Son pocas las cosas que un ciudadano de a pie del mundo puede agradecerle a Donald Trump; él, que nos mantiene sumidos en la incertidumbre de un sistema de gobernanza mundial en el completo caos, hace subir el precio de los combustibles por su guerra en Medio Oriente, transformado en genocida en Gaza; él, que amenaza a moros y cristianos con aranceles a sus productos de exportación o quien pergeña a la ultraderecha para acceder a los gobiernos latinoamericanos.
Pero, hay algo que sí cuenta a su favor y es una mentira que se mantuvo soterraña pero que ahora él la hace evidente: los Estados Unidos de América han sido y son un país imperialista que vive del fagocitar a otras naciones, mantener un estatus de súper potencia a costa de los pueblos, rentabilizarlos por sus recursos naturales y la plusvalía de su trabajo.
Durante varias décadas los EE.UU. mantuvieron la fachada de la democracia como un acuerdo civilizatorio, los derechos humanos como piedra fundamental de la modernidad liberal, el libre comercio entre las naciones, la libertad de circulación por los océanos. Ahora bajo su mandato, cualquier persona, incluso quienes comulgan con las ideas de derecha y el mercado como rector de la sociedad, no pueden escapar a la realidad del matonaje, al abuso como forma de coerción abierta de la potencia que sobrevive en las postrimerías de su supremacía y de la hegemonía mundial.
El líder reaccionario del mundo se sacó la careta al igual que cayó de sus socios geopolíticos, los neoliberales lo son si es que les conviene, cuando la globalización no les es útil, se alejan, buscando nuevas formas de mantener su estatus y la ganancia corporativa como leitmotiv de su existencia.
Por años solventaron la idea de la disminución del tamaño del Estado para que prevalezca la potencia del dinero como instigador de los impulsos sociales, pero ahora ven en el propio Estado la única fuerza capaz de mantenerlos en el poder imperial. Sin la energía de éste, quedan huérfanos de poder, a merced de los avatares de la historia que hasta hace poco habían abolido. Intentan fortalecerlo usando la ínclita magia de la tecnología, algoritmos que controlan a las poblaciones para aceptar lo que va en contra de sus propios intereses, para enfrentar a los pueblos entre ellos en guerras interminables, mientras, se abanican con la desgracia de los que sufren.
La máxima plusvalía que se le puede sacar a una persona es la propia vida cuando el Estado la toma para conducirle a la batalla, ya no es el valor de tu trabajo al que aspiran, sino que, a tu propia existencia rendida para el éxito de los millonarios; no los valores patrios exangües, más bien el orgullo de contribuir al patrimonio del súper rico que más te simpatice. No en vano los medios corporativos hacen ditirambos sobre los grandes magnates tecnológicos, los que esperan pasar de colaboradores desde sus empresas ultra rentables a protagonistas del liderazgo imperial; conducir al campo de guerra a las huestes cibernéticas y a los miserables controladores de drones que son el blanco predilecto de retaliación de los ejércitos. No muy diferente a lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial con los operadores de la ametralladora MG 42 alemanas, que se convirtieron en el centro de la actividad enemiga, siendo, porcentualmente, unas de los números más altos de bajas de la Wehrmacht.
La apuesta por controlar la sociedad desde la acumulación de capital ven que es insuficiente cuando enfrentan a países que han construido sus fortalezas y simbolismos usando al Estado como garante de la planificación, la cohesión social y la visión de futuro de sus naciones.
Su dependencia del Estado queda desenmascarada cuando declaman que llevarán a niveles récord el presupuesto militar que pagan todos los ciudadanos estadounidenses con sus impuestos. Sin embargo, su forma de producción basada en la ganancia privada ha quedado de manifiesto como un engaño, ya que no han sido capaces de producir suficientes misiles, bombas y drones para siquiera derrotar a Irán, teniendo que pasar a una guerra financiera total llamada “Paria o Día D Económico”.
Su sistema de producción del complejo fabril/militar ha quedado devaluado por la realidad, las artimañas para obtener mayor rentabilidad de los pagos del Estado los muestran como una sociedad corrompida por la ganancia sin capacidad para disputar guerras de carácter industrial.
Por supuesto que en este estado de las cosas se vuelven impredecibles por la desesperación, no es casual que la excongresista republicana Marjorie Taylor Greene alertara que el gobierno de Estados Unidos analiza reducir el umbral para usar armas nucleares contra Irán. Pero la propia mención de Taylor ayuda a crear la idea de que cualquier arma es posible de ser empleada, ayudando a mantener la idea de que las bravatas de Trump puedan tener algún sustento en la realidad. En el caso ruso, esa labor la ha llevado a cabo Sergey Karaganov con su propuesta de ataque nuclear preventivo, como una forma de revalidar la disuasión nuclear como creíble.
Los anarquistas preconizaban la lucha contra el Estado considerándolo la encarnación de los males sociales. Los marxistas vieron en la toma del poder estatal la forma de eliminar las clases sociales para una vez conseguido, abolir el Estado. Los neoliberales querían reducir la fuerza del Estado al mínimo, para un total control del mercado donde reine sin contrapeso el capital.
En un mundo donde la mayoría de las veces la competencia real entre oferentes de productos y servicios es escasa o nula, donde los cárteles o monopolios es lo normal, los neoliberales se percatan de que el control del Estado es donde radica su verdadera fortaleza. La entelequia de un Estado jibarizado al máximo solamente tiene valor a la hora de la posibilidad de extraviar el control de éste, perder el poder económico o ser derrotados por propuestas políticas radicales que cuestionan la finalidad del Estado, alternativa que hoy se ve lejana al no estar en las mentes o el espíritu de los partidos con real poder electoral. El capitalismo es visto en occidente como una fuerza inamovible, como parte del paisaje natural.
En los países donde el Estado está controlado por gobiernos reaccionarios, enemigos de la clase trabajadora, se debe luchar por tomar el control de éste, como una forma de instaurar la democracia real, donde las acciones del aparato central de gobierno estén dirigidos a solucionar los problemas de las mayorías.
En la generalidad de los países del mundo se cobran impuestos al consumo, el IVA (Impuesto al Valor Agregado), es por esto por lo que el Estado pertenece hasta el más pobre de los ciudadanos, el que gasta todo lo que recibe como ingreso en la subsistencia al pagar los servicios básicos y su alimentación. Por lo mismo, no pueden coexistir dos tipos de ciudadanos: los que más contribuyen con los que menos, desde un punto de vista porcentual, siempre será el pobre quien más aporta.
La batalla política será persistentemente por controlar el Estado, esto mantiene a la lucha de clases como una categoría actual, la condición fundamental del poder de las naciones radica en la fuerza que da el mantener la supremacía sobre la dirección de para qué y en qué se utiliza el Estado.
El engaño neoliberal ha quedado desmontado por la boca y actos del líder imperial, sin embargo, lo evidente de la contradicción es subsanada con subterfugios tecnológicos y el poder del dinero que mantienen aún en pie a la derecha como garante de la seguridad y el desarrollo.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


