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Cronicas Afro-Venezonalas

Hablando en Chichewa el otro idioma de Malawi

Fuentes: Rebelión

El mundo se mueve y con él la gente, es la condición natural de nosotros los seres humanos: ir de aquí para allá, movernos por todas partes, pero siempre con la mente puesta en el regreso al punto de partida. Llegamos bien al sureste africano, después de un largo viaje, claro está, incorporadas en él […]

El mundo se mueve y con él la gente, es la condición natural de nosotros los seres humanos: ir de aquí para allá, movernos por todas partes, pero siempre con la mente puesta en el regreso al punto de partida.

Llegamos bien al sureste africano, después de un largo viaje, claro está, incorporadas en él las varias horas estacionados en los aeropuertos Charles de Gaull de París y el Internacional de Dubai.

Nos separan algunas horas de nuestro tiempo habitual; aquí las mañanas son bastantes frescas y hay que resguardarse bien el pecho para no pescar un resfriado, aunque ya venía infectado con la gripa de Caracas. A la llegada, inmediatamente, se nota que estás en otros espacios, con unas cuantas marcadas diferencias al entorno habitual; enseguida empiezas a sentir los contrastes, que lejos de afectarte, más bien, te atrapan la atención y te hacen ver afirmativamente que el mundo es diverso; quizás de allí surja el encanto de la complementariedad que tanto nos reafirma aquello de que nuestra realización se deriva de la conjunción con los otros y las otras.

También, despierta curiosidad el hecho de que los lugareños andan corriendo por las calles; van caminando y de golpe ¡zuas! arrancan a correr, siendo algo normal para ellos, pero, después de todo, causa sorpresa.

Casi no existen aceras en esta ciudad, los márgenes de la vía son bordes de tierra, los cuales comienzan a barrer desde las primeras horas de la mañana con improvisadas escobas. Lilongwe presenta una topografía de largas subidas y bajadas, no son tan altas, pero afectan la respiración, sobre todo, luego de un largo peregrinaje aéreo y por la escalada de los treinta y tantos miles de pie del vuelo con escalas.

Aquí la moda actual son las escuelas de manejo vehicular y en su mayoría las alumnas son mujeres. Así es, las fémina de Malawi están aprendiendo a conducir los autos por cantidades; se hacen acompañar, prácticamente, con buena parte de la familia: en el carro-docente se observan no menos de cuatro personas acompañando a la, o al aprendiz.

En este país los automóviles circulan por la izquierda y el sistema de manejo no de deja de generarle una sensación de incomodidad injustificada, a quienes estamos acostumbrados al procedimiento americano; pareciera que van a chocar, o que se te vienen encima, pero no, es otra forma vivir la realidad, eso lo heredaron de los ingleses, sus rancios colonizadores hasta el año 1964, cuando obtuvieron la independencia bajo el liderazgo de Hastings Kamuzu Banda, quien después gobernó a Malawi con mano dura.

Son irrisorias las horas de haber llegado a esta ciudad, para tener una comprensión cabal de la sociedad malawense, pero hay comportamientos colectivos que se aprecian con rapidez; por ejemplo, la ingenuidad no le es ajena al contexto social de Lilongwe: instrumentos de trabajo, bloques y ladrillos, son dejados en las calles por días enteros y nadie se lleva, ni siquiera, uno. Asimismo, los chips para teléfonos celulares se compran en cualquier lugar sin ningún control. Si esto aconteciera en Caracas, Valencia, Maracay, o cualquier otra ciudad venezolana, no amanecería ni uno solo; y se multiplicarían, claro está, por miles las centrales de telefonía móvil en la calle.

De la misma manera, es cierto lo que decía Alí Primera, que la inocencia no mata al pueblo, pero tampoco lo salva, lo salvará, definitivamente, su conciencia. Y es evidente que aquí el pueblo padece grandes necesidades, que por lo visto tendrán que pasar grandes hechos para que la realidad cambie en favor de las mayorías.

En el avión de Air France iba el nuevo embajador de Venezuela para Sudáfrica, Antonio Montilla Saldivia, quien es profesor de la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV; es una persona humilde, cargada, además del don de la enseñanza, lo dice la sencillez con que trata a los demás; fue maestro del compañero de ruta. Es, además, de esos hombres necesarios en los espacios de las relaciones internacionales, por su formación y sobre todo por su gran personalidad producto de formación intelectual. Lo acompañamos a lo largo del aeropuerto y le dimos todo nuestro apoyo, ya que había extraviado los tiquetes de las maletas, los cuales recuperó a los pocos minutos por los códigos de su pasaje y el tino idiomático del Víctor Pisani; luego, él se quedó seis horas más que nosotros en la ciudad luz; al final de nuestra estadía allí nos despidió con un gran abrazo; al momento de la partida nos hicimos unas fotos que a lo mejor algún día se escribirán en la micro historia, esa de la cual habla Don Miguel de Unamuno: ¡Hasta la victoria siempre! Camarada, le dijimos.

El trayecto a Dubai fue de verdadera imaginación geográfica, en la pequeña pantalla de los televisores nos mostraban el recorrido y los puntos importantes colindantes con la ruta París-Dubai: Belgrado, Budapest, Estambul, Teherán, el Mar Negro, el Golfo Pérsico, entre otros. El pensamiento discurre hacia las travesías de Alejandro Magno. ¡Cuanta historia recogida por la humanidad en esos nombres y en esos lugares! Igual que los pueblos nuestros recorridos por Simón Bolívar, pero con una diferencia, que El Libertador no andaba conquistando pueblos, sino liberándolos.

El aeropuerto de Dubai es un gigantesco centro comercial, donde se consigue de todo, desde una aguja hasta un avión y a cualquier hora, como decía la propaganda de una ferretería de Valle de la Pascua, Estado Guarico.

Fue difícil encontrar la taquilla de la línea aérea Air Malawi, que nos llevaría al continente africano, ya no tenía ese nombre, ahora se llamaba Air Zimbabwe. Daban una indicación y no era; otra, ¡esta sí!… tampoco, y al fin después de no menos de cinco intentos pusieron den nuestras manos en el itinerario del lugar correcto. Viajamos condicionados… ¡Vayámonos! ¡Amanecerá y veremos!.. Embarcamos y en el café de la terminal aérea compartimos la mesa con dos lugareños del país a visitar. Nos hicimos cercanos a ellos; conversamos largos minutos y el más joven, eran padre e hijo, nos manifestó sus simpatías por Chávez: ¡Valiente Presidente!

Qué bueno que ahora no nos conocen por el Miss Venezuela- nos dijimos los viajeros amigos. ¡Y que bien va la economía! -afirmó el de mayor de ellos-. Habían ido a Dubai (el Miami pérsico) a comprar un vehículo.

Todo bien… ¿pero donde está la visa para poder entrar a Malawi? Pues se nos había dicho que al arribar no las expedirían. Esa preocupación se disipó en el propio Aeropuerto Internacional de Kamuzu,. Allí privó la estrategia de sobre vivencia de los llaneros venezolanos: «Diga Usted primero»… Y ni una sola observación le hicieron a nuestra presencia en estos parajes del hombre originario. Un sol rojizo nos dio la bienvenida en el horizonte cercano, le tomamos una fotografía, no sabíamos si se había copiado la imagen, pues, la batería estaba casi descargada y la cámara se apagó al pisar el obturador; felizmente, en la noche abrimos la película y allí estaba la impresión. Al intentar llamar para Venezuela, nos percatamos que nos habíamos quedado sin señal en la línea telefónica traída desde Caracas y que funcionó, muy bien, tanto en París como en el rico emirato dubaiense.

En el trayecto del Aeropuerto Kamuzu a la ciudad de Lilongwe vimos a varios hombres corriendo por la calzada, de aquí para allá, y de allá para acá. Advertimos a una mujer con su vestimenta africana labrando la tierra, y otras más, igualmente, cubiertas a la usanza local, pero caminando con gran prisa. ¿A dónde irían esos pies descalzos? Formarán parte, esas mujeres, de la larga marcha del General Zwangendaba que recorrió más de tres mil kilómetros, y que no tiene precedentes en la historia conocida del África negra? Esa expedición llegó más allá del sur del Lago Victoria en lo que es hoy Zambia y Zimbabwe.

Los amigos aldeanos, quienes nos habían ayudado a la selección del taxi, también nos acompañaron a conseguir un hotel donde hospedarnos. Luego de un primer intento fallido, por lo costoso del cobijo, finalmente optamos por alojarnos en una modesta posada precisada por la Internet: «Korea Garden Lodge». Allí se había instalado un médico estadounidense cuando vino a colaborar en este país en la lucha contra el Sida; el sitio es cómodo y su dueño es un anciano asiático, quienes parecen ser muy familiares por estos lares.

La jornada terminó con buenas noticias, se hicieron todos los contactos para garantizar las audiencias solicitadas ante el alto gobierno de Malawi, nos felicitamos por el éxito obtenido y ambos descansamos un buen rato, y enseguida de pie, pues, ya había pasado una fiebrecita que azotó mi organismo por varias horas.

Salimos a caminar, pero con la advertencia de que la noche no era propicia para estar en la calle; así lo hicimos, anduvimos un par de horas transitando por espolvoreadas arterias viales de Lilongwe y aprovechamos comprar las cosas elementales: afeitadora desechable, papel higiénico, leche, panes, jamón rebanado y un cepillo para sacudirle el polvo a los pisos.

Asimismo, entramos al regreso en una mezquita donde permanecimos un buen rato, fotografiamos una fuente de agua artificial a la entrada del lugar de oración. Vimos muchos musulmanes llegar y quitarse los calzados para entrar al recinto sagrado. Por cierto que los árabes controlan buena parte de la economía de este empobrecido país junto con los orientales.

Al final de la jornada cenamos pollo, leímos un periódico local y ¡chupulúm! para las habitaciones, porque el sueño nos vencía. Antes habíamos preciado la conexión del computador personal, sin el cual, nos hubiésemos sentido mucho más distantes del terruño.

Esa primera noche en Malawi, me quedé pensando que en estos mismos territorios del este africano Cetiwayo reorganizó su ejercito, se enfrentó a los ingleses y los derrotó espectacularmente en 1789 en la célebre Batalla de Isandlana. Repensando, también, que el conocimiento de ese acometimiento es clave para la lucha que libra el pueblo venezolano, acosado permanentemente por el gobierno de George Busch y por el imperio que él representa. Así es, el ejercito imperial zulú venció al ejercito de Su Graciosa Majestad y como por estas fechas el poder relativo de los británicos era muy superior al de Norteamérica hoy, aquella derrota fue tal vez más humillante que la derrota infringida por el Tío Hochi Ming, Van Giap y el pueblo vietnamita en años recientes a los boinas verdes del pentágono.