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Israel, laboratorio mundial de la crueldad

Fuentes: Rebelión - Imagen: Assad Abdeen sostiene el cuerpo de su hijo, Saeed, un bebé de un mes que murió por estar expuesto al frío en una precaria tienda de campaña forzados por el régimen israelí, Khan Younis, December 18, 2025. (Doaa Albaz/Activestills)

“Lo más espantoso es que lo espantoso ya no causa ningún espanto. ¿No es este el mayor peligro, la naturalización del horror, el blindaje sensorial que produce?” -Peter Pal Pelbart y Bentzi Laor, Contra el eurocentrismo judío. Cartografía de un colapso ético

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No cabe ninguna duda, Israel se convirtió en un laboratorio mundial de la crueldad, en el lugar en el que se experimentan a la vista pública las peores atrocidades que se puedan realizar contra la condición humana. En ese laboratorio de horror se realizan todo tipo de prácticas criminales, estatales y privadas, que no hace mucho tiempo se consideraban inadmisibles entre ellas genocidio, limpieza étnica, segregación, asesinato de niños y mujeres, torturas, violaciones, hambrunas programadas, destrucción de escuelas, universidades y hospitales, bombardeos indiscriminados contra población civil, asesinato de dirigentes políticos, “masacres inteligentes”, secuestro de activistas en aguas internacionales profanación de cadáveres y robo de órganos… Se suponía hasta no hace mucho tiempo que los “avances civilizatorios” en materia de derechos y respetos elementales a la dignidad humana eran irreversibles. Aunque en rigor esos criterios “civilizatorios” no hayan operado casi nunca ni para todos, en la práctica el horror se disimulaba con una cara amable de respeto y tolerancia, pese a que por debajo el terrorismo de Estado fuera la norma.

En ese contexto, nadie hacía ostentación de la crueldad contra otros seres humanos y mucho menos en público. Eso ha cambiado drásticamente en los últimos años y el polo impulsor ha sido Israel, ahora imitado a granel por sus admiradores confesos y secretos, y cuya crueldad la aúpa y reproduce Estados Unidos.

La “enseñanza israelí” (el laboratorio político, social, militar, tecnológico) dictamina que ya no existen límites morales de ninguna índole que puedan detener su instinto asesino y eso ha sido posible por la complicidad y participación directa de Estados Unidos, la Unión Europea y la Comunidad del Occidente Imperial. Hoy, cualquier crimen es admisible y se le aplaude como una gran innovación en la industria de la muerte, tal y como sucedió con la masacre tecnológica del Mosad, en el Líbano en 2024, que, con el uso de bíperes, asesinó o dejó lisiadas a centenares de personas. Ese hecho sádico, en lugar de ser condenado fue avalado por falsimedia occidental como una extraordinaria novedad que demuestra el “ingenio y grandeza de Israel”. Lo mismo sucede con los bombardeos con toneladas de “explosivos inteligentes” sobre Gaza, Líbano, Yemen, Siria, Irán… que son tolerados como algo normal, como si no rompiera elementales principios del derecho de guerra.

La impunidad absoluta de que gozan los genocidas ha propiciado la extensión de la brutalidad y la exhibición de la crueldad a niveles pornográficos. En efecto, los criminales gozan de todos los privilegios, como se pone de presente con la libre movilidad de los genocidas de Israel, que son recibidos como héroes en el Senado de los Estados Unidos y en algunos países de Europa y a los cuales se les abren las puertas y se les tienden alfombras de honor en certámenes deportivos, culturales y artísticos.

Sin la impunidad que los cobija, los criminales de Israel y de los Estados Unidos no serían aplaudidos ni imitados y gozarían del repudio universal que merecen. Y, mucho menos, las cupulas dominantes en esos dos países (Trump, Netanyahu y compañía) podrían pavonearse con orgullo de esos crímenes, como hoy lo hacen.

Después del genocidio de Gaza ‒que no es un hecho puntual y de corta duración, como el de Ruanda, sino una acción criminal continuada y sin pausa‒ todo está permitido. Ya nada horroriza ni causa estupor: Estados Unidos secuestra al presidente de Venezuela y a su esposa, asesina a centenares de pescadores en el Caribe y en el Océano Pacífico, asesina a niñas de una escuela en Irán, destruye infraestructura civil y energética, impulsa un genocidio energético contra Cuba, amenaza con borrar una civilización de la faz de la tierra….

Podría decirse que no hay ninguna novedad en la criminalidad sionista y estadounidense, porque la historia está repleta de horrores, como puede constatarse si se hace un seguimiento básico de la expansión colonialista e imperialista de Europa y Estados Unidos en los últimos siglos. Claro, pero existe una diferencia: antes los crímenes se ocultaban, se negaban o se justificaban, pero no se exaltaban ante el grueso público ni tampoco eran motivo de orgullo. Ni siquiera los nazis presumían de sus crímenes, cuya verdadera dimensión se conoció tras la derrota del régimen hitleriano en 1945.

La crueldad sionista, hoy convertida en ejemplo que envidian e imitan las clases dominantes de muchos lugares del planeta, no surgió de la noche a la mañana, ni es un producto reciente. Desde hace un siglo, los sionistas despliegan una ferocidad inaudita en la palestina histórica contra sus habitantes ancestrales, hasta convertir a ese territorio en un laboratorio ‒que envidiaría el Ángel de la Muerte, el médico nazi Josep Mengele‒ en el que se realizan las más terribles prácticas contra todos sus habitantes, sin importar edad, sexo o clase.

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La crueldad está al orden del día, forma parte de la agenda de las clases dominantes y de los Estados occidentales hasta el punto de que las extremas derechas tienen como referente practico a Israel, un estado canalla que todos los días renueva su crueldad endógena.

Uno de sus “aportes” más recientes está referido a la aprobación de la pena de muerte contra los palestinos por el parlamento de Israel el 30 de marzo de 2026. Se dictaminó que los tribunales militares de Israel impondrán la pena de muerte a los palestinos que residen en la Cisjordania ocupada y sean declarados culpables de atentados terroristas en los que haya muertos. El cadalso no rige para los ciudadanos de Israel que están exentos de esa pena. La nueva ley tiene el agravante que estipula el ahorcamiento de los condenados, una de las más brutales formas de ejecución que fue dominante en diversos lugares del mundo hasta finales del siglo XIX.

El elemento adicional que resalta la crueldad sionista radica en que la aprobación de la Pena de Muerte judicial generó regocijo entre algunos dignatarios del gobierno de Israel. Eso no extraña, puesto que en Israel no existe ningún respeto a la humanidad de los otros, de los “gentiles”, encabezados por los Palestinos, a lo que se considera animales y se les da un tratamiento bestial.

No sorprende, en consecuencia, que Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Israel, y colono que ocupa los territorios que los sionistas les roban a los palestinos, haya celebrado con champan cuando fue aprobada la ley de Pena de Muerte, como si esa fuera una gran conquista para la conciencia del mundo.

Pocos días después, este genocida y criminal de guerra, que debería estar preso en cualquier cárcel del planeta, cumplió 50 años. Al evento de celebración asistieron funcionarios de la policía, de las cárceles, miembros de la ultraderecha y colonos; en una palabra, fue un encuentro de asesinos, activos y confesos, del pueblo palestino. 

En esa ocasión, su esposa, con dotes de psicópata como su marido, le obsequió una tarta de cumpleaños especialmente decorada con la soga de una horca, acompañada con la leyenda: “a veces los sueños se hacen realidad”. Esto quiere decir, que el sueño de asesinar judicialmente a los palestinos se hizo realidad, lo que complementa el asesinato sistemático y cotidiano que soportan a diario desde hace décadas a manos de los sionistas.

La simbología escogida no es accidental, simplemente muestra hasta dónde llega la normalización del genocidio y la manera cómo un genocida a carta cabal se ufana con el dolor que infringe a los palestinos. Y, lo peor de todo, es que ese hecho pleno de crueldad cuenta con adeptos y seguidores, y la brutalidad le garantiza votos de los colonos en futuras elecciones. Como quien dice, para contar con un gran caudal de electores el genocidio de los palestinos es la mejor bandera. No puede esperarse nada distinto en un país, en la que el grueso de sus habitantes apoyan el asesinato de los palestinos. Porque, igual que sucedió en la Alemania nazi, en Israel la población no solo está informada sobre la masacre de árabes y palestinos, sino que las celebra y aplaude. Esto es posible porque “la población israelí construyó para sí un domo psicoafectivo impenetrable” (Peter Pal Pelbart y Bentzi Laor) y esa barrera protectora, de sesgo cognitivo e impunidad, hace que la inmensa mayoría de esa población sea coparticipe del genocidio.

En esas condiciones, no sería raro, dada la ferocidad de Israel y los sionistas, que reaparezcan las ceremonias macabras de épocas anteriores, cuando las ejecuciones públicas se convertían en un espectáculo de diversión al que acudían miles de personas, que se regocijaban en el momento en que los condenados eran ejecutados, o los negros de los Estados Unidos eran linchados por turbas embravecidas y sedientas de sangre.

En Israel ya se tienen antecedentes de este tipo de crueldad, cuando se ultraja a las personas que van a ser asesinadas. Esto lo hacen los colonos que se instalan cómodamente en sus sillas, degustando licor, con sus teléfonos celulares y cámaras fotográficas dispuestos para ver en directo y aplaudir el bombardeo sádico contra los habitantes de Gaza. Con estos antecedentes, la crueldad del criminal de guerra Itamar Ben-Gvir al celebrar la aprobación de la pena de muerte contra los palestinos forma parte del sentido común genocida dominante en Israel, el principal laboratorio de crueldad e infamia de nuestro tiempo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.