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Escritores cubanos en la guerra de España

Fuentes: La Jiribilla

1 Hoy no se necesitan argumentos para probar que nos movemos en un ámbito de intertextualidades. Los signos dispersos o articulados de la paz, la guerra y la escritura nos remiten inexorablemente a alguna máxima latina, a Tolstoi o al discurso del Quijote sobre las armas y las letras. Pero también a demandas y conflictos […]

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Hoy no se necesitan argumentos para probar que nos movemos en un ámbito de intertextualidades. Los signos dispersos o articulados de la paz, la guerra y la escritura nos remiten inexorablemente a alguna máxima latina, a Tolstoi o al discurso del Quijote sobre las armas y las letras. Pero también a demandas y conflictos que implican cuestiones de ética, tanto individual como social. Situado, por ejemplo, entre la sevicia de unos y el profundo desamparo de otros -como ocurrió tan a menudo en la guerra de España-, el intelectual comprende que lo que está en juego es la condición humana y, por consiguiente, su propia dignidad como persona. De ahí que la vieja noción de una ética de la escritura recobrara vigencia entre los intelectuales extranjeros que se vieron involucrados en aquella guerra, ya fuera como combatientes o como meros simpatizantes del bando republicano. Aquí me propongo hablar de los latinoamericanos y, entre ellos, de los cubanos muy en particular. Fueron el rostro visible de una impresionante toma de conciencia que se produjo en toda nuestra América y que podría ilustrarse con opiniones como las de Eduardo Chibás -ex dirigente estudiantil de la lucha contra el dictador Machado- y Juan Marinello. Chibás no estuvo en la Península pero, como tantos otros, se hallaba plenamente identificado con la causa republicana. En un artículo publicado en la revista Bohemia, de La Habana, a principios de 1937, afirmaba:

Sobre la tierra de España se están decidiendo los destinos del mundo. Quizá ninguna guerra civil haya tenido nunca mayor trascendencia que la actual contienda española. Ella es la escaramuza preliminar de la próxima lucha mundial entre el fascismo y la democracia.

Y Marinello, en Barcelona, dirigiéndose a sus colegas durante la última sesión española del segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura: «Ya no caben dudas de que España es el punto culminante del mundo y que en sus campos y ciudades se está decidiendo no solo el destino de un pueblo, sino la liberación definitiva del hombre.» Fueron esas convicciones las que suscitaron aquel vasto movimiento de solidaridad encarnado en las Brigadas Internacionales, a uno de cuyos veinticinco batallones, el Abraham Lincoln, pertenecían los anglo y los latinoamericanos. Desde el inicio de la guerra hasta su retirada del país, pasaron por España cerca de treinta y cinco mil voluntarios, cinco mil de los cuales, aproximadamente, murieron en los frentes de batalla. Del total de voluntarios, más de mil eran cubanos. Al despedir a los doce mil que en septiembre de 1938 aún permanecían en España, dijo la Pasionaria:

Madres, mujeres, cuando pasen los años y las heridas de la guerra hayan cicatrizado […]; cuando los sentimientos de odio hayan desaparecido y cuando todos los españoles sientan el orgullo de una patria libre, entonces hablad a vuestros hijos. Habladles de estos hombres de las Brigadas Internacionales.

No sé si podremos exigirles a las madres de hoy que les hablen efectivamente a sus hijos de aquellos hombres -cuyos rasgos se pierden en la bruma de tiempos que ya nos parecen remotos-, pero podríamos recomendarles que, en el momento oportuno, les hagan leer algunos poemas, o relatos, o crónicas escritas al calor rugiente y militante de la guerra. Eso les permitirá conocer, vívidamente, cómo opera la famosa relación del hombre y su circunstancia, en este caso sobre personas que opinan que este mundo está mal hecho y que por tanto debiera cambiar.

En la despedida de los voluntarios, el dirigente italiano Pietro Nenni dijo que aquellos hombres, sin proponérselo, «habían vivido una Ilíada«. La alusión es justa, pero requiere una importante precisión. Los héroes de la epopeya clásica procedían de estratos sociales elevados y sus códigos de conducta eran los propios de su linaje. Ya Auerbach señaló el enorme contraste que existía entre los personajes de Homero y los del Evangelio, por ejemplo, plebeyos en su mayoría. A su juicio, la dimensión que adquiere de pronto el drama de Pedro, cuando niega tres veces a Cristo, se debe a que, siendo Pedro un humilde pescador, pasa a ocupar de pronto el centro de un escenario histórico trascendental -el del surgimiento del cristianismo- y a protagonizar un conflicto que remite a valores universales (le integridad moral, la valentía, la posible negación de ambas), papel que hasta entonces estaba reservado a otros. Homero no podía imaginar que un simple pescador de Galilea pudiera ser situado a esa altura. Lo que se les reveló a muchos intelectuales extranjeros, al entrar en contacto con los combatientes españoles, fue que se podía. El heroísmo -cierta forma callada de heroísmo- parecía ser en ellos un estado natural. En este sentido, no conozco testimonio más elocuente que el de Octavio Paz, en un pasaje de El laberinto de la soledad; vale la pena citarlo in extenso:

Recuerdo que en España, durante la guerra [dice Paz], tuve la revelación de «otro hombre» y de otra clase de soledad: ni cerrada ni marginal, sino abierta a la trascendencia. Sin duda, la cercanía de la muerte y la fraternidad de las armas producen, en todos los tiempos y en todos los países, una atmósfera propicia a lo extraordinario, a todo aquello que sobrepasa la condición humana y rompe el círculo de soledad que rodea a cada hombre. Pero en aquellos rostros -rostros obtusos y obstinados, brutales y groseros, semejantes a los que, sin complacencia y con un realismo, acaso encarnizado, nos ha dejado la pintura española- había algo como una desesperación esperanzada, algo muy concreto y al mismo tiempo muy universal. No he visto después rostros parecidos.

Paz añade que lo tiene sin cuidado la posibilidad de que su testimonio sea «tachado de ilusorio»; esa experiencia, dice, «ya forma parte de mi ser». No quisiera simplificar una visión tan compleja y sugerente, pero me atrevería a decir que aquellos rostros «obtusos y obstinados» no eran sino el rostro del pueblo, tal vez una sobreimposición, como se diría en la jerga fotográfica, de los rasgos faciales de Sancho y el Quijote. De ahí que los modernos aedos -César Vallejo, en este caso- no tengan empacho en cantarle a un obrero ferroviario, a aquel Pedro Rojas, por ejemplo, que escribía «¡Viban los compañeros!» con «b» de buitre y cuyo cadáver «estaba lleno de mundo»; o a aquel Ramón Collar, yuntero, «paladín de Madrid y por cojones»…

Cuando los términos «España» y «pueblo» se fundieron, para los hispanoamericanos, en una entidad indivisible, llegó a su clímax el proceso de reconciliación con la antigua metrópoli que había empezado casi cuarenta años antes, en 1898. Se produjo, en suma, lo que José Carlos Rovira ha llamado «una resemantización de la palabra España», que implicó -como fue el caso de Neruda y el de otros muchos- «un momento de viraje», tanto ideológico como político y literario. Y es que en el imaginario histórico latinoamericano los rasgos fantasmales del pasado habían sido lúcidamente reemplazados por los del futuro, es decir, los del Conquistador por los del Trabajador. Nadie lo expresó mejor que Nicolás Guillén, en la primera de sus «Angustias»: ni Corteses ni Pizarros, advirtió, sino milicianos «con sus callosas, duras manos»; y en lugar de cascos y viseras, metal que sirva a los soldados, obreros y artistas para fundir «balas de ametralladoras». Poco después, en un artículo publicado en la revista Mediodía, de La Habana, Carpentier retomaría la antítesis cargándola de connotaciones clasistas: de un lado, los terratenientes andaluces, los dueños de minas asturianos, los business men catalanes…; del otro, ese pueblo -clase media incluida- que bajo pésimas o precarias condiciones de vida había creado «todo lo que nos hace admirar a España: su música, su plástica, su arquitectura, su hidalguía moral».

Este primer paso -el descubrimiento del pueblo, con la consiguiente transformación de los paradigmas heroicos- implicaba la recuperación de la memoria colectiva, que en el caso de las clases populares era una memoria saturada de agravios. Carlos Montenegro -uno de los dos grandes gallegos de la narrativa cubana, junto con Lino Novás Calvo- publicó en La Habana en 1938, coincidiendo con el artículo de Carpentier, Tres meses con las fuerzas de choque (División Campesino), libro en el que reivindica esa memoria en nombre de la justicia social.

Yo he estado en Guadalajara [dice]. Toda esa provincia era de un solo hombre, el conde de Romanones; pues la he visto seca, a sus habitantes viviendo en cuevas, la miseria en todas partes, el polvo hasta dentro de los ojos de los niños campesinos, agitanados y macilentos. Y lo mismo en Murcia, y lo mismo en Teruel, donde los hombres de la tierra han labrado hasta los montes más altos, modificando el aspecto del paisaje en una inútil obra de gigantes. Por eso el pueblo español ha ido espontáneamente a la resistencia. Aún me acuerdo yo de Galicia, donde mi padre tenía una fábrica de salazón. Mi padre se acostaba con las obreras más jóvenes, les hacía un hijo y les pagaba con un costal de harina. Y mi padre era un hombre de ley, militar y carlista de medalla, cruz y boina roja. No lo detracto: era un producto legítimo del régimen que ahora quiere regresar y contra el cual luchan los españoles con la decisión de pagar todos los precios.

A esa indignación que pudiéramos llamar clasista o justiciera, se suma la que produce el horror desnudo de la guerra. Dice Neruda, en su archiconocido «Explico algunas cosas», de Tercera residencia: «¿Preguntaréis por qué su poesía/ no nos habla del sueño, de las hojas, / de los grandes volcanes de su país natal?// ¡Venid a ver la sangre por las calles, /venid a ver/ la sangre por las calles, / venid a ver la sangre/ por las calles!» En el relato Aviones sobre el pueblo (1937), Montenegro dramatiza la toma de conciencia de un humilde zapatero remendón que asfixió a sus propios nietos tratando de protegerlos de las bombas, y Guillén, en el poema citado, nos conmina con esta imagen brutal, que parece una transcripción verbalizada del «Guernica», de Picasso: «¡Miradla, a España, rota!/ Y pájaros volando sobre ruinas,/ y el fachismo y su bota/ y faroles sin luz en las esquinas,/ y los puños en alto,/ y los pechos despiertos,/ y obuses estallando en el asfalto/ sobre caballos ya definitivamente muertos…» «Cuando empezaron los bombardeos sistemáticos de Madrid» -diría muchos años después Carpentier, por boca de uno de sus personajes-, «cada obús nos retumbó en las entrañas».

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Tal vez el primer testimonio cubano sobre la guerra de España sea el «Diario íntimo» escrito entre julio y octubre de 1936 por José María Chacón y Calvo, primer secretario de la Embajada de Cuba en Madrid, texto que permaneció inédito durante 70 años. En medio de la «barbarie» desatada por un conflicto donde, según sus propias palabras, media España se empeñaba en destruir a la otra mitad, Chacón no tardó en descubrir que la República liberal y democrática había respondido a aquella sublevación militar sin precedentes en la historia española, con «una verdadera revolución social». Como ferviente cristiano y sincero defensor de la «neutralidad de la cultura» Chacón se preguntaba, horrorizado, si no sería posible «humanizar esta guerra atroz», pero como «hombre de pueblo»[sic], folclorista, con vocación esencial», veía con simpatía, según anotó ocho días después de iniciado el conflicto, «esta masa popular, vibrante, propicia al rasgo heroico o al sacrificio total». «Hay en este movimiento desgarrado y violento» -escribió más tarde, al evocar a las mujeres que un día desfilaron bajo su balcón cantando La Internacional– «un fondo místico indudable».

Permítanme ahora abolir un año para referirme a la participación cubana en aquel gran Congreso de intelectuales antifascistas inaugurado a principios de julio de 1937 en Valencia, continuado en Madrid y Barcelona, y clausurado en París a mediados de mes. Al ciclo español asistieron por Cuba Juan Marinello -quien presidiría el bloque hispanoamericano-, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Félix Pita Rodríguez y Leonardo Fernández Sánchez. Fue -ha dicho Marinello-uno de los Congresos «más interesantes a que he asistido, porque se produce dentro de la pelea diaria […] Mientras se discutía una tesis en el Congreso, sabíamos que se estaba peleando afuera, y nos traían banderas ensangrentadas del último combate»… Es decir, se vivía en un espacio de situaciones límite, que parecía exigir definiciones en todos los planos de la vida social e intelectual. Pita Rodríguez, por ejemplo -que entonces residía en Francia- podría sumarse a la lista de aquellos para quienes la experiencia viva de España supuso un vuelco decisivo:

Regresé de España a Francia poco después del Congreso [recordaba muchos años después] con una transformación ideológica completa. Cuando aquello, yo era políticamente un revolucionario emocional, sin base teórica… Pero mi estancia en España, la experiencia del evento, lo que observé de la guerra me maduraron por dentro y penetraron en lo más hondo de mi corazón, y empecé a devorar libros, periódicos y revistas marxistas.

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Con los textos de los asistentes cubanos al Congreso que daban cuenta de las actividades del mismo o de sus propias andanzas por tierras españolas, podría hacerse una conmovedora antología. Iría precedida tal vez por las sinfónicas estrofas de España, poema en cuatro angustias y una esperanza -algunos de cuyos versos he citado-, que Guillén escribió y publicó en México, en mayo de 1937, y cuya segunda edición no tardó en aparecer en Valencia. (Cronológicamente, el poema encabeza ese gran tríptico hispanoamericano que forman, además, España, aparta de mí este cáliz, de Vallejo, y España en el corazón, de Neruda.) Como preámbulo de nuestra imaginaria antología podría incluirse también el manifiesto que firmaron varios intelectuales cubanos en julio de 1936, apenas un mes después de lo que entonces se llamaba «la sublevación militar-falangista». Su importancia estriba en que por primera vez sitúa la epopeya española en su dimensión verdadera; se trata -dice el manifiesto- de «un episodio nacional de la gran pugna en que se hallan empeñados todos los oprimidos de la tierra en el camino de su manumisión, y ello le comunica un trágico interés universal». A través de los artículos y crónicas de aquellos días turbulentos estamos en condiciones de seguir, como sobre la coloreada superficie de un mapa, la trayectoria política y emocional de los atrevidos viajeros. Rumbo a Cataluña, por ejemplo, el 3 de julio de 1937, podemos cruzar la frontera con Guillén.

Cuando el viajero de París penetra en España es como si amaneciera en otro mundo [escribe el poeta]. El pequeño túnel que a través del macizo de los Pirineos comunica Cerbere con Port Bou, no hace más que llevarnos, en realidad, de la vida a la muerte, del sereno y egoísta equilibrio francés a la desmesurada tragedia española. Ya en el mismo Port Bou, la destrucción nos sale brutalmente al paso.

Asistamos ahora a la llegada del grupo a Valencia, cuatro días después, y al insólito clima en que se desarrollaron en Madrid las sesiones del Congreso. Es Marinello quien cuenta:

A la madrugada [en Valencia] nos despertó la sirena de alarma […], el ruido de los aviones enemigos, y, enseguida, el estruendo del cañón antiaéreo limpiando el cielo de alas siniestras. Los días que el Congreso trabajó en Madrid fueron escogidos por los facciosos para demostrar a los intelectuales de toda la tierra la medida de su crueldad. No hubo discurso que no fuese acompañado del repique de las ametralladoras y coreado por el aullido grave de los cañones sitiadores. […] Entre ataque y ataque salíamos a la calle; el mismo horror de siempre: casas ardiendo, pavimentos horadados, mujeres destrozadas, niños agitándose entre la muerte…

(Por cierto, esas imágenes que aletean como pájaros siniestros sobre todas y cada una de estas crónicas, escritas hace casi 70 años, nos traen a la memoria las que todavía atraviesan a menudo, como jinetes apocalípticos, las pantallas de nuestros televisores. La historia no siempre se repite como farsa.)

Al igual que a sus colegas de otras partes del mundo, a los viajeros cubanos les resultaba imposible contener el tono irritado y patético que brotaba al simple contacto con la realidad española de 1937. Fue algo que no tardarían en descubrir quienes se habían propuesto, como táctica persuasiva adoptada por cierta escuela de periodismo, narrar sus experiencias en un tono objetivo y mesurado. Véase el caso de Carpentier. Voy a detenerme en el conjunto de cuatro textos que publicó entre septiembre y octubre de 1937 en la revista habanera Carteles. El primer problema que se le plantea es un dilema de escritura -diría yo-, entendiendo por escritura, a la manera de Barthes, una «moral de la forma», o si se prefiere, un «lenguaje literario transformado por un destino social», que es de hecho lo que hemos venido llamando una ética. Desde el punto de vista práctico el asunto parecía limitarse a un problema metodológico, pero Carpentier percibió de inmediato su verdadera magnitud y se sintió obligado a ventilarlo en un preámbulo que escribió para la serie. Se trataba, en suma, de lo siguiente: pensaba él dar cuenta de su periplo escribiendo artículos y no reportajes, porque a su juicio el reportaje, por exigir determinadas concesiones a lo puramente anecdótico y descriptivo, resultaba inadecuado para reflejar en su compleja intensidad la situación de España. Pero tan pronto como atravesó el túnel de Port Bou -ese pequeño túnel que ya conocemos, con toda su carga alegórica, y que reaparecería años después en el capítulo inicial de La consagración de la primavera– su propósito sufrió una mutación. «Me di cuenta [dice] que para hablar de la España que contemplaban nuestros ojos de hombres, era imposible permanecer en un plano meramente crítico o especulativo». De ahí que decidiera convertirse en testigo-participante desechando sus pruritos académicos y siguiendo, por el camino de Pascal, «la lógica del corazón». El resultado fue «España bajo las bombas», título genérico con el que aparecieron sus colaboraciones en Carteles y que constituyen -con las crónicas de Pablo de la Torriente Brau, a las que volveremos más adelante, y las ya citadas de Carlos Montenegro- un modelo del mejor periodismo cubano del siglo.

¡Estamos en España! [escribe Carpentier]. A cualquier hora, en cualquier instante, los aviones pueden dejar caer sobre estas viejecitas, sobre estos niños, sobre estos modestos empleados ferroviarios, feroces cargas de explosivos. Aldea fronteriza, Port Bou conoce un terrible privilegio: el de poseer una estación terminal importante. Los franquistas han tratado de destruirla varias veces. Hasta ahora no lo han logrado.

«Hasta ahora»…, un sintagma que basta para mostrarnos la abismal diferencia que marca el latido de la vida a ambos lados de la frontera. Esa diferencia consiste, simplemente, en la intensidad con que se vive. Situada bajo la constante amenaza de muerte, ante la permanente posibilidad de no ser, la vida, del lado español, adquiere «una conciencia total de sí misma». Como se ve, el autor viola por momentos las leyes internas del «reportaje» para dar un espacio a la reflexión y al análisis político. De hecho, «España bajo los bombas» es un curioso ejemplo de reportaje autorreflexivo, por decirlo así, en el que su autor no cesa de inmiscuirse con oportunas acotaciones en la trama de su propio discurso. Después de soportar, en el desamparado vestíbulo de su hotel de Valencia, una hora y media de bombardeos nocturnos – los aeroplanos fascistas tienen sus bases en las Baleares y les sobra el combustible – , Carpentier llega a la conclusión de que el bombardeo de las poblaciones civiles es contraproducente:

Podéis estar convencidos de esto [dice]: muchos apolíticos, muchos hombres tibios, irresolutos, sin convicciones definidas, han sido conquistados por la ideología republicana… gracias a los aviones de Franco. En Madrid he visto gentes […] que antes de la guerra tenían ideas levemente conservadoras, y que hoy son las primeras en alzar los puños y en proferir palabras de odio cuando comienzan los bombardeos cotidianos y sistemáticos de Madrid… ¡La carne grita!

Fue – y permítanme la digresión – lo que le ocurrió al viejo zapatero del relato de Montenegro, quien intuyó oscuramente que las bombas también servían para desenmascarar: «Solo fuera de allí, lejos de allí, eran posibles el engaño de la diplomacia y la mentira de las encíclicas. Pero allí no, allí las bombas lo arrasaban todo: las casas hasta los cimientos, y la vida, y los escapularios y los crucifijos…» Vuelvo ahora – si así puede decirse, aunque las fronteras del horror sean las mismas – a «España bajo las bombas». Mientras se dirigían en caravana de autos a la capital, Carpentier y sus compañeros habían creído tener la más profunda y conmovedora experiencia de todo el recorrido en una aldea de Castilla donde algunas docenas de niños, huérfanos de guerra, les dieron la bienvenida cantando a coro bajo las ventanas del lugar donde descansaban. Horas después, al término del viaje, descubrirían que, en contraste con Valencia, Madrid ya no podía ser sorprendida por los ataques enemigos, porque allí el cañoneo no cesaba nunca. El poeta Emilio Ballagas había ridiculizado la arrogancia de los fascistas evocando al Madrid de 1936 que, «con su puño de luz» en alto, les había impedido entrar a la ciudad bajo «un arco de triunfo de cadáveres». Pero ahora, mucho más que entonces, la población vivía perennemente en el filo de la muerte [anota Carpentier]. En cualquier instante los obuses enemigos pueden penetrar en vuestra casa, llevarse vuestro balcón, abrirle un nuevo hueco a la torre de la Telefónica […], matar al pobre empleado que sale de una estación del Metro, echar abajo una iglesia, llenar vuestra sopera de cristales rotos… En tales circunstancias, los madrileños han optado por la más heroica solución: viven como si nada ocurriera. Han abolido el luto.

En «tales circunstancias», ¿qué puede hacer el escritor sino dar testimonio de esa fría barbarie y esas insospechadas formas de heroísmo? Por los ojos de Carpentier vemos a algunos de los ciento cincuenta autores de veintiséis países que asisten al Congreso – Huidobro y Vallejo, Alexei Tolstoi y Tristán Tzara, Rafael Alberti, el anfitrión solícito… – convertidos ahora en personajes de uno de ellos, el que a su vez, en algún momento del viaje, observado por unos ojos implorantes, se verá obligado a verse como personaje a sí mismo. Ahí están Marinello, Guillén y los demás cubanos junto a Octavio Paz y Carlos Pellicer apretujados en un autobús que los lleva de Port Bou a Gerona por los ondulados caminos de la Costa Brava; ahora escuchamos a André Malraux disertando sobre la responsabilidad social del escritor, y a Marinello, en una pequeña estación de radio provincial, despidiéndose de los oyentes en un catalán impecable, privilegio que debía a su padre y a sus maestros de Villafranca del Panadés, donde pasó parte de su infancia; allí está Guillén ante el micrófono proclamando, sin pelos en la lengua, las verdades de José Ramón Cantaliso; allí está Neruda, en la añeja casona de Madrid donde se había alojado años antes, descubriendo entre sus abandonadas pertenencias una voluminosa edición de la obras de Góngora, ahora atravesada por una bala; y allí, en el Paseo de Rosales, sembrado de trincheras y milicianos, esquivando escombros y cristales rotos, vemos deambular a Pita, Neruda, Paz y Vallejo por los rumbos del Manzanares y de la Moncloa, casi a la vista del enemigo. Como el lente impasible de una cámara, la mirada de Carpentier va desplegando ante nosotros esa galería de personajes, consciente de que merecen un trozo de posteridad, pero sin poder olvidar del todo la pregunta que se vio obligado a hacerse en la aldea de los huérfanos: ¿Qué puede la literatura? En efecto, al despedirse de los vecinos, en la placita del pueblo, se le acercó una anciana de arrugas minuciosas y negro pañuelo a la cabeza y le susurró, implorante, tomándolo como vocero del grupo: «¡Defiéndannos, ustedes que saber escribir!» «Nunca – confiesa Carpentier – me sentí tan humillado», porque «¿qué significa el saber escribir ante ciertos desamparos profundos…?» Quizá signifique, entre otras cosas, dar voz a quienes no la tienen, que era exactamente lo que la anciana les pedía.

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Fue lo que hicieron en aquellos momentos ciertos corresponsales de guerra cubanos como los ya mencionados Carlos Montenegro y, sobre todo, Pablo – Pablo de la Torriente Brau – , quien un 6 de agosto de 1936, después de año y medio de estar cargando bandejas y lavando platos en Nueva York, anunció:

He tenido una idea maravillosa; me voy a España, a la revolución española. Allá en Cuba se dice, por el canto popular jubiloso: «No te mueras sin ir antes a España». Y yo me voy a España ahora, a la revolución española, en donde palpitan hoy las angustias del mundo entero de los oprimidos. La idea hizo explosión en mi cerebro, y desde entonces está incendiando el gran bosque de mi imaginación.

Le quedaban cuatro meses de vida. En el vórtice del torbellino revolucionario fue comisario político y escribió las estupendas crónicas recogidas más tarde en el volumen Peleando con los milicianos. Murió combatiendo en Majadahonda, no lejos de Madrid, en diciembre de 1936. Ahora – apenas siete meses después, a punto ya de salir de España – , el grupo de los cubanos visita su tumba, en el cementerio de Barcelona.

El paraje y la hora [evoca Marinello] llenaban de sentido el recuerdo del muchacho excepcional. La tumba estaba en un montículo y frente al mar. Caía la tarde y, al tender la vista desde sus restos, al descansar la pena sobre el suave declive de trigos y olivares, pensábamos en cómo hubieran contemplado sus ojos aquel recodo del Mediterráneo, con todas las resonancias de la aventura y de la historia, sus dos grandes pasiones.

Nos cabe la suerte de contar con dos semblanzas de descubrimiento mutuo, la de Pablo, con respecto a su joven zapador, y la de éste con respecto a su jefe. Al parecer, Pablo altera ligeramente los hechos cuando evoca el encuentro:

Descubrí un poeta en el batallón [dice], Miguel Hernández, un muchacho considerado como uno de los mejores poetas españoles, que estaba en el cuerpo de zapadores. Lo nombré jefe del Departamento de Cultura, y estuvimos trabajando en los planes para publicar el periódico de la brigada y la creación de uno o dos periódicos murales, así como la organización de la biblioteca y el reparto de la prensa. Además planeamos algunos actos de distracción y cultura.

Miguel Hernández, por su parte, le contaría a Nicolás Guillén, en 1937 (testimonio que, como vemos, modifica la información sobre el primer encuentro):

Conocí a Pablo en Madrid, en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, esperando yo a María Teresa León… Esa noche, recién amigos, bromeamos como antiguos camaradas. El sentido humorístico de Pablo era realmente irresistible. Quien estaba a su lado tenía que reír siempre, siempre, porque él sabía encontrar como pocos el costado grotesco de las cosas más solemnes…// Yo le quise mucho. Después de aquella noche que les digo, nos separamos durante varios meses. Nos volvimos a encontrar en Alcalá de Henares, a pesar de que habíamos estado juntos, sin saberlo, en los combates de Pozuelo y Boadilla del Monte. «¿Qué haces?», me preguntó alegremente al abrazarnos. «Tirar tiros», le contesté yo, riéndome también. Pablo era entonces Comisario Político del Batallón del Campesino, hoy división. Me ofreció hacerme también Comisario de Compañía, con lo que estábamos juntos otra vez…

El poeta dedicará a su jefe caído una conmovedora elegía en la que aquel aparece como involuntario oráculo de sí mismo: «Me quedaré en España compañero/ me dijiste con gesto enamorado/ y al fin, en tu edificio tronante de guerrero/ en la hierba de España te has quedado.» Otra elegía de Hernández, por cierto, esta vez la dedicada a García Lorca -que el autor le mostró a Novás Calvo justamente en el velorio de Pablo- nos ofrece una relampagueante caracterización que de pronto sentimos más ajustada al héroe que al mártir: «Tú el más firme edificio destruido./ Tú el gavilán más alto derribado./ Tú, el más grande rugido,/ callado y más callado y más callado.» Confiesa Novás: «Me leí una y otra vez aquel poema. Así yo hubiera querido escribir uno a la muerte de Pablo.» Y volviendo a este, a aquel rasgo tan suyo -el sentido del humor, presente en casi todos sus textos, como humor negro inclusive- detengámonos un momento en los que forman Peleando con los milicianos. Se trata de un conjunto de crónicas y cartas escritas en un lapso aproximado de tres meses entre Barcelona, Madrid y Buitrago de Losoya, pueblito situado a menos de cien kilómetros al norte de la capital. Aparecieron póstumamente en México, en 1938, bajo el título con que han llegado a nosotros. Una de las crónicas más conocidas es la que se titula «En el parapeto», de octubre de 1936, en la que súbitamente la guerra, por decirlo así, se humaniza, y no porque sea menos cruenta sino porque -a diferencia de lo que ocurre en tantas otras crónicas, en las que vemos llover la muerte de lo alto- aquí se anuncia cara a cara, entre desafíos y burlas mordaces. En este sentido, los personajes parecen estar más cerca de los héroes de la Ilíada que aquellos que son presa de la muerte tecnificada, la que acecha en los campos minados o cae rugiendo sobre las cabezas indefensas como una maldición bíblica. (A mí, la insólita controversia que narra Pablo siempre me ha recordado aquel pasaje del Discurso de las Armas y las Letras en que Cervantes deplora la aparición de la artillería, esos «endemoniados instrumentos» que le permitían a un cobarde matar a un valiente sin tener que medirse con él, y aquellos versos de El son entero, terribles en su simplicidad: «Mátame al amanecer/ o de noche, si tú quieres,/ pero que te pueda ver/ la mano […], pero que te pueda ver/ los ojos,/ pero que te pueda ver».) «En el parapeto» -la crónica de Peleando con los milicianos a la que nos venimos refiriendo- es, como reza el subtítulo, el minucioso recuento de una «polémica con el enemigo» que tiene algo de torneo caballeresco, pese a su contexto inocultablemente plebeyo. Ocurrió en la noche del 4 de octubre de 1936, en la llamada Peña del Alemán, en Buitrago de Losoya. Los principales contendientes eran Pablo y un «cura guerrillero», quienes, para hacerse oír -las tropas de ambos bandos estaban separadas por una distancia de entre trescientos y quinientos metros- debían gritar a voz en cuello.

-¡Rojillos! -exclamaban de un lado- ¿habéis comido hoy? ¿Habéis fumado?

-Sí, fascista, nos sobró pollo, hombre. Ven por él -respondían del otro.

-Eh, rojillos, ¿desde cuándo no vais a Madrid?

-Fascista, hablad claro, que no tenéis espíritu ni para gritar. […]

-¡Hijos de la Pasionaria! ¿Os habéis enterado de lo de Toledo? ¿Por qué si vais a Madrid tanto no os llegáis a Toledo, que está más cerca?

-Fascista, es que no tenemos tiempo. Tantas palizas como os damos no nos dejan tiempo para todo. […]

Claro que los retos e insultos iban subiendo de tono a medida que el debate avanzaba, pero puede decirse que pese a todo se mantenía -si me permiten la paradójica expresión- un cierto «espíritu de diálogo». Refiriéndose al suceso en carta a un amigo de La Habana, comentaba Pablo, con su ironía habitual:

Tuve el honor de endilgarles tres discursos en una sola noche. Y acabaron por gritar: «Que hable el cubano». Ya ves tú qué honor, que los «camaradas fascistas», como les llamaba, tuvieran gusto en oírme. […] Donde llegó mi elocuencia a la cúspide fue cuando, recogiendo mi alusión de que les disparábamos con balas mexicanas, me plantearon el problema de cómo yo me atrevía a reprocharles a ellos usar aviones italianos si (nosotros) empleábamos balas mexicanas. Y he aquí que mi «poderosa» dialéctica dejó definitivamente aclarada la diferencia que existe entre un avión de Mussolini y una bala de los trabajadores de México.

En Pablo de la Torriente Brau ya no es posible aislar los componentes de eso que hemos venido llamando una ética de la escritura: la ética se ha hecho etopeya, una manera de ser y de actuar llevada al nivel de la palabra, de los signos. Entre nosotros, Pablo representa el vínculo más entrañable y permanente de la intelectualidad cubana con la causa de la República en la Guerra Civil española.

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Permítanme volver a Carpentier para concluir la crestomatía y el anecdotario. A través de la picaresca y del padre Cervantes -padre de todos los que escribimos en esta lengua, salvando las respectivas distancias- la obra de Carpentier se inscribe por igual en la historia de las literaturas cubana, hispanoamericana y española. Luisa Campuzano ha podido hablar de «la españolidad literaria» de Carpentier -como antes lo hizo Marinello refiriéndose a Martí- y llamar la atención sobre el hecho, nada casual, de que España aparezca en dos de sus relatos y cinco de sus novelas, «con lo que constituye, fuera de Cuba, el más frecuentado de los espacios y los tiempos narrados por Carpentier». El vínculo más profundo, desde luego, se da por la vía del idioma, pues siendo Carpentier perfectamente bilingüe -el español, además, no era la lengua materna de ninguno de sus padres biológicos- lo escogió por considerarlo un instrumento de trabajo sumamente flexible; solía bromear diciendo que en francés era imposible decir, por ejemplo, «no por mucho madrugar amanece más temprano». Pero se me antoja pensar que otro de sus vínculos con España -el político, que con tanta intensidad se había establecido en medio de la Guerra Civil- vino a sellarse definitivamente al escuchar a la anciana de la aldea de huérfanos que lo había humillado, sin proponérselo, haciéndole temer que escribir nada significara ante tanto sufrimiento, ante aquellos «desamparos profundos». Puesto que una de mis obligaciones o pasatiempos, como crítico, es cazar veladas alusiones, descubrir o establecer correspondencias -lo que hoy llamaríamos nexos intertextuales- entre situaciones o personajes supuestamente desvinculados entre sí, me atrevo a insinuar que pudiera haber un punto de contacto entre dos pasajes escritos a una distancia recíproca de casi cuarenta años: el de la anciana de marras y el de La consagración de la primavera en el que Enrique, el protagonista, residente a la sazón en Caracas, se reprocha no haber participado en la lucha insurreccional que condujo al triunfo de la Revolución Cubana. En los primeros días del año 59 los barbudos cubanos han sido recibidos triunfalmente en la plaza de El Silencio, en Caracas, y mientras la multitud se dispersa, Enrique se refugia en una taberna cercana. Y reflexiona. Lo que ocurrió en los últimos años -piensa- es que se fue quedando solo. O tal vez fuera mejor decir, al margen. En efecto, otros habían hecho lo que era necesario que se hiciera; otros habían llevado a la acción lo que yo, a veces, hubiese anhelado, sin pasar del anhelo; otros habían actuado, combatido, sufrido, caído, vencido, en mi lugar; otros habían pensado por mí; otros habían logrado una victoria, dejándome fuera de esa victoria. Yo era el hombre parado en la acera que asiste a un desfile triunfal, avergonzado al pensar que hubiese podido ser uno de los que marchan entre aplausos en vez de ser uno de los que aplauden.

Conociendo, como conocemos, el cuidado con que Carpentier escogía los escenarios y los nombres, no puede resultarnos indiferente el hecho de que esas recapitulaciones estén teniendo lugar en una «tasca española» del centro de Caracas llamada «La Pilarica». ¿Una tasca española en el centro de Caracas? Como lo oyen. Y es allí, justamente, donde Enrique reflexiona sobre su soledad mientras saborea «un vino blanco aragonés». El núcleo de su reflexión -el de la responsabilidad social del individuo, el de la deuda moral con quienes se sacrifican por los demás, aun al precio de la vida- había sido expuesto en Cuba el mismísimo primero de enero de 1959 por Roberto Fernández Retamar en un poema titulado, precisamente, «El otro»: «Nosotros, los sobrevivientes/ ¿a quiénes debemos la sobrevida?»… Es una reflexión que en cualquier caso precede a la escritura y cuyo desafío sólo puede afrontarse en la práctica, ya sea mediante la acción directa o mediante un esfuerzo por rescatar la memoria colectiva, lo que bien podríamos llamar una operación contra el olvido histórico. Puesto que no era escritor, Enrique optará por la primera vía insertándose («¡Como en Brunete!»), en una batería de morteros durante la batalla de Playa Girón, acto del que quedará constancia escrita en una novela que conocemos muy bien.

En 1959 Carpentier, como su personaje, residía en Caracas. Años después, al tratar de explicar por qué él también decidió regresar a Cuba, respondió escuetamente: «Había voces que me llamaban». Son esas voces las que llenan, con su polifónica textura, el monumental espacio de La consagración de la primavera. Quiero creer que ellas también intentan responder, a su modo, al reclamo de la anciana, aquella implorante y categórica anciana de la aldea de los huérfanos.*

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