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Entrevista con Yuderkys Espinosa, feminista dominicana antirracista y disidente sexual

«Hay intereses de clase y raza que nos separan a las nombradas mujeres»

Fuentes: Periódico Diagonal

Yuderkys Espinosa, integrante del Grupo Latinoamericano de Estudio, Formación y Acción Feminista (GLEFAS), critica la concepción occidental del feminismo.

Yuderkys Espinosa, feminista dominicana antirracista y disidente sexual, estuvo en Madrid para presentar el libro que coordina, Tejiendo de otro modo: Feminismo, epistemología y apuestas descoloniales en ‘Abya Yala’ [nombre dado al continente americano por el pueblo Kuna de Panamá y Colombia, previo a la invasión]. El libro aborda los debates sobre colonialidad del género y (hetero) patriarcado, las experiencias de resistencia y las apuesta descoloniales.

¿Cuáles son las principales luchas y debates que se están dando en el macroespacio del feminismo latinoamericano?

En el feminismo hay muchas disputas de sentido y no todos los feminismos son lo mismo, pero también hay lo que llamo acuerdos fundamentales, consensos y verdades (con mayúscula) que son o han sido consensuados dentro del feminismo, lo que, parafraseando a Santiago Castro-Gómez cuando analiza el pensamiento latinoamericanista, nombro como «la Razón feminista latinoamericana». Estoy interesada en escudriñar ese suelo común que arrastra como densidad el concepto feminismo y que remite a sentidos de interpretación de la opresión y apuestas de futuro que confrontan a nosotras las feministas con las luchas de las mujeres que prefieren no nombrarse feministas. Estas son mujeres racializadas y subalternas que el feminismo, las instituciones estatales, pastorales, científicas, incluyen dentro de un grupo más o menos homogéneo -más allá de su adscripción a pueblos, grupos, comunidades-, que han sido pensadas por fuera de lo humano y que por tanto contraponen el sentido moderno de lo que es pensando como mujer. Es ilustrativo que esta subalterna, aun aprendiendo a nombrarse y significarse a través del apelativo «mujer», no se encuentre contenida por una propuesta -como la feminista- que se pretende interpeladora de «todas» las mujeres. Las racializadas subalternas erosionamos de maneras múltiples las significaciones que el feminismo, las instituciones y el proyecto moderno en su conjunto comparten de lo que es una mujer. Algunas de nosotras estamos diciendo, si mujer siempre es blanca, quizás las negras, las afro y las indígenas no somos mujeres. Pienso en Sojourner Truth preguntándole a las feministas: «¿Acaso no soy yo una mujer?». Mucha gente va a interpretar esta pregunta como un intento de parte de las mujeres negras de buscar un lugar dentro del concepto mujer y la comunidad feminista.

¿Cuál es tu respuesta?

A mí me interesa llevar esta pregunta hasta sus últimas consecuencias, verla como una interpelación, sin posibilidad de respuesta por parte del feminismo. Y digo que quizás la respuesta a esta pregunta de Truth es que al fin no hay posibilidad para las «mujeres negras» de ser «verdaderas» mujeres. Creo que si hay que interpelar al feminismo en el sentido de ser también reconocidas como mujeres es porque al final no lo estamos siendo. Veo potente la posibilidad de admitir que más de un siglo después seguimos sin serlo para el pensamiento feminista. Habrá que admitir el fracaso de esa interpelación. También habrá que admitir que efectivamente puede ser que dentro de una genealogía de los deseos y de las luchas o resistencias también hay una apuesta por parte de los pueblos racializados de terminar adscribiendo a la matriz moderna y, con ello, al modelo binario de género: admitir que una de las estrategias para llegar a ser humanos es volvernos mujeres y varones, en el modo en que ha sido definido y producido por la modernidad.

¿Entraría el feminismo descolonial o la perspectiva descolonial dentro de los feminismos?

Se puede decir que sí, aunque lo nombraría feminismo antirracista descolonial. Entre quienes estamos luchando en esto, hay una cantidad de matrices de lectura que hacen difícil el consenso. En este sentido digo que hemos nacido partidas, fracturadas porque la verdad es que la manera en que adscribimos a esta crítica del racismo y de la colonialidad tiene fuentes muy distintas. Entre los debates que estamos teniendo está, por ejemplo, el pensar si hay que hacer un esfuerzo por mirar las categorías que hemos usado en el feminismo, pero que han sido producidas por el feminismo blanco burgués eurocentrado; y si esas categorías que se han visto como universales para intentar explicar una opresión basada en el género servirían para pensar cualquier cultura, cualquier comunidad o sociedad en cualquier época de la historia. Otra de las cuestiones que estamos repensando es la utilidad del concepto de patriarcado y la idea de género misma,ver si estas categorías responden a la experiencia histórica de construcción de la sociedad europea y no a la de otros lugares del mundo. Ahí hay una apuesta a repensar la pregunta «¿será que esto nos sirve para pensar sociedades anteriores, para pensar una historia de Abya Yala en otra clave que la de los invasores y genocidas?». Dentro de esta heterogeneidad temporal y estructural que se da en nuestro continente, al mismo tiempo que existe el espacio globalizado de los Estados nación hay resistencias culturales asentadas en territorios que hacen rupturas epistémicas y materiales con el modelo occidental. Habría que preguntarse esto antes de ir a la comunidad: «¿Hay otras experiencias de pensar los cuerpos, de organizarlos en lo social?». Éstas son el tipo de preguntas que nos estamos haciendo aún en un nivel más teórico, pero que tienen consecuencias políticas. Desde ahí creemos que el feminismo debe ser revisado en sus bases eurocéntricas y su matriz moderna; debemos poner entre paréntesis todas las verdades que nos han enseñado sobre el porqué de la opresión de las mujeres, así como el tipo de política para lograr superarla. Hay que desuniversalizar estas verdades, hay que repensarlas y reelaborarlas a la luz de lo que estamos aportando aquellas cuyas vidas y experiencias no responden a la mujer blanca. Hay que repensar la cuestión del patriarcado así como las nociones dicotómicas y universales de varón-mujer; preguntar en qué contextos éstas han funcionado, hacer una genealogía de su producción y de su surgimiento.

¿Hay una pérdida de perspectiva respecto al origen de estas opresiones?

La idea de raza y el racismo tienen una historia con fecha de inicio, también la tiene la sociedad de clases. Me resisto, y esta resistencia es política, a pensar que siempre ha habido esta idea de sexo, esta lectura de los cuerpos. Universalizar el patriarcado como sistema mayor y preexistente en cualquier grupo humano, preexistente a cualquier organización y lucha de las mujeres, es esencialista porque repite el ethos moderno, la idea de que toda sociedad anterior siempre fue peor, la idea de que se necesitan las batallas salvacionistas de la razón para ser mejores. Estas críticas se dirigen a unas élites intelectuales y políticas que se han beneficiado de la constitución de los Estados nación y su ideo­logía del mestizaje, que al tiempo que admite los distintos orígenes de su población, acepta los preceptos de la razón colonial-racista de la superioridad europea. Y estas élites blanco-mestizas, desde una enunciación de clase y raza privilegiada, son quienes en general han definido el programa feminista en América Latina. Entonces, cuando empezamos a traer estas cuestiones, aparecen los conflictos porque hay mucha dificultad en abandonar esta idea de unidad de experiencia en la opresión y en la lucha entre «mujeres». Al feminismo latinoamericano le está costando mucho aceptar lo que vengo formulando desde hace un tiempo, que hay intereses de clase y raza que nos separan a las nombradas mujeres. Mientras no lo visibilicemos estamos contribuyendo a que sea un grupo de las mujeres, o sea la única verdadera mujer, «la mujer blanca burguesa», la que se beneficie de la acción feminista. Las voces privilegiadas del feminismo no están dispuestas a asumir las prerrogativas de las que gozan y mucho menos aceptar que esto produce la sujeta subalterna, que su privilegio se sostiene gracias a la opresión de la gran mayoría de las mujeres para quienes dicen trabajar. Es lo que he nombrado como el racismo del concepto de género producido por la teorización feminista.

¿Crees que es posible un diálogo entre el sur del Norte y el sur del Sur?

Agradezco que me hagas esa pregunta porque efectivamente ­Europa no es una sola. Eso lo sabemos muy bien porque en América Latina nos forman escuchando todas estas disputas y eso ha hecho que muchas veces nos hayamos identificado con las contrahegemonías europeas y de EE UU, y eso ha implicado una dificultad para producir una teorización propia que parta de nuestras experiencias. Para el pensamiento descolonial, Europa es un espacio físico, pero no solamente, es fundamentalmente una construcción histórica que funciona como un proyecto hegemónico a nivel mundial. Nosotras cuando pensamos Europa estamos pensando el proyecto colonial que surge en este continente hacia el resto del mundo. Reconocemos que hay una serie de otras matrices de resistencia en el propio espacio de lo europeo hegemónico, pero que muchas veces queda desdibujado dentro de esta historia de colonialidad hacia el resto del mundo. La cuestión es ver cómo podemos construir puentes entre subalternidades y que una subalternidad no termine recibiendo los aportes de otra subalternidad en una lectura blanca que hacen ciertos representantes de esas voces contra hegemónicas. Para ello haría una lectura más de movimiento a movimiento para ver cómo podemos habilitar unas coaliciones que sean más horizontales.

Fuente: https://www.diagonalperiodico.net/saberes/25373-hay-intereses-clase-y-raza-nos-separan-nombradas-mujeres.html