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Cambiarlo todo

Bases y desafíos de la Huelga Feminista

Fuentes: Viento Sur

«No estamos aquí para desfilar un día al año, para ser un cupo más en los espacios de poder ni para que se aplauda a nuestro paso mientras el sistema que reproduce nuestra opresión sigue intacto. Por eso recurrimos a la huelga: porque es la herramienta más potente que tenemos para pararnos y cambiarlo todo». […]

«No estamos aquí para desfilar un día al año, para ser un cupo más en los espacios de poder ni para que se aplauda a nuestro paso mientras el sistema que reproduce nuestra opresión sigue intacto. Por eso recurrimos a la huelga: porque es la herramienta más potente que tenemos para pararnos y cambiarlo todo». Manifiesto leído el 8 de marzo de 2019 en la manifestación de Zaragoza

Si miramos atrás y nos paramos a recordar cómo estábamos en 2017, cuesta creer que haya pasado solamente año y medio. En este tiempo, el movimiento feminista ha sido capaz de trastocar el conjunto del panorama político estatal, entendiendo además por «panorama político» algo que trasciende y va más allá del juego partidista-electoral: las dinámicas sociales, las relaciones de fuerza en un sentido amplio, los sentidos comunes dominantes y, en general, las lentes a través de las que se interpretan los procesos. En marzo de 2019, hace ya tiempo que nadie puede negar que el feminismo constituye un actor político de primer orden.

Nos enfrentamos a un escenario complejo, marcado por la inestabilidad global y por los intentos de las clases dominantes de mantener sus privilegios a toda costa en un mundo que se desmorona. En los países de la periferia europea, esto supuso desde 2008 la aplicación de políticas de recorte de derechos y libertades a gran escala, combinando las prácticas represivas con la subordinación de todos los aspectos de la vida al pago de la deuda externa y la socialización de las pérdidas de la banca y las grandes empresas. Es en este contexto (tras años de «crisis económica», con la precariedad normalizada por toda una generación, los consensos sociales de los años del boom inmobiliario rotos para siempre y una importante fase de reflujo de los movimientos sociales) que estalla el movimiento feminista.

Tras dos años de movilización constante, pensar qué bases han hecho posible este fenómeno y cuáles son sus posibles implicaciones se hace estrictamente necesario si queremos no sólo que la fuerza acumulada no se disuelva, sino empujar con ella hacia horizontes de transformación más amplios, donde demos forma por fin a eso de «poner la vida en el centro».

1. Los inicios. Sindicalismo social y feminización de la protesta

«Para todo lo que sea la defensa de nuestros derechos, cualquier sindicato nos tendrá al lado; si nos fallan, nos tendrán enfrente». Myriam Barros, presidenta de la Asociación Las Kellys[1]

«La separación de empleo y vida ha sido un punto débil para los movimientos sociales». Beatriz García, Plataforma de Afectados por las Hipotecas[2]

A comienzos de 2014, los centros sociales y bares de izquierda de Madrid se llenaron de carteles y pegatinas con un lema: «si Madrid no produce, Madrid no consume». Coca-Cola había puesto en marcha un ERE que más tarde sería declarado ilegal, dejando en la calle a 350 trabajadores y amenazando con cerrar la planta de Fuenlabrada. La campaña de boicot, inicialmente modesta, se hizo rápidamente viral gracias a un elemento clave: 180 mujeres, compañeras, hijas y familiares de los trabajadores, habían acampado frente a la fábrica. Se les conoció como las espartanas.

Algún tiempo más tarde, en octubre de 2016, se presentaban públicamente Las Kellys: las «camareras de piso» o limpiadoras de hoteles, con salarios por debajo de los tres euros por habitación y constantes dolores y enfermedades crónicas por el trabajo, se habían organizado. El perfil de las Kellys, mujeres en muchas ocasiones migrantes y casi siempre con familias a su cargo, se acerca al de las trabajadoras del hogar y trabajadoras internas que se están organizando en asociaciones como Territorio Doméstico (Madrid) o el Colectivo de Trabajadoras del Hogar y de Cuidados (Zaragoza), y que recientemente se han constituido como red estatal. Sus reivindicaciones (reconocimiento de derechos y protección social, equiparación al régimen general de la Seguridad Social) evidencian un conflicto que va más allá de las condiciones laborales. Son lo que Judith Carreras llama «luchas sindicales por la reproducción social»: luchas laborales lideradas y protagonizadas por mujeres que, además de la defensa de los derechos laborales y la reivindicación de la dignificación de sectores feminizados, están sirviendo para poner en evidencia la división sexual del trabajo, visibilizar la crisis social de los cuidados y mostrar la contradicción capital-vida[3].

De algún modo, este tipo de conflictos están estrechamente relacionados con lo que a partir de 2011/2012 y de las ramificaciones del 15M comenzó a conocerse como «sindicalismo social». Esto es: luchas que desdibujan las fronteras entre lo laboral y la vida, planteando concepciones mucho más amplias de trabajo y poniendo el foco sobre cómo, en un momento de crisis sistémica generalizada (crisis económica, política y ecológica), los procesos de desposesión se expanden mucho más allá del mercado laboral, subordinando todos los aspectos de la vida a las necesidades de la acumulación capitalista. La Plataforma de Afectados por las Hipotecas, las asambleas de vivienda y los más recientes Sindicatos de Inquilinas e Inquilinos constituyen el ejemplo más claro de sindicalismo social y guardan con las espartanas, las Kellys y las trabajadoras de cuidados otra coincidencia: a la cabeza, con los cuerpos visibles y siempre en primera línea, están las mujeres.

Esta feminización de la protesta tiene causas claras: las mujeres, por su particular rol social, son las más afectadas ante los ataques contra la vida y las que antes se movilizan contra las dificultades cada vez mayores para reproducirla[4]. Las formas concretas que el movimiento feminista ha tomado en el Estado Español no serían comprensibles sin este poso previo, que nutre nuestras prácticas e influye en nuestra imaginación política. No propongo aquí que entre unas cosas y otra haya una relación causa-efecto directa. Más bien, creo posible afirmar que la Huelga Feminista es, en cierto modo, la forma más plena de sindicalismo social lograda hasta el momento.

2. ¿Qué es eso de la Huelga Feminista?

La huelga como momentum, la huelga como proceso, la huelga como estructura. Existe, desde el primer momento, esa ambivalencia a la hora de nombrarla (¿de nombrarnos?). No en vano, la página web del movimiento se llama «hacia la huelga feminista» en alusión también a la construcción colectiva en marcha de una conflictividad de nuevo tipo, que desborda el concepto de huelga general clásica y que permanece más allá de la fecha concreta del 8 de marzo, experimentando con formas de coordinación flexibles que permitan resolver la dialéctica entre unidad y diversidad[5].

La Comisión 8M funciona como una red estatal que articula asambleas feministas de todo el territorio, respetando la autonomía de los procesos locales y tratando de dotar de un cierto horizonte y sentido común conjunto a esta galaxia difusa. La principal ventaja de un modelo de este tipo es su dimensión fractal, que se traduce en infinidad de procesos locales y territoriales de autoorganización, politización y construcción de redes por la base. El resultado es una red cada vez más densa de núcleos autoorganizados, que incorpora asambleas y agrupaciones previas pero que facilita y potencia la aparición de otras nuevas en pueblos, barrios y ciudades donde hasta ahora las feministas estaban dispersas, a la vez que empuja hacia la construcción de espacios unitarios del movimiento allí donde la fragmentación era grande.

La Huelga Feminista como estructura es, ante todo, una inmensa maquinaria de inteligencia colectiva. Los Encuentros Estatales, que se vienen celebrando desde que la Comisión 8M se puso en marcha a finales de 2017 y que reúnen cada uno a entre 500 y 600 mujeres, son buen ejemplo de esto. Principal espacio de debate colectivo y de toma de decisiones que tiene el movimiento, cada encuentro se prepara durante meses por un grupo de trabajo estatal donde pueden participar una o dos personas de cada territorio que así lo desee. Elaboración de lecturas previas, recogida de necesidades y propuestas desde la base, aportaciones programáticas, síntesis de las principales inquietudes y posiciones percibidas en las asambleas, elaboración de metodologías o recopilación de las actas, son algunas de las tareas que el grupo de trabajo desempeña.

La evolución de los Encuentros Estatales es reflejo de la propia evolución de la Huelga Feminista. No se trata sólo de las mejoras evidentes en capacidad organizativa, sino de un importante avance en los debates: en año y medio hemos sido capaces de avanzar hasta las puertas de un debate programático y estratégico serio, que incorpore a sectores feminizados en lucha como los descritos más arriba y construya alianzas con otros movimientos que, como el ecologismo social y el antirracismo político, buscan acabar con un sistema que subordina la sostenibilidad de la vida a la lógica del beneficio, condenando a buena parte de la humanidad a existencias precarias, violentas y marcadas por la miseria.

Existen, por supuesto, tensiones y contradicciones todavía no resueltas. El modo de funcionar de la Comisión no permite respuestas rápidas, y la inexistencia de iniciativas conjuntas o campañas que vayan más allá del 8 de marzo deja la visibilidad y proyección política en manos de aquellos territorios que más capacidad tienen para asumirla, potenciando un desarrollo a dos niveles que puede irse agudizando. Por otro lado, las críticas a la Comisión 8M realizadas el año pasado por varios colectivos de personas migrantes y racializadas ponen en evidencia las carencias que el movimiento tiene a la hora de implicar a determinados sectores de mujeres de las clases populares. La creación de un grupo de trabajo estatal de mujeres migrantes y la inclusión del cierre de los Centros de Internamiento de Extranjeros y de la derogación de la Ley de Extranjería entre las reivindicaciones principales de la huelga para este año, sin embargo, indican que vamos por buen camino.

3. Contra el feminismo institucional y por si el feminismo liberal

El éxito de este 8 de Marzo, desbordando unas expectativas ya de por sí inmensas y superando con creces la jornada histórica de 2018, es mucho más que numérico: nos confirma que la repolitización de la fecha es ya imparable.

El año pasado, la novedad de la convocatoria hizo que los principales medios de comunicación sintieran la necesidad de hacer un seguimiento continuo de los preparativos y que casi todos los sectores políticos y sociales intentaran ser identificados con el feminismo. Las portavozas del movimiento aparecían casi a diario en programas de televisión y en los principales periódicos, el Partido Popular y Ciudadanos discutían por quién defendía en mayor medida «la igualdad de la mujer», y finalmente algunas de las caras femeninas más conocidas de telediarios y tertulias políticas optaron por unirse a la huelga fundiendo en negro las pantallas.

Nada de eso ha ocurrido este año. La clarificación estratégica del movimiento y el avance en contenido programático han traído consigo un relativo vacío mediático hasta justo los días previos. El Partido Popular definió hace poco el manifiesto del 8M como «anticapitalista» y de «izquierda radical», señalando que no iban a participar en ninguna de las manifestaciones convocatorias. Y sin embargo, las cifras hablan por sí solas: 350.000 manifestantes en Madrid, 260.000 en Barcelona, 200.000 en Zaragoza. UGT señala en 6 millones el seguimiento total de la huelga. Parece que, a pesar de la radicalización del movimiento (o quizá precisamente por ello), sus apoyos aumentan.

En el Estado Español no tenemos un feminismo liberal hegemónico al estilo de otros países como Francia o Estados Unidos. Las características sociohistóricas del país, que a finales de los años 70 salía de una dictadura fascista y donde hasta 1981 las mujeres tenían que pedir permiso a sus maridos para trabajar, cobrar su salario, abrir una cuenta bancaria o sacarse el carnet de conducir, impidieron que se formase una capa significativa de mujeres en posiciones de poder cultural y económico real. Los procesos de lucha social que caracterizaron la Transición, entre los que el feminismo destacó como actor movilizador radical y masivo, terminaron de bloquear esta posibilidad.

El Partido Socialista, cuya victoria electoral en 1982 constituye la fecha de cierre del periodo conocido como Transición Española y la apertura de una nueva época, fue quien capitalizó esta situación. El PSOE supo desarticular la potencialidad transformadora del movimiento adoptando medidas rápidas que daban respuesta a necesidades reales y que tuvieron un fuerte impacto mediático (como la despenalización parcial del aborto en 1985) e incorporando a mujeres procedentes del movimiento feminista en puestos importantes de gestión. La implantación de los estudios de género en las universidades hizo el resto. El resultado es lo que conocemos como «feminismo institucional»: la combinación de reformas legales con políticas simbólicas y la asunción de que cualquier cambio posible debe pasar por los cauces institucionales. El actual «Consejo de Ministras», primer gobierno de nuestra historia con más mujeres que hombres, es buen ejemplo de esto.

El feminismo institucional ha funcionado durante cerca de 40 años como feminismo hegemónico en el Estado Español. Hubo quien pensó que el estallido feminista podía venir bien al Partido Socialista, en el Gobierno circunstancialmente y enfrentado a una situación electoral compleja. El gobierno de Sánchez, que en 2017 había aprobado un «Pacto de Estado contras la Violencia de Género» jamás puesto en marcha, buscaba legitimarse socialmente y aparecer ligado a un movimiento cuya potencia transformadora, sin embargo, necesitaba desactivar. Tras el 8 de marzo de 2018, algunos sectores del movimiento trataron de conseguir que la Comisión 8M iniciara un diálogo con el Gobierno. El intento fue un fracaso: negándose a reducir la fuerza de sus demandas a unas pocas medidas formalmente asumibles por el sistema actual, el movimiento feminista prefirió conservar su autonomía y radicalidad y mantener su presencia en la calle. Nuria Alabao y Marisa Pérez Colina han explicado recientemente el giro en la estrategia del PSOE, que al no poder cooptar el movimiento ha optado por intentar dividirlo instrumentalizando algunos de sus debates[6].

La otra estrategia desplegada en los últimos meses ha sido la de Ciudadanos. Con una estética y un discurso de corte «macronista», el partido de Albert Rivera ha intentado apropiarse de la idea de feminismo liberal y liderar su construcción en el Estado Español. Es cierto que el intento queda a veces un poco ridículo, como con la instrumentalización de la figura de Clara Campoamor, principal impulsora del sufragio femenino. Este 8 de marzo el partido celebró un acto en su sede de Madrid, donde desde entonces se puede leer la cita «Soy liberal», dicha por la diputada republicana, en una de sus paredes. Sin embargo, más allá del desprecio cómico, debemos estar pendientes ante este tipo de movimientos, que demuestran una comprensión inteligente de cómo el feminismo transformador está siendo frenado en otros países y que podrían ir avanzando hacia la implicación de grupos de poder en la construcción de una verdadera corriente feminista liberal en el Estado.

La Huelga Feminista se construye, por tanto, contra el feminismo institucional y por si el feminismo liberal. La doble denuncia del capitalismo patriarcal y racista, la crítica feroz a las principales instituciones del Estado (judicatura, fronteras) y un celo especial de su autonomía lo dibujan como un actor político propio, difícilmente manipulable y ajeno a las lógicas e intereses partidistas. Con la proximidad de las elecciones, algunos partidos han querido utilizar este 8 de marzo como momento de comienzo de precampaña. El desborde lo ha evitado: parece claro ya que la lucha feminista será autónoma, o no será.

4. Cambiarlo todo

El acto de ocupar el espacio público para convertirlo en lugar colectivo tiene en sí mismo un carácter emancipador y adictivo. Hay algo de liberador en encontrarnos juntas, mirarnos las unas a las otras y reconocernos en las mujeres que nos rodean mientras el grito «¡aquí estamos las feministas!» lo inunda todo. En un balance rápido tras la huelga del año pasado, llamaba a esta sensación la conquista del derecho a ser[7]: es el fin del aislamiento, el redescubrimiento de lo colectivo, el nacimiento de una forma nueva de estar en el mundo.

Las redes que se han creado durante este año y medio empiezan ya a inundarlo todo. Desde el principio, la Huelga Feminista fue un movimiento intergeneracional, impulsado por capas de mujeres muy jóvenes pero que logró incorporar a mujeres mayores que, en muchas ocasiones, no habían tenido antes ningún tipo de participación política. Esta mixtura, que se veía en asambleas y en comisiones de trabajo, ha cristalizado ahora en vínculos de carácter en cierto modo personal, donde el ser compañeras va por delante de cualquier diferencia existente. El principio de solidaridad activa está haciendo así que mujeres de muy diverso tipo tomen consciencia en muy poco tiempo de problemas y conflictos que afectan a otras mujeres. No hay aquí ningún tipo de esencialismo; se trata, por el contrario, de llevar la reflexión «¿en qué medida el ser mujer ha afectado a nuestra vida?»[8] a la concreción de las condiciones materiales y las realidades concretas. El potencial politizador y movilizatorio es, obviamente, enorme.

Existe una dialéctica enriquecedora entre lo micro y lo macro, entre la dimensión ultra local del barrio y la escala global. Hace unos meses, en una mesa redonda sobre el movimiento feminista internacional en Zúrich, la activista alemana Frieda Heumann decía: «cuando en 2018 escuché hablar de la huelga feminista en el Estado Español, pensé: dios mío, una huelga de mujeres, es la huelga de mi vida, tenemos que hacerla aquí también». El efecto contagio es, sin lugar a dudas, una de las características más impresionantes de la nueva oleada feminista. La dimensión internacional, presente desde el primer momento, se revela en estos momentos como estrictamente necesaria si queremos afrontar con alguna posibilidad de victoria las tareas que el propio movimiento se ha dado.

Avanzar en el debate programático y elaborar estrategias colectivas son dos de los principales retos a los que nos enfrentamos. Salir de la escala estatal para tejer redes y alianzas transnacionales es la única manera posible de acabar con estructuras de dominación que no son locales, sino que se reproducen y refuerzan a través de los poderes económicos mundiales y de las relaciones neocoloniales. Porque la gran fuerza del desborde feminista internacional está ahí: en su capacidad para enfrentarlo todo.

Julia Cámara forma parte de la Comisión Estatal 8M y de la redacción de la web de viento sur

Este artículo será publicado en inglés en Viewpoint Magazine

Notas

[1] https://laskellys.wordpress.com/2016/10/12/presentacion-de-la-asociacion/

[2] https://www.diagonalperiodico.net/global/26885-sindicalismo-social-frente-la-precariedad.html

[3] Judith Carreras: «¿Puede el feminismo ser un revulsivo sindical?», Viento Sur, 161, pp. 71-82. https://vientosur.info/spip.php?article14501

[4] https://vientosur.info/spip.php?article12891

[5] http://hacialahuelgafeminista.org/

[6] https://ctxt.es/es/20190206/Firmas/24296/Nuria-Alabao-Maria-Perez-Colina-conflicto-movimiento-feminista-abolicionistas-PSOE.htm

[7] https://vientosur.info/spip.php?article13579

[8] Laia Facet analiza esta pregunta de Simone de Beauvoir en https://vientosur.info/spip.php?article14519

Julia Cámara forma parte de la Comisión Estatal 8M y de la redacción de la web de viento sur

Este artículo será publicado en inglés en Viewpoint Magazine

Fuente: http://vientosur.info/spip.php?article14715