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Alberto Garzón y el lenguaje de la izquierda

Fuentes: Rebelión

En tiempo de indignación, revuelta y unidad sin sectarismos ni asuntos marginales que abonen separaciones y muros de incomunicación, también el lenguaje merece nuestra atención. No sólo el escrito, donde la izquierda hace décadas que intenta -con éxitos innegables- alejarse de toda aproximación y práctica insulsa, repetitiva, anodina y talmúdica (Toni Doménech, por ejemplo, la […]

En tiempo de indignación, revuelta y unidad sin sectarismos ni asuntos marginales que abonen separaciones y muros de incomunicación, también el lenguaje merece nuestra atención.

No sólo el escrito, donde la izquierda hace décadas que intenta -con éxitos innegables- alejarse de toda aproximación y práctica insulsa, repetitiva, anodina y talmúdica (Toni Doménech, por ejemplo, la hablado recientemente de la «prosa tersa, elegante, jugosa» de Francisco Fernández Buey [1]), sino también en el lenguaje oral.

Y no es fácil, acaso sea más difícil. Hay que improvisar en ocasiones; no siempre el contexto y los interlocutores facilitan las cosas; no en todas las ocasiones la comprensión resulta fácil para ciudadanos no muy puestos en los temas controvertidos; los ruidos del marco y escenario dificultan la transmisión de ideas. Lo ya sabido. Pero los ejemplos, los buenos ejemplos, empiezan a generalizarse. Uno de los más recientes:

Alberto Garzón [AG] -que se autodefinió como un indignado con la situación actual y defendió la protesta contra las acciones equivocadas del Gobierno «por todas las vías posibles»- intervino el pasado sábado 25 de agosto de 2012 en el programa televisivo «El Gran Debate», de Telecinco. Territorio comanche sin duda. Para salir corriendo y no parar hasta el agotamiento.

AG tuvo de entrada un detalle que muchos -y muchas desde luego- nunca olvidaremos: hacer referencia en el transcurso del programa al fallecimiento aquella misma tarde de Francisco Fernández Buey. No fue sólo eso. Dijo verdades como puños agitados y, además, las dijo como hay que decirlas: con claridad y convicción, sin jalear los oídos conformistas de nadie.

El tema en discusión era el actual contexto de crisis económica, social y política de España [2]. ¿Cuál si no?

A la pregunta del presentador Jordi González (¡quien le ha visto y quien le ve!) sobre la «clase política» como tercera fuente de preocupación de la ciudadanía según las últimas encuestas del CIS, el diputado de Izquierda Unida apuntó una matización básica pero esencial y no siempre apuntada: «no existe la clase política, sino que existen políticos de distintas clases». Por si hubieran dudas: «¿Qué tengo yo en común con Rajoy o Rubalcaba o con todos los ex ministros tanto de PSOE como de PP que, nada más abandonar sus cargos, han pasado a formar parte de las empresas privadas?». Por si faltara algo: «De hecho, todos los diputados de IU renunciaron al plan de pensiones que por su condición de diputados les corresponde. Lo rechazamos por inmoral». Recordó -para que no habitara el olvido en este vértice- que esa renuncia había causado que el Congreso retirase el privilegio a todos los diputados. ¡Duran i Lleida debió ponerse de los nervios!

La ironía no estuvo ausente de algunas de sus intervenciones. Comentó AG que prefería que los diputados de los grupos mayoritarios no estuvieran en el hemiciclo mientras hacía sus exposiciones. ¿Por qué? Porque al estar sometidos a la disciplina de sus partidos, ninguno de ellos le presta la atención debida. De Guindos, el del ático de 600 mil euros, es un ejemplo destacadísimo. «Prefiero que no estén porque así, la ciudadanía, podrá escuchar lo que digo sin que algunos diputados interrumpan el discurso constantemente». Los del PP son maestros en el diseño de interrupciones y griteríos.

Puso un excelente ejemplo del cinismo parlamentario realmente existente: algunos diputados de otros grupos de la cámara que después de su intervención le han mostrado su acuerdo con su posición y argumentos, han votado en contra de sus propuestas cuando ha llegado el momento. Quien manda, manda. Y no es la consciencia la que tiene mando en esa plaza interesada.

AG auguró -no se rompió aquí el cerebro- un otoño caliente por «la actuación del Gobierno», por los constantes recortes que ha realizado hasta ahora y que anuncia seguir haciendo. Añadió un guiño enrojecido al espectador-oyente: «Al Gobierno le asusta que la gente esté formada en economía y sepa entonces lo que está pasando». Recordó que con sus acciones el Gobierno pepero seguía el mismo rumbo de Grecia y Portugal: «el abismo y el suicidio económico…» Saldremos de la situación cuando cambiemos de rumbo.

Garzón, que tampoco se cortó en este nuevo nudo, definió a las grandes empresas y a las grandes fortunas como los vencedores y mayores beneficiarios de esta crisis-estafa. El vértice no es la «clase política». Se está consagrando un ataque a la democracia, se subordinada toda acción de gobierno al dictado y vountad de los mercados. «Por la prima de riesgo se aceptan todo tipo de barbaridades y robos, porque lo que estamos viviendo es una inmensa estafa».

Tampoco se cortó ni un pelo AG sobre el gobierno Rajoy, «un Gobierno en fraude de ley […] las declaraciones de Rajoy sobre que está haciendo lo contrario a lo que prometió son la mejor prueba de que no existe la democracia». Por consiguiente, prosiguió, «si Rajoy no está en la cárcel es porque no hay leyes adecuadas a la ética» [3]. Sin variar una coma. La alternativa a esta forma elitista y antidemocrática de gobernar es hacer justo lo contrario que hace el gobierno comentó: «poner la economía al servicio de la sociedad».

Se le preguntó finalmente al joven diputado de IU sobre cuál sería su primera medida en caso de ser presidente de Gobierno. Sin cortarse un pelo, con claridad y distinción, hablando como debe hablar (y hacer) la izquierda: «cogería todos los bancos y pondría sus viviendas vacías a disposición de la gente que no tiene casa, para ello sería necesario cambiar las leyes. Las cambiaría en el Consejo de Ministros». ¿Está claro?

¿Se puede o no se puede hablar de otro modo? ¿Se pueden o no denunciar argumentadamente puntos esenciales del discurso de los grupos y clases dominantes? Se puede.

Gracias Alberto Garzón por tus palabras, por tus argumentos, por tu lenguaje, por ser de izquierdas (e ir en serio) y por haber recordado a un maestro de todos, a un amigo inolvidable e imprescindible, Francisco Fernández Buey. ¡Le hubiera hecho muy feliz escucharte!

Notas:

[1] Antoni Domènech: «Un luchador antifranquista, que no se acomodó a las componendas de la Transición» http://www.publico.es/espana/441381/un-luchador-antifranquista-que-no-se-acomodo-a-las-componendas-de-la-transicion

[2] http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article40686

[3] Garzón recordó en ese momento el caso del Gobierno Japonés: recientemente había dimitido, señaló, por haber subido IVA cuando no lo llevaba en su programa electoral. Eso era así «porque allí si existe la ética». Tal vez, algo cansado, el diputado de IU fue en este punto excesivamente generoso.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.