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Del sah de Persia al presidente Bush

Fuentes: La Estrella Digital

De nada suele servir lamentarse a toro pasado de los errores históricos que han traído larga cola de sangre y calamidades a muchos pueblos de la Tierra, cuando no a toda la humanidad. Esto es así porque es fácil refutar ese tipo de historicismo, señalando que las circunstancias en el pasado eran otras, que el […]

De nada suele servir lamentarse a toro pasado de los errores históricos que han traído larga cola de sangre y calamidades a muchos pueblos de la Tierra, cuando no a toda la humanidad. Esto es así porque es fácil refutar ese tipo de historicismo, señalando que las circunstancias en el pasado eran otras, que el ámbito cultural aceptaba tales o cuáles prácticas -hoy rechazadas o tenidas por abominables- o que el equilibrio de poder entonces reinante hacía obligada la toma de ciertas decisiones cuyos efectos no podían preverse en aquel momento.

A esto último cabe responder diciendo que, aunque a nadie pueden exigírsele dotes adivinatorias, siempre es responsabilidad de los que ejercen el poder político el anticipar con la mayor precisión posible las consecuencias de sus decisiones, no sólo a corto plazo, sino también los efectos a más larga distancia temporal. Y esto aunque la visión a largo plazo vaya a contrapelo de las necesidades democráticas que suelen poner el límite de la perspectiva, todo lo más, en una o dos confrontaciones electorales, porque estas necesidades de inmediata perentoriedad ciegan las visiones a muy largo plazo, que son las que, en último término, conforman el devenir de los pueblos y dan sentido histórico al quehacer de sus gobernantes.

Que a finales del siglo XIX el Imperio Británico, entonces dominador de medio mundo, en estrecha cooperación con los pujantes Estados Unidos de América del Norte, propiciara la creación en Palestina de un «hogar judío», y que esta decisión se materializara en 1917 en la «Declaración Balfour», por la que Londres garantizaba el establecimiento en Palestina de una «patria nacional para el pueblo judío», son las raíces de uno de los más graves problemas que tiene que afrontar hoy la comunidad internacional -y que nadie previó en su momento-, desde que Ben Gurión proclamó en 1948 la creación del Estado de Israel y se desencadenó la catástrofe palestina.

Las consecuencias de aquellas decisiones se están hoy pagando con sangre, se agravan año tras año y son causa de nuevas decisiones, a cuál más desacertada, como las que, tomadas en Washington en el último decenio, han llevado al callejón sin salida que es hoy Oriente Próximo, y a la eclosión de un terrorismo fanático de base religiosa, de deletéreos efectos.

Entre los graves errores estadounidenses del pasado, que han llevado a la caótica situación actual en muchas partes del mundo, cobra hoy especial importancia la intervención, a través de la CIA y con la inevitable cooperación británica, que en 1953 derribó en Irán el régimen democráticamente elegido del primer ministro Mossadeq, para reinstalar en el poder al joven sah Reza Pahlevi, con los resonantes títulos de «Rey de reyes» y «Luz de los Arios», tan querido después por las revistas españolas del corazón, con su rutilante uniforme cubierto de condecoraciones y su bella y estéril esposa. (Cuando ambos visitaron Madrid, el 10 de junio de 1958, quien firma estas líneas, joven teniente de Artillería, formaba con sus soldados a lo largo del paseo de la Castellana, en honor a tan distinguidos huéspedes del general Franco).

Los sucesivos gobiernos de Washington consideraron al despótico y corrupto régimen del sah como el bastión imperial de EEUU en el corazón de Oriente. Fue EEUU quien rearmó sus ejércitos y formó a sus militares, y el que adiestró a la temible policía secreta del sah, la Savak. Pero fue precisamente el programa «Átomos para la paz», patrocinado por el presidente Eisenhower, lo que puso a Irán en el camino de esa nuclearización que tanto preocupa hoy al Gobierno de EEUU, hasta el punto de hacerle batir los tambores de guerra.

El golpe del 19 de agosto de 1953 fue el hito que marcó a medio plazo el declive de EEUU en la zona, aunque Washington se frotó las manos por el aparente éxito inicial de la operación. En realidad, su principal efecto fue el de poner fin a un interesante capítulo del movimiento democrático iraní, que pretendía recuperar el control de los recursos nacionales en beneficio del pueblo. Cuando en 1979, tras 25 años de reinado, el sah huyó al exilio, el recuerdo de la intervención de EEUU en el golpe de 1953 intensificó la animadversión iraní hacia Washington.

Hoy día, en este largo periodo final de la nefasta presidencia de Bush en EEUU, hay voces que muestran su temor porque éste, para lavar su deteriorada imagen, pueda iniciar una nueva aventura militar contra Irán, so pretexto de destruir el programa nuclear de este país.

En vez de escuchar a los halcones del Pentágono y a los neocons que le asesoran, mejor haría Bush en atender el consejo del general Abizaid, antiguo jefe del Centcom (mando militar de EEUU en los territorios de África nororiental, Oriente Próximo y Asia central), quien afirmó: «Hay muchos modos de convivir con un Irán nuclear. Veamos: hemos vivido con una Unión Soviética nuclearizada; hemos vivido con una China nuclear, y estamos conviviendo también con otros países nucleares». Pero es de temer que, a tenor de lo observado en la intervención militar de EEUU en Iraq, no sean la razón y el juicio ponderado los que determinen las decisiones, sino el fanatismo y la cerrazón mental.


* General de Artillería en la Reserva