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Peligra la paz ante el sabotaje de Israel y el belicismo de la oposición demócrata

El alto el fuego es una contundente derrota para EE.UU.

Fuentes: Jacobin América Latina

El cese al fuego anunciado por Donald Trump es un reconocimiento tácito del fracaso de una guerra inútil e insostenible. La posibilidad de una paz duradera pende de un hilo ante los intentos de sabotaje de Israel y el irresponsable belicismo de la oposición demócrata.

A pesar de haber durado solo seis semanas, la guerra de Donald Trump contra Irán se perfilaba de alguna manera como la peor decisión de política exterior de un breve siglo XXI repleto de ellas, un desastre cada vez mayor en casi todos los niveles y para casi todos los involucrados, por lo que todos deberíamos estar agradecidos de que ahora haya una oportunidad de que termine. Desafortunadamente, que esto suceda realmente depende de mucho más que del presidente, tan voluble y fácilmente distraído.

El anuncio de Trump ayer de un alto el fuego de dos semanas con Irán y las próximas negociaciones para un acuerdo permanente que ponga fin a las hostilidades fue un raro reconocimiento de la realidad por parte del presidente: que la poco atractiva opción de retirarse sin haber logrado ninguno de los objetivos que se había fijado originalmente —de hecho, empeorando varios de los problemas que la guerra supuestamente venía a resolver— sigue siendo, con mucho, la mejor opción en un menú basura.

Esta guerra totalmente inútil ha sido tan desastrosa, tanto estratégica como políticamente —para la presidencia de Trump como para el país—, que en la práctica no le deja otra opción razonable. El hecho de que el presidente aparentemente haya aceptado utilizar la propuesta de diez puntos de Irán (y no su propio conjunto de quince puntos de exigencias maximalistas) como base para las conversaciones es un reconocimiento tácito del fracaso de la guerra como opción política. Por muy difícil que le resulte a Trump aceptar esta línea de acción, las alternativas son mucho peores.

Extraer el uranio de Irán es una fantasía peligrosa. Quien necesite pruebas, que se fije en la debacle en que se convirtió para las fuerzas estadounidenses el rescate de un solo hombre en las profundidades del país. Como sugiere el torbellino de contradictorias declaraciones públicas sobre el cierre del estrecho de Ormuz, Trump no tiene la capacidad de reabrir militarmente el estrecho cuando los barcos son fácilmente amenazados por los miles de drones baratos que Irán puede fabricar cada mes. Con esta carta en la mano, los líderes iraníes se niegan a capitular a pesar del inmenso castigo que Trump está infligiendo al país, y sus opciones para intensificar ese castigo son una peor que la otra.

Las tropas terrestres serían políticamente tóxicas y conducirían a un aumento vertiginoso de las bajas estadounidenses en el mejor de los casos, mucho más ahora que las temperaturas en el Golfo Pérsico están a punto de superar los 37 grados. Intensificar la escala y la violencia de los bombardeos, como Trump amenazó con hacer anteayer, no solo pone en riesgo un desastre regional que probablemente dejaría a Israel devastado (cuya seguridad Trump ha señalado repetidamente como justificación para la guerra), sino que es una iniciativa duramente condenada incluso por el coro de voces de la derecha que suelen festejarle cualquier cosa.

En resumen, al tiempo que Irán mantiene como rehén al conjunto de la economía mundial, Trump solo puede amenazar con matar y destruir más. Esa táctica ha llegado al límite de su utilidad.

Cuanto más se prolongue la guerra sin que Irán se rinda, peor será para Trump y Estados Unidos. La economía estadounidense ya se encamina hacia un gran sufrimiento de cara a las elecciones de mitad de término de este año, y semanas y meses más de interrupciones en la cadena de suministro la enviarían directamente al abismo, si es que no va ya en esa dirección. Las reservas de municiones de Estados Unidos siguen agotándose a un ritmo insostenible, lo que significa que el ejército está llegando al límite de su capacidad para librar realmente una guerra, lo que amenaza con una vergüenza futura peor que retirarse voluntariamente. Las humillaciones públicas se acumulan día a día a medida que equipos y vehículos militares extravagantemente caros son destruidos o fallan de manera muy pública.

Por una cuestión de necesidad práctica, Trump se ha visto obligado a elegir la mejor de un conjunto de malas opciones para sí mismo, la dolorosa decisión que tantos antes que él han preferido no tomar antes que poner en peligro sus presidencias. Eso no significa que la paz sea inevitable: existe una enorme distancia entre las posiciones de los líderes iraníes y la Casa Blanca, una distancia que será difícil de salvar.

Pero el mayor problema, como siempre, será Israel. Los funcionarios israelíes están furiosos ante la perspectiva de este acuerdo y ya están tratando de sabotearlo, negándose a poner fin a su guerra genocida en el Líbano, tal como lo exige el plan de diez puntos de Irán, y llevando a cabo esta mañana su mayor oleada de bombardeos contra el país. Israel tiene el incentivo y, desafortunadamente, la capacidad de torpedear cualquier paz futura, aunque esa capacidad depende por completo de la disposición del presidente de Estados Unidos a complacerlos.

El único aspecto positivo es que existe la posibilidad de que esta guerra termine transformando la relación de Trump con Israel y su primer ministro, Benjamin Netanyahu. Según varios informes, Netanyahu y otros altos funcionarios israelíes desempeñaron un papel central en convencer a Trump de que este fiasco era una buena idea, incluso alimentándolo con una serie de garantías fantásticas que pronto resultaron vergonzosamente erróneas. Poco después, vimos a Trump hacer el ridículo al repetir en público muchas de esas afirmaciones israelíes, incluida la idea de que todo terminaría rápidamente, que decapitar a los líderes de Irán conduciría a un cambio de régimen y que habría un levantamiento masivo del pueblo iraní, nada de lo cual resultó ser cierto.

El presidente debería estar furioso por haber sido tan claramente engañado, utilizado y humillado por los israelíes. En un mundo con algo más de sentido que este, esto le facilitaría dar un golpe de autoridad a Netanyahu y poner fin al constante belicismo de Israel a costa de Estados Unidos. Pero eso requeriría un mínimo de firmeza, algo de lo que ni Trump ni su predecesor han dado muchas muestras en sus relaciones con Israel. De hecho, al menos según un funcionario estadounidense anónimo, antenoche, cuando Trump tuvo la oportunidad de decirle a Netanyahu por teléfono que se retirara del Líbano, se negó a hacerlo. Un presagio preocupante, si apunta a que este mismo viejo ciclo se repita de nuevo.

La otra incógnita es la oposición demócrata a Trump, cuyos miembros destacados están siendo muy poco útiles mientras el mundo reza para que esto realmente termine. El primero de ellos es el senador de Connecticut Chris Murphy, una voz destacada de la política exterior demócrata que, prácticamente en el momento en que se anunció el alto el fuego anoche, pasó de gritar que la guerra se estaba saliendo de control y que Trump debía ser destituido del poder urgentemente para salvar vidas, a atacar sin cesar un acuerdo de paz con Irán y, en la práctica, provocar a Trump para que reinicie las hostilidades (aparentemente, incluso asumiendo la absurda y exigencia maximalista de que Irán se deshaga de sus misiles convencionales, no nucleares).

Es el mismo papel tóxico que desempeñaron destacados demócratas del establishment como Murphy en el período previo a este lío, incitando implacablemente a Trump y acusándolo de ser un cobarde a menos que se mostrara más agresivo con Irán. Afortunadamente, este no es el caso de todos los demócratas, algunos de los cuales, como la representante Yassamin Ansari, se mostraron en favor del sentido común y la razón. Pero personas como el senador Murphy, trabajando en tándem con los belicistas de derecha que influyen en Trump —como Lindsey Graham y Mark Levin— tendrán tiempo y oportunidades de sobra en las próximas semanas para sabotear la paz y sumirnos a todos de nuevo en un caos intolerable, ya sea por el simple afán de ganar puntos políticos o por razones más nefastas.

Por muy tentador que sea decir lo contrario, el actual alto el fuego no es realmente una victoria para las fuerzas de la paz. Más bien, es una derrota impresionante para el militarismo y, más específicamente, para un presidente ebrio de poder militar y de una fe equivocada en que Estados Unidos puede, por arte de magia, bombardear sus deseos hasta hacerlos realidad. La paradoja es que, para que cualquier paz perdure, todos tendremos que ayudarle a mantener la ficción de que ganó, y a lo grande.

BRANKO MARCETIC: Redactor de Jacobin Magazine y autor de Yesterday’s Man: The Case Against Joe Biden (Verso, 2020).

TRADUCCIÓN: NATALIA LÓPEZ

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/04/el-alto-el-fuego-en-iran-es-una-contundente-derrota-para-el-militarismo/