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¿Israel sin pacifistas?

Fuentes: Centro de Colaboraciones Solidarias

«Por favor, acuda a la cita; es muy importante. Descubrirá la otra cara de Israel».  La sorprendente llamada telefónica me resultó más bien sospechosa. Mi interlocutor se presentó como oficial del ejército israelí al mando de una unidad de blindados estacionada en Beirut. Esto sucedía en septiembre de 1982, la vida «normal» del periodista destacado […]

«Por favor, acuda a la cita; es muy importante. Descubrirá la otra cara de Israel».  La sorprendente llamada telefónica me resultó más bien sospechosa. Mi interlocutor se presentó como oficial del ejército israelí al mando de una unidad de blindados estacionada en Beirut. Esto sucedía en septiembre de 1982, la vida «normal» del periodista destacado en la conflictiva región de Oriente Medio transcurría entre los obligados viajes diarios a la capital libanesa y las salas de redacción de algún diario israelí, conectado a las redes de transmisión de las agencias de prensa internacionales.
 
Mi interlocutor, Daniel, había nacido en Uruguay. Me confesó que fue uno de los primeros militares hebreos que se atrevieron a condenar públicamente la Operación Paz en Galilea, operativo bélico ideado por el entonces ministro de defensa, Ariel Sharon, con el propósito de acabar con la presencia de la OLP en el Líbano. Sabido es que aquella aventura terminó con la evacuación a Túnez de la plana mayor de la central palestina y el reconocimiento formal por parte de Occidente del carácter político de las reivindicaciones de la organización liderada por Yasser Arafat. 
 
Para los israelíes, la guerra de Líbano abrió la primera brecha en la poco monolítica sociedad hebrea. Por vez primera, la opinión pública del Estado judío puso en tela de juicio la validez de la política llevada a cabo por conservadores y laboristas, por el intocable establishment creado durante el primer cuarto de siglo de existencia de Israel.
 
En 1982, los oficiales de Tsahal (ejército israelí) crearon los primeros movimientos de protesta: «Hay un límite» y «Paz ahora». El afamado periodista Jacobo Timerman, que logró abandonar las cárceles de la dictadura militar argentina para refugiarse en Israel,  sorprendió a sus correligionarios al condenar la invasión de El Líbano. Más aún; su hijo se negó a servir en el ejército. Esta actitud rebelde causó estupor: ¿cómo se atreven los Timerman a cuestionar las decisiones de la clase política?
 
No cabe duda de que los acontecimientos de 1982 marcaron la escisión en el seno de la sociedad hebrea. Una escisión que se ha ido ampliando en las últimas décadas hasta convertirse en una auténtica brecha. Los movimientos pacifistas volvieron a tomar auge en los primeros años de la Intifada (1988-1990), defendiendo lo que algunos llaman en Israel «los valores morales del judaísmo», un concepto muy alejado de la noción de «paz armada» defendida por los ex generales -Rabín, Barak, Sharon- que se fueron adueñando de la vida política de Israel. 
 
Conviene señalar que las agrupaciones pacifistas no disponen de las estructuras permanentes de los partidos políticos Son movimientos espontáneos, que surgen en momentos de crisis y reflejan el profundo malestar de la ciudadanía frente a los abusos y las violaciones de los derechos básicos cometidas por los sucesivos Gabinetes de Tel Aviv. Dichas agrupaciones cuentan, eso sí, con el apoyo popular. Curiosamente, alrededor del 60-64 por ciento de la población israelí se declara partidaria de la convivencia pacífica con los palestinos. Sin embargo, este porcentaje queda reducido a la mitad cuando se plantea la pregunta: ¿Aceptaría el establecimiento de un Estado palestino? Y a menos de la mitad de la mitad si se trata de avalar la creación inmediata de esta entidad nacional.
 
Recuerdo que en el verano de 1982, pocos días antes de emprender mi periplo a la zona del permanente conflicto intercomunitario, un amigo israelita, rabino y filósofo, me advirtió: «No se te ocurra buscar el Israel idealista de los años 60, el Israel de los kibitzim. Aquél mundo ya no existe, ha desaparecido…». Sin embargo, el  Israel que conocí no fue sólo el país de la «paz armada».  A los pacifistas coyunturales, defensores de la ética en la Política (con mayúscula) se les suma con frecuencia este fluctuante y tal vez desconcertante 60 por ciento de los pobladores del Estado judío que pretende vivir en paz con los vecinos árabes y palestinos.
 
El eufórico paréntesis de los Acuerdos de Oslo sirvió para reforzar la convicción de que la paz es, indudablemente, la única opción válida para la supervivencia del Estado judío. Y los pacifistas, comandantes de compañías de tanques u objetores de conciencia, son los precursores de esta visión mesiánica de los tiempos modernos. Porque resulta difícil imaginar un Estado de Israel sin pacifistas, una sociedad hebrea capaz de desvincularse por completo de la defensa de los valores morales.

* Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)