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¿Debe asistir la ciudadanía de izquierda a la manifestación del 10 de julio en Barcelona? (y III)

Fuentes: Rebelión

En el momento en que escribo, 8 de julio, jueves por la mañana, sigue sin haber de acuerdo sobre el lema de encabezará la manifestación del próximo sábado en Barcelona. La discusión, los desacuerdos explícitos, han tenido efecto en la ciudadanía: trabajadores y trabajadoras no muy puestos en luchas políticas pero que espontáneamente, por enfado […]

En el momento en que escribo, 8 de julio, jueves por la mañana, sigue sin haber de acuerdo sobre el lema de encabezará la manifestación del próximo sábado en Barcelona. La discusión, los desacuerdos explícitos, han tenido efecto en la ciudadanía: trabajadores y trabajadoras no muy puestos en luchas políticas pero que espontáneamente, por enfado o por sentir recortados sus derechos, tenían intención de manifestarse no van a acudir a la movilización sabatina. No quieren participar, comentan, en un acto independentista, no es esa su opción.

Paso página sobre este nudo, en absoluto marginal, e intento responder al interrogante que encabeza el artículo.

Supongamos que no olvidamos una cara decisiva del poliedro que se ha ido generando en estos seis o siete últimos años: la actuación de algunos sectores de derecha extrema, con antecedentes probados, del poder judicial y las inconsistencias y programa de ese partido rancio-españolista, pero netamente anti-español (no hay ninguna fuerza que trabaje más y con más ahínco por la separación de los pueblos de Sefarad), al que llaman «Partido popular» en lugar de asociación de corruptos, propietarios de cortijos y fieles servidores del gran capital y sus numerosas prolongaciones. Sabido es que artículos recurridos del Estatut catalán han sido apoyados por el PP en otras comunidades. Lo que seguramente rige en sus cabezas y en su tradición política: cálculos electorales a corto plazo, deseo irrefrenable de tomar de nuevo el gobierno «del reino d España» [1] en sus manos y para su ansiosa e insaciable clientela. «Voluntad de poder» era la expresión usada por Nietzsche para designar esta pasión irrefrenable de los sectores dominantes que se creen elegidos por la Historia y la genética a ordenar, mandar y sacar rédito. España es su cortijo.

Por ello, sólo por ello, ya está justificado acudir a la manifestación del próximo sábado: contra las falacias e intentos de separación y desmembración ibéricos de la derecha extrema. Es una razón de peso, sin duda muy convincente.

Aceptemos también que cuenta en nuestra decisión el recuerdo del proceso de gestación del Estatut. Un primer gobierno tripartito, ampliado por su derecha con el apoyo explícito de CiU, básicamente centrado en cuestiones nacionalistas. Una primera redacción estatuaria sometida a fuerte revisión por las fuerzas mayoritarias en el Congreso con algunos comentarios jocosos, seguidos de risas televisivas, del señor Guerra. Acuerdo explícito del presidente Zapatero con el líder de la oposición en Catalunya, el señor Artur Mas, con extrañas promesas incumplidas por rebelión de su propio partido. Una campaña pro referéndum en el que abundaron los argumentos centrados no en derechos sino en avances pragmático-crematísticos -con el nuevo Estatut y con la nueva financiación viviremos mejor en Catalunya, ayudaremos menos a los parados aprovechados de Extremadura y Andalucía- que dejaron profunda huella entre sectores catalanistas y también, y sobre todo, entre hijos y nietos de la misma inmigración andaluza, extremeña o aragonesa. Un agotamiento e incluso un hastío ciudadanos que hicieron que la participación fuera menor del 50%, con presencia no marginal de votos nulos, blancos y negativos en el resultado final. El que suscribe esta nota, por poner un ejemplo, ya no recuerda si se abstuvo o votó nulo con algún comentario crítico en la papeleta del Sí.

La intervención del PP en tierras y ciudades de Sefarad, boicot al cava incluido, la agitación anticatalana, en una fuerte campaña antiespañola, ahondó en la separación de las ciudadanías ibéricas y en la máxima desinformación. No es infrecuente entablar relación con ciudadanos madrileños, aragoneses o vallisoletanos, no siempre de derecha o moderados, informados en asuntos públicos, que creen sinceramente que el castellano es un idioma perseguido, marginado o incluso prohibido en las instancias oficiales de Catalunya y no entienden, no creen de ningún modo, que es perfectamente posible vivir hablando sólo en castellano en la inmensa mayoría de poblaciones catalanas y que, en cambio, no es posible hacerlo hablando sólo en catalán. Consecuencia: muros de piedra e incomprensión levantados por intereses partidistas (y por el lema que a ello subyace: España es una, mediana y suya) donde podría reinar perfectamente, con esfuerzo y buena intención, el acuerdo y el interés mutuos.

Señalado la anterior, qué hacer entonces este próximo sábado más allá del lema, tema no marginal desde luego, que encabezará la movilización ciudadana que se espera masiva y en torno a la cual se agita con tenacidad desde diferentes medios públicos y privados, medios que como es sabido se mantienen en perfecto estado de silencio cuando el motivo de las movilizaciones es la lucha contra las frecuentes agresiones a las clases obreras, también catalanas, o contra el uso y explotación de la energía nuclear (que algunos sectores consideran insegura e inadecuada para Catalunya sin que, en cambio, presente problema alguno si las centrales se ubicaran en Teruel o Huesca). ¿Cabe entonces mostrar, con los pies en lascalles de la ciudad de Espriu, Papasseit, Durruti, Puig Antich y Sacristán, que ya es hora otra vez de pasearnos a cuerpo y hacerlo al lado, de la mano de Duran i Lleida y del conseller Maragall por ejemplo, dos prohombres del neoliberalismo catalán? ¿Se trata de abonar una manifestación catalanista de la que seguramente sacarán partido electoral ERC y acaso CiU, y dará alas a la consulta sobre el independentismo en Barcelona y en otras ciudades catalanas?

Desde mi punto de vista, los ciudadanos de izquierda que no tienen ni sienten entre sus diversas identidades una fuerte prioridad en asuntos nacionalitarios deben (es decir, debemos) acudir a la manifestación del sábado. Sin duda. Pero, eso sí, con enfoque y lemas propios.

El enfoque, en mi opinión, debe poner acento en el derecho de los pueblos a su autogobierno y a un tiempo, y sin distancia, en la necesidad, cada día más obvia, de un republicanismo federal que aúne y hermane pueblos, ciudadanos, sin menospreciar ni marginar derechos de ninguna nacionalidad. Aproximando y no separando; instruyendo y dando ejemplo; anunciando que podemos vivir en una Sefarad mejor, más plural, que acoja en su seno la diversidad.

Además de ello, la izquierda no puede renunciar, con la que está cayendo, y con la que nos va a caer, a denunciar aristas esenciales de su programa mínimo que es su programa de la hora: hay que combatir, tenemos que defender los derechos obreros conquistados. Hay que parar, sea como sea, la contraofensiva del capital que tanto abonan algunos de los representantes políticos que encabezan la marcha. Por nosotros y por las futuras generaciones.

Dirán que no toca, que este sábado no toca hablar de estos temas tan peliagudos, que estos asuntos son temáticas de otras jornadas. Sine die. Pero sí que toca. De poco, y de nada bueno, va a servir el autogobierno si se usa, como se está usando, para ampliar el poder y las redes de las familias de siempre, cuya corrupción y sentimiento de que pueden hacer siempre y en todo lugar lo que les venga en gana [3], es inconmensurable, con el servilismo, acatamiento y copia de unos «recién llegados» que han olvidado orígenes, identidades políticas, valores básico y todo lo que sea necesario para ser acogidos sin rubor en las faldas de ese inmenso estercolero de poder, favores, corrupción y explotación que tan interesadamente presiden las clases dirigentes catalanas.

Howard Zinn definió el nacionalismo como un conjunto de creencias, no siempre rigurosamente documentadas, enseñadas de generación en generación, enseñanzas en las que usualmente la nación, y en algunos casos la Patria con mayúsculas ostentosas, es objeto de veneración y se convierte, en casos extremos y sobre todo en los nacionalismos o patriotismos de gran potencia, en causa ardiente por la que se está dispuesto a enfrentarse a quien sea, a matar si llega el caso a jóvenes de otras Patrias y a morir por ello en ese combate inútil e interesado. El patriotismo, el nacionalismo, aquí sin apenas distinciones entre nacionalismos agresivos y nacionalismos de naciones oprimidas, se suele o se puede utilizar para crear la vana ilusión de un interés común a todos los ciudadanos en un país desgarrado en frecuentes ocasiones por fuertes contradicciones sociales y sangrantes desigualdades de clase. No se afirma que los frentes nacionales de defensa y lucha no pueden estar justificados en determinados ocasiones pero sí que, en muchas ocasiones, la historia está repleta de ejemplos, suelen ser construidos para la defensa de intereses de sectores privilegiados. Donde hubo frente y acuerdo, viene más tarde la separación y explotación.

Santiago Alba Rico ha recordado recientemente -«Contra la fantasía» [1]- un texto del gran escritor hispano-paraguayo Rafael Barrett de 1908 «[Si hubiera] otra alma más alta y más profunda que en su seno abrazase el alma de la humanidad misma, el acto supremo sería sacrificar lo que de humano hay en nosotros a la realidad mejor». Esa realidad existe y no es Dios, señala Alba Rico, es, cita de nuevo a Barrett, «la humanidad futura». La ampliación del imperativo categórico de Hans Jonas transita por la misma senda. El internacionalismo socialista, ecológicamente ampliado, abona la misma finalidad: la unidad de los trabajadores y desfavorecidos de todo el mundo que no olvidan su compromiso con las generaciones futuras. Se trata de alcanzar una Humanidad justa, habitable y en libertad para nosotros y para las futras generaciones, que no oprima desde luego ni los derechos ni las culturas de ningún pueblo. No hay justicia que pueda erguirse apoyando una bota opresora en derechos colectivos o individuales.

Notas:

[1] La imagen de la señora del borbónico Rey de España, atuendo incluido, en la semifinal del Mundial es de Polonia de TV3. El servilismo y estúpido monarquismo de los medios de desinformación es insoportable.

[2] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=109277

[3] Amenazas incluidas. El caso de la ex regidora Itziar González, a raíz del caso del hotel Palau, es un ejemplo que enseña.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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