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El carajal de El Tarajal

Fuentes: Naiz

Llama la atención la tranquilidad con la que los tertulianos de radio y televisión opinan sobre la razón por la que 60 000 jóvenes marroquíes un día se despertaron, casualmente, con la coincidente idea de cruzar la frontera ceutí. Según unos, la locura de la política inmigratoria de Sánchez invadió repentinamente esos miles de jóvenes cabezas; según otros, la culpa es del TS, por declarar no susceptibles de expulsión a los llegados por mar… 

Pues, creo que no. Lo ocurrido responde al enfado del sátrapa marroquí, por la reciente visita de Sánchez a Argelia y consiguiente declaración de «país amigo». Entre otras varias pruebas, lo demuestra la inmediata manifestación de Albares (promotor del cambio promarroquí respecto al Sáhara) de que Mohamed VI no tenía nada que ver y de que son inmejorables las relaciones entre los dos países. Pues…, mal andamos si se mantienen inmejorables relaciones con una satrapía en la que nada se puede decir, hacer o pensar, si no se tiene el visto bueno del dictador, satrapía en la que «elecciones democráticas» significa «arreglaos para que, como siempre, gane el partido del palacio real», y en la que la cuenta corriente del Señor engorda hasta la hiperobesidad, mientras sus ciudadanos se buscan la vida en Europa, si no la han perdido en el mar. 

La participación del rey la demuestra también la inmediata aparición en escena del más impresentable de los neofascistas, Trump, amigo interesado de Marruecos (empresas estadounidenses en pesca, fosfatos y prospecciones petrolíferas en el Sáhara ocupado; siempre buscando dinero, incluso, si lo aporta un genocidio), diciendo que la culpa es de la política ultraizquierdista de Sánchez. 

Esta es la situación real: un déspota que vive a tiro de piedra de Gibraltar (no es verdad, porque vive casi todo el año entre París y la ciudad donde habite el amante de turno) chantajea a la UE, especialmente a España. Y, por cerrar el paso a inmigrantes africanos, recibe subvenciones y material militar (que también usa para reprimir a los saharauis que viven en el territorio ocupado). Su forma preferida de cumplir lo pactado es llevar a los inmigrantes al desierto del Sáhara y dejarlos allí con un litro de agua. Los huesos humanos que el sol quema en la arena dan fe de que cumple su misión. Pero, además, se le permite ordenar a su policía mirar para otro lado o, incluso, colaborar con las mafias, cuando tiene que manifestar enfado porque alguien en España ha dicho o hecho algo «inconveniente» respecto al Sáhara o a la Argelia defensora de los derechos saharauis. 

A propósito de mafias. El presidente español ha querido explicar la entrada de esos 60 000 marroquíes en Ceuta diciendo que se trata de una nueva actuación de la mafia que trafica con personas. La mafia, señor Sánchez (y dejamos a un lado que la verdadera ha vivido y sigue viviendo opulentamente en Europa de lo que ha explotado y sigue explotando a África) opera con pequeños grupos de emigrantes, a los que cobra el viaje en una lancha de bolsillo que les vende. Hay que tener una pésima consideración del estado mental de sus ciudadanos para decirles que la mafia moviliza, de manera sincronizada, a tal increíble cantidad de marroquíes (que viven en los alrededores de Ceuta), para que naden unos cientos de metros hasta El Tarajal. ¿Qué capacidad tiene que poseer una mafia (macromafia) para lanzar al mar a la misma hora a decenas de miles de personas? ¿Para qué necesitan estas una mafia, si no reciben nada de ella? ¿No parece, más bien, que la policía marroquí hace correr la noticia de que se va a tomar un día de vacación? 

El señor Sánchez sabe bien que el mafioso se asienta en un lujoso palacio de Rabat (no es verdad, porque casi todo el año suele asentarse entre París y la ciudad donde viva el amante de turno: no le gusta vivir cerca de súbditos pobres). E incluso sabe bien que hay que poner buena cara ante sus enfados. Veinte siglos después de que Europa fijara el Derecho en la condición de vivir honestamente sin hacer daño a los demás, llegamos a considerar conveniente arrodillarnos ante los tiranos, los usurpadores y los genocidas. Los llamamos «veinte siglos de progreso». 

Un recuerdo para los cincuenta jóvenes a los que el capricho de su rey les ha costado la vida. 

Mahjub Mohamed Salem, refugiado saharaui.

Fuente: https://www.naiz.eus/es/iritzia/articulos/el-carajal-de-el-tarajal