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Coerción y humillación impregnan la cultura estadounidense

Bradley Manning lucha por su equilibrio mental

Fuentes: www.thefirstpost.co.uk

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens y revisado por Caty R.

Durante los últimos siete meses el soldado estadounidense de 22 años Bradley Manning ha estado incomunicado 23 horas diarias en su celda y sometido a un acoso constante, primero en una prisión del ejército en Kuwait, ahora en el calabozo en Quantico, Virginia. Si sus ojos se cierran entre las 5 de la mañana y las 8 de la noche lo sacuden para despertarlo. Durante el día tiene que responder «sí» a los guardias cada cinco minutos. Una hora al día lo llevan a otra celda en la que camina siguiendo la forma de un ocho. Si se detiene lo devuelven a la otra celda.

Manning está acusado de entregar documentos a Julian Assange de WikiLeaks. No ha sido juzgado ni condenado. Los visitantes informan de que Manning está en franca decadencia mental y física. Los esfuerzos de su abogado para mejorar su condición han sido rechazados por el ejército.

Las acusaciones de que el trato que se le da equivale a tortura han sido denunciadas con indignación por destacados conservadores que llaman a que se le ejecute sumariamente. Después de que el columnista Glenn Greenwald hizo público el tratamiento infligido a Manning, a mediados de diciembre, hubo una conmoción moderada. El máximo observador de tortura de la ONU investiga su caso.

Mientras tanto Manning se enfrenta a meses, si no años, de lo mismo. ¿Terminará como el acusado de Chicago José Padilla, en aislamiento y silencio total durante cuatro años antes de su juicio en 2007? Padilla fue condenado como terrorista a 17 años, pero sólo después de que su abogado fue informado por el personal de la prisión de que se había convertido en un ser dócil e inactivo hasta el punto de que parecía «un mueble».

Recién comenzado el año 2011, la tortura está sólidamente instalada en el arsenal represor de EE.UU. Ya no se oculta en las sombras, sino que aparece abiertamente, es central, y destacados políticos la aplauden vigorosamente. La coerción y la humillación impregnan la cultura, hasta el punto que antes de Navidad los viajeros estadounidenses comenzaron a rebelarse contra los invasivos cacheos manuales realizados por equipos de seguridad de la TSA [Administración de Seguridad en el Transporte] en los aeropuertos. Se quejaron de que les toqueteaban en pechos y entrepiernas.

Siempre hubo mucha tortura, clandestina, lo mismo que hubo asesinatos. Después de la Segunda Guerra Mundial, el predecesor de la CIA, OSS, importó expertos nazis en técnicas de interrogatorio. Pero eran los tiempos de la Guerra Fría: el Tío Sam, el Bueno, contra el los sucios rusos y chinos. El gobierno de EE.UU. recurría a extremos desesperados para rechazar acusaciones de que sus agentes de la CIA o la USAID practicaban la tortura.

Un caso famoso fue el de Dan Mitrione, que trabajaba para la Agencia de Desarrollo Internacional de EE.UU. enseñando refinamientos de las técnicas de tortura a interrogadores brasileños y uruguayos.

Mitrione terminó secuestrado y ejecutado por los guerrilleros tupamaros. Fue el tema de la película de Costa Gravas Estado de sitio. La CIA montó grandes operaciones de encubrimiento para tratar de desacreditar las acusaciones contra Mitrione, quien fue citado diciendo a sus estudiantes: «El dolor preciso, en el lugar preciso, en la cantidad precisa, para conseguir el efecto deseado».

La conciencia liberal estadounidense comenzó a acomodarse a la tortura en junio de 1977, el mes en el que el Sunday Times de Londres publicó una importante denuncia de la tortura de palestinos por las fuerzas armadas israelíes y la agencia de seguridad Shin Bet. Repentinamente los partidarios estadounidenses de Israel argumentaron que ciertas técnicas -privación sensorial, prolongadas posiciones de estrés con capucha, encarcelación en ‘celdas’ del tamaño de cajas de embalaje, etc.- en cierto modo no eran torturas reales o que se podían justificar moralmente según la teoría de la ‘bomba que amenaza con estallar».

Todavía faltaba el espectáculo del profesor Alan Dershowitz de la Escuela de Derecho de Harvard, un supuesto defensor liberal de los derechos civiles, que recomendó a Israel la noción de «órdenes judiciales de tortura». Las víctimas de las órdenes serían «sometidas a medidas físicas judicialmente controladas y diseñadas para causar dolor intolerable sin dejar secuelas». Una forma de tortura recomendada por el profesor de Harvard era «meter una aguja esterilizada bajo las uñas».

Con la Gran Guerra contra el Terror, lanzada después del ataque del 11-S de 2001 contra el World Trade Center, la tortura inició su marcha hacia la plena luz del día. El viaje estaba presidido por el secretario de defensa de George Bush, Donald Rumsfeld.

En Guantánamo fue Rumsfeld quien dio la aprobación verbal y luego escrita para que se torturara a los sospechosos, utilizando las tristemente célebres técnicas de aislamiento, privación del sueño y degradación psíquica, y el secretario de defensa gestionó personalmente las humillaciones, algunas de las cuales incluían ropa interior femenina.

En el caso de Abu Ghraib en Iraq, existe nuevamente una rastro de evidencias que muestra que fue Rumsfeld quien decretó y monitoreó personalmente posiciones de estrés, fobias individuales como el miedo a los perros, privación del sueño y waterboarding (asfixia simulada con agua).

Una oficial del ejército de EE.UU., Janis Karpinski, contó que encontró en Abu Ghraib un trozo de papel pegado a un poste frente a una pequeña oficina utilizada por los interrogadores. Era un memorando firmado por Rumsfeld, autorizando técnicas como el uso de perros, posiciones de estrés, hambruna. En el papel, manuscrito por Rumsfeld, aparecía la nítida instrucción: «¡Asegúrense de que esto suceda!»

En el frente interior, la tortura como modo drástico de control social floreció en el sistema carcelario estadounidense, cuya población comenzó a aumentar vertiginosamente en los años setenta hasta el total actual de 2,5 millones de presos. Informalmente se autorizó la violación de varones al mismo tiempo que la incomunicación cada vez más sádica y la prolongada privación sensorial, condición bajo la que unos 25.000 prisioneros enloquecen actualmente.

Al terminar los años de Bush, los liberales se atrevieron a esperar un retorno del imperio de la ley y con ello al respeto de las prohibiciones internacionales sobre la tortura y el trato a los combatientes. Aumentaron las esperanzas de que los torturadores, que bajo el comando de Bush tuvieron su apogeo, se enfrentaran acusaciones formales. El candidato Obama alentó esa esperanza.

El 21 de enero de 1977, en su primer día en funciones, el presidente Jimmy Carter cumplió su promesa electoral y emitió un perdón para los que eludieron el servicio en la guerra de Vietnam huyendo de EE.UU. o evitando el registro. Si hubiera esperado uno o dos meses, ya estaría terminando la luna de miel y podría haber perdido el control.

En su segundo día en funciones el presidente Obama firmó una serie de órdenes ejecutivas para cerrar en el plazo de un año el centro de detención de Guantánamo, prohibir los métodos más duros de interrogatorio y revisar los juicios militares por crímenes de guerra. En su primer discurso sobre el Estado de la Unión, una semana después, Obama declaró ante una sesión conjunta del Congreso: «Estoy aquí esta noche y digo sin excepción o equivocación que en EE.UU. no hay torturas. Puedo comprometerme a ello aquí esta noche.»

Días después de su falsa garantía, los abogados del Departamento de Justicia de Obama dijeron en términos explícitos a los jueces estadounidenses que el nuevo gobierno no cambiaría las políticas de Bush sobre el estatuto legal de las «entregas» y los presuntos combatientes enemigos.

Los abogados del Departamento de Justicia de Obama subrayaron ante los jueces que ellos, como los abogados del Departamento de Justicia instruidos por los hombres de Bush, insistían en que los cautivos capturados por el gobierno de EE.UU. y enviados a prisiones secretas para que los torturasen no tenían un estatuto legal en los tribunales de EE.UU. y que el régimen de Obama no tenía obligaciones legales de defender o incluso de admitir sus acciones en ningún tribunal estadounidense. Los «combatientes enemigos» no recibirían protecciones legales internacionales, ni en el campo de batalla de Afganistán ni si eran secuestrados por personal estadounidense en cualquier parte del mundo.

El sistema de tortura florece y las fronteras del imperio estadounidense están marcadas por centros de tortura en el exterior como Bagram. Todavía hay detenidos en Guantánamo -en noviembre del año pasado, 174-. Supuestamente serán destinados a una Supermax [cárcel de máxima seguridad] en Illinois. Manning lucha por su equilibrio mental en Quantico.

Aviso para David Cameron: resístase a todas las solicitudes de extradición del gobierno de EE.UU. basándose en que los acusados de terrorismo probablemente no pueden esperar más que torturas y un tribunal irregular y arbitrario.

Alexander Cockburn. Periodista, codirector del bimensual CounterPunch y del sitio internet homónimo (www.counterpunch.org).

Fuente: http://www.thefirstpost.co.uk/73357,news-comment,news-politics,alexander-cockburn-why-bradley-manning-is-fighting-for-his-sanity-wikileaks-julian-assange