Hemos asistido a una tragedia fronteriza que desnuda el cinismo de Marruecos, la debilidad del Gobierno español y la hipocresía de una Europa que habla de derechos mientras levanta muros, porque lo ocurrido en Ceuta no es una simple crisis migratoria. Es una herida abierta, una escena de horror político y humano que deja al descubierto algo mucho más grave: hay gobiernos que convierten la desesperación en arma, y otros que, por miedo, cálculo o torpeza, permiten que esa violencia se reproduzca. Cuando decenas de jóvenes se lanzan al mar y mueren ahogados, no estamos ante un problema técnico de fronteras. Estamos ante un fracaso moral de primer orden.
Marruecos se comporta como un Estado que no solo tolera la salida masiva de su juventud, sino que la deja deslizarse hacia el vacío como quien abre una válvula de presión. Y eso, si se confirma o se interpreta a la luz de los precedentes descritos, no es una simple negligencia: es una forma brutal de instrumentalización política. Jóvenes sin empleo, sin libertades, sin horizonte y sin voz se convierten en materia prima de una disputa entre gobiernos. Se les roba el futuro dentro de casa y se les expone al mar como si su vida valiera menos que una maniobra diplomática.
Pero no basta con señalar a Rabat. El Gobierno español también queda severamente retratado. La impresión que transmite el texto es la de una reacción débil, tardía y excesivamente condicionada por la necesidad de no romper equilibrios diplomáticos. Esa vacilación tiene un precio altísimo: deja el campo libre para que la tragedia sea usada por la derecha como combustible político, para que se instale el miedo y para que la conversación pública deje de hablar de vidas y empiece a hablar de “invasiones”, “orden” y “contención”. Cuando el poder no nombra bien el horror, otros lo convierten en propaganda.
La cuestión saharaui agrava todavía más el cuadro. Marruecos interpreta cualquier gesto hacia el pueblo saharaui como una afrenta, y España oscila entre el reconocimiento simbólico y la prudencia servil. Se reciben niños saharauis con emoción, se pronuncian palabras solemnes sobre dignidad y libertad, pero al mismo tiempo se intenta suavizar el lenguaje para no irritar a Rabat. Esa contradicción es insoportable: se lloran las consecuencias mientras se negocia con la causa del dolor.
Y luego está Europa, esa Europa que se presenta como faro de derechos pero que cada vez se parece más a una fortaleza xenofoba. En vez de asumir que la migración es también resultado de desigualdad, represión y falta de oportunidades, la respuesta dominante es levantar barreras, endurecer discursos y dejar que la extrema derecha se alimente del pánico. La hipocresía es total: se condena la tragedia, pero se alimentan las condiciones que la reproducen. Se habla de solidaridad, pero se gobierna con miedo.
Lo más grave es que la juventud marroquí acaba atrapada en una trampa perfecta. Dentro de su país no encuentra futuro; fuera de él encuentra rechazo, sospecha y criminalización. Entre ambos muros, los cuerpos caen al agua. Y mientras tanto, los gobiernos se reparten excusas, los partidos buscan rédito y los comentaristas convierten el sufrimiento en argumento. Esa es la obscenidad central de todo esto: la vida humana se ha vuelto un instrumento de presión, de cálculo y de manipulación.
Ceuta no debería ser recordada como el lugar donde se ganó una batalla propagandística. Debería ser recordada como el lugar donde varios Estados demostraron hasta qué punto son capaces de abandonar a los más frágiles. Marruecos, por usar la desesperación como palanca. España, por responder con debilidad. Europa, por levantar muros mientras predica valores. Y la extrema derecha, por convertir los cadáveres en munición ideológica. Si algo exige esta tragedia es decirlo sin rodeos: cuando los gobiernos juegan con la desesperación de los jóvenes, el mar acaba haciendo el trabajo más cruel
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