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Interpretando las elecciones egipcias

Desconcertantes dilemas

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

El pueblo egipcio sigue aún en el estado de shock en el que entró desde que, a finales de la pasada semana, se anunciaron los resultados de las elecciones presidenciales. Se resisten a aceptar un resultado por el cual el General Ahmad Shafiq, el último Primer Ministro del depuesto dictador Hosni Mubarak, ha recibido más de 5,5 millones de votos, es decir, alrededor del 24% de los votos emitidos, un 1% menos que el candidato favorito de los Hermanos Musulmanes, el Dr. Muhammad Mursi.

Una vez que la polvareda se ha asentado, se han ido revelando algunos hechos notables que señalan hacia una operación extremadamente sofisticada que aseguró que Shafiq recibiera los suficientes votos como para ir a la segunda vuelta (que solo pudo llevarse a cabo gracias al aparato de seguridad egipcio con el apoyo del ejército y los residuos del prohibido Partido Democrático Nacional de Mubarak).

Esto es lo que podría haber sucedido.

El primer hecho importante es que el número total de votantes registrados se incrementó en más de 4,5 millones de personas en menos de tres meses. En Egipto, cuando una persona llega a los dieciocho años es automáticamente añadida a las listas de votantes registrados. Los egipcios emiten su voto utilizando el número de identificación nacional que se le da al nacer a cada ciudadano. Entre finales de noviembre de 2011 y enero de 2012, los ciudadanos acudieron a las urnas para elegir el parlamento en tres fases diferentes, con nueve provincias distintas en cada una de las fases. Después de cada votación, el jefe de la comisión electoral declaraba los resultados empezando por la cifra total de votantes registrados.

Al final de cada fase, la cifra total de votantes registrados se anunció públicamente de la siguiente manera: 13.614.525 tras la fase uno; 18.831.129, tras la fase dos; y 14.039.300 tras la fase tres, alcanzando un total de 46.484.954. Sin embargo, después de las elecciones presidenciales, el jefe de la comisión electoral anunció esta semana que la cifra total de votantes registrados era de 50.996.746, un increíble aumento de 4.511.792 (alrededor del 80% del total de votos recibido por Shafiq). Cuando al secretario de la comisión electoral, el juez Hatem Bagato, le preguntaron en una conferencia de prensa sobre esta discrepancia, mintió descaradamente, afirmando que la cifra total de votantes registrados el pasado noviembre era de 50,1 millones.

En segundo lugar, en Egipto, las elecciones se celebran en dos días consecutivos. Al final del primer día, las urnas con los votos se dejan en los colegios electorales hasta la mañana siguiente. Durante las elecciones parlamentarias, a los representantes de las diferentes campañas se les permitía quedarse en las salas para controlar las urnas y asegurar que no pudiera perpetrarse fraude alguno. Sin embargo, en esta ocasión, el ejército forzó la evacuación de todas las circunscripciones sin hacer caso de las airadas protestas de los observadores y sin permitir que ninguno ellos permaneciera en las salas a lo largo de más de doce horas. No es inconcebible que las urnas se alteraran durante la noche. Si se hubieran manipulado las urnas, añadiendo una media de 500 papeletas en cada una de ellas, eso totalizaría más de 4,5 millones de votos fraudulentos, igual al número de los dudosos votantes registrados añadidos.

Además, cada vez es más evidente que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) nunca ha hecho nada por transferir el poder real a un presidente civil elegido. Según un embajador europeo en El Cairo, cuando le preguntó recientemente a un miembro del CSFA cómo reaccionaría el ejército ante la elección de un «islamista» o un «civil» perteneciente a las fuerzas revolucionarias, la respuesta fue un enfático «eso no va a suceder». Al Presidente Jimmy Carter se le dio la misma respuesta a primeros de año cuando se reunió con la cúpula del CSFA. Interpretó erróneamente esa respuesta como que el CSFA no iba a entregar el poder ni incluso a celebrar elecciones más que presentando su propio candidato para después gobernar después. En una entrevista reciente, el antiguo jefe de inteligencia y vicepresidente de Mubarak Omar Suleiman declaró al periódico elaborado en Londres, Al-Hayat, que no tenía dudas de que si un islamista salía elegido presidente sería inevitable un golpe de estado.

Revolucionarios frente a contrarrevolucionarios e islamistas frente a laicos

Hace tiempo ya, desde el referéndum de marzo de 2011, que se esfumaron los días de la unidad revolucionaria. Desde esa fatídica fecha, hay claramente tres fuerzas políticas principales dentro de la sociedad, a saber, el CSFA, los partidos políticos islámicos dirigidos por los Hermanos Musulmanes (HM) y las fuerzas revolucionarias mayoritariamente laicas, entre las que se incluyen los grupos de jóvenes, los nacionalistas, los liberales y los izquierdistas. Siempre que dos de esos grupos distintos se unen es normalmente a expensas de un tercero.

Durante los decisivos días revolucionarios, todos los egipcios se unieron y el CSFA tuvo que abandonar a Mubarak y situarse al lado del pueblo. Pero, durante la mayor parte del pasado año, los HM apoyaron en muchas ocasiones al CSFA mientras éste se dedicaba a aplastar a los grupos revolucionarios y se ignoraban sus demandas. Cuando el CSFA intentó imponer principios supraconstitucionales sobre todos los partidos políticos a fin de proteger sus intereses, los HM se situaron al lado de los grupos revolucionarios obligando al CSFA a retirar el documento presentado y a fijar una fecha para traspasar el poder a un presidente civil. Cuando los HM intentaron imponer un comité de redacción de la constitución dominado por islamistas, el CSFA se situó junto a los grupos laicos revolucionarios contra los islamistas, obligándoles a cambiar de dirección.

Sin embargo, durante la mayor parte del pasado año, los grupos revolucionarios, tanto islámicos como laicos, no alcanzaron a entender que su revolución no había concluido y que tenían que seguir unidos contra el estado de la seguridad. En cambio, se agotaron los unos a los otros discutiendo acerca de las tácticas a seguir y la futura naturaleza del estado, provocando una intensa desconfianza entre los partidos. Mientras tanto, pasaron por alto el hecho de que, aunque se había depuesto e incluso juzgado penalmente a la cabeza del régimen y a algunos elementos corruptos, el cuerpo seguía aún profundamente arraigado, esperando a que otra cabeza le creciera para aplastar la naciente revolución.

Interpretando los resultados electorales

Aunque los resultados de las elecciones presidenciales no acabaran falseados, el resultado final, a pesar del sentimiento de fatalidad reinante, debería evaluarse de forma muy diferente. Los resultados finales fueron estos: Los candidatos pertenecientes a las alternativas revolucionarios recibieron casi las dos terceras partes de los votos (Muhammad Mursi, 25%; el naserista Hamdein Sabahi, el 21%; el islamista independiente Abdelmoneim Abol Fotouh, el 18%; otros candidatos, el 2%). Por otra parte, los residuos del régimen anterior recibieron menos de la tercera parte (Shafiq, el 24% y Amr Musa, el 10%, aunque no todos los que votaron por este último estaban necesariamente contra la revolución). Si los candidatos a favor de la revolución se hubieran unido alrededor de un único candidato, habrían aplastado a la oposición desde la primera vuelta. Pero la profunda desconfianza que fue engendrándose a lo largo de gran parte del pasado año hizo que esa fusión resultase imposible.

Además, los egipcios han acudido a las urnas en tres ocasiones desde la caída de Mubarak. En marzo de 2011 aprobaron de forma abrumadora el referéndum constitucional que despejaba el sendero político por el que el país podría caminar. Se decantaron mayoritariamente por los partidos islámicos votando a su favor por un margen de 77 a 23%. Desde noviembre hasta enero de este año, los egipcios votaron de nuevo abrumadoramente a favor de los candidatos islámicos para el parlamento, quienes cosecharon el 75% de los escaños. Aunque los candidatos de los HM recibieron casi once millones de votos durante las elecciones parlamentarias, su candidato presidencial obtuvo solo 5,7 millones de votos, una sorprendente pérdida de más de cinco millones de votos. Una caída tan enorme de los apoyos en solo cuatro meses es algo extraño cuando no imposible en cualquier contexto político. Pero los muchos pasos en falso dados por los HM, junto con la muy negativa campaña contra los partidos islámicos emprendida por los medios de comunicación estatales, todavía controlados en gran medida por los cargos nombrados por Mubarak, lo hicieron posible.

Aunque los votos islámicos representaron casi 19 millones de votos de los 27 millones obtenidos en las elecciones parlamentarias, en las elecciones presidenciales alcanzaron como mucho entre 9 y 10 millones de 23 millones de votos, una pérdida espectacular de la mitad de su potencial electorado en solo unos meses. Aunque esta pérdida está directamente relacionada con la hasta ahora pobre actuación parlamentaria y con la actitud desdeñosa de los HM hacia sus compañeros de revolución, sirvió para enviar un firme mensaje al liderazgo del grupo de que necesitaban actuar con rapidez para reparar los daños causados por su actitud arrogante hacia los otros grupos revolucionarios.

Posibles escenarios para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales

El General Shafiq ha mostrado claramente su desdén tanto hacia los partidos islámicos como hacia la revolución que les llevó al poder. En más de una ocasión declaró que ve a Mubarak como modelo y que, una vez en el poder, no dudaría en utilizar el aparato de seguridad y el ejército para restaurar el orden y poner fin a las protestas. Por tanto, su táctica ha sido presentarse como la última esperanza de las fuerzas laicas a fin de detener la invasión del estado religioso. Musa, que quedó en un distante quinto puesto en las elecciones recogiendo 2,4 millones de votos, se ha visto también obligado a hacer un llamamiento por «la derrota de un posible e inminente estado religioso» en referencia directa al candidato de los HM. En su intento de proyectar esta elección como lo laico frente a lo religioso, continúa utilizando la táctica de la era Mubarak de tratar de inculcar temor en la sociedad, especialmente entre los cristianos de Egipto, entregándole así a Shafiq los 13 millones de votos que en la primera vuelta habían recogido entre Shafiq, Musa y Sabahi. En directa amenaza a los HM, Shafiq hizo saber que, en caso de necesidad, no dudaría en disolver el parlamento para poner fin al dominio de los grupos islámicos.

Por otra parte, Mursi, el candidato de los HM, se presenta a sí mismo como la última esperanza para que la revolución limpie la corrupción que impregna al estado, deshaciéndose de los restos del régimen de Mubarak y embarcándose en nuevas reformas para cumplir los objetivos de la revolución. Si los egipcios que votaron a favor de los candidatos revolucionarios le creen, puede entonces recibir hasta 15 millones de los votos de la primera vuelta. Excluyendo los posibles fraudes, la mayor parte de los votos de Musa (2,4 millones) acabarían en las filas de Shafiq, mientras que la mayoría de los votos de Abol Fotouh (4,1 millones) podrían ir a parar a Mursi.

Sin embargo, los decisivos votos del nacionalista izquierdista Sabahi (4,8 millones) están a disposición de quien los quiera. Este candidato, firme defensor de la revolución, se ha negado hasta ahora a apoyar a Mursi e incluso muchos de sus seguidores han tomado las calles para rechazar a ambos candidatos. Muchos otros grupos revolucionarios, incluidos los seguidores de Abol Fotouh, rechazan a Shafiq y creen que se manipularon los votos de la primera vuelta. También salieron a las calles. No se sabe hasta dónde pueden llegar y lo intensas que pueden ser estas protestas. Si se extienden y recrean los primeros días de la revolución, entonces podría introducirse un nuevo factor que fuerce al CSFA a actuar, bien para aplastar violentamente a los manifestantes o bien para cancelar las elecciones o ambas cosas.

Por otra parte, muchos jóvenes y grupos a favor de la revolución han estado negociando intensamente con Mursi para que ofrezca garantías a los seguidores de esos grupos. A cambio de su apoyo, deberá aceptar varias firmes demandas referidas a: comprometerse a gobernar a través de un consejo presidencial que incluya a todas las corrientes ideológicas, dar seguridades de gobernar de forma democrática, libertad de expresión, garantizar los derechos de las mujeres y de la comunidad cristiana, así como la promesa de no presentarse para un segundo mandato. Además, el parlamento, bajo dominio de los HM, debe nombrar de inmediato a un comité para que redacte la constitución que debería adoptar decisiones acerca de importantes aspectos conflictivos hasta alcanzar el consenso, incluida la naturaleza civil del estado.

En última instancia, este crítico momento podría ser potencialmente y a la postre una bendición si los Hermanos Musulmanes y el resto de los grupos revolucionarios saben aprovecharlo bien. Es hora ya de que los socios revolucionarios vuelvan a unirse para salvar la revolución egipcia. No se trata solo de las esperanzas y aspiraciones del pueblo de Egipto y de los árabes de toda la región sino también de las de los pueblos libres de todo el planeta, para quienes la juventud de la Plaza Tahrir será siempre un motivo de inspiración.

Esam Al-Amin es un escritor independiente colaborador de numerosas páginas en Internet. Puede contactarse con él en: [email protected]

Fuente original: http://www.counterpunch.org/2012/05/29/reading-the-egyptian-elections/