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Acosan a Bishara porque tiene razón

Fuentes: Mahsom

Traducido del francés por Caty R.

«La histeria de los medios de comunicación revela la viva alarma suscitada por Bishara y también el gran desafío ante el que sigue colocando a la sociedad israelí al desnudar sus límites y contradicciones».

Las informaciones más bien nebulosas sobre una salida* de Bishara del Parlamento israelí provocan una gran inquietud en Israel, inquietud que a veces intenta disimular, pero con poco éxito.

La histeria de los medios de comunicación revela la viva alarma suscitada por Bishara además del gran desafío ante el que sigue situando a la sociedad israelí al desnudar sus contradicciones y sus límites. Bishara provoca el odio porque tiene razón, y más exactamente en las cuestiones donde es objeto de ataques. La necesidad de deformar sin cesar sus declaraciones demuestra hasta qué punto son pertinentes y suponen un desafío. El miedo se ha recrudecido en los últimos tiempos, cuando ha resultado que se trataba de posiciones no sólo compartidas por los simpatizantes de su partido, Balad (Alianza Democrática Nacional, N. de T.), sino por la población árabe entera. Los documentos (1) que se han difundido recientemente condujeron a los Servicios de Seguridad General Interna de Israel, Shabak, a definir a la población árabe en conjunto como una «amenaza estratégica». En este contexto, no es extraño que el Shabak se haya propuesto aislar a Balad con la convicción de que el ataque contra Bishara neutralizará de un golpe toda esta efervescencia.

Pero aunque consiguieran apartar a Bishara de la escena política (e incluso si él mismo decidiera finalmente abandonar sus funciones en el Parlamento), no podrán desembarazarse ni de su espíritu ni de sus ideas que cada vez ganan una posición más fundamental en la construcción de la conciencia de los palestinos de Israel. Incluso los opositores de Bishara no pueden negar su contribución decisiva a este importante proceso del establecimiento de las bases que pueden ayudar a la minoría palestina de Israel a hacer frente a la guerra que el estado acaba de declararle públicamente. Es una quimera pensar que la evicción de Bishara de la vida política matará estos principios, incluso aunque de momento el régimen de intimidación pueda llegar a reducirlos al silencio. La sociedad israelí, sumida en una profunda crisis, sin futuro, sin esperanzas ni sueños, desplaza la responsabilidad sobre Bishara y su partido. No hay ninguna intención de discutir con Balad, pero sí una tentativa interminable de anular su legitimidad. Pero en este momento de peligro nace también la esperanza de que la dramática crisis actual conduzca a la sociedad israelí, por una vía u otra, a afrontar el desafío lanzado recientemente por los representantes de la población árabe en pleno.

La provocación contra Bishara, Balad y la población árabe

La virulencia de las críticas procedentes de la derecha no es, por supuesto, nada sorprendente. Eitam, Orlev y sus comparsas en la interpretación racista del judaísmo opinan que, en cualquier caso, no hay lugar para los árabes en el Parlamento y, más generalmente, tampoco en el país. Pero conviene recordar que no es la extrema derecha la que inició esta campaña de hostilidad contra Bishara, sino otros círculos considerados más progresistas. Son ellos quienes cultivaron a lo largo de años la imagen de Bishara como un nacionalista extremista. El hostigamiento comenzó especialmente cuando se hizo evidente que, al contrario de lo que se esperaba, Bishara y sus compañeros no apoyaban automáticamente una política que pretende dictar lo que se define como «de izquierdas» (Laborista y Meretz), en particular desde las elecciones de 1999 y la época del gobierno de Barak. Mientras Bishara se expresaba como intelectual, sus ideas eran admisibles y hasta podían causar impacto. En los años 90, incluso se le reconoció como uno de los intelectuales más ilustres de Israel. El paso de sus ideas al ámbito político puso de manifiesto las exigencias de la aplicación de los principios democráticos y eso la población judía lo rechazó. La izquierda israelí no podía perdonar a Bishara que pusiera en evidencia el nacionalismo y la arrogancia que subyacen en su enfoque. Sacrificó la paz por su insolencia, lo que les está prohibido a los árabes.

Los representantes del «campo de la paz» pierden los nervios cada vez que Balad (y otros grupos) rechazan sus exigencias políticas. Esta actitud también pasó a ser, por ejemplo, la línea editorial declarada del diario Haaretz, a pesar de que a veces publicó los escritos de Bishara. La frontera entre Hadash (Frente por la Paz y la Igualdad, N. de T.) y Balad se ha señalado en más de un editorial como la línea divisoria entre lo legítimo y lo ilegítimo. Hadash se ha presentado teóricamente como la expresión de la línea cívica y de coexistencia frente a un Balad nacionalista y separatista. En este sentido la posición de Haaretz es exactamente igual a la del Shabak aunque haya entre ellos divergencias en las conclusiones: allí donde el Shabak propone salirse del marco de la ley, Haaretz preferirá utilizar la tolerancia como prueba de la «magnífica actitud democrática del estado de Israel». Esta línea que marca la división entre los «nacionalistas» y los que ostentan una postura «cívica», significa simplemente que el requisito que se impone a los árabes para participar en la sociedad israelí es la renuncia a su identidad y a su forma de identificación nacional hasta que acaben despojados de cualquier identidad; además de que el carácter del estado, establecido por consenso, los aleja del campo de la participación limitado exclusivamente a los judíos, tampoco se les permite identificarse como árabes ni como palestinos.

Obviamente no es ésa la verdadera frontera y considero que la posición de Hadash no es tan mediocre, pero es muy cómodo para los progresistas israelíes presentar así a Hadash y simplemente es una pena que por motivos políticos sus miembros se vean a veces obligados a adoptar ese diagnóstico simplista. Balad, por comparación, no es un partido «separatista» ni por supuesto «extremista», pero es un partido que ha propuesto otro reto para la integración: una lucha por la igualdad que no esté fundada sobre la negación de la identidad nacional, sino precisamente sobre su preservación y desarrollo; «una identidad total, una ciudadanía plena», como proclamaba el eslogan electoral del partido. Además, la histeria actual se está desarrollando después de que muchos judíos se han dado cuenta, con gran sorpresa, de que la frontera se agrietaba y que las posiciones esenciales de Balad se estaban compartiendo por el público y también eran bien recibidas entre los miembros de Hadash.

Desde luego hay controversia y diferencias fundamentales entre los diversos colectivos de la sociedad palestina de Israel, pero también hay un acuerdo amplio y es contra el que se lanza el Shabak con el apoyo (o el silencio) de los círculos israelíes definidos como progresistas. En este contexto se percibe a Balad como más peligroso todavía, como el que «corrompe» a los árabes y propaga entre la juventud los gérmenes de la democracia. Según la pueril forma de pensar del Shabak, que trata a los árabes como seres infantiles, si se aleja al niño malo, los otros niños aprenderán la lección y se quedarán tranquilos; no cantarán el himno nacional, sino que se identificarán con la empresa de la «Vuelta a Sión». Desde esta perspectiva, los árabes legítimos son los que aceptarán la situación existente con ligeros retoques y estarán de acuerdo con la política de la izquierda.

El desafío de Bishara

Ya hace más de 20 años que Bishara lanza retos a la sociedad judía israelí. Jugó un papel fundamental en el enfoque de la petición a Israel para que se reconociera como «el estado de todos sus ciudadanos». Obviamente tuvo precursores, pero su papel ha sido decisivo para hacer de este principio un componente significativo en el orden del día y una base de discusión a la que cada vez se ha unido más gente. Más que un programa explícito, esta reivindicación constituye una posición crítica que pone sobre el tapete los fundamentos antidemocráticos y racistas de la realidad existente. Manifiesta la aspiración a la democratización del estado y a la abolición de todas las instituciones y mecanismos que perpetúan la discriminación y el desposeimiento de los ciudadanos árabes. La petición de democratización demostró las implicaciones de la caracterización actual del estado.

Pero aunque muchos podrían vivir según el eslogan «un estado de todos los ciudadanos», la reivindicación complementaria presentada por Balad -a saber, la petición del reconocimiento de los ciudadanos palestinos como una minoría nacional- suscitó una oposición que venía de muchos lados. La exigencia de Balad de una igualdad basada en la conservación de la conciencia nacional y en el reconocimiento de que sólo un método de organización nacional permitiría luchar y resistir a los modelos de integración basados en la «negación de la identidad», provocó una oposición, incluso en los círculos de la izquierda. Y esto a pesar del hecho -o tal vez precisamente por el hecho- de que esta petición se acompañaba de un reconocimiento explícito del derecho del pueblo judío israelí a la autodeterminación. La propia esencia de este reconocimiento (del que no se ha cesado de buscar el rechazo) -no como concesión gratuita, sino como reconocimiento de la existencia del colectivo israelí judío- es el signo de un cambio de las reglas del juego, porque aporta el reto de que no son los judíos quienes acordándose emocionadamente de su progresismo conceden derechos a la minoría árabe, sino los palestinos quienes reconocen los derechos de los judíos en el marco de la democracia, la igualdad y la justicia, tanto en el ámbito ciudadano como nacional.

Acoso en vez de diálogo

La oposición a Balad en general y a Bishara en particular se ha desarrollado sobre la base de sus posicionamientos y su actividad política y los de sus compañeros desde finales de los años 90 y más especialmente desde el año 2000. Por supuesto Balad no es el único partido que se tiene que enfrentar continuamente a la provocación. Otros diputados árabes en el Parlamento también tuvieron que padecer las pesquisas y la burda agresividad de los periodistas de la televisión y la prensa escrita. Pero siempre hay que insistir sobre Bishara porque es imposible negar el desafío fundamental que lanzó. No sólo las posiciones que expresó provocaron la cólera, sino también el hecho de que fueron formuladas en un contexto árabe, negándose a presentar al mundo árabe como un enemigo y expresando claramente un enfoque que conlleva que la ciudadanía de los árabes no puede estar condicionada al rechazo de su identidad, ya que se trata de árabes activos en el seno del mundo árabe. Este fundamento, que también plantea dificultades incluso entre israelíes «como es debido», no racistas, constituye el gran desafío. Las mismas declaraciones que hacía en árabe, Bishara las hacía también en hebreo, pero al contrario que sus discursos en árabe, las palabras que decía en Israel se perdían en la indiferencia. Bishara no habla como los judíos quisieran que hablase: se expresa en tanto que árabe y rechaza el argumento de que, como ciudadano de Israel, no tiene derecho a expresarse como árabe. En el pasado, su éxito se derivaba de que se dirigía al mismo tiempo a ambos lados, pero se abstuvo de dirigirse al público israelí desde que cualquier entrevista que le hacía un periodista parecía una investigación efectuada por un miembro del Shabak, donde más que expresar una posición, estaba obligado a justificarse.

El odio que Bishara provoca está reforzado precisamente porque tiene razón. Expresó de una forma coherente posiciones opuestas al «proceso de paz» en su estructura actual y refutó los principios básicos que definen el «campo de la paz». Las posiciones que presentó se revelaron a la vez justas y pragmáticas. La sociedad israelí lo apartó desde el año 2000 aunque él continuó, como siempre, suscitando el interés. El hostigamiento a Bishara se convirtió en un componente de la identidad israelí, en particular de gentes de la «izquierda» que afirman que «fue demasiado lejos», que «se pasó de la raya», mientras se señalan a sí mismos como el límite de lo que está permitido.

Bishara tenía razón cuando fue el único diputado no perteneciente a la derecha que no apoyó el plan de Barak antes de la cumbre de Camp David en el año 2000 y cuando advirtió, en su discurso en el Parlamento, de las consecuencias de la arrogante «política del no» de Barak. Y esto en oposición al resto de los diputados árabes (entre los que emergía Ahmed Tibi que abandonó su colaboración con Balad inmediatamente después de las elecciones) que se habían incorporado al consenso del apoyo. No es necesario explicar hoy las consecuencias de la peligrosa y arrogante política de Ehoud Barak a la que no hubo ninguna oposición por parte de la izquierda. Entonces es cuando se vio nítidamente que Balad no era una voz con la que la izquierda israelí podía contar de una manera automática independientemente de su política. Y se ratificó cuando Balad promovió el boicot de las elecciones entre Barak y Sharon en 2001.

Bishara tenía razón cuando en Siria en 2001 declaró, en un discurso a la memoria del presidente Assad, que la resistencia palestina a la ocupación no podía salir adelante si no se acompañaba de una posición política árabe conjunta. Todavía hoy los diferentes comentaristas israelíes están obligados a deformar sus declaraciones cuando difunden el discurso y lo cortan justo por el medio; destacan sus palabras relativas a la «resistencia» -efectivamente Bishara no negó el derecho de los palestinos a resistir a la ocupación de los territorios- pero sin tener en cuenta en absoluto el contexto: la afirmación de que la resistencia a la ocupación no tiene ninguna posibilidad sin una acción política conjunta. Los que no están dominados por las bravatas de Ehoud Yaari, Zvi Yehezkeli y sus semejantes, reconocerán hoy la importancia histórica de aquellas declaraciones que posteriormente se han aplicado en la iniciativa de paz árabe.

Sin embargo los medios de comunicación israelíes no han cesado de ocultar las expresiones de Bishara contra las operaciones suicidas: un breve informe de Amira Hass de las palabras que pronunció en una reunión en Ramala contra los atentados suicidas se retiró rápidamente del sitio de Internet sin dejar rastro y no se ha hecho ninguna mención a ellas en la edición impresa. De repente Bishara ya no era tan interesante, tal vez por el temor a que el retrato que le presentaba como un monstruo se resquebrajara o quizás porque si informasen debidamente de sus declaraciones se verían obligados a examinar si los métodos de resistencia a la ocupación no serán, efectivamente, legítimos.

Bishara obviamente tenía razón cuando en el año 2000 se opuso a la retirada de Líbano sin acuerdo con Siria y cuando apoyó la posición de los sirios a pesar de las críticas emitidas desde diversos lados. Efectivamente Balad vio con satisfacción en la retirada de Israel la primera etapa del fin de la ocupación israelí, pero expresó una posición compleja con respecto al contexto. Muchos en Israel se sumaron a esta posición, pero lo que les mortifica es que Bishara lo haga refiriéndose explícitamente a los intereses árabes.

La oposición de Balad a la última guerra de Líbano, como es obvio, estaba totalmente justificada; y no se encontraba solo en esa oposición. Su opinión la compartían la mayoría de la población árabe y todas las fuerzas políticas árabes. Pero el desmarque de Bishara en esta ocasión fue el hecho de negarse a condenar a Hezbolá y señalar con el dedo el contexto general de la crisis: las transgresiones, las incesantes actuaciones agresivas de Israel y el emplazamiento de esta guerra en el marco del plan estadounidense-israelí. Bishara no dudó en calificar a Hezbolá como una organización de resistencia y no como una monstruosidad, incluso aunque, como se sabe, expresara reservas sobre una parte de sus posiciones.

Bishara evidentemente tenía razón cuando anunció desde el principio de la guerra que Hezbolá no sería derrotado, lo que atizó todavía más la cólera de los comentaristas que en aquel momento todavía babeaban de entusiasmo ante la ofensiva aérea que debía destruir, aniquilar, romper, arruinar. Es una cuestión obviamente difícil de perdonar que la guerra a la que Israel se lanzó con la esperanza de purificarse, una guerra que se presentó como la guerra «que no podía ser más justa», que se presumió que haría olvidar los horrores cotidianos de la ocupación y de la unilateralidad, se haya solventado con una amarga decepción desde el punto de vista israelí.

Las comisiones de investigación buscan, cada una a su manera, identificar las circunstancias del fracaso de la guerra, pero se abstienen de hacer referencia a la imagen de «guerra justa» librada contra un enemigo monstruoso, una guerra destinada a redimir a los israelíes expulsados. Pero nadie se pregunta en Israel si había una justificación para la carnicería perpetrada contra la población civil libanesa durante la ofensiva. En lugar de examinarse a sí mismas, las autoridades de Israel buscan a los culpables en otra parte. La guerra sacudió completamente la defensa israelí, marcó los límites de su «superioridad militar» y ha derivado en la crisis general de una sociedad desorientada, que carece de confianza y de toda visión. Cuanto más se demuestra hasta qué punto la guerra fue un fracaso, más se ensaña la campaña de acoso a Bishara.

La provocación actual

A partir de lo que se difunde -dentro de los límites impuestos por la «censura de publicación» que se ha decretado en el asunto Bishara-, podemos imaginar que el Shabak intenta abrirle un proceso y se puede suponer que estará vinculado a las posiciones que Bishara adoptó durante la guerra de Líbano. Israel, debilitado, busca por todos los medios la causa de la derrota, pero en vez de afrontar la verdadera razón -su política inmutable- acosa a Bishara que se identificó con «el enemigo». No tengo ninguna idea de cuáles serán los detalles del asunto, pero a partir de las alusiones hechas por los medios de comunicación, está claro que tratarán de hacerle las acusaciones más graves. El juicio público ya le ha declarado culpable de apoyar al enemigo y al terrorismo. Sólo falta encontrar las pruebas que demuestren esas acusaciones.

Todas las investigaciones que se han llevado a cabo anteriormente sobre Bishara se ocuparon de sus actividades públicas y conocidas. Aunque esta nueva investigación, según las alusiones de los periodistas, se basa en material confidencial (que el Shabak posee a discreción), está claro que se refiere a sus posturas políticas explícitas -cualesquiera que puedan ser las informaciones sensacionales que nos prometió la promoción organizada por el Shabak la semana pasada, por medio de los opositores a Balad en la prensa árabe-.

En el Israel de hoy, el Shabak se ha proclamado la autoridad que decide en materia de democracia. La declaración de que los ciudadanos árabes constituían una «amenaza estratégica» no suscitó ninguna reacción. Incluso los portavoces de la «izquierda» como Youli Tamir y Ran Cohen se identifican totalmente con la línea de actuación del Shabak. La campaña contra Bishara no está dirigida sólo contra él ni contra Balad. Está destinada a mostrar al conjunto de la población árabe dónde están los límites. El mismo que en esta situación, declara que Bishara «se pasó de la raya» (y eso se dijo sin ninguna relación con esta investigación extraordinariamente misteriosa) fija en sí mismo ese límite que irá estrechándose cada vez más, hasta que quizá no deje el más mínimo espacio. También los que critican tal o cual posición de Bishara tienen que entender la naturaleza del peligro que se cierne sobre nosotros. Esta investigación tiene lugar precisamente contra la idea de reducir las diferencias y con el fin de derrotar cualquier tentativa del tipo de las que se manifiestan en los documentos de las posiciones publicados recientemente. Es, por supuesto, la misma actividad histérica de las concepciones del Shabak; y puede causar estragos, conducirnos a un régimen de opresión e intimidación. Ése es el objetivo.

En este contexto, la elección que se nos ofrece a nosotros, los judíos israelíes, está entre aprobar una situación donde sea el Shabak quien gobierne, o bien la apertura de un debate general sobre el amplio reto político presentado por Bishara y las numerosas personalidades palestinas implicadas en la redacción de los diversos documentos (1). Es perfectamente posible comprender por qué estos documentos suscitaron tal oposición en numerosos israelíes y hay material para un debate profundo. Es imprescindible que este debate reemplace a la actual campaña de acoso.

Corresponde a todos los amantes de la democracia alzarse frente a la ofensiva de hostigamiento que se puede esperar cuando el Shabak decida levantar las diversas censuras a la publicación. Todos los que creen en los principios de la igualdad nacional y de ciudadanía deben comprender que esta batalla no concierne sólo a Bishara, sino también a todos nosotros.

* El 22 de abril, desde la embajada de Israel en El Cairo, Amiz Bishara presentó su dimisión como diputado israelí y señaló que está considerando la posibilidad de permanecer en el extranjero porque teme que puede ser condenado a una larga pena de cárcel, según informó el diario Haaretz. (N. de T.). Más información: http://www.palestinalibre.org/articulo.php?id=3971

(1) La «Constitución Democrática», la «Visión del futuro de los árabes palestinos en Israel», el «Documento en 10 puntos» del Centro Mossawa…

Traducción del hebreo de Michel Ghys:

http://www.mahsom.com/article.php?id=5098

En francés:

http://www.palestine-solidarite.org/analyses.Amnon_Raz-Krakotzkin.120407.htm

Amnon Raz-Krakozkin es historiador y profesor de Historia Judía en la Universidad Ben-Gourion de Israel.

Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Tlaxcala y Cubadebate. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, la traductora y la fuente.