El gasto militar ha experimentado en los últimos años un notable aumento. Dato a tener en cuenta para una correcta valoración de esta tendencia: si bien se ha intensificado en los últimos años, dicho aumento se ha producido con los dos gobiernos de coalición (periodo 2020/2025); el primero, integrado por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Podemos e Izquierda Unida, y el segundo por el PSOE y Sumar.
Según la información suministrada por el Instituto Internacional de Estocolmo de Investigaciones para la Paz (SIPRI), en 2025 el gasto militar medido en dólares corrientes alcanzó el 2,13% del Producto Interior Bruto (el 1,22% en 2019), superando los 40 mil millones de dólares, lo que supone un aumento muy importante con respecto a 2019, el 134%.


Una trayectoria alcista que, sin duda, hubiera merecido un debate en profundidad en el Parlamento, que, sin embargo, no se ha producido (estoy hablando de mucho más que una comparecencia aislada y simbólica del presidente del Gobierno), y menos aún entre la ciudadanía, que, simplemente, a pesar de su enorme trascendencia, no ha existido. Tampoco cabe esperar un debate sobre lo hablado y acordado en la última cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) celebrada en Ankara (Turquía), donde todos los países se han comprometido a intensificar ese gasto, para aproximarse al 5% exigido por Estados Unidos y el cada vez más fuerte complejo militar/industrial.
Este debate –que, insisto, ni está ni se le espera– se encuentra lastrado por unos apriorismos que en mi opinión resultan inaceptables y que condicionan absolutamente la hoja de ruta a seguir. A destacar de manera breve tres.
El primero de ellos es considerar que Europa se encuentra crecientemente amenazada por el expansionismo militar ruso, cuando en realidad la invasión de Ucrania se explica en gran medida por la actitud hostil y provocadora de la OTAN, Estados Unidos y algunos países europeos, que mucho antes de que las tropas rusas cruzaran la frontera ucraniana habían cerrado todos los puentes de diálogo con el Kremlin, reafirmando su intención de desplegar en la frontera con Rusia armamento ofensivo y abriendo la puerta a la integración de ese país en la organización atlántica. Y cuando Alemania, el Reino Unido y otros países europeos están instalados en la lógica de que, con su implicación logística y en el terreno (que ya existe y que se va a intensificar) la guerra contra Rusia se puede y se debe ganar militarmente, cerrando de esta manera la puerta a una solución negociada en la que Europa tendría la oportunidad de desempeñar un papel central.
El segundo de los supuestos que justificaría el aumento del gasto militar consiste en situarlo como un pilar fundamental de la reestructuración y modernización productiva de las economías europeas. Esta línea de razonamiento, a la que se otorga una relevancia creciente, se sitúa mucho más allá del apoyo militar a Ucrania. Está instalada en el supuesto –falso, en mi opinión– de que el esfuerzo militar tendría efectos positivos en la actividad inversora, la innovación tecnológica, la productividad y el empleo, por lo que no sólo habría que intensificarlo por una urgencia coyuntural, la amenaza rusa, sino mantenerlo en niveles elevados dada su dimensión estratégica en la economía.
El tercer supuesto –falso como los dos precedentes- es que el fortalecimiento de Europa como proyecto pasa por el aumento del gasto militar, tanto el realizado por los países como, sobre todo, el acometido a escala europea que debería aumentar sustancialmente. Esta línea de razonamiento cierra el camino a un análisis más riguroso sobre las debilidades sociales y productivas europeas, que, con toda seguridad, se harán más pronunciadas con el aumento del gasto militar.
Y hay algo más, siguiendo la lógica propuesta en este diagrama, que sería necesario incorporar a los razonamientos anteriores.

En el mismo se plantea la necesidad de situar el debate sobre el gasto militar en un contexto discursivo más amplio. Con esta perspectiva, habría que comenzar por identificar la problemática y las necesidades que enfrenta la economía y la sociedad. Un debate que debería cristalizar en identificar las prioridades y definir los objetivos económicos, sociales y medioambientales, y, con esa perspectiva, valorar los recursos disponibles e identificar los actores que darían consistencia a ese proceso, estableciendo finalmente los plazos en los que se pretende llevar a cabo ese plan. Sólo en ese marco cabría especificar los objetivos de política económica a acometer.
Me parece obvio que ni se puede ni se debe entrar en el debate sobre el gasto militar sin integrarlo en un espacio analítico más amplio como el dibujado en el diagrama.
Porque los objetivos de crear empleo de calidad con salarios decentes, la reducción de la pobreza y la desigualdad, garantizar el derecho a la vivienda, la lucha contra el cambio climático y la destrucción de los ecosistemas, la transformación del modelo productivo en clave de equidad y sostenibilidad… colisionan claramente con la dinámica militarista, en absoluto son complementarios. También porque esa dinámica reforzará los perfiles más regresivos del denominado proyecto europeo, y porque, cada vez más, el Estado, sus recursos, políticas y marcos regulatorios, constituyen un espacio de disputa estratégica donde los defensores de lo público se encuentran en una posición de inferioridad… y el gasto militar intensifica esa disputa.
Y la clave de todo, trascendental para sentar las bases de una izquierda valiente y transformadora. El proceso que acabo de describir sucintamente presenta una carga política y social muy importante. De hecho, debería ser una pieza clave de la movilización de las clases populares, y por eso mismo no puede dejarse en manos de los “técnicos” ni de las cúpulas de los partidos o las instituciones.
Fuente: https://www.lamarea.com/2026/07/13/aumento-gasto-militar/


