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El arcoíris y la bomba: capitalismo, Estado y guerra en el hundimiento del Rainbow Warrior

Fuentes: Rebelión [Foto: El Rainbow Warrior en el puerto de Auckland, Nueva Zelanda, después del bombardeo producido por agentes del servicio secreto francés]

10 de julio 1985: Comandos franceses hunden el buque » Rainbow Warrior» de Greenpeace.

El ataque al puerto de Auckland Nueva Zelanda costó la vida a un fotógrafo y convirtió al barco de Greenpeace en un símbolo mundial.

Dos explosiones hundieron el Rainbow Warrior, el buque insignia de Greenpeace, La primera explosión provocó pánico y la segunda abrió una gran grieta, hundiendo al Rainbow Warrior

El ataque acabó con la vida del fotógrafo portugués de la organización, Fernando Pereira, de 35 años.

El barco se preparaba para zarpar hacia la Polinesia Francesa, donde Greenpeace planeaba una protesta contra las pruebas nucleares francesas en el atolón de Mururoa.

Esa noche, mientras el mundo dormía bajo la ilusión de que la Guerra Fría era una contienda entre “libertad” y “tiranía”, esas dos explosiones en el puerto de Auckland, Nueva Zelanda, revelaron la verdadera naturaleza del sistema capitalista mundial. El Rainbow Warrior, buque insignia de Greenpeace, fue hundido en una operación que no fue un “error”, no fue un “exceso”, no fue una “anomalía”. Fue la expresión más pura, más cruda, más honesta de lo que el capitalismo siempre ha sido: una máquina de violencia que no tolera la disidencia, que no perdona la resistencia, que no duda en asesinar para proteger sus intereses.

Fernando Pereira, fotógrafo portugués de 35 años, murió esa noche. No murió por accidente. Murió porque el Estado francés, ese Estado que se autoproclama “democrático”, “ilustrado”, “defensor de los derechos humanos”, decidió que un barco de activistas ambientalistas representaba una amenaza mayor que cualquier principio moral, legal o humanitario. Pereira regresó a su camarote para recuperar su equipo fotográfico —esa herramienta que el capitalismo teme más que cualquier arma: la documentación, la verdad visible, la imagen que desnuda— y encontró la muerte. Su cuerpo fue el precio que el sistema estaba dispuesto a pagar por mantener intacto su aparato de destrucción masiva.

Pero este ensayo no es solo sobre una noche de julio de 1985. Es sobre la estructura profunda que hizo posible ese asesinato. Es sobre el capitalismo como sistema de guerra permanente. Es sobre la imposibilidad de separar la acumulación de capital de la acumulación de cadáveres.

Francia, esa nación que se presenta como cuna de los derechos humanos, como faro de la civilización occidental, como defensora de la libertad contra la barbarie, demostró en Auckland que no hay contradicción entre el discurso democrático y la práctica asesina. De hecho, la contradicción es falsa: el discurso democrático es la máscara que permite la práctica asesina. La república burguesa francesa no traicionó sus principios esa noche; los cumplió a la perfección.

Porque ¿qué es el Estado capitalista si no el comité ejecutivo de los intereses de la clase dominante? Marx lo dijo hace más de un siglo, y el Rainbow Warrior lo confirmó con el estallido de dos cargas explosivas. El Estado francés no actuó como una entidad abstracta, como una institución neutral al servicio del “bien común”. Actuó como lo que es: el guardián armado del capital francés, de su industria militar, de su complejo científico-tecnológico, de su pretensión de ser una “potencia mundial” en un sistema de potencias que solo puede mantenerse mediante la amenaza de aniquilación mutua.

Las pruebas nucleares en Mururoa no eran, como pretendía la propaganda francesa, cuestiones de “seguridad nacional” o “independencia estratégica”. Eran la expresión más monstruosa de la lógica capitalista: la transformación de territorios, océanos, atmósferas y cuerpos en recursos para la acumulación de poder. El atolón de Mururoa no era un lugar; era una víctima. Los polinesios que habitaban esas islas no eran ciudadanos; eran obstáculos. El océano Pacífico no era un ecosistema; era un laboratorio de destrucción. Y cuando Greenpeace intentó interponerse entre el aparato estatal y su objeto de explotación, el Estado respondió con la única respuesta que conoce: la violencia letal.

Laurent Fabius, entonces primer ministro francés, tuvo que reconocer finalmente la responsabilidad del Estado. Pero ¿qué significó ese reconocimiento? Nada. Una disculpa de papel, una indemnización monetaria, un arreglo diplomático bajo la mediación de la ONU. El sistema no se detuvo. Los responsables intelectuales del asesinato —los ministros, los altos mandos militares, los jefes de la DGSE— nunca pisaron una prisión. Dominique Prieur y Alain Mafart, los ejecutores materiales, fueron condenados a diez años en Nueva Zelanda, pero la presión diplomática y económica de Francia los devolvió a suelo francés en poco tiempo. La justicia capitalista es así: castiga al obrero que roba un pan, premia al banquero que saquea un país, y libera al asesino que actúa en nombre del Estado.

El hundimiento del Rainbow Warrior ocurrió en plena Guerra Fría, ese conflicto que los historiadores burgueses presentan como una confrontación ideológica entre “Occidente libre” y “bloque comunista”. Pero la operación de la DGSE revela la mentira de ese relato. La verdadera Guerra Fría no era una contienda entre sistemas opuestos; era una competencia entre facciones del mismo sistema capitalista mundial por el control de esferas de influencia, recursos naturales y mercados.

Francia, al desarrollar su propio arsenal nuclear, no buscaba “libertad” contra la “tiranía soviética”. Buscaba independencia dentro del campo imperialista occidental. No quería depender de la protección nuclear estadounidense porque quería mantener su propia capacidad de extorsión, su propio poder de chantaje, su propia participación en el reparto del mundo. Las pruebas en Mururoa eran, en última instancia, una manifestación de la competencia intercapitalista: cada potencia necesitaba demostrar que podía destruir el planeta para ser tomada en serio en la mesa de negociaciones.

Greenpeace, al oponerse a las pruebas nucleares, no solo desafiaba a Francia. Desafiaba la lógica misma del sistema de potencias capitalistas. Por eso la respuesta no vino solo de Francia. La indiferencia de Estados Unidos, el silencio de la OTAN, la cobertura mediática que relativizó el asesinato —todo el aparato ideológico del mundo occidental funcionó para contener el escándalo, para presentarlo como un “incidente”, como un “exceso”, como algo que no cuestionaba la legitimidad fundamental del sistema.

Pero el sistema sí se cuestionaba a sí mismo, aunque no lo supiera. La operación de la DGSE fue un acto de desesperación. Un Estado “democrático” no hunde barcos de activistas pacíficos si se siente seguro. Lo hace cuando siente que su legitimidad se resquebraja, cuando sabe que el discurso ya no engaña, cuando comprende que la única forma de mantener el control es mediante la fuerza bruta. El hundimiento del Rainbow Warrior fue, en ese sentido, una confesión: el capitalismo occidental admitiendo, con dos explosiones, que ya no podía gobernar mediante el consenso, que necesitaba el terror.

No se trata solo de una contradicción entre “crecimiento económico” y “sostenibilidad ambiental”. Se trata de que el capitalismo es, por su propia naturaleza, un sistema de guerra contra la naturaleza. La mercancía no surge de la cooperación armónica con los ecosistemas; surge de la apropiación violenta, de la transformación forzada, de la destrucción de equilibrios milenarios.

Las pruebas nucleares en Mururoa encapsulan esta lógica en su forma más extrema. El capitalismo no contento con explotar el trabajo humano hasta la extenuación, no contento con saquear los recursos naturales hasta el agotamiento, necesita también transformar el átomo en instrumento de destrucción. Necesita demostrar que puede romper las leyes más fundamentales de la materia, que puede liberar energías que la evolución milenaria había contenido, que puede convertir la vida misma en un campo de pruebas para su poder.

Mururoa no fue una excepción. Fue la regla llevada a su paroxismo. El capitalismo industrial ha convertido el planeta entero en un Mururoa: los océanos llenos de plástico, la atmósfera saturada de carbono, los bosques convertidos en desiertos, los ríos en cloacas. La diferencia es solo de escala y de velocidad. La bomba atómica es la mercancía perfecta del capitalismo tardío: destruye todo valor de uso, crea solo destrucción, y sin embargo exige una inversión colosal, una industria gigantesca, una burocracia científica y militar que justifica su existencia mediante la perpetua amenaza del apocalipsis.

Greenpeace representaba, en este contexto, una contradicción que el sistema no podía tolerar. No porque fuera una amenaza militar —un barco de madera contra el arsenal nuclear francés era, en términos materiales, ridículo— sino porque representaba la posibilidad de que la resistencia popular pudiera interponerse entre el capital y su objeto de explotación. Si unos activistas con cámaras fotográficas podían detener, aunque fuera temporalmente, una prueba nuclear, entonces el mito de la invencibilidad del sistema se resquebrajaba. Y el mito es fundamental para el capitalismo: necesita que sus víctimas crean que la resistencia es imposible, que la alternativa no existe, que el sistema es tan natural como la gravedad.

El hundimiento del Rainbow Warrior fue, por tanto, un acto de pedagogía terrorista del Estado. El mensaje era claro: quien se interponga entre el capital y su objetivo será destruido. No importa si es pacífico. No importa si es legal. No importa si es visible. El sistema tiene el monopolio de la violencia legítima, y ese monopolio lo ejerce sin restricciones cuando sus intereses fundamentales están en juego.

Guy Debord, en “La sociedad del espectáculo”, nos enseñó que en el capitalismo tardío la imagen reemplaza a la realidad, que la representación se convierte en el único terreno de la lucha política. El caso del Rainbow Warrior es un laboratorio perfecto para verificar esta tesis, pero también para ir más allá de ella.

Francia hundió el barco para eliminar una plataforma de protesta. Pero al hacerlo, creó un espectáculo mucho más poderoso que cualquier acción de Greenpeace podría haber generado. Fernando Pereira no murió en vano en el sentido más cínico del término: su muerte fue transformada en imagen, en símbolo, en narrativa que recorrió el mundo. El capitalismo, al recurrir a la violencia directa, demostró que el espectáculo pacífico de la protesta ambientalista era más peligroso de lo que pensaba, y respondió con un espectáculo de violencia que, irónicamente, confirmó todos los argumentos de sus adversarios.

Pero aquí debemos ser cuidadosos. No podemos caer en la ilusión de que la “visibilización” es suficiente, de que la “conciencia” transformará el sistema. El capitalismo ha demostrado una capacidad asombrosa para absorber la crítica, para mercantilizar la resistencia, para convertir al rebelde en icono de moda. El Rainbow Warrior hundido se convirtió en símbolo, sí, pero ¿de qué sirve un símbolo si el sistema que lo hundió sigue intacto?

La respuesta no está en renunciar a la lucha simbólica, sino en comprender que la lucha simbólica solo tiene sentido como momento de una lucha más amplia, material, que cuestione las bases mismas del sistema. El error de cierto ambientalismo liberal es creer que la “conciencia pública” puede reformar al capitalismo. La historia del Rainbow Warrior demuestra lo contrario: el capitalismo solo responde a la fuerza, y cuando la fuerza es solo simbólica, la responde con fuerza real —con explosiones, con asesinatos, con terrorismo de Estado.

El silencio cómplice de la “comunidad internacional” ante el hundimiento del Rainbow Warrior merece un análisis detallado. ¿Dónde estaban las condenas de la OTAN? ¿Dónde las sanciones de la Unión Europea? ¿Dónde la indignación de los gobiernos “democráticos” occidentales?

No hubo condenas porque no había interés en condenar. El imperialismo occidental funciona como una red de complicidades mutuas. Francia podía asesinar a un activista en aguas neozelandesas porque era miembro del club, porque compartía los mismos intereses estratégicos, porque la solidaridad de clase entre las burguesías imperialistas es más fuerte que cualquier retórica sobre “derechos humanos” o “estado de derecho”.

La ONU, ese organismo que los liberales presentan como árbitro neutral del orden internacional, funcionó como lo que es: un instrumento para gestionar conflictos entre potencias sin alterar el sistema fundamental. El arbitraje de la ONU no castigó a Francia; le dio una salida diplomática. No reparó el daño; lo monetizó. No impidió futuras atrocidades; las legitimó mediante la negociación.

Este es el rostro real del “internacionalismo” burgués: no la solidaridad entre los pueblos, sino la coordinación entre los Estados para mantener el orden capitalista mundial. Cuando ese orden se ve amenazado, ya sea por un barco de activistas o por una revolución popular, la “comunidad internacional” muestra sus dientes. Pero cuando un Estado miembro del club comete un crimen, la “comunidad internacional” cierra filas, relativiza, negocia, olvida.

Nueva Zelanda, al radicalizar su política antinuclear tras el atentado, es a menudo presentada como un ejemplo de “resistencia democrática” al imperialismo. En 1987 aprobó legislación que prohibía la entrada de buques nucleares, una decisión que efectivamente la excluyó del alineamiento militar con Estados Unidos.

Pero debemos ver esta “resistencia” en su contexto adecuado. Nueva Zelanda no dejó de ser capitalista. No dejó de ser un Estado burgués. No dejó de participar en el sistema mundial de comercio e intercambio desigual. Lo que hizo fue ajustar su política exterior dentro de los márgenes que el sistema le permitía, utilizando el escándalo del Rainbow Warrior para ganar legitimidad interna y diferenciarse en el escenario mundial.

La prohibición de buques nucleares no fue un acto revolucionario; fue un acto de diplomacia burguesa que, aprovechando el momento, fortaleció la posición negociadora de Nueva Zelanda frente a las potencias imperialistas. Y aun así, ese acto relativamente moderado fue suficiente para provocar tensiones con Estados Unidos, para demostrar que el imperio no tolera ni la más mínima desviación de su disciplina militar.

El caso de Nueva Zelanda ilustra, por tanto, los límites de la “resistencia” dentro del sistema capitalista. Puede haber ajustes, reajustes, negociaciones de márgenes. Pero no puede haber una ruptura real sin una transformación estructural que ponga en cuestión la propiedad privada de los medios de producción, la división internacional del trabajo, y el sistema de Estados que garantiza el dominio del capital sobre el planeta.

El capitalismo es en sí mismo, una gigantesca máquina de guerra que ha perfeccionado el arte de Sun Tzu hasta extremos que el general chino no podía imaginar.

“Toda guerra se basa en el engaño”, decía Sun Tzu. El capitalismo ha elevado el engaño a principio constitucional. Engaña sobre sus objetivos: dice “desarrollo” y significa “explotación”. Dice “libertad” y significa “sumisión al mercado”. Dice “democracia” y significa “dictadura del capital”. Dice “derechos humanos” y significa “derechos de propiedad”.

“La victoria más excelsa consiste en vencer sin combatir”. El capitalismo ha perfeccionado esta estrategia mediante la ideología, la cultura, la educación, los medios de comunicación. La mayoría de las víctimas del capitalismo no son asesinadas por bombas de la DGSE; son asesinadas por la pobreza estructural, por la contaminación ambiental, por la negación de atención médica, por la explotación laboral hasta la muerte. La violencia estructural mata más que la violencia directa, y lo hace de forma invisible, normalizada, “natural”.

Pero cuando el engaño falla, cuando la ideología ya no funciona, cuando la resistencia se vuelve visible e incómoda, el capitalismo recurre a la violencia directa sin el menor escrúpulo. El hundimiento del Rainbow Warrior fue uno de esos momentos de revelación: el momento en que la máscara cayó y el sistema mostró su verdadero rostro. No fue un error estratégico de Francia; fue una necesidad estructural del capitalismo cuando sus mecanismos habituales de control se revelaron insuficientes.

Fernando Pereira no era un revolucionario en el sentido clásico del término. Era un fotógrafo, un trabajador de los medios de comunicación, un hombre que creía que documentar la realidad podía transformarla. Su error —si es que podemos llamarlo así— fue creer que el sistema respetaría su labor pacífica, que la cámara lo protegería como lo protege al periodista burgués que cubre los “excesos” sin cuestionar la estructura.

Pereira murió porque el sistema no distingue entre reforma y revolución cuando se trata de sus intereses fundamentales. Para el capitalismo, todo aquello que obstaculiza la acumulación es enemigo, y el enemigo debe ser eliminado. No importa si lleva una cámara o un fusil; no importa si habla de “protección ambiental” o de “socialismo”; no importa si es pacífico o violento. Lo que importa es que representa una interrupción del flujo de la mercancía, del ciclo de la explotación, del ritmo de la acumulación.

Su muerte no fue en vano en el sentido de que reveló, con una claridad que ningún discurso podía alcanzar, la naturaleza violenta del sistema. Pero tampoco podemos caer en el fetichismo de la víctima, en la ilusión de que el martirio por sí solo transforma la realidad. Los mártires solo tienen sentido si su sacrificio alimenta una lucha colectiva, si su memoria se convierte en combustible para la organización, si su nombre se inscribe en una genealogía de resistencia que no se detiene ante la represión.

Fernando Pereira fue asesinado por el capitalismo francés. Pero el capitalismo francés no es una entidad autónoma; es una facción del capitalismo mundial. Y ese capitalismo mundial sigue operando, sigue explotando, sigue matando. Cada año, millones de personas mueren por causas atribuibles al sistema capitalista: hambre evitable, enfermedades curables, guerras por recursos, desastres ambientales provocados. Pereira es uno más en esa lista interminable de víctimas. Su singularidad radica en que su muerte fue visible, documentada, escandalosa. La mayoría de las víctimas del capitalismo mueren en la invisibilidad, sin cámaras, sin testigos, sin “comunidad internacional” que se indigne.

Greenpeace, la organización a la que Pereira servía, merece una crítica que no puede ser simplista. No podemos negar su coraje, su dedicación, su capacidad para poner en evidencia las atrocidades del sistema. Pero tampoco podemos ignorar sus límites estructurales.

Greenpeace es, en última instancia, una ONG. Y las ONG, por más radicales que parezcan en sus acciones, funcionan dentro de los límites del sistema que critican. Dependen de donaciones —es decir, del capital privado— para operar. Su estructura organizativa reproduce la división entre “activistas profesionales” y “simpatizantes pasivos”. Su estrategia se basa en la “visibilización” de problemas que el sistema puede, en muchos casos, absorber y neutralizar mediante reformas cosméticas.

El hundimiento del Rainbow Warrior no transformó a Greenpeace en una organización revolucionaria. Al contrario: la convirtió en un símbolo que el propio sistema pudo apropiar. El nuevo Rainbow Warrior, financiado con donaciones internacionales, navega por los océanos como un monumento a la resistencia que el sistema logró contener. La memoria de Pereira es celebrada, pero no como llamado a la revolución; como recordatorio de que “incluso en democracia hay que vigilar”, como advertencia de que “los Estados pueden cometer errores”, como justificación para seguir donando, firmando peticiones, votando por partidos “verdes”.

La crítica no es a Greenpeace como conjunto de personas dedicadas y valientes. La crítica es a la ilusión de que el sistema puede ser reformado desde dentro, de que la “presión ciudadana” puede doblegar al capital, de que la “conciencia pública” es un agente histórico suficiente. El hundimiento del Rainbow Warrior demostró exactamente lo contrario: cuando la presión ciudadana se vuelve efectiva, el sistema responde con violencia. Y si la respuesta a esa violencia es más presión ciudadana, más peticiones, más donaciones a ONG, el sistema ha ganado. Porque ha absorbido la resistencia en su propio terreno, ha convertido la rebeldía en gestión, la indignación en espectáculo.

Es hora de abandonar la ilusión de que la guerra es una anomalía del sistema capitalista, un “exceso” que puede ser corregido mediante instituciones internacionales, tratados de paz, o “diálogo constructivo”. La guerra no es una falla del capitalismo; es su condición de posibilidad. El capitalismo necesita la guerra: para destruir excedentes de producción, para abrir nuevos mercados, para apropiarse de recursos, para disciplinar a la fuerza de trabajo, para justificar la existencia del aparato represivo del Estado.

La Guerra Fría no terminó; mutó. El colapso de la Unión Soviética no trajo la paz; trajo nuevas guerras imperialistas en el Golfo, en los Balcanes, en Afganistán, en Irak, en Libia, en Siria. La competencia entre potencias capitalistas no desapareció; se intensificó bajo nuevas formas. La carrera armamentística no cesó; se diversificó hacia nuevas tecnologías de destrucción. Y la amenaza nuclear, lejos de desaparecer, se ha multiplicado con la proliferación de arsenales y la ruptura de tratados de control.

El hundimiento del Rainbow Warrior fue un episodio de esta guerra permanente. No fue un “incidente” aislado; fue la expresión de una lógica que continúa operando. Hoy, cuando hablamos de “cambio climático”, de “crisis ambiental”, de “sexta extinción”, estamos hablando de las consecuencias de esta misma guerra: la guerra del capital contra la naturaleza, que no puede terminar sino con la victoria total del capital —es decir, con la destrucción de las condiciones de vida en el planeta— o con la derrota del capital mediante una transformación revolucionaria del sistema.

Si el capitalismo es inherentemente antiecológico, si la acumulación de capital es inseparable de la destrucción de la naturaleza, entonces la ecología que se limita a reformar el sistema es una ecología condenada al fracaso. Necesitamos una ecología revolucionaria que comprenda que la liberación de la naturaleza pasa por la liberación de la humanidad del yugo del capital, y que la liberación de la humanidad requiere la superación de la relación de dominación sobre la naturaleza que el capitalismo ha instituido.

Esta ecología revolucionaria no puede ser una mera adición de “preocupación ambiental” a los programas de los partidos socialdemócratas o “verdes”. Debe ser una reconstrucción fundamental de cómo producimos, cómo distribuimos, cómo consumimos, cómo nos relacionamos con el mundo no humano. Debe implicar la socialización de los medios de producción, la planificación democrática de la economía, la abolición de la propiedad privada de los recursos naturales esenciales, y la construcción de una sociedad donde la satisfacción de las necesidades humanas sea compatible con la regeneración de los ecosistemas.

El hundimiento del Rainbow Warrior debe recordarnos que esta transformación no será pacífica, no será gradual, no será concedida desde arriba. El sistema que hunde barcos para proteger sus pruebas nucleares no se disolverá mediante peticiones. El Estado que asesina fotógrafos no se transformará mediante votos. La clase dominante que ha convertido el planeta en un campo de batalla no renunciará voluntariamente a sus privilegios.

Recordar al Rainbow Warrior no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto político. Es afirmar que la memoria de Fernando Pereira, de su cámara, de su barco, de su causa, no ha sido absorbida por el espectáculo. Es afirmar que hay algo en ese episodio que el sistema no pudo neutralizar, algo que resiste la mercantilización, algo que sigue ardiendo bajo la superficie de la normalidad capitalista.

Pero la memoria solo es arma si se convierte en organización. Si se traduce en lucha. Si se conecta con las luchas actuales contra el extractivismo, contra el cambio climático, contra la militarización de los territorios, contra la impunidad de los Estados. La memoria del Rainbow Warrior no puede ser propiedad de Greenpeace, ni de Nueva Zelanda, ni de la “comunidad internacional”. Debe ser patrimonio de todos aquellos que luchan por un mundo donde no sea necesario hundir barcos para proteger la vida.

El Rainbow Warrior fue hundido, pero el arcoíris —ese símbolo de esperanza, de diversidad, de promesa después de la tormenta— sigue siendo posible. No el arcoíris de la reconciliación burguesa, no el arcoíris de la “convivencia pacífica” entre capital y naturaleza, no el arcoíris de las ONG que negocian con las transnacionales. El arcoíris de una sociedad que ha superado la lógica de la acumulación, que ha abolido la propiedad privada de los medios de producción, que ha democratizado el control de la tecnología, que ha reconciliado a la humanidad con la naturaleza no mediante la dominación sino mediante la cooperación.

Ese arcoíris no aparecerá por sí solo. No es el resultado inevitable de la historia. Es una posibilidad que debe ser construida, conquistada, defendida. Y la construcción de esa posibilidad requiere que recordemos no solo a Fernando Pereira, sino a todos los mártires del capitalismo: a los asesinados por la policía en las calles, a los muertos en las fábricas, a los exterminados en las guerras imperialistas, a los eliminados por el hambre estructural, a los sacrificados en los altares del crecimiento económico.

El hundimiento del Rainbow Warrior no fue un accidente de la historia. Fue un acto de guerra en una guerra que continúa. Y en esa guerra, no hay neutralidad posible. O estás del lado del capital, con sus bombas, sus pruebas nucleares, sus Estados asesinos, su destrucción del planeta. O estás del lado de la vida, con sus barcos de madera, sus cámaras fotográficas, su resistencia obstinada, su negativa a rendirse ante la evidencia aparente de la invencibilidad del sistema.

Fernando Pereira eligió su lado con su cuerpo, con su regreso al camarote, con su muerte. Nosotros elegimos nuestro lado con nuestras acciones, cada día, en cada lucha, en cada momento de decisión. Que la memoria del Rainbow Warrior nos recuerde que esa elección no es abstracta, que tiene consecuencias materiales, que el sistema no perdona a quienes se interponen en su camino, pero que tampoco puede vencer si la resistencia se vuelve masiva, organizada, determinada.

El capitalismo hundió un barco. Pero no pudo hundir la posibilidad de otro mundo. Esa posibilidad sigue navegando, contra viento y marea, hacia un horizonte que solo podemos vislumbrar, pero que sabemos posible porque la alternativa —la continuación del sistema actual— es la muerte colectiva.

Que el Rainbow Warrior hundido sea, por tanto, no un monumento al pasado, sino una brújula para el futuro. No un símbolo de derrota, sino una promesa de lucha. No una memoria para contemplar, sino un grito para actuar.

El arcoíris sigue allí, después de la tormenta. Pero la tormenta no ha terminado. Y la lucha por hacer visible ese arcoíris, por construir el mundo que lo haga posible, es la tarea que el hundimiento del Rainbow Warrior nos legó.

No en nombre de la paz que el capitalismo ofrece —esa paz de cementerios y campos de concentración— sino en nombre de la paz que solo la justicia social y la armonía con la naturaleza pueden garantizar.

No en nombre de la democracia que el capitalismo simula —esa democracia de urnas y publicidad— sino en nombre de la democracia real, la de los consejos obreros, la de las asambleas populares, la del control colectivo de la vida social.

No en nombre del desarrollo que el capitalismo impone —ese desarrollo de la destrucción— sino en nombre del desarrollo humano integral, compatible con la regeneración de la tierra que habitamos.

El Rainbow Warrior fue hundido el 10 de julio de 1985. Pero el guerrero que representaba —el guerrero de la resistencia, del arcoíris, de la vida contra la muerte— sigue combatiendo. Y en esa batalla, no hay espectadores. Solo combatientes.

Que Fernando Pereira, y todos los caídos en la guerra permanente del capital contra la humanidad y la naturaleza, no sean solo recordados, sino vengados. No con más violencia, sino con la única venganza que tiene sentido: la construcción de un mundo donde su sacrificio no sea necesario, donde los barcos de la resistencia no sean hundidos, donde los fotógrafos de la verdad no sean asesinados, donde el arcoíris brille no como promesa lejana sino como realidad presente.

Hasta la victoria siempre.

“El capitalismo lleva la guerra como las nubes llevan la tormenta.” — Jean Jaurès

“No hay camino para la paz, la paz es el camino.” — Mahatma Gandhi

Pero Gandhi no vivió para ver que en el capitalismo no hay camino para la paz porque el capitalismo es la guerra. La paz solo será posible cuando el capitalismo sea superado. Hasta entonces, resistir es existir. Luchar es vivir. Y recordar a los caídos es comprometerse con los que vienen.

Tito Ura, analista y autor en diferentes medios alternativos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.