gas natural. Eso, en un escenario de volatilidad de precios del gas, y con un riesgo de interrupción del suministro no del todo reconocido. Por ese motivo, parecería aconsejable mantener abierto Almaraz, asumiendo que la actual circunstancia es coyuntural.

La razón política es menos confesable. La derecha ha hecho bandera de la defensa de la energía nuclear frente a los malvados ecologistas y progres de la Agenda 2030. La verdadera razón de su apoyo a esta tecnología es la defensa del lucro indecente de las grandes eléctricas propietarias de las nucleares, que se benefician de unas instalaciones más que amortizadas y cuyos riesgos en realidad cubre el Estado. Además, de manera populista capitalizan el apoyo en las localidades cercanas de los trabajadores de esas centrales que reciben buenos sueldos, y que ven que tras el cierre de las nucleares sus poblaciones se quedarán en el marasmo económico en el que se encuentra el resto de los pueblos de sus comarcas. El PSOE no quiere sufrir otro proceso de desgaste más por culpa de algo que en el fondo no es tan importante para su línea política, y con una prórroga de tres años le pasa la patata caliente del futuro de la nuclear al siguiente gobierno.

Entonces, ¿por qué consideramos un error mantener abierto Almaraz?

En los años setenta del siglo pasado, en plena Guerra Fría, la población tenía una mayor conciencia de los enormes problemas que suponía la energía nuclear: los costes económicos ocultos, los posibles accidentes, el riesgo de proliferación nuclear, la gestión ad eternum de los residuos –una losa que le pasamos a todas las generaciones futuras, etc.

Pero en los años veinte de este siglo, en un nuevo escenario geopolítico y en la época de la manipulación en las redes y la instantaneidad y superficialidad de los debates, poca gente tiene tiempo para profundizar, para comprender por qué la energía nuclear es, de hecho, completamente indeseable. Posiblemente éste es un buen momento para recuperar ese clásico, El espejismo nuclear, del recientemente desaparecido Marcel Coderch y Núria Almiron.

Pero en el terreno de lo más concreto, hay dos poderosas razones para reclamar el cierre ya de Almaraz y a su debido tiempo el de todas las centrales nucleares.

Almaraz ha superado ya su vida útil de 40 años: sus reactores han operado ya casi tres años más de lo previsto inicialmente. Tras 40 años de actividad, sería necesario una parada de la central y una revisión a fondo del estado de la vasija, de todas las conducciones, etc., buscando posibles fisuras y fallos mecánicos que podrían comprometer la seguridad de su operación. Pero tal revisión costaría muchísimo dinero, y las compañías propietarias, Iberdrola, Naturgy y Endesa, no quieren pagar ese dinero.

La cosa es peor aún: como no se tenía claro si la central iba a cerrar, se han dejado de hacer inversiones en ella sobre todo en materia de seguridad. Ahora, de golpe y porrazo, se dice que la central es segura y que cumple con toda la normativa, a pesar de que la última Revisión Periódica de Seguridad data de hace ocho años. El Gobierno se ampara en el dictamen del Consejo de Seguridad Nuclear, que hizo una evaluación incompleta, fragmentaria y posiblemente en desacuerdo con la normativa técnica.

Por más que en los medios se repita que Almaraz es segura, lo cierto es que hay dudas más que razonables. Si en 2030 un nuevo gobierno renueva la licencia de operación, tendremos Almaraz hasta que reviente –literalmente–.

A los múltiples e interesados defensores de la energía nuclear se les podría plantear una cuestión simple: ¿qué sentido tiene mantener en marcha una instalación que ya ha superado su vida útil? ¿No sería más lógico construir una central nueva? –la moratoria nuclear acabó en 1997– ¿Por qué el debate no se centra en sustituir, en los mismos emplazamientos, las centrales viejas por unas nuevas? Ni siquiera PP o Vox se atreven a plantear la construcción de nuevas centrales –y mira que eso le daría mucho dinero a alguno de sus amigos constructores–. La razón es que los costes de construir una central nueva son prohibitivos, pero es que además hay otros motivos para pensar que a la energía nuclear no le queda tanto futuro.

La extracción de uranio del mundo entró en su proceso de caída terminal en 2016. Además, el uranio es una de las materias primas con una caída de producción más rápida. Esto es algo conocido y esperado. Es un fenómeno geológico irreversible, al que solo se le pueden poner parches para atenuar el problema y por tiempo limitado. De 2016 a 2022, la extracción de uranio cayó un 23 %. En 2023 y 2024, gracias a la contribución de las nuevas minas canadienses la extracción de uranio remontó un 18 %, pero aún se quedó un 5 % por debajo de los niveles de 2016. Eso sí, el nuevo uranio canadiense es carísimo y así el precio se disparó en el mercado internacional por encima de los 100 dólares por kilo. Aún no tenemos los datos de extracción de 2025 que publica (con cada vez mayor retraso) la Asociación Nuclear Mundial, pero sabemos que la crisis de Ormuz se está ensañando con la extracción de uranio, por la falta de diésel y de ácido sulfúrico, y ahora mismo el uranio roza ya los 200 dólares el kilo.

Y las tendencias geológicas apuntan a que para 2040, la extracción de uranio no será ni la mitad de lo que es ahora mismo. La escasez de uranio es el elefante en la habitación del que nadie en el mundillo nuclear quiere hablar, y el que motivará nuevas guerras coloniales, posiblemente en Níger. Y si complicado es conseguir uranio natural, su enriquecimiento es también hoy en día más complicado, sobre todo porque Rusia posee el 56 % de las unidades de enriquecimiento del mundo. Los que piensen que en Salamanca u otros lugares tenemos recurso abundante no han entendido porque se frenaron esos proyectos en un primer momento.

La energía nuclear no tiene futuro, solo pasado. No va a haber ningún renacimiento nuclear, ni expansión, ni reactores modulares, ni nada de nada. Y para los que sueñan con el torio, la IV Generación y la fusión nuclear, simplemente olvídenlo.

Si se sigue hablando de mantener en marcha centrales obsoletas, con deficiencias de seguridad en aumento es porque el momento energético –gracias a Trump y Netanyahu– es extremo. Nunca sabremos si esta decisión errónea y precipitada ha tenido algo que ver con el contexto internacional de presión que se ha destapado tras el asalto coordinado entre Israel-Marruecos y Estados Unidos.

En cualquier caso, las facturas de esta mala decisión –todas ellas, la económica y la ambiental– serán pagadas por toda la ciudadanía, y habremos perdido un tiempo precioso para prepararnos para el inevitable y complejo mundo al cual nos dirigimos: un mundo con menos energía, menos recursos y un medio ambiente más degradado y amenazante. Mientras tanto, en algún despacho de la Castellana, y otros tantos más lejanos, brindan y celebran esta decisión con champán del caro y el aire acondicionado a toda pastilla.

Antonio Turiel es investigador Científico en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC. Juan Bordera es guionista, periodista y activista en Extinction Rebellion y València en Transició. Fernando Valladares es doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid, profesor de investigación en el CSIC.

Fuente: https://ctxt.es/es/20260801/Firmas/54841/energia-nuclear-central-de-almaraz-prorroga-12-de-agosto-extraccion-de-uranio-petroleo.htm