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El surco y el jornal

Fuentes: Rebelión

Crónica de una inmigrante indocumentada que trabaja como jornalera en California, Estados Unidos.

Rosa trata de acomodarse la bolsa de nylon llena de naranjas que tiene colgada de la espalda, apenas logra dar el paso porque está llena y pesa cincuenta libras, con su baja estatura esa bolsa abarca la mitad de su cuerpo. El dolor en la espalda la hace caminar encorvada, lleva 16 años realizando la misma labor desde que llegó a California desde Xicotepec, Puebla, México. Apenas habla el español y de inglés unas cuantas palabras.  Rosa es indígena del pueblo Otomí y habla el otomí de la sierra, que es una de las nueve variantes lingüísticas del oto-mangue, cosa que le dificulta la comunicación aún más porque ni donde vive ni donde trabaja hay indígenas de su región.

Cambió su indumentaria indígena por el pantalón de lona y suéter, quién la viera con esa ropa y con esas botas no la reconocería, con los años las compañeras de trabajo le han tomado algunas fotos con sus teléfonos celulares para que las mande a su familia en Xicotepec, allá se han admirado de lo cambiada que se ve usando ropa de hombre mestizo, así le dice su mamá.  Rosa le cuenta que cada vez que puede se pone los dos trajes que le mandaron en la encomienda pero que los usa muy poco pues trabaja de lunes a sábado en la finca de naranjas y los domingos en un restaurante de comida rápida haciendo hamburguesas.

Para que Rosa lograra emigrar de indocumentada un primo de su papá que vive en Nebraska les prestó el dinero, de no haberse ido para Estados Unidos ni sus hermanos ni sus dos hijos hubieran podido sobrevivir a la miseria, ni su mamá se hubiera tratado el cáncer de mama, ni su papá se hubiera operado las cataratas que lo estaban dejando sin poder ver. Realmente fue una ganga para ella poder emigrar y dejar de trabajar de empleada doméstica en Xicotepec de Juárez, no tiene familiares en donde vive, pero a la soledad está acostumbrada, cuando trabajaba de empleada doméstica veía a su familia sólo un domingo al mes.

Dos veces la engañó el mismo hombre y le dejó dos hijos. De empleada doméstica no los podía mantener ni ayudar a sus padres con la crianza de sus hermanos más pequeños, fue su papá quien tomó la decisión de enviarla a Estados Unidos y le dijo que ellos se harían cargo de los nietos, su mamá le dijo que hiciera lo que su papá le decía.  Con diecisiete años Rosa emigró.

Vive en el sótano de una casa donde rentan quince migrantes más de Centroamérica y México. De Honduras es un muchacho que tiene una cintura más pequeña que la más delgada de sus amigas, a Rosa le asombra la facilidad que tiene para pintarse la cara y las uñas de las manos y de los pies, usa tacones y se viste con faldas y vestidos los días que no trabaja. Tiene pelo largo, más largo que el de ella y se lo amarra en una cola cuando va a trabajar, cuando llega a la casa se lo suelta y se le esponja. Entre todos le están ayudando a que aprenda inglés, pero Romina, -así se le dijo Francisco que lo llame- le compró un libro de cuentos para que lea, le dijo que su mente solita irá memorizando las palabras. También le contó que es mujer transexual, que Francisco es otro personaje del pasado, todo eso Rosa lo entiende muy bien porque en los pueblos originarios aceptan a todos como son, no hay discriminación y las personas con dos espíritus son muy respetadas.  Para Rosa, sea Romina o Francisco no importa mientras su alma esté feliz, porque lo más importante es el alma, le dijo.

Romina trabaja en una fábrica cortando cartón, pero ahí es Francisco, mientras sigue con su proceso espera que un día pueda ir a trabajar siendo Romina legalmente, pero para eso necesita dejar de ser indocumentada. Rosa quisiera tener la coquetería de Romina, esa forma de mover las caderas, pero no le gustaría bañarse en loción como ella, esos olores artificiales le dan dolor de cabeza. Ella está acostumbrada a echarse limón en las axilas y de rubor se unta un poco de remolacha en las yemas de los dedos y se los pasa en los cachetes. Todos duermen sobre colchones tirados en el piso, no hay espacio para camas y han hecho de ese lugar un refugio de hermandad entre indocumentados.

El sudor le escurre en todo el cuerpo, tiene doble muda puesta y los zapatos de tractorista la cansan más, la manean al caminar. Le pica la mejilla, se rasca sobre el pañuelo que le cubre la mayor parte del rostro, no la deja respirar con tranquilidad y se sofoca más con ese calor infernal de California, pero tiene que usarlo porque le ayuda a prevenir infecciones causadas por los fertilizantes y pesticidas.  También para cubrirse del sol, las serpientes que caen de los árboles a cada rato, de las hebras que andan en las partículas del aire y le causan inflamación y los lentes plásticos para cubrir sus ojos del polvo.

El bloqueador solar le irrita los ojos, pero debe usarlo, constantemente se le escurre entre las comisuras de los labios, se lo limpia con la punta de los guantes porque si se los quita y se lo limpia con las manos pierde mucho tiempo y lo que necesita es movilidad para llenar la bolsa porque le pagan por bolsa llena no por hora ni por jornada.

No es un día cualquiera de jornada laboral, a Rosa la acaban de llamar por teléfono para decirle que su hijo menor murió ahogado, está en shock, aún no ha procesado la noticia, sigue cortando las naranjas y recorriendo el surco de árboles, yendo y viniendo con la bolsa de cincuenta libras, con la ropa mojada de sudor.  

Será hasta en la noche cuando llegue a donde vive que los compañeros de cuarto la abrazarán para darle el pésame, entonces ahí Rosa despertará a la pesadilla del dolor más grande de su vida, no dormirá mordiéndose los labios, gritando desconsolada hasta quedarse sin voz, pero al otro día con su alma rota se levantará como lo hacen los indocumentados cuando se les muere un familiar en su país de origen y se irá a trabajar porque sobre sus hombros está el pago del velorio y del entierro. 
Por videollamada bajo un palo de naranja, trabajando en los surcos verá el entierro de su hijo. Rosa sabe que es sólo una más de los millones que viven el dolor de la distancia, la ausencia y el adiós. La carga de Rosa ha dejado de pesar cincuenta libras, ahora es descomunal porque le arrancaron el alma de tajo.

Rosa se sienta en el surco de tierra y acaricia la superficie con la yema de sus dedos, mientras sostiene el celular en la otra mano viendo el entierro de su hijo, agarra un puño de tierra y hace el gesto de echarlo sobre el ataúd.   Sólo el surco sabe lo que pesa la carga de cada jornalero y cuántos como Rosa a través de los años han sentido el mismo dolor. 

Blog de la autora: https://cronicasdeunainquilina.com

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.