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Asusta, que algo queda

Fuentes: república.es

En aquellos grises años del pasado, que para algunos (según Mayor Oreja) fueron época de «extraordinaria placidez», había muchos españoles asustados. Tenían parientes asesinados o desaparecidos de los que no se podía hablar; habían militado en sindicatos o partidos políticos antes de la guerra que desencadenó la nueva situación; habían desarrollado ciertas actividades (escribir, leer… […]

En aquellos grises años del pasado, que para algunos (según Mayor Oreja) fueron época de «extraordinaria placidez», había muchos españoles asustados. Tenían parientes asesinados o desaparecidos de los que no se podía hablar; habían militado en sindicatos o partidos políticos antes de la guerra que desencadenó la nueva situación; habían desarrollado ciertas actividades (escribir, leer… incluso pensar) que les calificaban oficialmente como «no adictos al Régimen»; eran vulnerables, en suma, ante las nuevas circunstancias y formas de vida de aquella España que «empezaba a amanecer» y un velado miedo impregnaba sus vidas.

En aquel ambiente se movía un curioso individuo, poseedor de un extraño sentido del humor. Apostaba con sus amigos a que, siempre que quisiera, podía saber lo que contenía la bolsa de cualquiera de las mujeres que salían del mercado. Para ello, vestido con el habitual juego de traje y corbata casi obligado en aquella época, abordaba a su objetivo con una frase fija -«Por favor, señora ¿me permite?»- a la vez que, con ademanes corteses pero sin andarse con contemplaciones, le abría la bolsa de la compra y comenzaba a hurgar en ella, mientras iniciaba un breve interrogatorio sobre su contenido: «Y ahí debajo ¿qué tiene? A ver, ¡enséñemelo! ¿Para qué ha comprado esto?». Si la mujer, recuperada de su sorpresa, lo que pocas veces ocurría, se atrevía a esbozar una protesta -«Bueno, señor, y esto ¿a qué viene? si puede saberse…»-, el bromista respondía impertérrito: «Nada, señora, nada. Simple curiosidad, simple curiosidad».

Esta broma hubiera sido imposible en cualquiera de los países democráticos de entonces, donde los ciudadanos conocían sus derechos y no aceptaban intromisiones fuera de la legalidad. En España, la guerra y la posguerra habían creado una sensación de miedo, inseguridad y sumisión a toda apariencia de poder, dominante en gran parte de la población, sobre todo la que no se sentía identificada con lo que se había dado en llamar «el nuevo Estado español».

Años después, los ciudadanos de otros Estados, incluso del que se tiene como faro de la democracia y las libertades en todo el mundo, también están llegando a sufrir los efectos del miedo. El Departamento de Estado de EEUU difundió el domingo pasado una alerta general a todos sus ciudadanos contra previsibles ataques terroristas de Al Qaeda. Un pueblo que ya fue víctima del miedo tras los ataques terroristas del 11-S contra Washington y Nueva York y de las confusas amenazas posteriores producidas por los sobres portadores de ántrax, poco necesita para volver a sentirse asustado.

Más todavía, en cuanto que el aviso oficial, que intentaba ser previsor, solo ha conseguido alarmar más a quienes lo tomaron al pie de la letra. ¿Dónde tienen que moverse con precauciones los estadounidenses? Respuesta: en Europa. La vaguedad de esta alarma se intentaba concretar después: viajando en metro, en ferrocarril, buques, aviones o en cualquier instalación turística. Es decir: en cualquier parte. Y cuando un ciudadano escrupuloso intenta saber de qué modo ha de hacer caso a sus autoridades y cuál será la forma de protegerse del peligro tan vagamente anunciado, la respuesta que recibe es que «tenga cuidado con todo lo que le rodee y que adopte las apropiadas medidas de seguridad para protegerse cuando se está de viaje».

Urgido a precisar algo más, uno de los subsecretarios de Estado afirmó que no pretendía que los norteamericanos dejasen de viajar sino que tomasen precauciones como «vigilar la presencia de bultos abandonados, ruidos intensos y abandonar el lugar en cuanto ‘algo empiece a pasar'(sic)». Vamos, lo mismo que se puede escuchar por los altavoces de cualquier aeropuerto.

En resumidas cuentas, con el pretexto de que se ha detectado un peligro, las autoridades de EEUU han suministrado a sus ciudadanos una dosis especial de miedo, conscientes de que existe peligro terrorista en todas partes y que nada puede hacerse para evitarlo del todo. Con ello, aseguran, salvan su responsabilidad si llega a producirse algún atentado grave: «Necesitamos hacer todo lo posible para afrontar esta conspiración y proteger al pueblo americano». Es casi seguro que con esa nueva alarma no protejan a nadie y sí asusten a muchos.

¿Conspiración? Veamos lo que se sabe de ella. El caso es que un ciudadano alemán de origen afgano fue apresado en Afganistán el pasado mes de julio. Había viajado desde Hamburgo al territorio pakistaní de Waziristán, donde recibió instrucción en el manejo de armas. A sus interrogadores declaró que había conocido allí a un alto dirigente de Al Qaeda, quien le dijo que Osama Ben Laden deseaba organizar algunos ataques en Europa. Para ese resultado no se necesita utilizar los complejos medios de los servicios de inteligencia más avanzados del mundo.

Pero la conclusión siempre es la misma. Tanto bajo un régimen dictatorial donde el poder es reverenciado, como en una democracia que se tiene por modelo, nunca está de más para los poderes públicos mantener a los ciudadanos en una cierta situación de miedo. Miedo al poder, miedo al terrorismo, miedo a un enemigo indefinido, miedo a la crisis económica y a sus consecuencias. Asusta, que algo queda: sumisión, supresión de la crítica, tendencia a la pasividad. Así siempre ha sido mucho más fácil gobernar.

http://www.republica.es/2010/10/07/asusta-que-algo-queda/