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Conciencia vs. Burocratismo

Fuentes: Rebelión

Para descubrir a un burócrata plantéale un problema ideológico. El rostro del problema no se reflejará en el burócrata. El rostro del burócrata no se reflejará en el problema Roque Dalton El debate sobre el burocratismo en nuestra sociedad no es nuevo. Desde el triunfo de la Revolución y en medio de la organización del […]

Para descubrir a un burócrata

plantéale un problema ideológico.

El rostro del problema

no se reflejará en el burócrata.

El rostro del burócrata

no se reflejará en el problema

Roque Dalton

El debate sobre el burocratismo en nuestra sociedad no es nuevo. Desde el triunfo de la Revolución y en medio de la organización del nuevo Estado, hubo una constante crítica contra este fenómeno social.

En los últimos cincuenta años, el Estado socialista ha tratado de sortear los obstáculos objetivos y subjetivos que facilitan el surgimiento y reproducción del burocratismo. No obstante, factores internos, externos, económicos y culturales, han impedido alcanzar los resultados que todos deseamos.

El burocratismo está condicionado por diversas variables ligadas al poder político y a las funciones de gobierno, y puede manifestarse en los distintos niveles de cualquier estructura institucional, con independencia de su signo ideológico. En Cuba, tuvo su espacio en las etapas colonial y neocolonial, lo que le agrega en nuestro caso un componente cultural, aunque no determinante.

No debemos confundir al burocratismo con la existencia de una estructura institucional o de un aparato gubernativo con normas y reglamentaciones imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad; ni a los burócratas con aquellas personas que hacen posible ese funcionamiento.

El burocratismo es una actitud humana que frena el desenvolvimiento armónico y coherente de la sociedad y sus instituciones, obstaculiza y aleja la concreción de objetivos individuales y colectivos, facilita el deterioro de la legalidad y los sistemas de valores establecidos, y crea un sector social influyente que, al amparo del poder que representan y ejercen, pueden llegar a instaurarse y reproducirse como grupo social con las consecuencias sociopolíticas que de ello podrían derivarse. José Martí consideró «la vida burocrática» como «un peligro y azote» y alertó tempranamente de que «mal va un pueblo de gente oficinista».

Desde 1963, el Ché Guevara analizaba con el rigor científico y la honestidad intelectual y política que lo caracterizaban, las principales causas del burocratismo en el nuevo Estado socialista que se levantaba en nuestro país. En un artículo publicado en la revista Cuba Socialista en febrero de ese año, manifestó que en el empeño por corregir las fallas en la institucionalización del país y sin descuidar la defensa ante las agresiones militares de EE.UU., la dirección de la Revolución se dedicó «a organizar el aparato estatal de un modo racional, utilizando las técnicas de la planificación conocidas en los hermanos países socialistas». Sin embargo, reconoció que «el bandazo fue demasiado grande y toda una serie de organismos, entre los que se incluye el Ministerio de Industrias, iniciaron una política de centralización operativa, frenando exageradamente la iniciativa de los administradores».

Posteriormente, el sistema político cubano fue corrigiendo sus mecanismos en una tendencia al perfeccionamiento de la institucionalidad. Este proceso inacabado estuvo mediado por las diversas coyunturas nacionales e internacionales que impidieron un mayor fortalecimiento.

La disección que hizo el Ché al burocratismo en los primeros años de la Revolución fue certera y profunda y tiene aún plena vigencia. Para él, las raíces de este mal estaban en: a) la falta de «motor interno», b) de organización y c) de técnicos suficientemente desarrollados como para tomar decisiones y en poco tiempo.

La falta de «motor interno» la definió como «la falta de interés del individuo (el burócrata) por rendir su servicio al Estado y por superar una situación dada. Se basa en una falta de conciencia revolucionaria o, en todo caso, en el conformismo frente a lo que anda mal». Esta carencia de «motivaciones internas y de claridad política» se traducían, según él, en «una falta de ejecutividad».

La desorganización era para el Ché el «problema central» y la raíz de los «disloques, cuellos de botellas, que frenan innecesariamente el flujo de informaciones (…) y tiene como característica fundamental la falta de métodos para encarar una situación dada».

La escasez de técnicos, aunque era un problema heredado, no escapó a su agudo análisis. En aquella coyuntura iniciadora alertó que estaba provocando el síndrome del «reunionismo» que no era más que «la falta de perspectiva para resolver los problemas».

El análisis hecho por el Ché nos ayuda a explicarnos el fenómeno en el presente, aunque con lógicos y pequeños matices. No obstante, la coyuntura actual, marcada por el camino recorrido hasta aquí, y por condicionantes endógenas y exógenas conocidas, nos obligan a abrir el diapasón y encontrar otras causas que permitieron que el burocratismo se empeñara en acompañarnos.

El insuficiente nivel de participación de la población en la fiscalización de la actividad gubernativa en los distintos niveles, es otra de las razones por las que el burocratismo sobrevive. A pesar de los esfuerzos de la Revolución, de los llamados a la participación de la máxima dirección del país y de la existencia de numerosos canales y espacios de participación que, aunque imperfectos, estan a la mano de la población, la fiscalización directa de la actividad gubernamental se hizo cada vez más difícil para las masas, en la misma medida en que las rutinas de trabajo y las relaciones de poder que median en toda relación social, se combinaban con los efectos sociopolíticos y económicos del Período Especial.

Otra causa del burocratismo es la continuidad en el tiempo de normas legales que respondían a circunstancias ya superadas y a contextos sociopolíticos ya distantes. Consecuentemente, la sociedad, como ente activo, estuvo obligada a forcejear con vetustos marcos que obstruían su constante desarrollo. En un escenario así, el burócrata, consciente de las prerrogativas que le asisten, puede participar en diversas violaciones de la legalidad con las consabidas consecuencias en el orden económico, legal y político-ideológico.

Cuba se encuentra hoy en un proceso de actualización de su modelo económico y de reforzamiento de la institucionalidad socialista, encaminado a garantizar la sustentabilidad del proyecto y su continuidad en el futuro. La mirada que por dentro se hace la sociedad cubana busca identificar y solucionar las fallas que impiden un mejor y más seguro avance del socialismo.

En las actuales circunstancias, la motivación política, la conciencia revolucionaria, el «motor interno» del que habló el Ché, sigue siendo clave en el proceso. En aquel entonces recomendó que para encarar este problema había que «desempeñar un trabajo político» en el que la educación y el ejemplo de la vanguardia eran imprescindibles.

Alcanzar una organización institucional y un aparato estatal eficiente y eficaz que ordene y controle vertical y horizontalmente, sin ahogar iniciativas y las estimule, tanto en la base como en los niveles medios, es también una prioridad en estos momentos. En 1963, el Guerrillero Heroico exhortó a «modificar nuestro estilo de trabajo; jerarquizar los problemas adjudicando a cada organismo y a cada nivel de dirección su tarea; establecer las relaciones concretas entre cada uno de ellos y los demás, desde el centro de decisión económica hasta la última unidad administrativa y las relaciones entre sus distintos componentes, horizontalmente, hasta formar el conjunto de las relaciones de la economía. (…) Nos permitirá, como ventaja adicional, encaminar hacia otros frentes a una gran cantidad de empleados innecesarios.»

Ante la necesidad de una mayor organización del entramado estatal, el Ché llamó a «tomar las medidas concretas para agilizar los aparatos estatales, de tal manera que se establezca un rígido control central que permita tener en las manos de la dirección las claves de la economía y libere al máximo la iniciativa, desarrollando sobre bases lógicas las relaciones de las fuerzas productivas».

La escasez de cuadros y técnicos calificados en los niveles medios sigue siendo todavía un problema, aunque ahora no se deba a la falta de conocimientos y preparación como en los primeros años. Sin embargo, es necesario revisar, perfeccionar y/o cumplir lo establecido en las políticas para la elección y promoción de los cuadros, que no podrán ser nunca completas, justas ni efectivas, sin la participación creciente y activa de las masas.

Miles de mujeres y hombres calificados y capaces están dispuestos a encarar las responsabilidades propias de los cuadros a cualquier nivel. Sin embargo, existe una percepción errónea de que escasean, apreciación que se sustenta en la permanencia en el tiempo de ineficaces mecanismos de promoción y/o elección que no se ajustan a las realidades actuales y están permeadas de vicios y viejos estilos de trabajo.

Los cuadros, como pidió el Ché, «deben seleccionarse de las masas» y tener como denominador común «la claridad política» que no consiste «en el apoyo incondicional a los postulados de la Revolución, sino en el apoyo razonado, en una gran capacidad de sacrificio y en una capacidad dialéctica de análisis que permita continuos aportes» a la sociedad.

El burocratismo, como actitud humana, pende de muchos hilos subjetivos y objetivos, pero es la conciencia del individuo la que juega un papel esencial y determina su permanencia o no en el entramado social. En Cuba, el burocratismo sigue siendo un peligro y un azote. Golpea implacablemente a la sociedad, le obstruye su paso, le limita su desarrollo, le disuelve sus valores; está reñido con nuestros principios más sagrados de justicia y equidad y pone en juego la unidad y el consenso que mantienen invicta esta Revolución. No queda entonces otra solución que impedir, como alertó el Apóstol, que «entre en la sangre de la república la peste de los burócratas».