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Entrevista con el analista estadounidense Pepe Escobar en torno a su nuevo libro "Obama does Globalistan"

«En política económica y exterior, [Obama] es una continuación ‘soft’ de Clinton, con cambios básicamente cosméticos»

Fuentes: Rebelión

Pepe Escobar es un documentado y fino analista de política internacional, autor de Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War (Nimble Books, 2007) y Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge. Un gran número de sus trabajos han sido publicados en www.rebelion.org y en otras páginas de la red. […]

Pepe Escobar es un documentado y fino analista de política internacional, autor de Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War (Nimble Books, 2007) y Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge. Un gran número de sus trabajos han sido publicados en www.rebelion.org y en otras páginas de la red. Nuestra conversación, la segunda que mantenemos en apenas medio año, se ha centrado en su última publicación, aún no traducida al castellano, que lleva por título Obama does Globalistan.

Su último libro está dedicado a analizar la figura de Obama. El primer capítulo lleva por título: «¿Mesías o emperador?». ¿Sabe usted la respuesta a esa disyuntiva no sé si excluyente? ¿Qué representa Barack Obama en su opinión? ¿Es una renovación de los estilos y prácticas de los últimos presidentes norteamericanos?

Cuando escribí el libro, durante la «no man’s land», entre su elección y el inicio de su Administración, sólo se sabía que Obama era un pragmático minimalista. Actualmente, basándonos en sus decisiones y actuaciones, puede decirse que es un pragmático gradualista. En política económica y exterior es una continuación soft de Clinton, un Clinton 3, con virtualmente el mismo equipo de soporte. Los cambios, hasta ahora, son básicamente cosméticos.

Inicia usted el primer apartado del primer capítulo de su ensayo con una (sorprendente) cita de Deleuze: «Si uno está prisionero de los sueños de los otros, está condenado». ¿Cree usted entonces que la ciudadanía norteamericana, y la opinión pública mundial, están presas en alguna ensoñación errada?

Me parece claro que los «obamaníacos», como en una ficción de Borges, están como sonados, si se me permite la expresión, por un Obama larger than life. La izquierda americana, paralizada, es incapaz de criticarlo. La derecha histérica, por otro lado, está muy feliz con su «surge» [golpe de mar] militar en AfPak [Afaganistán-Pakistán].

Obama, como producto de la era de la celebridad, es ya más grande que Michael Jackson en los ’80.

Pero el mundo ya está observando la realidad. A los europeos no les interesa un Obama que quiere más soldados para Afganistán. Visita no el Iraq que sufre sino una base del «Imperio de bases» en ese país ocupado. No es capaz de denunciar el lobby de Israel. Quiere hablar con Irán, dice. pero presupone que Irán quiere fabricar armas atómicas. La lista podría continuarse.

¿Cómo valora usted las medidas tomadas por la presidencia Obama para superar la crisis, la abismal crisis en la que nos encontramos? ¿No son algo extraños -inconsistentes con intenciones reales de cambio de orientación, quiero decir- los dirigentes económicos que ha nombrado (o que han sido nombrados)? No parece que haya aquí, como usted mismo acaba de indicar, ninguna señal de ruptura.

Le resumo mi opinión: los Obamanomics son un plan de salvataje de Wall Street, una continuación también de la desregulacion operada por Robert Rubin durante la Administración Clinton. Los mejores analistas económicos del momento -Michael Hudson, Paul Krugman, Nouriel Roubini, por citar sólo algunos de ellos- están de acuerdo: es un robo concertado de los «taxpayers» en beneficio de las grandes bancos y corporaciones afines, todos insolventes. Y, desde luego, sin ninguna garantía de solucionar el problema.

Se ha afirmado con insistencia que Barack Obama ha llegado a la presidencia de los Estados Unidos rodeado de un montaje mediático jamás visto en la historia electoral de su país. ¿Es así? ¿Qué fuerzas han impulsado ese, digamos, montaje publicitario? ¿Qué intereses se mueven detrás de su candidatura y de su presidencia?

Estuve el año pasado siguiendo la contienda presidencial en diversos Estados americanos. La organización del Team Obama, del equipo Obama -su «grassroots», cultivado online- era todo un espectáculo, una «case story de PhD», un caso histórico en términos de marketing político. Estaba estructurada como un movimiento de masas que atravesaba todas las clases sociales, incluso la elite de decisión real y la mayor parte de Wall Street. El fenómeno sociopolítico era tan avasallador que las elites norteamericanas, muy inteligentemente, percibieran que éste era el ideal «rebranding» [cambiar nombres pero seguir siendo lo mismo o muy similar] del Imperio en este momento histórico.

¿Cree usted que, de algún modo, la victoria de Barack Obama representa un «canto a la esperanza de que otro mundo es posible»? ¿Es ingenuo creer en una cosa así?

Hoy, de manera realista, ya se puede responder negativamente. No es una cuestión personal, de Obama como individuo. A pesar de todo su carisma, su inteligencia y honestidad de propósitos, Obama es finalmente el producto de un sistema osificado. Los juegos de intereses, pesados, nada ligeros, en Washington, los lobbies y la enorme fuerza del complejo industrial-militar deciden prácticamente todo. Un presidente que realmente quisiera cambiar el sistema por dentro acabaría en llamas. No exagero, no es una licencia poética.

Habla usted de Marx en el primer capítulo del ensayo. ¿Hay actualmente un nuevo interés en estudiar su obra, su tradición? ¿Regresa Marx en Estados Unidos?

Regresa Marx en reducidos guetos de vida intelectual americana, no en la América profunda, claro está, donde Marx, Freud y Nietzsche siguen siendo aún encarnaciones del Anti-Cristo. El excelente David Harvey es virtualmente barrido de los medios corporativos, un perfecto desconocido. Ni él ni su obra existen. «Socialismo» aún es una palabra y un concepto sucio para la mayoría -probablemente mayoría absoluta- de los ciudadanos americanos.

A lo largo del ensayo pone usted en primer plano el tema de la globalización y de la política exterior usamericana. Le pregunto sobre estas cuestiones. ¿Observa usted alguna diferencia de talante entre la presidencia Bush II y lo anunciado por Obama? Este último, por ejemplo, ha prometido salir de Iraq en un tiempo razonable y ha mandado cerrar Guantánamo.

La diferencia fundamental entre Bush II y Obama, desde el punto de vista de la clase dominante americana, es de método, esencialmente procedimental. Obama deberá cumplir el programa para el que Bush II fue de hecho elegido: mantener la hegemonía imperial, programa que no realizó por absoluta incompetencia. El Pentágono no permitirá a Obama irse de Irak totalmente. Las «fuerzas residuales» pueden llegar a alcanzar la cifra de 50.000 efectivos. Guantánamo puede ser cerrada, pero no, en cambio, Bagram en Afganistán, que es mucho mas estratégica.

En la crisis económica, como le comentaba, lo que cuenta es salvar el sistema financiero. Al diablo quien paga impuestos.

¿Por qué cree usted que va a incrementarse la presencia de USA en Afganistán? ¿No puede representar un pozo sin fondo para Estados Unidos como lo representó hace algo más de dos décadas para la Unión Soviética? ¿Qué persigue Estados Unidos con ello?

Washington persigue conseguir una nueva versión de El hombre invisible de H. G. Wells aplicada al Nuevo Gran Juego en Eurasia, algo sobre lo que NUNCA -permítame que subraye el término- se habla en el debate americano: el «pipeline [oleoducto] Turkmenistán», Afghanistan-Pakistan-India (TAPI), a un coste de 7.600 millones de dólares, no construido hasta la fecha, que atraviesa una zona de guerra, tiene que ser protegido por tropas americanas y de la OTAN. Es lo que yo llamo la confluencia de Pipelineistan y el Imperio de Bases Militares. Estas bases en Afganistan son fundamentales no sólo para proteger un hipotético pipeline sino para provocar a los dos competidores estratégicos de Estados Unidos en Eurasia: Rusia y China. Aparte de ello, Afganistán no tiene ninguna importancia estratégica para Estados Unidos. Poco importa, poco importa a la Administración norteamericana quiero decir, si los Talibanes o los halcones del desierto dirigen el país. No es esta la cuestión, nunca lo ha sido.

Pakistán ha sido un aliado fiel de la política norteamericana en Oriente Próximo. ¿Lo seguirá siendo en el futuro?

La relación militar y de seguridad entre Washington y Islamabad es…erótica. Pueden amarse y odiarse, pero el sexo habla más alto. Pakistán es un «failed state» [Estado fallido] casi total, controlado por dos decenas de familias y el aparato militar-seguridad, aun traspasado de paranoia respecto a India.

Estados Unidos no puede dejar de cuidarlo. En caso de que no lo hiciera, caería totalmente en la órbita china.

Hablemos, pues, de China. ¿China va a ser la gran superpotencia del siglo XXI? ¿Cómo concibe usted las relaciones entre este gran país asiático y Estados Unidos bajo la presidencia de Obama?

En el 1997 escribí un libro sobre el siglo XXI en el que hablaba de este período como el siglo de Asia. Nada ha cambiado. Si es capaz de dominar sus enormes contradicciones internas, China será la gran superpotencia mundial antes del 2040. Por el momento, las dos economías -la de China y la de Estados Unidos – son totalmente interdependentes.

La genialidad de Deng Xiaoping fue utilizar las armas del capitalismo para vencer el Occidente capitalista…

La actual crisis, ¿cree usted que pone en bancarrota la globalización neoliberal o más bien piensa usted que todo apunta a que las cosas van a seguir por los mismos derroteros?

Conceptualmente, teóricamente si prefiero decirlo así, la globalización neoliberal está muerta. Prácticamente no desde luego. El último G-20 en Londres fue una tentativa de perpetuar el sistema. Las reglas del juego aun son establecidas por una elite financiera, anglosajona básicamente, ramificada también entre elites transnacionales.

Parafraseando a Gramsci, el viejo orden aun no ha muerto; por tanto, el nuevo orden todavía no puede nacer.

¿Cree usted concebible, bajo la presidencia Obama, un ataque a Irán?

De parte de Estados Unidos, no. Obama es un pragmático no ideológico y sabe las horribles consecuencias de una decisión así. De parte de Israel, con los fascistas Bibi y Lieberman en el poder, sin duda. La cuestión es si el lobby de Israel y los Likudniks en Washington son capaces de influir en la Administración Obama hasta el punto de desviarla de su objetivo estratégico, de su aproximación a Teherán, que además, desde el punto de vista de las grandes corporaciones americanas, sería muy buena para los business.

Por ese mismo sendero. ¿Por qué Obama se ha mantenido mudo ante el último ataque militar de Israel contra Palestina? ¿No hay aquí ninguna esperanza de cambio?

Porque el lobby de Israel tiene una fuerza extraordinaria y el ataque fue programado para finales del año 2008, fuera del espectro de atención de buena parte del planeta, y, desde luego, antes del inicio de la Administración Obama.

Hoy esta conjunción de condiciones sería imposible. Eso no quiere decir que Israel no vaya a proseguir en sus periódicos ataques a Gaza.

Venezuela, Bolivia, Ecuador, Paraguay, El Salvador con el FLFM, Nicaragua,… ¿pueden dormir algo más tranquilos con la presidencia de Obama?

Vamos a tener un esbozo de respuesta muy temprano, en la Cumbre de las Américas. No hay ningún interés por parte de la Administración Obama en cultivar y mucho menos desarrollar una oposición ideológica a Chávez, Morales o Correa. Obama está ya cortejando a Lula como su interlocutor ideal en América del Sur.

Habla usted al final del libro de la pareja Obama-Medvedev. ¿Qué pareja de baile es ésa? ¿Apunta usted alguna reconciliación o alguna confluencia de intereses entre Rusia y Estados Unidos?

Es un ballet fascinante, de extrema complejidad. Ya hablaron de reducir sus arsenales de armas nucleares. Todo gira en torno a cómo Estados Unidos deberá renunciar a presionar a Rusia en su esfera de influencia. Nada de escudo de misiles en países de OTAN, nada de subvertir los «Stans» de Asia Central. Y están las figuraciones secundarias, todas ellas importantes. Si Estados Unidos se aproxima de Irán, sería una victoria estratégica con relación a Rusia. Por otra parte, ¿qué van a hacer los turcos? ¿Una relación aún más estratégica con Estados Unidos o una paulatina aproximación a Moscú?

¿Es Estados Unidos un Imperio en declive en este siglo XXI o cree usted que es un tópico sin fundamento?

Sin duda. Los efectos visibles de la crisis, de Manhattan al Midwest y a California, son impresionantes. Hay enormes «Tercer Mundos» dentro de Estados Unidos. Globalmente, USA mantiene sólo la supremacía militar, pero, como diría Paul Kennedy, sufre de «overextension». Para las elites americanas – que también votaron a Obama – será muy duro aceptar un mundo multipolar.

Para finalizar, inicia usted su ensayo con una cita de Robert Musil. ¿Puede recordarnos la cita? ¿Por qué Musil? ¿Qué quiere apuntar con esa reflexión?

Me gusta la ironía cósmica de Musil, cuando habla de ideales que se metamorfosean en sus antípodas. Puede ser una reflexión avant la lettre sobre una serie de actos presentes y futuros de la administración Obama.

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